Era un día de estar solo en casa, uno de esos regalos que no se llega a apreciar en su justa medida hasta que no eres padre. Ese fin de semana, Ángeles estaba fuera en un curso obligatorio de su empresa y mi hijo se había ido a estudiar, con pernocta incluida, a casa de Manuel, para ayudarle con la Física. Al menos, era esa la milonga que nos contó. Yo, por mi parte, tenía pensado adelantar trabajo de ordenador, revisar el correo electrónico y organizar la agenda del próximo mes, con tantos clientes aún por ver.
Mi cuerpo se despertó temprano, el muy cabrón. Yo hubiese deseado holgazanear de buena mañana pero él toma más decisiones de las deseables. Como ese día. Al menos me sirvió para terminar todo el trabajo de oficina a mediodía.
Tras aquello, me tumbé relajado en el sofá, con la vista difuminándose en el techo, pensando qué hacer. Podía irme a correr y, después de una ducha, acercarme al supermercado con una lista de ingredientes para alguna receta innovadora, de las que sólo me gustan a mí en casa. Sonaba bien. Pero me vino a bote pronto el recuerdo de mis palabras cada vez que bajaba al cuarto de herramientas. Algún día tengo que arreglarlo. Eso incluía tirar trastos viejos y darle una mano de pintura. Era el momento, sin duda. Así que me levanté, me puse ropa vieja, algo estrecha, gafas de trabajo y una mascarilla para evitar los efectos desagradables del polvo.

Llevaba un rato sacando trastos, apartando telas de araña y aplastando algún bicho de seis o más patas, cuando vi una caja que no conocía. Estaba en el fondo de un baúl con las cosas de Ángeles. Era de color rosa chicle y remates metálicos. Tenía una apertura de cerrojo con la llave puesta. La abrí y encontré una carta. Dudé si cogerla, pero ¡qué coño! Al hacerlo, quedó al descubierto un saquito negro de raso que ocupaba todo el largo de la caja. Me olvidé un momento de la carta y saqué la bolsa haciendo una pinza con dos dedos. La obertura tenía una cuerda con un par de nudos. Los deshice y me topé con ¡un consolador! No me lo podía creer. Era sonrosado, con aspecto humano, un glande prominente y con los pliegues de falsa piel perfectamente detallados, imitando la realidad. Bueno, realidad tampoco, porque el tamaño de ese pene artificial superaba con creces la media nacional, que los datos los tengo bien frescos. Los reviso todos los años, no sea que haya una subida significativa y yo no me entere. A la competencia la tienes que conocer, me decía mi mentor.
Lo mantenía agarrado con las yemas de tres dedos pues me daba repelús tenerlo entre las manos. A pesar de la reducida superficie de contacto con aquella cosa, notaba un frío incómodo. Recordé la carta, dejé el consolador dentro de la caja y empecé a leer.
Amiga Ángeles, te damos este gran tesoro para que le des el uso que te mereces. Será tu mejor compañero. No tendrás que darle conversación ni pedirle permiso. ¡Sé muy guarra!
Deduje que fueron sus amigas las que se lo regalaron en la despedida de soltera. Seguro que también contrataron un boy y todas se dejaron restregar sus partes por la cara. Vomitivo.
Empecé a filosofar dentro de mí acerca del impacto de esos falos de pega sobre las relaciones de pareja. Hacer comparaciones es un acto humano, un mal endémico al que desde niños estamos expuestos. Nadie se salva, quizás solo los mejores, aunque incluso estos también sufren las comparaciones con los demás. Deben de acabar hasta las narices. Nunca lo he comprobado porque no recuerdo haber sido mejor en nada. Todo eso lo pensaba sin dejar de mirar a ese imponente pene, que me imaginaba hablándome. Eh, tú, pichacorta, que sepas que tu mujer se lo pasa en grande conmigo, ¡pringado!
Me estaba enfadando con todo ese torrente de impertinencias que me decía el monstruo prepotente. Pensé prenderle fuego o, más humillante aún, tirarlo al cubo de la basura junto con restos de materia orgánica en descomposición, para que pasara el resto de su existencia en un estercolero, rodeado de gaviotas curiosas picoteándole el prepucio.
Aparté la mirada para respirar hondo. Tras unos segundos en silencio, abrí los ojos y vi todo el desorden. Reconduje mi actitud y desvié por unos minutos la atención de esa caja.
Los juguetes casi nuevos se contaban por docenas, y parecían querer esconderse de mis ansias por despejar el espacio. Sin apenas uso, me planteé hacerles unas fotos y ponerlos a la venta, a precio irrisorio, en alguna aplicación. Localicé el móvil en la bancada de trabajo entre el destornillador y la caladora y me dispuse a colocar los juguetes, de uno en uno, sobre un fondo neutro para inmortalizarlos. Tras un rato haciéndolo, mi pensamiento volvió al consolador. ¿Lo habría utilizado Ángeles? Me empezaba a carcomer la duda. Desde luego, si lo hizo en su momento ya no, a juzgar por el lugar donde se encontraba. ¿Tal vez lo jubiló y se compró uno más ergonómico, más cálido, más grande? No me lo podía creer. Fui a la caja y con sumo cuidado, como si fuese un pañal usado, lo tomé y, tras unos segundos de duda, me lo llevé a la nariz para olfatearlo. Contraje todos los músculos de la cara con la intención de no descubrir el olor que buscaba. Ese olor que conocía a la perfección, el de Ángeles cuando me tiene cerca, piel con piel, en actitud primitiva. Con una extraña decepción, sólo percibí el matiz propio del plástico. Un olor inanimado y aséptico. Daba la sensación de que no se hubiese dado uso a aquel objeto. En el fondo, muy en el fondo, sentí cierto desencanto. Pero no sabía por qué. Era una emoción que antecedía a cualquier pensamiento. De alguna forma, entró en escena mi lado lascivo, contra mi voluntad, y brotaron imágenes de Ángeles jugando con el instrumento. Tras cada imagen me repetía en voz alta no, no, no. Ese espacio íntimo es de los dos y no de ella, a solas con eso, me quejé. Otra imagen traidora de Ángeles cabalgando, desnuda, amasándose los pechos y gimiendo. No, no, no. Me agarré la cabeza, estirándome de los pelos, retorciéndome, con punzadas sin una localización precisa en mi anatomía. Una imagen tras otra, a cual más sucia hasta que no pude aguantar la presión y empecé a notar un desvío masivo de sangre hacia mi miembro. Me apretaba en el ajustado pantalón, con una posición complicada dentro del calzoncillo. No entendía por qué. Tuve que parar unos minutos y me puse a hacer flexiones para que se redistribuyera el flujo sanguíneo y bajara aquello. Empecé a resoplar, y entre jadeo y jadeo, volvieron a asomarse las imágenes de una desenfrenada Ángeles, bramando el nombre de su antiguo novio de facultad. Pensar en ello me trajo de vuelta las comparaciones. No podía más. Tenía que detener el momento y finalmente solté un grito ensordecedor que se prolongó en aquella casa, que ese día era solo para mí.

