Adolfo era el jefe del área de contabilidad de una gran empresa. No madrugaba, no lo necesitaba. Todos los trabajadores empezaban la jornada a las ocho de la mañana pero él llegaba cuando quería. En cuanto aparecía, unas horas más tarde que el resto, paseaba su redondez por la oficina, con su traje negro habitual, su camisa blanca, y su olor excesivo a perfume.

—Buenos días, Sara

—Buenos días, Adolfo

Sara no se atrevía a levantar la vista del ordenador. Se ponía nerviosa con esa rutina que él había tomado de saludarla siempre la primera, antes que al resto. De hecho, era la única a la que saludaba por su nombre. Cuando le escuchaba pronunciarlo, levantaba los dedos del teclado un segundo y encogía los puños, apretando más fuerte de lo que hubiera querido dejar ver. Adolfo se daba cuenta de su tensión, le divertía sentir que era él quien provocaba esa incomodidad en Sara.

—Cada día te saluda directamente, seguro que le haces algún favor fuera del horario laboral…

Sara callaba y hacía ver que no le importaba pero, por dentro, deseaba darle una buena patada en la boca a la compañera de la mesa de al lado. Marta no llegaba a la treintena, como ella. Cuando empezó a trabajar en la empresa, tenía el objetivo de ascender y convertirse, en primer lugar, en la ayudante del jefe de contabilidad; por eso, el día que Adolfo llamó a Sara y le ofreció el puesto, Marta empezó a hacer comentarios hirientes. Lo hacía siempre que podía. En realidad, Sara quiso rechazar la oferta, prefería no ser jefa, pero Adolfo insistió.

—Te lo he pedido de manera educada pero también puedo obligarte. Es más, puedo despedirte, si me da la gana.

—De acuerdo, señor Adolfo —Sara bajó la mirada ese día, como muchos otros.

—Así me gusta, que seas obediente —el bigote de Adolfo se elevó con su sonrisa, dejando entrever unos dientes amarillentos por el tabaco.

Sara había tenido muchas dificultades para encontrar trabajo después de su maternidad y tenía un hijo al que mantener; sus padres le llevaban a la guardería y le cuidaban hasta que ella salía de la oficina. El padre del niño se desentendió en cuanto supo de su embarazo pero ella quiso seguir adelante. No podía perder su sueldo por nada del mundo. Tragaba saliva cada vez que el señor Adolfo la llamaba a su despacho para repasar las cuentas.

Un día, mientras miraban unos papeles, inspiró cerca del cuello de Sara y le tocó la pierna.

—No hueles a nada, a mí me gusta que las chicas huelan a colonia. Toma, te vas a tu mesa y te la pones —dijo, dejando un frasco sobre el escritorio.

Sara cogió el bote resignada y miró a Adolfo un instante. Él aprovechó para guiñarle un ojo, provocando en ella una náusea que contuvo dándose la vuelta. Escondió la colonia entre su cuerpo y la carpeta y volvió a su mesa. Esperó a que Marta se levantara para su café de las once y apretó el spray cerca de su cuello. El olor le resultó demasiado fuerte.

Siguió escribiendo sobre el teclado pero las palabras en la pantalla empezaron a emborronarse, se mareaba. Una lágrima cayó sobre su mesa y ya no pudo parar. Le faltaba el aire, respiraba a trompicones y le temblaban las manos. Marta, que no le quitaba el ojo ni estando cerca de la máquina de café, se dio cuenta y corrió hacia ella.

—¿Qué te pasa, Sara?

—Que no puedo más. Que estoy harta de tus comentarios y del asqueroso de Adolfo. —Sara hablaba entre sollozos levantando la voz. Las demás compañeras empezaron a arremolinarse alrededor de su mesa.

—Pero no te pongas así

El murmullo que se generó alertó a Adolfo, que salió de su despacho.

—¿Qué está pasando?

—Creo que tiene un ataque de ansiedad —dijo Marta, con la cara desencajada, intentando sujetar a Sara por el brazo.

—Llamad a un médico.

Y entonces Sara explotó y gritó todo lo que llevaba conteniendo durante semanas.

—¡Tú tienes que llamar a un médico! ¡Estás enfermo! —Sara logró respirar hondo una vez y se dirigió a sus compañeras —. Este señor me acosa, me pide que haga lo que no quiero hacer y me amenaza con despedirme. ¡No puedo más!

Una de las administrativas fue a avisar a un miembro de seguridad, que se llevó a Sara al pasillo para que se calmara. Una vez pudo respirar normalmente, pidió hablar con el jefe de personal. Pudo contar lo que le había sucedido durante las últimas semanas y Adolfo fue llamado al despacho. Sara se revolvió en su silla cuando le vio entrar.

—¿Es cierto lo que cuenta esta empleada?

—Bueno, tú sabes que me gustan mucho las mujeres No lo puedo evitar.

—Te avisamos. Hasta tu padre lo hizo. Es el tercer departamento en el que trabajas, no habrá más oportunidades. Dijiste que cambiarías y no lo has hecho. Estoy harto de ti, Adolfo. Me da vergüenza que trabajes en la empresa de tu padre. Estás despedido.

Adolfo se levantó, miró a Sara con una mueca de desagrado y se fue.

Sara salió del despacho y volvió a su mesa. Sus compañeras le preguntaron y ella les contó todo lo que había sucedido. Marta le pidió disculpas, con la cabeza agachada, sin mirarle a los ojos. Pero a Sara solo le importaba su hijo, no dejó de pensar en él ni un segundo hasta que pudo llegar a casa y abrazarle. Respiró su olor profundamente y se sintió más fuerte. Él era su principal motivo para seguir adelante.

