Me cuenta mi abuelo Alberto que hace 80 años, en el 2020, por alguna circunstancia que no recuerda bien, todos los jóvenes y niños repitieron curso. Yo no sabía muy bien qué era eso de los cursos. Me explicó que los niños estaban clasificados por un criterio de edad y, si aprobaban unos exámenes, pasaban al siguiente curso. Me comentaba que la decisión de repetir curso suscitó mucha polémica. Los padres se llevaban las manos a la cabeza. Ellos tenían trazado un futuro para sus vástagos y salirse de ahí era innegociable. El ministro de educación, que en esa época era la máxima autoridad en esa materia, falleció durante ese período al igual que todos sus sucesores. Nadie sabía qué hacer. A grandes problemas, grandes soluciones, dijo alguien con un talante típico de entonces, el que revestía toda intervención política. Así que se creó un comité de sabios internacional para que diera luz al asunto. Este órgano colegiado, analizando dónde estábamos en educación, concluyó que la repetición de curso universal era la mejor opción porque en caso de pasarlos de curso, y dado que los jóvenes de 2.º de bachiller no se les podía promocionar porque debían realizar la prueba de acceso a la universidad, habría una saturación hacia el final del trayecto reglado.
Los profesionales de la educación temían que los niños se desmotivaran -no entiendo a qué se refiere el abuelo- por tener que ver otra vez contenidos ya superados. Los niños, en el momento de suspenderse las clases, habían completado dos de las tres evaluaciones. Se decidió que la carga lectiva hasta el mes de marzo fuera mínima y se reforzaran otras áreas más débiles como idiomas. El comité de sabios propuso que durante esos meses hubiera más contenido en Artes, y en otras disciplinas orientadas a fomentar la capacidad de introspección, aprender a analizar el entorno y a uno mismo.
La propuesta fue aceptada a regañadientes por la comunidad educativa y comenzó a perfilarse la programación de esos meses.
Mucho profesorado no sabía manejar esos contenidos. Hubo que contratar a personas de otras especialidades no reconocidas para participar en la formación, personas que acompañarían al docente durante las clases. Ello abrió un abanico de posibilidades inmenso porque se podían implementar propuestas que hasta ese momento eran inviables.
Y empezó el curso. Los niños estaban ansiosos después de meses de confinamiento sin estar con otros niños. La energía desbordante circulaba a raudales. Era incontrolable. En ese contexto, los docentes, que desde entonces pasaron a llamarse facilitadores, iniciaron su labor con dudas y traspiés por su cristalizado sistema de creencias pero con las líneas claras, proporcionadas por el comité de sabios que conocía el Propósito, y tenía diseminado Su personal de apoyo por todos los centros escolares.
Tres meses después, las sesiones en el aula eran espacios de crecimiento para niños y adultos. Estos últimos descubrieron que aquellos, en un marco de confianza, eran capaces de reflexionar a niveles impensables.
El compromiso que se desarrolló en ambos lados fue tan elevado que dejó de haber dos lados. Había solo un movimiento ascendente, firme y persistente, dando pasos hacia la consciencia.
Se vio que el incremento de consciencia llevaba aparejado un mayor respeto. Y el aumento de respeto multiplicaba las posibilidades de manifestar el Ser dentro de cada uno. Consciencia y Ser iban de la mano camino del altar donde ambos se confundían formando la experiencia de Amor.
Y llegó marzo. Era el momento de recuperar aquel tercer trimestre suspendido al que ahora ya nadie quería volver.
Se siguió lo previsto y, queriendo respetar las necesidades de 2.º de bachiller, se continuó la programación antigua para aquel trimestre. Sin embargo, fue imposible. Rechinaba por todas partes. Había una semilla en cada niño que estaba brotando de forma imparable.
Como ya no había prisa por completar exámenes, protocolos, evaluaciones, se suspendió la PAU. Los padres, que habían visto la evolución de sus hijos y contagiado de ella, cuyas convicciones acerca de sus hijos se habían derrumbado, lo aceptaron con algunas dudas como el niño dando sus primeros pasos.
El comité de sabios que, según mi abuelo Alberto, sabía de antemano cuál sería el curso de los acontecimientos, había estado diseñando durante esos meses el gran cambio educativo y estaba listo para el siguiente septiembre.
Y ese fue el inicio de una nueva humanidad. El viraje oportuno, el bofetón definitivo, que precipitó la consolidación de Ser humano, que enderezó su transitar por el sendero correcto.
He aprovechado para preguntarle cómo éramos antes, pero calladas lágrimas han brotado de sus ojos, y sólo me ha apetecido hundirme en sus brazos guardando un bendito y sanador silencio, como humano que soy.

La Tierra, 7 de julio de 2102.

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  • Natalia dice:

    Jose, como profe y como ser humano, mi enhorabuena por tu texto inspirador. Me has dejado sin palabras.
    Saldremos adelante.
    Un abrazo.

  • Carlos dice:

    Hola Jose,
    me ha parecido muy interesante este planteamiento y como un suceso así puede propiciar un cambio de paradigma.
    Lo que veo que puede plantear un problema es los niños más jóvenes que irremediablemente se acumulan.
    Que el motivo por el que repitan curso sea la falta de ministro tampoco me cuadra mucho.
    Esto me ha hecho recordar el documental que vi hace poco sobre el cambio en la enseñanza, “Picotazos contra el cristal”, por si te interesa.

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