Había caído la tarde y estaba agotado física y mentalmente. El trabajo en el cuarto de herramientas se estaba prolongando, y la probabilidad de terminarlo durante el domingo era cada vez más baja. Decidí darme una ducha regeneradora. Por alguna razón, que no logro entender, antes de abandonar el sótano me llevé el saquito de raso, colgando de mis dedos por la cuerda.
Mientras subía las escaleras me acordé de Rubén, preguntándome si sería cierto que estaba con Manuel estudiando Física. Tuve la tentación de mensajearme con él, pero tampoco quería forzarle a mentir y desistí de ello. La asignatura de Física me llevó a pensar en la costumbre que hay por abreviar los nombres de las materias, Mates, Natu, Soci, Reli, pero Física no tenía forma corta como tampoco tenía Educación Física, aunque este año, esa asignatura se llamaba Noelia, la joven y exuberante profesora, cuya vocación por la materia se trasladaba a su cuerpo. Mientras me quitaba la ropa, ya en el baño, me acompañaba la imagen de Noelia. Inmediatamente tras ella, apareció su novio, el Adonis que la recogía a la salida del instituto. Los vi a los dos desnudos como yo, en la intimidad de su alcoba, él susurrándole algo al oído, mientras le retiraba parte del cabello para liberarle la espalda y poderle besar, con pequeños mordiscos por el cuello, lenta, muy lentamente. El agua caliente empezaba a llenar mi bañera y el vaho cubría al completo el espejo siendo abandonado por mi reflejo durante todo el tiempo que estuviese allí. Junto a mi reflejo, me fui despojando de conciencia, de creencias,…se estaba creando un espacio propicio para fluir. Me metí en la bañera, con el agua cálida por encima de los tobillos. Coloqué el teléfono de ducha en el aplique y me hundí en un chorro amplio y enérgico, mientras apoyaba los brazos en la pared. Me notaba vigoroso. Noelia seguía dentro de mí, pero sobre todo el Adonis que la pretendía poseer. Dejé hueco a preguntas sin forma, porque la forma, en sí misma, cerca, limita el momento. Las respuestas tampoco tuvieron palabras, solo gestos, unos ojos que buscan alrededor y encuentran, un pie que sale de la bañera, un brazo que se alarga y mi mano, que firme agarra, para volver tras un instante al paraguas del potente chorro. Estaba solo en casa y el vaho ocultaba mi reflejo y con ello mi conciencia. La receta innovadora cuyos ingredientes no llegué a comprar en el supermercado parecía querer elaborarse allí mismo, dentro de la bañera. Y yo permití que se diera la ocasión. Cerré los ojos para no ser testigo directo y llevé las manos a mi espalda, donde Adonis seguía encimando a Noelia, preparándose para la maniobra definitiva. Busqué la zona vetada y tras probar un rato con mi dedo índice, fui introduciendo el trasto viejo, con torpeza, con dolor. Después de una rara mezcla de gusto e incomodidad, me asusté, y lo saqué, volví a mí, a mis años siendo un tío muy macho y terminé la faena sin artilugios, por delante.

