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Desde la esquina puede ver el humo del extractor de la cafetería de enfrente. La calle es ancha y no paran de pasar coches, quizá por eso no la cruza. Lleva el bolso cruzado por el pecho, la hace sentir más segura. Se apoya en el buzón de correos sospechando un nuevo retraso de Emilia. No hace más que descansar su barbilla sobre el codo cuando la ve aparecer al otro lado de la calle, justo bajo la columna de humo.

—Pensé que te retrasabas otra vez.

—Que no mujer, venga, tira.

Empieza a caminar junto a Emilia que explica los últimos pormenores que ha sufrido en casa, en parte como excusa y en parte porque es una buena manera de entablar conversación.

—¿Van a venir éstas?

—Eso dijeron. Déjame un poco de carmín que me pinte el morro, anda.

Las dos van camino de la discoteca, aunque ninguna cumplirá ya los cuarenta. Es jueves y es el único día que les funciona la tarjeta que les permite acceso gratuito y un refresco.

Saludan al portero del local. Melisa se queda un rato revolviendo en el bolso, saca un pañuelo y un paquete de klinex, también aparta dentro del bolso medio bocadillo envuelto en una servilleta que le da vergüenza sacar fuera. En cuanto lo aparta ve la tarjeta dorada que enseguida saca y muestra a la señorita de la puerta. Bajan las escaleras juntas, casi son las primeras en entrar esa tarde. Su esquina de sillones está vacía y hacía allí se dirigen para ser las primeras en conquistar el territorio. Por el camino casi se tropiezan con una señora vestida con bata verde que está pasando la fregona al último tramo del local y que se la ve apurada. Melisa la mira y se aflige, de buena gana la hubiera ayudado si tuviera un mocho cerca.

Llegan al rincón, Melisa no deja de mirar a la limpiadora, se acaricia con el pulgar los callos en un acto reflejo, y se recuerda a si misma con apretando el puño sobre el palo, cada peldaño de lado a lado, tres pasadas por lo menos, decía Sor Angela, y ya sabes que tienes comida gratis, puedes repetir. Con esa excusa llenaba el tupper y se lo llevaba a los dos pequeños, que rechazaban hasta los macarrones con tomate porque decían que estaban demasiado dulces. Nunca les gustó la comida de aquella clínica, pero fue el único trabajo a tiempo completo que consiguió, las monjas pagaban religiosamente pero no lo regalaban, te lo sacaban del cuerpo. No pocas veces los riñones se le lamentan recordando aquellos años.

La limpiadora ya se había marchado por la puerta de servicio cuando Melisa se encuentra a sí misma, mirándola, consciente de que podía estar viendo su reflejo.

—Algún día les tiene que tocar a las otras venir a coger el sitio.

—Nosotras vivimos más cerca, que más te da.

Melisa se ha sentado en la parte más oscura, a su lado Emilia ha dejado el bolso en el rincón y se sujeta del borde del sillón mirando a la pista de baile como si estuviera en la platea de un teatro. Cada vez entra más gente y cada vez están las luces más apagadas. Pronto llegarán todas las amigas.

 

Ya no se ve nada y no es solo la escasa luz, el humo se ha posado como una espesa niebla modificando el paisaje. En su rincón ya no solo están ellas y sus amigas, también se han sentado tres caballeros que empezaron con la excusa de invitar a un baile. Eso es lo que le gusta a Melisa: bailar. Por eso sale los jueves, por eso y por sentir que hay vida fuera de casa. Esa noche también le agrada la conversación de Tomás. Es amable, educado y baila bien. Un poco demasiado perfume, piensa.  Anuncian la última canción y él la invita a bailar.

—¿Quieres que te lleve a casa?

—No hace falta, vivo muy cerca. Gracias.

—Da igual, te acompaño.

—No, mejor no. Nos vemos aquí el próximo jueves.

Melisa no quiere que nadie la acompañe, no quiere que nadie, siquiera, se acerque a su casa y no quiere que nadie suba. Se despiden: ellas de ellos, ellas entre ellas, por grupos. María Jesus se acerca y le recuerda donde han quedado al día siguiente, Melisa asiente, luego ella y Emilia vuelven por donde vinieron y se despiden en la misma esquina del buzón.

