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Hacía calor o quizá no, da igual, yo sentía cómo me resbalaba el sudor, de eso sí que me acuerdo. Estaba sentado en un banco de color blanco. Era un banco corrido, con patas de metal y un tablero de esos de aglomerado forrado de un contrachapado blanco brillante. Es difícil olvidar ciertos detalles de aquel día, como el viaje en coche hasta el chalet. Casi nunca había ido allí de esa manera, casi siempre habíamos ido en el tren junto con todos los del grupo, pero ese día yo y mi A.P. íbamos montados en el asiento de atrás. Recuerdo que me cogió de la mano y cuando yo le miré me la apretó y me dijo acercándose a mi oído que lo habíamos conseguido.

Él tenía más ilusión que yo, y no es que yo no tuviera ganas, pero es seguro que él la mostraba con menos pudor. Mi A.P. era más extrovertido que yo, quizá por eso hacíamos tan buen equipo y por eso habíamos tenido la suerte de ser elegidos para pertenecer a la guardia de hierro. Él había pasado a la sala antes que yo y por eso me había quedado solo, sentado en aquel banco. Estábamos en la planta baja de la casa, y nunca antes habíamos ido hasta ahí, era zona exclusiva para la guardia y para los más cercanos al príncipe.  Aquel sería un gran día, que me dejaría para siempre una huella imborrable, quizá por eso recuerdo tantos detalles. Enfrente del banco había un póster de un chico de las camisas pardas y detrás de él un oficial uniformado. El chico llevaba pantalón corto, camisa marrón y corbata negra en actitud totalmente sonriente. Ese era el estilo que había que sostener, con las mangas de la camisa remangadas haciendo valer la consigna del me gusta lo difícil.

Mi A.P. salió por la puerta de la sala del altar, iba con el rostro serio, pero en cuanto me miró pude leer felicidad y orgullo en sus ojos. Estaba realmente flotando en un entusiasmo contenido. Si le hubieran dejado, seguro que habría bailado y saltado de alegría, solo la solemnidad del día y del acto le contenían. Pasó por delante de mí en dirección a la otra puerta, la del final del pasillo.  Nadie tuvo que decirme que era mi turno, me levanté y entré.

Frente a mí estaba un altar iluminado por velas, con una foto enorme del príncipe Alain en el centro, rodeada de candelabros, cruces y un cáliz. Justo delante del altar había una estructura de madera que era como la parte trasera de un banco de iglesia, preparada para poder arrodillarse y apoyar las manos. Un guardia de hierro, sin decir nada, me invitó a que me arrodillara y yo ya sabía lo que tenía que hacer. Según lo hizo se retiró hacía el fondo donde no llegaba el titilar de las velas y me dejó solo, arrodillado frente al príncipe. Sabía que aquel era el momento de reflexión personal, lo habíamos hablado muchas veces antes de ir allí. Sabía que debía dejar entrar dentro de mí la pureza, sin embargo, durante muchos momentos, no podía evitar mirar las condecoraciones militares que estaban a los pies de los candelabros y las fotos de otros chicos que antes que yo seguro que estuvieron allí. Esa curiosidad me hizo sentir impuro por momentos, incluso me sentí no merecedor de ir a Delhais con todos. Cerré los ojos y me concentré, tratando de extirpar de mi cabeza esos pensamientos banales, volví a la esencia del grupo, a todo lo que había aprendido. Debió ser en esos momentos cuando escuché retumbar aquel grito.

 

 

