Marc se aseguró la mascarilla de nuevo antes de salir a la calle. Llevaba días sin salir, solo con Héctor en el piso. Estaba anocheciendo, y no había prácticamente nadie en la calle. El frío de Diciembre le golpeó el rostro y se alegró de haber salido bien abrigado. El gimnasio estaba cerrado, el “chino” estaba cerrado, el super de enfrente estaba encerrado, incluso el hotel. Llevaban meses así. La gente solo salía a la calle lo imprescindible, y todo lo que podían lo pedían a casa. Los cierres de los locales y las paredes estaban llenos de posters: “El Juicio ha llegado”, “Coronas para los pecadores “. El cierre del todo a cien tenía un enorme grafiti azul plateado que rezaba “El único virus son los chinos”.

Marc recordaba aún como era su calle hace unos meses. Las luces de los coches no dejaban de pasar, el bullicio de las personas hablando y los locales vendiendo. El olor al humo de los coches y el calor del asfalto. Todo el mundo con prisa mientras hablaba a través del móvil, felices e ignorantes de lo que estaba por venir, organizando planes para el fin de semana. Todo antes de que el número de contagios se disparase, y con él, el de los muertos. Ahora, el silencio cubría la calle como un velo mortuorio. Cruzarse con alguien, es intercambiar miradas desconfiadas por encima de las mascarillas. Nadie conduce, nadie sale acompañado, nadie habla. La ciudad parecía haberse detenido, como si contuviese la respiración, o un estornudo.

Marc aceleró el paso y ocultó su rostro bajo la capucha del abrigo. Varios portales más allá, solo la luz de la farmacia permanecía encendida. Un coche de policía permanecía estacionado al lado, con los agentes dentro. Sobre el edificio un anuncio de neón brillaba, con una de sus letras parpadeando. Marc saludó con la cabeza a los agentes y se dirigió a la ventanilla de la farmacia. No dejaban entrar.

 

—¿Antiviral? — Preguntó la farmacéutica, protegida por el cristal, y aun así con la mascarilla y guantes puestos.

—Si, por favor.

—¿Tiene ya fiebre?

—No, no es para mí.

 

La mujer levantó la vista y le miró desconfiada a través de sus gafas.

 

—Por la ley de Emergencia Nacional, debo recordarle que si sospecho que me miente y que puede estar infectado, tendrán que escoltarle al hospital más cercano.

—Sus ojos se posaron un segundo sobre el coche de policía. Marc contuvo un escalofrío y cogió aire.

—No tengo síntomas. —Explicó. — Mi mujer murió hace dos semanas. Pasé los test, pero nadie supo decirme porque yo no me había infectado.

—¿Entonces quién…? Oh. — Los ojos de la farmacéutica se humedecieron.

—Exacto.

—¿Fiebre?

—Si.

 

La mujer pareció dudar antes de continuar.

 

—Tiene que llevarle al hospital. Allí pueden hacerle pruebas e intentar cuidarle. Solo los antivirales puede que no hagan nada. Además, no sabemos quién le ha contagiado. La probabilidad de que se sobreviva es de…

—Mire, señora, —le interrumpió Marc.— Ya he estado en el “hospital”. Eso es un matadero. No voy a cometer dos veces el mismo error.

—Pero…

—¿Usted llevaría a su familia allí?

 

La farmacéutica agachó la cabeza y sacó un paquete de la nevera. Dudó antes de entregárselo.

 

—Debería notificar a la policía. Podría ser peligroso.

—Por encima de mi cadáver.

 

Ambos se miraron fijamente, durante un momento que pareció una eternidad. La farmacéutica bajó la cabeza.

 

—Dos al día.

—Gracias —Dijo mientras cogía el paquete.

 

Marc se marchó sin girarse para despedirse, mientras soltaba el aire que había acumulado tras tanta tensión. Los pies se arrastraban como si su alma se hubiese desplomado al suelo y tuviese que arrastrarla para que le siguiese. Cada paso a casa, costaba más que el anterior.

 

—Se fuerte — Se dijo por lo bajo.

 

Un hombre se le acercó y le paró, echándosele encima. Observó horrorizado que no llevaba mascarilla y sintió como al hablar su saliva alcanzaba su cara.

 

—¡El señor ha desatado la plaga sobre la tierra!¡Solo los puros pueden sobrevivir!

 

Su puño se movió con vida propia y antes de que pudiese darse cuenta había tumbado al tipo de un puñetazo. El hombre se arrastró lejos de él.

 

—¡Infiel!

—¡Imbécil!

 

Ardió en deseos de volver a golpearle, pero se dio cuenta de que Héctor podía verle desde la habitación y se contuvo, cerrando los puños. Se giró y le pareció que los policías seguían hablando entre ellos dentro del coche, ajenos a la escena. Respiró profundo y continuó su camino. La mano le ardía. Antes de llegar a su portal, se detuvo y arrancó uno de los posters. Entró y subió por las escaleras. Hace poco una vecina se quedó atrapada en el ascensor y los bomberos no se atrevieron a venir. Hubo que sacarla entre varios vecinos. No se quitó la mascarilla hasta cerrar la puerta de su casa. Dentro, se desnudó y metió toda la ropa en la lavadora. También se cambió de mascarilla, aunque se preguntó si tendría mucho sentido todas esas precauciones viviendo con un contagiado. Se dejó caer sobre el sofá, los antivirales cerca. Se llevó las manos a la cara.

 

—Dios mío, Clara. No puedo hacer esto yo solo.

