Tengo la boca seca. Llevaremos dos horas de viaje y este furgón sigue sin detenerse aunque el sentido común sugiera la conveniencia de paradas “fisiológicas”. El calor arrecia, con el sol al máximo de su altura, pero la ventanilla bajada a medias me da un respiro en forma de brisa. El viento que me golpea la cara no deja de sonsacarme recuerdos de una vida que desde hoy será pasado. Atrás dejo un sinfín de sinsabores, resumidos en una incapacidad total para llevar una vida normal.

Repaso las personas que he conocido. Mis relaciones con ellas han sido más breves que la fecha de caducidad de un yogur. Siempre me han hecho ver que era yo la responsable. En momentos de debilidad me lo he creído. Pensar así ha coincidido con procesos depresivos, incluyendo ideas suicidas, en ocasiones. Afortunadamente, “alguien pagó el rescate”. Desde lo más honesto de mi ser, pedí ayuda y apareciste tú.

Tú nunca me has abandonado aunque te supe tarde. He aprendido a mantener silencio para escucharte. Un silencio que conoce las respuestas de forma certera. No pocos te han temido; aquellos que recelan de lo desconocido. Hasta que decidí escucharte, todo a mi alrededor era ruido. No entendía nada. Estaba a punto de enloquecer. Sin embargo, ahora que me siento cuerda, los demás sólo ven desequilibrio. Primero, me apartaron de sus vidas. No contentos con eso, me tomaron por peligrosa y se sirvieron de alguna ley para decidir sobre mí y convenir sin remordimientos mi internamiento. Raquel, me dicen, en ese sitio estarás bien atendida. No saben de lo que hablan. No creo que conozcan las condiciones de aquel lugar, al que voy de camino. Tampoco creo que les importe. Tan solo se sirven de la hipocresía para mantenerme bien lejos. Lo mío debe ser contagioso. Apenas me importa, pues da igual dónde esté porque sé que tú vendrás conmigo. Cuando quiera ponerte cara, miraré a una silla, te hablaré y tú me responderás a través de ella. Esa silla me dará todo lo que necesite en ese momento. Cuando una muela me moleste, te veré en ese dolor y me quedaré callada para sentirlo en su plenitud.

Te pido ayuda para que las pastillas que me prescriban no lleguen a quitarme esta lucidez en la que vivo. Esas drogas son presas para el río de la vida. Y yo decido que la vida fluya a través de mí, pues no hay otro objeto de vivir. Provéeme de sabiduría para que mi mirada despierte los ojos confundidos de quien porte mi dosis diaria de somnolencia, para que esa persona sienta mi amor en modo tal que quiera mantenerlo encendido y se guarde la medicación.

Continuamente acudo a ti. Siempre conociste mis sombras; no te las pude ocultar y me has ayudado a trascenderlas. Fuera veo personas que no se han detenido un momento a mirarse y sabemos que no puedes conocer lo que no ves o, al menos, no te permites la posibilidad de que pueda existir.

¿Qué esperan los demás de la amistad? ¿Compañía? ¿Intercambio? ¿Similitud? ¿Aceptación? Detecto mucha expectativa construida desde el recelo porque uno intuye que el otro puede dejar de proporcionar amistad cuando encuentre algo “mejor”. Eso a mí no me puede pasar. Tu presencia es incondicional. Siempre dispuesto a cuidarme cuando yo decida quedarme quieta, con la mente traviesa desactivada.

En ese sitio donde me van a retener, por una ley desalineada, solo me resta dar lo único que tengo, aquello que teje hilos invisibles entre todo lo que es, esa argamasa etérica que construye espacios de unión. Quizás me encuentre allí gente como yo, esa que puede ver los parásitos astrales que se nutren de las personas, entidades deformes que adoran vibraciones putrefactas. Facultades como éstas las tengo que mantener en secreto. De lo contrario, me darán más pastillas.