Había llovido mucho desde que los conocí. Fue en el barrio, dónde sino. Pasábamos tantas horas en la calle que nuestra verdadera familia era en realidad la chavalada. Todos nos conocíamos, pero los grupos iban por bloques o por cercanía de portales, de forma que te ibas haciendo más amigo del que vivía al lado. Mi portal estaba casi al final; el ochenta y cuatro. La parte de atrás estaba recién urbanizada con carreteras y aceras, pero no habían hecho todavía edificios ni casas, así que teníamos a nuestra disposición extensiones de asfalto sin uso que nosotros rápidamente transformábamos en pistas de tenis, campos de fútbol para chapas o pistas de patinaje. Fue una tarde que habíamos estado jugando mi panda y yo. Nos tirábamos en monopatín por la cuesta hasta abajo una y otra vez. Ponto estuvimos cansados de tanta rampa. Ellos estaban jugando un partidillo de fútbol-raso, si, ese en el que hay que colar la pelota por debajo de un banco. Estaban en un recinto al que llamábamos La pera, precisamente por la forma que tenía, y que era dónde ellos acostumbraban a reunirse. Allí nos conocíamos todos de habernos vistos muchas veces, y sin embargo aquel día, como pudo ser cualquier otro, nos hicieron un gesto con el brazo para que fuéramos y nos invitaron a jugar un partidillo. En aquella época cualquier reto de esa índole no podía ser rechazado. No me acuerdo si ganamos o perdimos, pero si recuerdo que fue la primera vez que vi a Eddie, aunque él no jugó.

Desde ese día coincidimos más con ellos, y cuando lo hacíamos cada vez era más fácil empezar un juego. Incluso algunos días que estaba solo y que todavía no había bajado nadie, me acercaba donde La pera y casi siempre encontraba a alguno. Allí comíamos pipas para esperar a los otros hasta que se organizaba algo. Recuerdo un día que fuimos a putear al tuerto de la furgoneta que vivía más arriba, le pusimos una traca de petardos al borde de la puerta y nos escondimos. Según explotaron, se abrió la puerta y salió medio en pelotas del carromato chillando, y nosotros, descojonados.

Cada vez éramos mejores amigos y un día me lo propusieron, lo de salir con ellos a la montaña. Les iba ese rollo y a mí también me gustaba. Cuando lo dije en casa no les pareció mal. Las primeras excursiones eran de un día completo, salíamos temprano por la mañana y volvíamos por la noche. Nos llevábamos en la mochila un bocata con algo de fruta. No teníamos un uniforme propiamente dicho, pero a Eddie le gustaba que lleváramos pantalones bávaros y medias altas. En aquella época las botas que calzábamos todos eran unas cletas que cuidábamos como oro en paño, echándole, con esmero, grasa de caballo. Durante las excursiones nos enseñaban canciones, y a través de ellas fuimos aprendiendo que no hay recompensa sin esfuerzo. ´

Cada vez me sentía mejor con mi nueva pandilla. Me molaba lo de salir al campo y conquistar montañas, pero sobre todo me sentía diferente. Era parte de un grupo con el que me entendía de una manera especial. Aquellas salidas nos unían, nos hacían más compactos. Empecé a aprender el verdadero significado de la palabra amistad y la palabra solidaridad.

En ocasiones se hacían excursiones a la sierra que duraban los dos días del fin de semana y eso significaba dormir fuera de casa. Javier y Garrido vinieron conmigo para convencer a mis padres y la siguiente marcha, que era como llamábamos a las excursiones, pude ir con todos. Una salida de fin de semana exigía más planificación, había que llevar saco para dormir, algún pijama, más comida, ropa de repuesto y algo de abrigo para por la noche.

Recuerdo mi primera marcha, fuimos en tren hasta El Espinar y llegamos allí el sábado. El plan era ir por el valle del río Moros y dormir en uno de los refugios que había en el camino. Cuando llegamos al primero, entramos dentro y aunque todavía hacía sol y era por la tarde estaba lleno de gente y olía muy fuerte. Tenían cosas tiradas por el suelo y estaban allí sentados, bebiendo y fumando. Apestaba a humo pero era un humo distinto, debían fumar lo mismo que fumaba mi hermano con sus colegas, cuando se encerraban en la habitación.  Eddie dijo que nos fuéramos, ya regresábamos hacía el camino cuando le escuchamos gritar, pero yo no entendí lo que dijo.