 

Recordó los últimos momentos de Clara en el hospital. En una cama en el pasillo, hacinada junto con docenas de personas hasta que ya apenas el personal médico podía pasar. Allí estuvo, sentado un taburete mientras la daba la mano y veía sus ojos azules apagarse poco a poco.

 

—Tienes que cuidarle. —Fueron sus últimas palabras, — prométemelo.

 

Y él lo había jurado, contemplando a través de las lágrimas como su mujer dejaba este mundo.

 

—¿Papá?

 

La débil voz de su hijo le trajo al presente. Cogió los antivirales y se limpió las lágrimas.

 

—Papá ya está aquí, cariño.

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  • Jose Romero dice:

    Hola Yuri,
    el texto me ha gustado mucho. Transmite mucha emoción y mucha desesperación contenida. La historia tiene tintes apocalípticos. Me ha llegado. No te puedo decir mucho más. Dos cosas a nivel formal:
    – Un guión se te ha escapado. No es diálogo pero has incluido un guión.
    – No me queda claro si “Respiró profundo” es correcto.

    Enhorabuena.

    • Yuri dice:

      Gracias, Jose. La verdad es que me lo estaba imaginando apocalíptico, me alegro que te haya llegado así.

      Si no te queda claro, probablemente no lo es.

      Gracias por leerme y comentarme,

  • Alberto dice:

    Me gusta mucho el ambiente que transmites, tal vez por la atracción que nos producen esos escenarios apocalípticos. Me parece un acierto el tema de los carteles y los iluminados religiosos. También está muy logrado ese “oh…” en que la farmacéutica se hace cargo de la situación. Tu relato me ha recordado mucho el libro y la película The Road, el padre con la responsabilidad de salvar a su hijo… Puede que tu futura paternidad esté ya actuando en tu subconsciente. Te has esforzado en provocar imágenes, en sumergirnos en detalles (el frío, el humo de los coches [aunque ‘nadie conduce ;-)], la ciudad conteniendo la respiración…). La referencia a nuestras vidas despreocupadas también lo hace inquietante (haciendo planes para el fin de semana antes del apocalipsis).
    Tal vez me ha parecido algo forzada la actitud empática de la farmacéutica, que entiendo que estará acostumbrada a casos como ese en un escenario tan grave, aunque puede que no. Un detalle: “Hubo que sacarla entre varios vecinos. No se quitó la mascarilla hasta cerrar la puerta de su casa. Dentro, se desnudó y metió toda la ropa en la lavadora…” he seguido leyendo pensando que hablabas de la vecina.
    Enhorabuena por el ambiente logrado

    • Yuri dice:

      Hola Alberto,

      Cuando escribí esto recordé lo que nos dijo Javier (o salió en algún temario del curso) que muchos textos surgen de los miedos de los autores. De ahí me surgió esto, mezclado con que me encantan los escenarios apocalípticos en ciudades. The Road, por cierto, me encantó.

      Gracias por los apuntes. Leyendo el fragmento, es cierto que parece que sigo hablando de la vecina. Gracias por señalármelo.

      Un abrazo enorme,

  • Carlos dice:

    Hola Yuri,
    un buen ejemplo de lo que puede sentir una persona en una situación como esta.
    Es cierto que tu relato suena muy apocalíptico. Afortunadamente, da la impresión observando la realidad actual el sistema social puede funcionar pero nunca se sabe.
    Cómo lo ya comentado, también he visto algunos detalles a ajustar, quizás con otra lectura al cabo de un par de días.
    Enhorabuena.

    • Yuri dice:

      Hola Carlos,

      Gracias por leer y comentar. Ojalá poco a poco vaya viendo más de esos detalles y pueda revisarlo más veces. Tengo que hacerme más tiempo para esto.

      Un abrazo y gracias,

  • Jorge dice:

    Hola Yuri
    Me ha gustado mucho tu texto. Empatizo totalmente con el protagonista y sus sentimientos. El ambiente está muy logrado y se lee muy bien.
    La parte final, con los recuerdos de él y sus promesas a ella, me ha resultado un pelín empalagoso, pero el efecto lo consigue y al final nos hacemos cargo de su situación. Has conseguido definir un héroe conectando con el público para pasar mas aventuras. Todos queremos ser él, todos queremos ayudarle.
    Enhorabuena.
    Nos leemos.

  • Natalia dice:

    Hola, Yuri
    Qué desazón provoca este escenario… consigues transmitir la situación muy bien. Esa ciudad áspera, fría y vacía, que un día estuvo viva y en movimiento. Todos encerrados en casa sin fiarse de nadie… y este padre que hace lo que puede por su hijo. Muy dramático.
    Enseguida he imaginado la ciudad, su soledad caminando hacia la farmacia.
    En lo formal, los meses del año se escriben en minúscula: diciembre.
    El “super” de enfrente estaba cerrado (pone “encerrado”).
    El cierre del “Todo a cien”. Creo que hay que señalar de alguna forma que es el nombre del establecimiento.
    Me han faltado dos tildes: pósteres, sé fuerte.
    Y aquí, creo que mezclas tiempos verbales:
    “Cruzarse con alguien es intercambiar miradas desconfiadas por encima de las mascarillas. Nadie conduce, nadie sale acompañado, nadie habla. La ciudad parecía haberse detenido, como si contuviese la respiración, o un estornudo.”
    Pienso que queda mejor ”nadie conduce y la ciudad parece haberse detenido” o “nadie conducía y la ciudad parecía…”
    Enhorabuena por tu trabajo 🙂

     

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