No le gusta volver tarde a casa, ni dormir fuera de ella. Sube las escaleras hasta la puerta y abre con cuidado. No escucha la tele, parece que está apagada. En el salón su hija, su única hija abraza al pequeño que está acochado en su regazo.

—No se puede dormir y lo he sacado aquí conmigo.

Melisa la pregunta con los hombros y bisbisea un ¿qué le pasa?

—Una pesadilla. Algo que ha soñado con el tuerto de la furgoneta. Estaba sudando el pobre.

Coge al niño que enseguida busca el apoyo de su hombro. Le acaricia la nuca, le susurra cosas al oído y lo vuelve a acariciar enredándose en su pelo. Lo lleva en volandas hasta su habitación y lo posa en la cama. Le da un beso en la mejilla, le limpia el carmín y le dice que le quiere. Vuelve en silencio al salón dejando la puerta entreabierta.

—¿Dónde están los demás?  —le pregunta a su hija.

—No han vuelto.

—Bueno, ya vendrán. ¿has cenado?

—No, pero tengo poca gana.

Melisa va a la cocina, y prepara una sopa de fideos con el caldo de las judías verdes que dejó guardado y un hueso de jamón. Le ofrece una taza a su hija que al final accede. Si no fuera por ella y el segundo no podría ni salir de casa, y casi ni ir a trabajar. Ellos son los pilares sobre los que se apoya ahora. Ellos cuidan de los pequeños cuando ella no está.

Sorbe de la taza con cuidado y mira con orgullo a su hija que aún no tiene edad para votar pero que ha demostrado ser más adulta y responsable que muchos otros y otras. Fue su hija quién la invitó a su primer viaje fuera de casa cuando su padre les dejó y fue quién le enseñó un mundo que existía más allá de las paredes de esa casa. Mallorca. Allí fueron, a Mallorca. En un viaje surrealista rodeada por adolescentes en búsqueda de una juerga que a ella ya le daba pereza. Sin embargo, aquel viaje fue revelador. Fue la primera vez que montón en avión y la primera que salía de su ciudad de su marido y la primera vez que salía sin él a hacer algo diferente que la compra diaria. Mientras estuvo allí lo vivió todo como en un cuerpo ajeno, metida en aquella obra de teatro, haciéndose pasar como hermana de su propia hija. Todo gratis decía su hija, ya verás cómo nos sale todo gratis, tu sonríe y mantenlos a raya. Pero ella apenas podía, a veces, mantenerse en pie. Vivía como lo vivía todo, como espectadora de una película donde ella era la protagonista, una película en cinemascope y technicolor, una película que le permitía verse a sí misma sin romperse de dolor, porque en las películas nunca pasaba nada grave.

Su hija exclama un ay y ella le dice que no tenga prisa en sorber el caldo, que todavía quema.

—No me gusta que tus hermanos lleguen tan tarde.

Su hija se encoge de hombros.

—Me acuesto, pero no me duermo hasta que los siento llegar.

—Díselo. A mí no me hacen caso.

Veinticinco años las separan. Sorprende que sea la hija la que tiene más que enseñar sobre la calle que la madre. Es más que un salto generacional, una brecha enorme que solo se puede suplir con cariño y complicidad. Porque no sabe de la calle, pero sabe escuchar, y asentir y comprender, y sabe querer aunque a ella no le hayan querido. Son cualidades imprescindibles para poder reinventarre, o, mejor dicho, para poder renacer.

 

<..continuará..>

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  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado tu relato y me ha despertado mucha curiosidad la vida de esta mujer. Me he quedado con ganas de saber más de ella así que ya estoy esperando esa continuación.
    Lo he leído fácil y me ha resultado muy cotidiano, muy natural. Das datos de su vida, sabemos que tiene muchos hijos, que su marido se fue, que tuvo que aprender a vivir o a sobrevivir sin él y que vive con resignación y conformismo, sin expectativas de que algo positivo esté por llegar.
    Me gusta que la hija le parezca sensata, es increíble ver cómo los hijos sacan conclusiones de la vida y aprenden por propia iniciativa cosas que van más allá de lo que pretendemos enseñarles.
    Narras en pasado pero he visto que en alguna línea colocas el presente, creo que es intencionado así que no lo critico.
    Hay algunos errores de tecleo solamente, y se arreglan con una buena revisión 🙂
    Enhorabuena por el esfuerzo y a seguir con esos relatos entrelazados.
    Un abrazo.

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