Tuvimos que caminar hasta el tercer refugio para encontrar uno libre y allí nos asentamos. Extendimos nuestras esterillas unas junto a otras para hacer una zona común aislada del suelo donde nos echaríamos a dormir, unos pegados a otros, buscando calor. Antes de acostarnos cenamos fuera del refugio, cada uno su bocadillo o lo que hubiera traído de casa. Tras cenar y antes de ir a la cama Garrido sacó un camping-gas y lo encendió en el centro del círculo que formábamos. Sobre él colocó un escudillómetro lleno de agua para que se calentase y nos explicó que iba a preparar una pócima. Metió una mezcla de sobres de infusiones de varios sabores combinado con unas ramas de romero y tomillo que había cogido por el camino. Echó azúcar y la movió hasta que el agua hirvió un rato, entonces cogió una taza de metal y la llenó. Bebió él primero y luego se la pasó al de al lado, que hizo lo propio. Cada uno íbamos cogiendo la bebida, primero nos calentábamos las manos y luego sorbíamos con cuidado de no quemarnos. No importaba el contenido de aquel brebaje, lo que importaba era el significado, era una bebida compartida entre todos que nos daba calor y nos reunía juntos en un paraje incomparable. Nos tiramos a dormir apretados como en una lata de caballas y nos rendimos al sueño.

Al día siguiente el sol nos regaló un día fabuloso, subimos hasta la presa y llegamos hasta el collado de Marichivas, desde allí se extendía el valle que bajaba hasta Cercedilla. En ese pueblo es donde se concentraba la mayor cantidad de montañeros por metro cuadrado. Había una estación ferroviaria y todos queríamos volver en el mismo tren y a la misma hora, por lo que nos juntábamos un montón de adolescentes. El responsable de estación no tenía muchas alternativas y nos acababa metiendo a todos en el vagón correo que los domingos iba vacío. Entonces cada uno de nosotros echaba su macuto al suelo y creábamos una alfombra irregular con decenas o cientos de macutos. Luego todos nos tirábamos por encima de ellos y nos quedábamos en la postura que el cuerpo encontrara; tumbados, sentados, de medio lado, poco importaba. Los chavales que no cabían allí se iban colocando en descansillos y pasillos. Allí tumbados nos lo pasábamos charlando todo el trayecto, e incluso cantando, porque siempre había alguno que tenía una guitarra.

Un día estaba por el barrio con Javier, cada vez pasábamos más tiempo juntos, decían que éramos como Zipi y Zape. Era domingo y acabamos, por alguna razón que no recuerdo, en el portal de su casa. No había portero y nos escondimos en una sala lateral por donde nunca pasaba casi nadie y que habían decorado con un sofá de tres cuerpos y un mapa de Madrid hecho con trocitos pegados. Como otras veces, Javier encendió un cigarrillo y nos lo fumamos a escondidas, la penumbra de ese lugar nos hacía sentir impunes. A mí no me gustaba tragarme el humo, me lo dejaba en la boca y enseguida lo echaba para fuera, al menos, conseguía no toser. Ese día Javier levantó el último de los cojines y sacó de debajo dos revistas guarras, de las que tienen fotos de desnudos y todo eso. Me pasó una y se quedó él con la otra. Empecé a hojearla, estaba totalmente arrugada y las páginas estaban pegadas las unas a las otras. Yo estaba en un extremo del sofá y Javier en el otro. Los desnudos eran totales, se les veía todo, aquellas chicas estaban buenísimas. Me excité pero no fui el único, cuando me quise dar cuenta él se había sacado la chorra empalmada y se la estaba tocando. Me sorprendió y me quedé un poco cortado. Él se dio cuenta, y por eso me dijo que tranquilo que por allí no pasaba nadie, que no me preocupara y ni corto, ni perezoso, al poco rato, ya estaba dale que te pego. Aquella no me parecía una situación muy íntima, de hecho, me daba vergüenza ajena, mal rollo. Pero no sé si fue la penumbra, o las fotos de la revista, o las hormonas, o todo mezclado a la vez, que poco después, yo también me la cascaba en mi rincón. Tuvimos suerte porque al final no pasó nadie, ese día, hubo otros que sí.

