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Desde la esquina puede ver el humo del extractor de la cafetería de enfrente. La calle es ancha y no paran de pasar coches, quizá por eso no la atraviesa. Lleva el bolso cruzado por el pecho, la hace sentir más segura. Se apoya en el buzón de correos sospechando un nuevo retraso de Emilia. No hace más que descansar su barbilla sobre el codo cuando la ve aparecer al otro lado de la calle, justo bajo la columna de humo.

—Pensé que te retrasabas otra vez.

—Que no mujer, venga, tira.

Empieza a caminar junto a Emilia que explica los últimos pormenores que ha sufrido en casa, en parte como excusa y en parte porque es una buena manera de entablar conversación.

—¿Van a venir éstas?

—Eso dijeron. Déjame un poco de carmín que me pinte el morro, anda.

Las dos van camino de la discoteca, aunque ninguna cumplirá ya los cuarenta. Es jueves y es el único día que les funciona la tarjeta que les permite acceso gratuito y un refresco.

Saludan al portero del local. Melisa se queda un rato revolviendo en el bolso, saca un pañuelo y un paquete de klinex, también aparta medio bocadillo envuelto en una servilleta que le da vergüenza sacar fuera. En cuanto lo aparta ve debajo la tarjeta dorada que enseguida saca y muestra a la señorita de la puerta. Bajan las escaleras juntas, casi son las primeras en entrar esa tarde. Su esquina de sillones está vacía y hacía allí se dirigen para ser las primeras en conquistar el territorio. Por el camino casi se tropiezan con una señora vestida con bata verde que está pasando la fregona al último tramo del local y que se la ve apurada. Melisa la mira y se aflige, de buena gana la hubiera ayudado si tuviera un mocho cerca.

Llegan al rincón, Melisa no deja de mirar a la limpiadora, se acaricia con el pulgar los callos en un acto reflejo, y se recuerda a si misma apretando el puño contra el palo. Cada peldaño de lado a lado, tres pasadas por lo menos, decía Sor Angela, y ya sabes que tienes comida gratis, puedes repetir. Con esa excusa llenaba el tupper y se lo llevaba a los dos pequeños, que rechazaban hasta los macarrones con tomate porque decían que estaban demasiado dulces. Nunca les gustó la comida de aquella clínica, pero fue el único trabajo a tiempo completo que consiguió, las monjas pagaban religiosamente pero no lo regalaban, se lo sacaban del cuerpo, como decía ella. No pocas veces los riñones se le lamentaban recordando aquellos años.

La limpiadora ya se había marchado por la puerta de servicio cuando Melisa se descubre a sí misma, mirándola, consciente de que podía estar viendo su reflejo.

—Algún día les tiene que tocar a las otras venir a coger el sitio —interrumpe Emilia.

—Nosotras vivimos más cerca, qué más te da.

Melisa se ha sentado en la parte más oscura, a su lado su amiga ha dejado el bolso en el rincón y se sujeta del borde del sillón mirando a la pista de baile como si estuviera en la platea de un teatro. Cada vez entra más gente y cada vez hay más luces apagadas. Pronto llegarán el resto de amigas.

 

Ya no se ve nada y no es solo la escasa luz, el humo se ha posado como una espesa niebla modificando el paisaje. En su rincón ya no solo están ellas y sus amigas, también se han sentado tres caballeros que empezaron con la excusa de invitarlas a un baile. Eso es lo que le gusta a Melisa: bailar. Por eso sale los jueves, por eso y por sentir que hay vida fuera de casa. Esa noche también le agrada la conversación de Tomás. Es amable, educado y baila bien. Un poco demasiado perfume, piensa.  Anuncian la última canción y él la invita a salir a la pista otra vez.

—¿Quieres que te lleve a casa?

—No hace falta, vivo muy cerca. Gracias.

—Da igual, te acompaño.

—No, mejor no. Nos vemos aquí el próximo jueves.

Melisa no quiere que nadie la acompañe, no quiere que nadie, siquiera, se acerque a su casa y no quiere que nadie suba. Se despiden: ellas de ellos, ellas entre ellas, por grupos. María Jesús se acerca y le recuerda dónde han quedado al día siguiente, Melisa asiente, luego ella y Emilia vuelven por donde vinieron y se despiden en la misma esquina del buzón.