Al día siguiente, ya no había rastro de vaho.

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  • Jorge dice:

    Hola Jose.
    Me ha gustado mucho este relato. Y no es una frase hecha.
    M gusta la voz y el registro que tiene. ES muy tuya, es verdad. Me gusta esta primera en la que se puede ver al personaje y como se le diferencia en como se expresa, en como define.
    Luego has elegido un tema de esos que te gusta y en los que te desenvuelves con frescura y esto me llega como lector.
    El final esta bien, aunque debo confesarte que lo he tenido que leer mas de una vez para asegurarme que interpretaba correctamente lo que leía, casi escudriñando cada palabra. Tras la relectura si que me ha quedado claro.
    Me alegra que te den estos prontos y que te salgan cosas tan chulas.
    abrazo

    • Jose dice:

      Muchas gracias por leer. Mientras lo escribía me lo iba pasando bien, aunque la parte que más me gusta es cuando arreglo el texto tras los comentarios que me vais haciendo para hacerlo más redondo. Ahí es cuando realmente me rompo los sesos para corregir las frases. Trataré de ser más claro con los finales. Quería mostrar la incoherencia del ser humano,cómo pasar de una situación inicial de asco a acabar con la búsqueda de placer a través de él. Tenía recelo sobre todo en que hubiese un salto muy grande y fuese creíble que llegue a hacer lo que termina haciendo. En realidad no sé si lo he conseguido porque tenía claro que el personaje no iba a ser capaz de dar explicaciones a lo que le ocurría, como creo que nos pasa muchas veces; una manía que no nos gusta de nosotros pero no somos capaces de superar, una adicción que nos crea más problemas que otra cosa pero somos simples esclavos indefensos,…

      Gracias, de nuevo, por estar ahí. Resulta muy muy reconfortante.

      Nos vamos leyendo.

  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Un texto curioso y libre, me ha gustado. Te reconozco en este estilo. La escatología te mola, ¿eh? Ahí oliendo el consolador… 😀
    Me gusta que escribas en primera persona, a mí siempre me parece que tiene más fuerza y que conecta más con el lector.
    Dentro de la trama, del consolador y de las fantasías, me parecen muy acertadas las pinceladas de reflexión de tu personaje, con lo de comparar, la competitividad, la sensación de fracaso por no ser mejor que otros en algo. Y también destaco el hecho de tener que esconderse tras el vaho para dejarse llevar. Hay mucho tabú todavía con el disfrute sexual propio, a ser juzgado.
    Eso de despertarse pronto justo el día que tienes libre es algo común, jeje

    En lo formal, yo cambiaría la posición de “gaviotas curiosas” y añadiría el verbo. Creo que así la lectura fluye más y queda más contundente lo del prepucio:
    “para que pasara el resto de su existencia en un estercolero, rodeado de gaviotas curiosas picoteándole el prepucio”

    Sobran o faltan algunas comas:
    Eso incluía tirar trastos viejos y darle una mano de pintura.
    “Dejé hueco a preguntas sin forma porque la forma, en sí misma, cerca”
    “ y encuentran un pie que sale de la bañera, un brazo que se alarga y mi mano”

    Y aquí faltan los dos puntos o sobra la mayúscula del no:
    “Tras cada imagen me repetía en voz alta No, no, no.”

    Enhorabuena. Creo que te lo has pasado bien escribiendo 🙂
    Un abrazo.

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