Seguíamos saliendo a la sierra, cada vez con más frecuencia. Los fines de semana que hacía peor tiempo, teníamos la suerte de poder dormir en un chalet. Igual que en los refugios, tapizábamos el suelo y nos echábamos todos seguidos como piojos en costura. Algunas noches nos juntábamos en el salón después de cenar, los más mayores contaban historias, incluso apagábamos las luces y encendíamos un lumi-gas que convertía nuestras sombras en enormes manchas por paredes y techo. Eddie no siempre estaba con nosotros, pero su presencia se notaba incluso cuando no estaba. Cuando él nos hablaba se paraban hasta los relojes, no solo era su voz o lo que nos decía, era su aura. En él se hacía viva esa frase que dice que serás tan joven como tu fe y tan viejo como tu duda, porque siendo el mayor de todos nosotros sus intervenciones estaban llenas de seguridad, de confianza en todo lo que decía y hacía.  Algunas noches también nos leía, le gustaba leernos libros; nos leía versículos del antiguo y del nuevo testamento, también nos leía textos apócrifos que yo no sabía que existían y nos hablaba de un futuro mejor. Recuerdo fresco en mi memoria aquel pasaje, cuando Rafael le dice a Juan Salvador:

“¡Si nuestra amistad depende de cosas como el espacio y el tiempo, entonces, cuando por fin superemos el espacio y el tiempo, habremos destruido nuestra propia hermandad! Pero supera el espacio, y nos quedará sólo un Aquí. Supera el tiempo, y nos quedará sólo un Ahora. Y entre el Aquí y el Ahora, ¿no crees que podremos volver a vernos un par de veces?”

Nos quedábamos hasta muy tarde y los que se iban cansando se retiraban a dormir. Yo me quedaba, porque sabía que a Eddie le gustaba que nos quedáramos. Según avanzaba la noche, cantábamos juntos como una única voz. Puede parecer una chorrada, pero aquello nos hacía sentir unidos, sabíamos que nos teníamos los unos a los otros, que nunca nos fallaríamos. Quizá fueran nuestras voces o lo que decían las canciones o que quizá, sin darnos cuenta, nuestras vidas se iban fusionando en cada uno de esos versos que entonábamos al unísono.

Todos los que íbamos al chalet sabíamos que a Delhais solo podrían entrar chicos, sin embargo durante esos fines de semana, muchas veces nos acompañaba Fátima. Ella no era del barrio, pero estaba con el grupo desde siempre, al menos desde que yo entré. Ella no era muy guapa, de cara, digo, aunque tampoco es que fuera fea, tenía ese tipo de sonrisa bonita pero envuelta en unas facciones un tanto raras. Eso sí, de cuerpo estaba muy buena, como un queso, de toma pan y moja. Le encantaba ponerse mallas o licras o como se diga, que se le ajustaban a las piernas y al culo, y hacían que se le notara el chumino como los labios de un camello. Para mí era difícil enfocar a su cara si la tenía delante. Por eso, cuando ella aparecía, yo buscaba cualquier otro sitio donde mirar, e incluso haciéndolo, al poco rato no podía evitar que se me pusiera dura y entonces, empezaba a buscar posiciones o posturas para taparme. Al final, dio igual que lo tratara de ocultar, se me debía notar demasiado. Me lo dijo Garrido, sin rodeos, a bocajarro: “Te pone la Fátima, ¿eh?” Sentí la cara ardiendo, seguro que ese fuego estaría quemando la vergüenza que me salía por las orejas. Si quieres hablo con ella, me dijo, a lo mejor no le importa, ya se lo ha montado con otros. Yo no dije ni sí, ni no, el bochorno me tapaba la boca y hasta las entendederas, sabía que en Delhais no habría chicas y era muy probable que no tuviera otras oportunidades. No era lo más correcto, pero una fuerza superior me empujaba, al final él añadió: “Eso sí, no te esperes gran cosa, no digas que no te lo he avisado.”

Fue esa misma noche. Garrido me llamó como para hablar conmigo, muy serio y me llevó al piso de arriba, donde solo subían a dormir los de la guardia de hierro, pero en vez de hablar me condujo a una habitación privada y allí estaba ella. Me empezó a hablar y yo no podía ni sostenerle la mirada, mis ojos no paraban de mirarle los labios de camello. Siguió hablándome mientras me cogía de la mano. Antes de que me pudiera dar cuenta estaba empalmado y ella desabrochándome la bragueta, en bragas, con las tetas al aire. Estaba nervioso, asustado, y aun así convencido de que cualquier roce de ella me haría desparramarme. Fue mi primera vez y resultó horrorosa. Me arañaba, me rozaba, qué sé yo, me desconcentraba, me volvía loco. Era brusca, tosca, torpe. Al final me corrí pero con un sensación muy rara, desagradable, y ella se levantó y se piró. Me fui de allí a escondidas, como si fuera culpable de algo, y ya abajo, me escurrí entre mis compañeros hasta meterme en el saco. Me puse las manos en la cara, intenté que no escucharan cómo lloraba.