No le gusta volver tarde a casa, ni dormir fuera de ella. Sube las escaleras hasta la puerta y abre con cuidado. No escucha la tele, parece que está apagada. En el salón su hija, su única hija, abraza al penúltimo que está acochado en su regazo.

—No se podía dormir y lo he sacado aquí conmigo.

Melisa le pregunta con los hombros y bisbisea un ¿qué le pasa?

—Una pesadilla. Algo que ha soñado con el tuerto de la furgoneta. Estaba sudando, el pobre.

Coge al niño que enseguida busca el apoyo de su hombro. Le acaricia la nuca, le susurra cosas al oído y lo vuelve a acariciar enredándose en su pelo. Lo lleva en volandas hasta su habitación y lo posa en la cama. Le da un beso en la mejilla, le limpia el carmín y le dice que le quiere, aunque él no la escuche. Vuelve en silencio al salón dejando la puerta entreabierta.

—¿Dónde están los demás?  —le pregunta a su hija.

—No han vuelto.

—Bueno, ya vendrán. ¿has cenado tú?

—No, pero tengo poca gana.

Melisa va a la cocina, y prepara una sopa de fideos con el caldo de las judías verdes que dejó guardado y un hueso de jamón. Le ofrece una taza a su hija que al final accede. Si no fuera por ella y el segundo no podría ni salir de casa, y casi ni ir a trabajar. Ellos son los pilares sobre los que se apoya su existencia. Ellos cuidan de los pequeños cuando ella falta.

Sorbe de la taza con cuidado y mira con orgullo a su hija que aún no tiene edad para votar pero que ha demostrado ser más adulta y responsable que muchos otros y otras. Fue su hija quién la invitó a su primer viaje fuera de casa cuando su padre les dejó y fue quien le enseñó un mundo que existía más allá de las paredes de esa casa. Mallorca. Allí fueron, a Mallorca. Fue un viaje surrealista rodeada por adolescentes en búsqueda de una juerga que a ella ya le daba pereza. Sin embargo, aquel viaje fue revelador. Fue la primera vez que montó en avión y la primera que salía de la ciudad de su marido y la primera vez que salía sin él a hacer algo diferente que la compra diaria. Mientras estuvo allí lo vivió todo como en un cuerpo ajeno, como sentada en una butaca de platea viéndose a sí misma en el escenario, haciéndose pasar por hermana de su propia hija. Todo gratis era la consigna, ya verás cómo nos sale todo gratis, repetía, tu sonríe y mantenlos a raya. Pero ella tenía bastante con mantenerse en pie. Vivía como lo vivía todo, como espectadora de una película donde ella era la protagonista, una película en cinemascope y technicolor, una película que le permitía verse reflejada sin romperse de dolor, porque en las películas nunca pasaba nada grave, o eso creía ella.

Su hija exclama un ay y ella le dice que no tenga prisa en sorber el caldo, que todavía quema y ella asiente y agita la mano. Desde ese viaje a Mallorca se apoya más y más en ella, como si hubieran creado un círculo femenino de complicidad, sin saber que podían crearse este tipo de círculos.

—No me gusta que tus hermanos lleguen tan tarde.

Su hija se encoge de hombros y ella añade:

—Me voy a acostar, pero no me dormiré hasta que los sienta llegar.

—Díselo. Diles que lleguen antes. A mí no me hacen caso.

Veinticinco años las separan. Sorprende que sea la hija la que tiene más que enseñar sobre la calle que la madre. Es más que un salto generacional, una brecha enorme que solo puede suplirse con cariño y complicidad. Porque Melisa no sabe trucos callejeros, pero sabe escuchar, y asentir y comprender, y sabe querer aunque a ella no le hayan querido. Son cualidades imprescindibles para poderse reinventar, o mejor dicho, para poder renacer.

Con camisón y ya sin carmín se mete en la cama. Lo primero que le viene son las imágenes de ese día, se acuerda de sus amigas, del rincón y se acuerda de Tomás y de lo bien que bailaba. Necesita dormir, tiene que trabajar al día siguiente. Antes de dormirse casi siempre habla con San Estanislao,  siempre le ha dado confianza.

“Tú no te separes de mí, estate bien cerquita y si te alejas no pares de mirarme por el rabillo. Estate pendiente también de ellos, sobre todo de los pequeños, ellos no tienen ninguna culpa de nada, no dejes que se desvíen.”