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  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    el nombre de Adolfo ya me da repelús de por sí. No sé si lo hacías con alguna intención. De haber sabido Sara el poder que tenía el Jefe de Personal se hubiera ahorrado mucho tiempo de sufrimiento. Me sorprende el cambio de Marta, que es una persona que está resentida con Sara por haberle levantado meses atrás el puesto que deseaba. Quizás cuando una sufre una situación de acoso, la perspectiva puede cambiar rápidamente. Aunque seguramente Marta, tarde o temprano, volvería a hacer comentarios despectivos hacia ella.

    No puedo dejar de ver las semejanzas que tienen nuestros textos. En los tres, muchas mujeres en la parte baja de la pirámide y solo hombres mandando. Hombres que sexualizan su trabajo, algunos con éxito y otros, por lo asquerosos que son, tan solo llegan al nivel de acoso. Y los tres hemos decidido hacerlo en un ambiente de oficina a pesar de la cantidad de entornos laborales que hay: planta de producción, tiendas,…

    Por el momento no te digo nada más que me viene el relevo y ya me quiero ir a casa.

    ¡¡Nos leemos!!

    • Natalia dice:

      Hola, Jose
      Adolfo se llama así a propósito, sí. Quería un nombre que invitara a rechazarle ya de entrada.
      El contexto es una gran empresa con muchos departamentos. Sara recibe el acoso de Adolfo pero calla (como muchísimas víctimas, que necesitan ingresar dinero y aguantan día tras día). Es una trabajadora más y tiene miedo de hablar por no perder el trabajo, por eso no pide ayuda a nadie.

      En cuanto a Marta, ella cree que Sara hace favores al jefe. Tiene envidia porque le ofreció el puesto que ella quería y, por eso, la chincha. Pero, cuando conoce la verdad, que ella no quería el puesto y que estaba siendo acosada, se disculpa. No es tan raro que alguien se disculpe. Creo yo. Marta no es mala, ha gestionado mal su frustración.

      El despido de Adolfo esconde otra reflexión. Es hijo del jefe y han tenido manga ancha con él. No es la primera vez que acosa a alguien y, sin embargo, ahí estaba. Sara, evidentemente, no sabía que no era la primera. Lo que le pasa es que explota porque no puede más y eso conlleva que todo el mundo se entere. Mi intención era que el vigilante de seguridad la invitara a contarlo al jefe de personal. Me han faltado unas líneas ahí.

      Escribí el texto en dos horas y media, terminando a la una y pico de la madrugada. No quiero justificarme, solo decir que tengo muchísimo trabajo y que peleo por este proyecto todo lo que puedo. Disculpad si no os convence.

      Es verdad que todos hemos ido a lo fácil, al cliché de las oficinas y al cliché de las mujeres que se llevan mal con otras mujeres. Fallo nuestro por no ser originales.

      Un abrazo.

      • Jose dice:

        No tienes que disculparte de nada. Perdona si no me he sabido expresar. El texto me gusta mucho, está bien escrito y sí lo veo verosímil. He notado la facilidad con que se le ha despedido, nada más.

        • Natalia dice:

          Hola, Jose
          Tú tampoco tienes que pedir perdón 🙂 Tú tienes que decir lo que piensas, así es como yo puedo aprender. Sigue haciéndolo, por favor.
          Cuando Jorge ha dicho que no le parecía verosímil el final, he entendido tu comentario añadido como que a ti tampoco. Que era demasiado fácil (y, por ello, no era creíble). Error mío de interpretación, entonces.
          Le tenía ganas al tal Adolfo, es cierto. Me he visto de jefa personal con mi traje chaqueta echándole para siempre 😛
          El fondo de las disculpas viene de mi poco tiempo para dedicarle al texto. Suelo estar mis cuatro o cinco horas, más las revisiones. Y esta vez, en dos horas y media y sin reposar el texto, lo he publicado. Quizás releyendo hubiera perfilado la forma de contar el despido (que no el despido, eso lo tengo claro).
          Un abrazo y gracias por seguir ahí, ayudando a sujetar este proyecto.

  • Jorge dice:

    Hola Natalia.
    Pedazo de tema. Esto podría dar a un largo comentario con sus bien acertadas réplicas.
    Me gusta como nos describes a Sara. Como nos metes en sus acciones, sentimientos y nos los muestras con sus gestos.
    Adolfo me parece una caricatura. Yo me imagino a los acosadores mucho mas sutiles, moviéndose en las líneas mas indefinidas y creando además sentimientos de culpabilidad en sus víctimas. Observando la impunidad con la que actúa Adolfo y su relación con la empresa, es difícil imaginar el final relatado. No es ya una cuestión de gustos, es una cuestión de verosimilitud.
    Los tres textos de esta semana han coincidido en el tema y trama. Contado con argumentos distintos pero denunciando, claramente, una situación que se repite mas de lo que debería. Desde luego, da para historias y personajes mucho mas largos e interesantes.
    Enhoruabuena.
    Nos leemos.

    • Natalia dice:

      Hola, Jorge
      Sí es un tema muy potente, sí. Daría pie a una gran conversación, a debatir, a que expresarais vuestra opinión como hombres, a que yo expusiera la mía como mujer (además, la única en este grupo). A lo mejor algún día, tomando algo 🙂
      Un acosador es alguien complejo, con muchos matices que creo que no caben en un relato. Adolfo ha sido unas pinceladas de un perfil de hombre que existe pero que necesitaría de una novela entera para conocer sus estrategias y artimañas y profundizar en su psicología.
      Siento que no te resulte verosímil.
      Un abrazo.

  • Jose dice:

    Coincido con Jorge lo fácil que ha parecido cepillarse a Adolfo. Las ganas te han podido 🙂 .

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