Ninguno supo de mis pesquisas, excepto Garrido que aprovechó un instante para preguntarme levantando las cejas. No le quería responder y pasé de él, pero claro, se dio cuenta y durante el tiempo libre, después de comer me llevó con otra excusa aparte y cuando estábamos en privado me derrumbé. Se lo conté todo. No me dijo nada, me abrazó y dejó que llorara sobre su hombro. La mujer es una imperfección, un símbolo de maldad, mira por ejemplo a Eva, me dijo después apretando mis manos, y luego añadió: lo que no nos mata nos hace más fuertes. Se portó bien. Ese día comprendí muchas cosas.

Un día estábamos en La Cabaña detrás del Palacio de Cristal. Allí pasábamos mañanas y tardes enteras jugando partidas de ajedrez, jugando a la rana y leyendo tebeos, Los mayores preferían el ajedrez e incluso los domingos sacaban uno con fichas tan grandes como nosotros. Ese día andaba yo con Javier cuando llegaron varios de la guardia y Eddie con ellos. Nos saludaron como otras veces y se fueron a una de las mesas exteriores que tenían el damero pintado en el centro. La guardia era un subgrupo dentro del grupo y todos los respetábamos. Nosotros jugábamos una partida de estratego y yo no podía evitar mirarles de vez en cuando. Eddie tenía el pelo echado hacía atrás, le gustaba alisárselo pasándose las manos por la cabeza en un gesto que le identificaba, su rostro siempre sereno, sus ojos oscuros y sus hombros altos. Ese día me pilló mirándole y yo me abochorné, pero mi curiosidad pudo más y miré otra vez: me volvió a pillar. Antes de irnos, aquella misma tarde, nos invitaron a una marcha, pero a una de las especiales, de las que solo podían ir los de la guardia. Javier no se lo podía creer, todo el camino de vuelta a casa estuvo emocionado, corriendo y silbando, hablaba súper rápido, no paraba de decirme que aquello significaba que podíamos pertenecer a la élite. Yo no bailaba como Javier, pero debo reconocer que también me ilusioné, aquello podía ser un cambio de categoría.

Aquella semana pasó volando, nos sentimos especiales, en los billares no dijimos nada, pero pronto todos sabrían que habíamos sido invitados a ir con los elegidos. El viernes por la noche llegamos al chalet y durante la cena nos emparejaron. Javier pasó a ser mi A.P. (amigo personal), yo vigilaba de él y él de mí. No nos importó en absoluto aquel nombramiento, en realidad ya éramos como hermanos. Nos asignaron una habitación con dos camas en el piso de arriba, como si perteneciéramos a la guardia, nadie durmió en la planta baja ese fin de semana.

Tras la cena nos mostraron una mesa donde había tabaco y alcohol. Había mucho y podíamos coger el que quisiéramos, aunque nos pidieron moderación. Javier preparó unos lugumba y pilló un cigarro para cada uno. Todo iba viento en popa. Luego vino la reunión y fue entonces cuando tuve acceso a la verdad, se les escapó o nos la quisieron contar, no lo sé, pero descubrimos que Eddie era, en realidad, el gran Alain, el príncipe de Delhais. Me quedé atontado. Empecé a dar sentido a muchas de las cosas que sospechaba y a por qué los demás le tenían en tanta devoción. Aquello fue revelador, y cambió mi percepción.

