Sujetaba el grifo en el bolsillo del abrigo, a modo de pistola, mientras se escondía tras el caballo. El viaje hasta allí había sido arduo y la única solución al coronavirus parecía encontrarse en esa isla.

No debía de estar sola allí, pero lo estaba. Agazapada tras aquel caballo, en esa granja furtiva de pangolines que parecía ser el origen de la cepa. Ella sabía que, quizá, la solución se encontraba en ese pangolín especial de escamas doradas.

Le costaba respirar con libertad. El olor a estiércol se filtraba mezclado con el de otros productos químicos más fuertes. Todo unido al orín, le aturdía con fuerza la consciencia.

Se oía a los monos aulladores a través de las ventanas y adivinaba el roce de alguna hoja al caer sobre las demás. De repente, el sonido de unos pasos delataba que se acercaba una presencia. Apretó con fuerza el grifo en el bolsillo. Una gota de sudor se escurría desde la frente hasta la punta de la nariz. Se puso bizca intentando sujetarla con la mirada. El equino donde se apoyaba, acomodó su postura. La presencia detuvo su avance, probablemente advertida por el ruido del movimiento.

Se giró sobre sí misma y apuntó con el grifo, a modo de improvisada arma oculta en el abrigo. Ante ella se encontraba un pangolín del tamaño de un rinoceronte. Las escamas le llegaban de la cabeza a la punta de la cola. Las había doradas, pero también turquesas, amarillas y verdes con destellos fosforescentes. De la boca le colgaba un hilo viscoso que se balanceaba de un lado al otro mientras movía la cabeza. Sus garras afiladas se le aparecían como enormes retroexcavadoras a punto de aplastarla.

Los ojos se le agrandaron compitiendo con su boca. Temía ser descubierta. Volvió a ocultarse tras el percherón. Notaba su corazón acelerado.

Debía pensar.

Calmarse.

En realidad, no necesitaba enfrentarse a ese animal pseudomitológico. Le bastaba conseguir ese ácido fétido que desprendía de sus glándulas anales y ahora parecía una buena oportunidad.

Se dejó escurrir hasta quedar entre la pata trasera y la cola. Sacó de su bolsillo aquel grifo que ya no le serviría de arma, y lo apoyo sobre una de las glándulas para extraer todo el ácido. Cerró el grifo y lo volvió a guardar.

Ahora solo quedaba poder escapar, la luz artificial se reflejaba en las escamas y le devolvía a su mirada infinidad de colores, moviéndose, como granos de una foto ampliada que rotaban su posición. Dio unos pasos para atrás, la hojarasca sonaba bajo sus suelas. Paró sus pies. De cerca, aquellas escamas parecían verdaderas planchas de acero. Aquel animal era soberbio. Su cola empezó a menearse y pensaba que podría voltearse y golpearla.

Todo ocurrió en un instante. Su largo cuello se giró hacía ella. Sus miradas se cruzaron. El rostro del animal no era apacible. Era una cara excitada, hostil. Ella no podía contenerse y gritó. Gritó con todas sus fuerzas, encogida de pánico. Un solo golpe de esa bestia la mataría. No sabía si fue por el movimiento del bicho o por el grito, pero el caballo también relinchó con fuerza. Y ella se asustó. Y cuando parecía todo perdido, aquel monstruo, en el tiempo de un parpadeo, se convirtió en una bola enorme. Una bola enorme de escamas doradas y fosforescentes. Y todo parecían luces salidas de una bola de espejos de discoteca donde se reflejaban todos los colores. Serían las luces, o sería la tensión. Sea lo que fuera, se desmayó.

 

Abrió los ojos. Respiraba pausada tras el caballo y aún conservaba el grifo.

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  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado tu texto y tu originalidad. No sé si serás así en la vida, me huelo que sí… pero tú te centras en buscar la solución al problema. Y buscas el antídoto. Me parece genial 🙂
    Tu relato se lee bien, es claro y coherente. Está bien escrito. Me gustan tus frases cortas. Le dan ritmo al texto.
    Me gusta que sea una mujer la que consigue la proeza. Me has ganado con eso 😛
    En lo formal, sólo una cosa. Estabas hablando en pasado, así que creo que esta frase tendría que quedar así:
    “Fuera lo que fuera, se desmayó:”
    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 😛

    • Jorge dice:

      Gracias Natalia.
      Que curioso eso que dices de que busco el antídoto…me has dejado pensando.
      Yo siempre he pensado que soy mas ingeniero (buscar soluciones a cosas) que creativo/científico. Y puede que sea verdad….
      Muchas gracias

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,
    Me ha gustado el enfoque de tu historia fantástica ante un tema con pintas trágicas.
    La idea sobre la búsqueda de ese ser fantástico me ha hecho imaginarme la historia como una película manga y es que la imagen del pangolín induce a ello. Te recreas mucho en las descripciones y eso facilita imaginarse bien la escena.
    Lo que no me ha convencido y me gustaría que explicaras es la razón por la que buscaba ese pangolín especial, ¿lo conocía por una leyenda que le contaban de niña?, esa explicación creo que le daría más credibilidad.
    Enhorabuena.

    • Jorge dice:

      Hola Carlos.
      Gracias por los comentarios.
      La razón por la que busca es otra historia que esta por escribir. Quien sabe, quizá la escribas tú.
      La inspiración vino, esos días que dijeron que el origen de la epidemia estaba en los pangolines, y yo imaginé que igual que eran el origen del problema, también podían ser la solución….
      Gracias

  • Alberto dice:

    Me has matado con esas “glándulas anales del pangolín”. ¡Qué travieso eres!
    Es un relato divertido en el que te permites la licencia de romper reglas y atravesar la realidad, tal vez como Natalia en aquel ejercicio dedicado al disparate. Un ejercicio muy sano. Pienso que yo hice algo así con el de Nochebuena.
    El caso es que la isla y el pangolín gigante me han hecho sentir como en aquellas novelas míticas de Julio Verne. Se agradecen las imágenes que te ayudan a ver al pangolín: las escamas, las babas… Lo que no veía bien era un grifo como objeto para recoger líquidos… no lo he visualizado. Me ha desconcertado un poco el final, un desmayo y una vuelta a la consciencia sin que nada ocurra.
    La imagen del pangolín como bola de discoteca gigante dentro de la granja es totalmente onírica!
    Que bueno disfrutar de la imaginación propia…
    Nos leemos.

    • Jorge dice:

      Hola Alberto. me alegro que te haya gustado.
      El grifo es parte del ejercicio del otro curso, había que usar dos palabras de mundos distintos, en este caso grifo/caballo.
      Bien leído el final. No sabía como cerrarlo y no quería que fuera un sueño. Preferí dejarlo abierto a interpretación del lector, y ha quedado sin cerrar.
      Muchas gracias por tus comentarios.
      nos leemos.

  • Yuri dice:

    Hola Jorge,

    No tenía ni idea de que era un pangolín, por fotos parece un animal simpático, pero del tamaño de un rinoceronte y teniendo que poner un grifo en sus glándulas anales… Jesús. Cuando veo a mis gatos andar, muchas veces pienso en que dulces parecen algunos animales, pero si tuviesen más tamaño que miedo darían.

    Me he reído mucho con lo del las glándulas anales, supongo que tu también al escribirlo. Me ha gustado mucho el texto. Ahora que estoy en época de leer bastante de Neil Gaiman esto de ver un pangolín mitológico me ha recordado un poco a él y me ha encantado.

    Bravo el texto.

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