Acabamos de pillar un bache tan profundo que mi cabeza ha golpeado dos veces en el perfil metálico de la puerta. Dolor con pronóstico de chichón. Paramos en el arcén. Se bajan los dos ocupantes de los asientos delanteros. Los otros dos locos y yo nos miramos con sorpresa. Diría que en breve les vendrá un brote psicótico y pensarán que todo estaba planeado y que el propósito era descerrajarnos unos tiros en la sien. Eutanasia selectiva. Mientras los dejo en sus paranoias, que ya han empezado a verbalizar, presto atención a lo que pasa fuera. Los dos hombres están discutiendo. Parece que uno no estaba de acuerdo con tomar esa carretera secundaria, y el conductor le responde con algún insulto. El otro se ofende y le da un guantazo que lo lanza al suelo, del que ya no se levanta, a consecuencia del golpe con el canto de un pedrusco. Entonces, enloquece, “¡qué he hecho, Antonio, perdóname!”, dice sollozando. Entre lágrimas, ve venir un camión a demasiada velocidad. Echa a correr hacia su encuentro con la cara ausente. El conductor no se espera la aparición de nadie por detrás de la furgoneta averiada y el camión le embiste, desplazando el cuerpo ya inerte decenas de metros. Extrañados y asustados vemos que el vehículo sigue la marcha sin parar, aumentando la velocidad en apariencia.

Yo sigo sin abrir la boca, silencio que acompaña el cortocircuito mental de los dos compañeros. Pasan unos minutos hasta que levanto la mirada hacia el portón trasero. El otro lado me llama. ¿Dónde voy a ir? ¿Qué voy a hacer? No lo sé. Imagino a un monje budista susurrarme “todo está bien”. Le miro a los ojos, me acerco a su rostro y le respondo, “estamos de acuerdo, pero si es lejos del manicomio, mucho mejor”. Y de una patada abro el nuevo escenario de mi vida, al que voy corriendo sin mirar atrás.

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  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Me ha gustado tu relato. Es más bien una reflexión sobre la amistad, desde una mujer a la que la sociedad le ha dicho que no está cuerda. Invitas a pensar y a abrir la mente. Claro, al final, ¿quién está loco y quién está cuerdo? ¿Quién establece la línea divisoria? ¿Quién decide?
    El uso de la primera persona le da la fuerza necesaria. El principio atrapa, no sabes hacia dónde va la trama.
    Tiene buen ritmo, intercalando frases cortas y largas, y está muy bien puntuado.

    Lo que no acabo de ver claro es a quién le habla. ¿A su fe? ¿A Dios? ¿Es algo más espiritual? ¿A la vida? Porque luego habla también de un monje budista… Entiendo que es un ente superior. Intuyo que ha ascendido en la comprensión de la vida y por eso le cuesta relacionarse con las personas, que no están en el punto en el que está ella.

    Raquel no ha encontrado la amistad verdadera. La amistad sincera no te abandona cuando encuentra algo “mejor”. Los amigos de verdad siempre están ahí. Hay otros amigos que te acompañan parte del camino y luego, por muchas circunstancias, dejan de hacerlo y te sueltan la mano (o se la sueltas tú).

    En lo formal, “estas” va sin tilde en esta frase:
    “Facultades como estas las tengo que mantener…”

    Y esto es una pregunta, faltan los interrogantes:
    “¡¿Qué he hecho?! Antonio, ¡perdóname!”

    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 🙂

    • Jose dice:

      Gracias como siempre.
      No quise concretar con quien habla por dos motivos. Uno, no encasillar y que el lector deje de sentirse identificado si fuere el caso. Dos, hay tantas “entidades” a las que hablarle, Dios, alma, ser superior, Ángel de la guarda, Universo, Elvis Presley si quieres ser extravagante, que ponerle nombre hubiese sido limitante.

      Nos leemos.

  • Jose dice:

    Me gustaría saber cuánta gente tiene amistades sinceras. Hay algunas, muchas, que lo parecen. Y ahí se quedan, pareciéndolas.

  • Alberto dice:

    Me parece que se te dan bien escribir textos misteriosos, casi líricos, en los que importa menos la comprensión de lo que ocurre y más las sensaciones que los personajes y sus palabras producen en el lector. Intuyo que hay frases que te salen de muy adentro, casi sin filtro, como ‘los parásitos astrales que se nutren de las personas, entidades deformes que adoran vibraciones putrefactas’, o ‘Provéeme de sabiduría para que mi mirada despierte los ojos perdidos de quien porte mi dosis diaria de somnolencia, y que así esa persona sienta mi amor en modo tal que quiera mantenerlo encendido…’. Tal vez puliría la globalidad del texto para evitar alguna referencia demasiado repetida (por ejemplo la medicación), pero el caso es que has encontrado un material sobre el que escribir, algo que te mueve. Igual que Natalia, desconozco a quién se refiere Raquel, y tal vez esa sea una ventaja del texto. Solo me ha chirriado un ‘debe ser contagioso’, que imagino que quieres decir ‘debe de ser contagioso’.
    Nos leemos.