Todos queríamos ir a Delhais y sabíamos que, si alguien era merecedor de ir, esos éramos nosotros. El príncipe nos explicó que en Delhais solo entrarían chicos y que el amor entre nosotros era más puro que con mujeres. Nos explicó que debíamos coger experiencia entre nosotros, que el sexo con ellas nos haría daño, que el que quisiera podía elegir, pero no nos recomendaba hacerlo con chicas antes de los veinticinco, cuando ya estuviéramos totalmente preparados. Él sabía lo que decía porque había tenido una mujer en la tierra e incluso había tenido un hijo con ella, pero le abandonó y huyó a américa.

Javier y yo no éramos tontos, sabíamos o nos imaginábamos lo que se cocía en el piso de arriba, pero no nos importaba estar allí con ellos, eran la guardia de hierro y el príncipe Alain. En la mesa donde estaban las bebidas alcohólicas prepararon un ponche en un gran bol y nos sirvieron a todos un vaso. Estaba más dulce que los lugumba. También olía humo, y no era solo de tabaco. Todos estábamos contentos y la música nos transformaba. Nacho y Garrido se habían desnudado de cintura para arriba, bailaban los dos juntos muy cerca el uno del otro, se besaban, bebían y vertían la bebida de una boca a otra. Eddie vino y se sentó junto a nosotros, nos decía que este amor era el más puro que existía, que este era el verdadero amor, el único que existía en Delhais, que era mentira que hiciera daño ni que fuera antinatural, que eso eran mentiras fabricadas por las mujeres y transmitidas de generación en generación.

Nos invitó a participar de aquel momento, gritó a todos que se quitaran las camisetas y todos lo hicimos, no queríamos ser menos. Era una sensación extraña, por un lado no quería, pero por otro me sentía bien, eufórico, no tenía nada que perder y con las mujeres, es decir, con Fatima, no es que me fuera muy bien. Nos juntamos en el centro todos, nos abrazamos por los hombros, sentíamos el contacto de nuestras pieles, el olor de nuestros sudores. Eddie siempre a mi lado, no se separó en toda la noche, me devolvió los besos que yo le daba y sentí el roce de su piel como una sensación extrasensorial. Esa noche conocí la libertad de amor, la ternura que solo entre nosotros nos podíamos transmitir, el afecto sincero e incluso el deseo correspondido. Finalmente no dormí en mi cama, Javier tampoco.

Nos sentimos bien tratados todo el fin de semana. Nos teníamos los unos a los otros, juntos éramos más fuertes, juntos éramos invencibles. Constituíamos una hermandad, solidarios entre nosotros, sabíamos guardar secretos y entendíamos las repercusiones de revelarlos, ninguno quería quedarse aquí cuando fuera el gran viaje. Teníamos nuestro código, repetíamos nuestro lema: amor, paz y justicia, estábamos organizados y teníamos un comportamiento disciplinado.

Antes de despedirnos ese fin de semana llegó la sorpresa final, el mismísimo Eddie nos dijo que estábamos invitados a pertenecer a la guardia. No sé cómo pudimos aguantamos en nuestras respectivas casas para que no supieran nada durante las dos semanas que tuvimos que esperar, hasta que llegó el gran día y nos montamos en el coche para ir al chalet.

 

 

 

Al escuchar el grito supe inmediatamente que era de mi A.P. Tuve ganas de levantarme y de ir corriendo, pero me concentré sobre el altar y el guardia no me vio ni mover la cabeza. Seguía abstraído en mis rezos, en recordar las consignas, sabía lo importante que era mantener la conciencia noble, los sentimientos impolutos. Alguien abrió la puerta y bisbiseó algo al guardia. Entonces, él dijo en voz alta que ya había llegado la hora. Salí de la habitación del altar y seguí los mismos pasos que había seguido Javier hacía no mucho, por delante de esa bancada de un blanco puro. Entré en una sala iluminada tan solo por el fuego que ardía en una chimenea pegada a la pared. Estaba toda la elite, los guardias más importantes y también estaba Eddie. Todos vestidos y engalanados con sus respectivos uniformes. Me pidieron que me arrodillara y dijera el juramento. Lo hice, me arrodillé, apreté las dos manos una contra la otra fabricando un único puño que me llevé a mis labios, cerré los ojos y empecé a recitar/rezar:

—Juro por mi honor luchar y pertenecer a la Guardia de Hierro de Delhais hasta mi muerte, defendiendo tres conceptos fundamentales y universales: amor, justicia y libertad, aplicándolos a mí mismo, caminando por el sendero de la verdad, hasta que alcance la perfección en el planeta Delhais, al servicio de mi príncipe, el Gran Alain.

Cuando terminé me ayudaron a quitarme la camisa y quedarme con el torso desnudo. Hacía calor, estaba cerca de la chimenea. Seguía arrodillado, con los ojos cerrados y ellos me levantaron el brazo izquierdo. Noté un calor especial cerca de mi axila y al poco tiempo, sentí el hierro caliente derretir mi piel, deformarla, domarla a su gusto, dejar una muestra imborrable. Sabía que el signo de Ummo se estaba tallando en mi para siempre. No pude reprimir el dolor y chillé con todas mis fuerzas.

Vacié allí el dolor a través de mi garganta.

Chillé lleno de orgullo.

 

 

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  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    veo que hay continuidad al texto de Ojopipa aunque la primera parte me ha despistado totalmente. De hecho aún estoy esperando entender de qué se trata eso de la Guardia de Hierro. Supongo que episodios venideros habrá más información al respecto. Se te está quedando material para una novela maja. La segunda parte, donde explicas cómo el protagonista empieza a frecuentar un grupo nuevo y se inicia en las excursiones me gusta, está cargada de creatividad, de información que va creando el ambiente, creo que con bastante tino. Si se extendiera, pediría más diálogo. Quizás con algo más de diálogo podría entender la primera parte, que parece una ceremonia, en la que el protagonista toma posesión de su cargo o acaso ha superado las pruebas para ser nombrado miembro de la Guardia. Por un momento, me situaba en una época pretérita. Después se ha visto que no.

    ¿Nos vas a dejar un mes sin la continuación? ya te vale.

    • Jorge dice:

      Hola Jose.
      Gracias por comentar.
      NO hay continuidad a Ojopipa. Mi idea es hacer un conjunto de relatos que cada uno tenga su independencia absoluta pero que todos tengan algo que los entrelaza. La idea final es juntarlos y publicarlos. Son relatos diferentes pero con algo en común. En este caso es ese simple detalle de Ojopipa, pero el protagonista es distinto.
      No sé cuando lo escribiré. voy exigido con mi otro compromiso pero ten por seguro que lo termino.
      Muchas gracias

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    He aprovechado la hora del recreo (hoy no me toca vigilar) para leerte. Parece que vas a escribir tus memorias 🙂
    La primera parte del texto entiendo que es un juego entre niños, pero puede ser que no. Me faltan datos y habrá que esperar la continuación.
    El texto destila ilusión y entusiasmo.
    Te diré que los nombres propios de lugares hay que ponerlos en mayúscula, como el nombre del río o del lugar al que llaman La pera.
    Veo que has encontrado un tema que te motiva. Me queda esperar que escribas la otra parte.
    Enhorabuena y a seguir compartiendo 🙂
    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Gracias Natalia.
      Es ficción, pura ficción, pero ya sabes de de donde bebe.
      Efectivamente esta cortado por en medio y así no se puede valorar.
      En cuanto pueda intento darle otro empujón.
      Gracias

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Yo creo que ahora se entiende mejor toda la historia y queda más integrado ese principio, que no acababa de entender en las primeras versiones.
    Es una historia particular, que genera preguntas e incógnitas. He buscado incluso que es esto de Ummo y bueno, leo que es algo que sucedió, sobre una secta y temas de ovnis. Un señor que invitaba a chicos a su chalet de Cercedilla y les prometía que les llevaría a su planeta si hacían lo que él les pedía.
    Después de leer, me quedo con una sensación rara, de inquietud. Por ejemplo, pienso en el por qué de tu interés en esta historia. Igual es algo que escuchaste cuando eras pequeño, o que leíste o no sé. No tienes por qué contestar, ya dijiste que era ficción. Pero suelo preguntarme cuando leo vuestros textos por qué los habréis escrito, de dónde nacen (aunque no os pregunte).
    Disculpas otra vez por no haber comentado tu texto el fin de semana pasado, ando con demasiado en la cabeza.
    Un abrazo y a seguir escribiendo.

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