  • Jorge dice:

    Muy bien Jose.
    Aunque es de esos textos que se disfrutan mas en la segunda lectura. En la primera nos tienes concentrados para saber quien es, a donde va, a quien habla que no te detienes en detalles que bien merecen la pena.
    Me han gustado varias frases, algunas ya comentadas por los compañeros. Creo que es muy expresiva esta; “Esas drogas son presas para el río de la vida”, a mi, me ha llegado.
    Haces una crítica de lo que se considera estado de locura y de como la sociedad trata a las personas que no acaban por encajar en la sociedad por el motivo que sea. ES muy fuerte la expresión “eutanasia selectiva”. ¡Cuanto dices con solo dos palabras!
    Cada uno se habrá imaginado lo que quiera, pero yo creo que habla a su otro yo. Se ha reforzado la idea con la frase al final “El otro lado me llama”. Yo hubiera puesto “Tú vuelves, siempre puedo contar contigo ….” y así regresas a la idea/anonimato que habías mantenido durante todo el texto.

    Llegando al final dices “los otros dos locos y yo”. Estoy dividido con esta frase. En la primera lectura es de las frases que te acaba de confirmar la situación, por lo que se agradece. Pero en la segunda lectura me ha parecido demasiado evidente. Hay que dar la pista pero no ser tan directo/explicativo. ES decir que yo arriesgaría poniendo “mis acompañantes de camisas blancas…” o algo así.

    Las voces. En tu texto, a veces habla Raquel y a veces le hablan a ella. Cuando habla Raquel yo creo que no necesitas poner comillas porque el texto está en primera. Cuando hablan los otros si que deberías. Sin embargo hay una forma que es “directo libre” en el que si se entiende bien, no es necesario poner comillas cuando se manifiestan otros personajes. De hecho cuando has hecho esta frase: “Raquel, me dicen, en ese sitio estarás bien atendida” en la que NO pones comillas pensé que ibas a hacerlo en todo el texto y me parecía que era una opción arriesgada pero me que funcionaba. Luego al llegar al final, ya estaba todo mas mezclado. De hecho, yo creo que si le quitar las comillas a todo el texto funcionaría.

    En definitiva, que me ha gustado mucho. Como sigas así, ya no sé que te voy a poder comentar.

    Buen trabajo
    Nos leemos.

    • Jose dice:

      Gracias por tus excelentes y dedicados comentarios. Sobre la cuestión de llamarles “locos” pensé que tendría más fuerza utilizar la etiqueta que emplea la sociedad con ellos. Quizás poner “otros dos locos”, incluyéndose a ella misma también me hubiese gustado.
      Lo de las comillas cuando la persona recuerda comentarios de otros…siento que necesito un texto que me explique cómo presentar ese recurso.
      No te hagas ilusiones sobre mi evolución. Seguramente alguno de los siguientes supondrá un retroceso.
      Abrazos.

  • Carlos dice:

    Hola Jose,
    me ha gustado tu relato, en este caso toca de forma lateral la no amistad.
    La carretera, el furgón y el mundo percibido desde su mente clasificada como no normal nos introduce en un ambiente desconocido pero creíble. No se si sufre trastorno de personalidad o habla con una entidad superior, pero lo cierto es que no encaja en esta sociedad y la sociedad la aparta y la recluye. Raquel echa en falta esas relaciones de amistad que te ayuden de forma sincera. Lo cuentas dando pinceladas, un poco abstractas dejando mucho a la imaginación. El desenlace es verdaderamente sorprendente, rocambolesco y pone en tela de juicio que es lo que se considera normal. La frase «Esas drogas son presas para el río de la vida» yo la interpreto al revés «Esas drogas apresan el río de la vida» .
    Enhorabuena.

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