Se gira y retuerce la almohada sobre su cabeza, lleva la mano al pecho y acaricia con los dedos la medallita que le cuelga.

“Dile a tu jefe que se apiade de nosotros. Es verdad que rabié, que rabié mucho con cada uno de los partos, pero cuando me quedé embarazada del quinto entendí cuál era mi sitio, supe que mi vida sería para ellos y me calmé. Tú lo sabes bien. Desde entonces dejé de enfadarme y me entregué a mis hijos sin esperar nada a cambio. Sabes perfectamente por lo que he pasado. Los anteriores embarazos me sabían a cuerno quemao, pero algo hizo clic en el quinto. Yo que sé, se acabó mi rabiar de repente. Habla con él, dile que los trate bien, por favor, que ya me tiene a mí para hacer lo que quiera, pero que a ellos los cuide, los cuide mucho.”

Se le cierran los párpados, se rinde al sueño. Por la puerta escucha cómo entra el último de los mayores y se duerme agarrando el colgante de su pecho.

 

Suena el despertador, todavía es de noche cuando se levanta de la cama. Antes de salir le gusta tomarse un poco de café aunque sea recalentado. Le sorprende encontrarse al mayor en la cocina que también ha madrugado.

—Anda, ¿qué haces tú por aquí? Te hacía durmiendo en casa de tu abuela.

—Mañana he quedado con un compañero cerca y me venía mejor dormir aquí.

Lo dice quitándose las legañas de la cara y a continuación realiza un largo bostezo.

—¿Quieres café? Es de ayer, pero te lo caliento en un pispas.

Melisa se alegra. Son pocas veces las que el mayor viene a visitarles y se deja ver. Le echa de menos, no le gustó que al poco de irse el padre prefiriera irse a vivir con la abuela: la madre de Melisa. Ella dice siempre que no le importa, pero no es verdad, le importa y mucho. Tiene su hijo mayor la mirada gris, como el color de sus ojos, pero no es solo gris por el color, es una mirada lánguida y a la vez profunda. Ella nunca encontró la forma de llegar al fondo, de llegar a él, siente que en alguna ocasión le traicionó, que le falló y que nunca fue perdonada.

—De acuerdo, ponme ese café, me hará bien —susurra él para no despertar al resto.

Se siente apurada, sabe que tiene que ir a trabajar pero no quiere desperdiciar la oportunidad de estar a solas con él. Calienta el café con leche al fuego e intenta empezar una conversación, le pregunta por la abuela, por cómo le va y no arranca más que monosílabos o frases cortas de su boca. A veces ni siquiera eso, solo encuentra su mirada, su mirada gris, ajena a ella, perdida en el infinito, como imbuido en sus pensamientos y Melisa se frustra, como se ha frustrado siempre. Y siempre se pregunta si tendrá algo que ver la enfermedad, la que le dio cuando se fue su padre, la que le dejó el cuerpo rígido y espuma en la boca, pero ella no entiende de medicina, en realidad no entiende de nada. Apura su café y se retira, como se ha retirado siempre, lamentando perder otra oportunidad. Se despide de él que dice adiós con la mano, sin siquiera mirarla y ella cierra la puerta de casa, aunque antes de hacerlo se para, un segundo escaso, y luego da el último tirón.

Llega a la recepción del hotel en Aranjuez, María Jesús le recrimina que ha llegado tarde pero no le pregunta más ni la increpa, conoce bien a su amiga. Ella fue quién la reclutó para trabajar vendiendo libros porque daban más de fijo que vendiendo seguros. Cada semana montan la exposición en un hotel de la localidad a explorar y esperan a visitantes que se acerquen. Melisa incluso va casa por casa explicando los beneficios de tener una enciclopedia a mano. Es duro, pero a Melisa se le da bien, encontró en la venta, una vocación oculta, mejor dicho, se la encontraron, porque ella nunca se hubiera atrevido a hacerlo si no la llegan a empujar. Fue una llamada de teléfono anónima de un señor que la invitó a un curso al que ella fue sin ninguna esperanza pero resultó que le dio muy bien lo de vender y así pudo aparcar la fregona y olvidarse de las monjas.

Durante el día Melisa vende bien, vende más de lo habitual, María Jesús y el jefe se lo agradecen, pero siempre hay compañeras que la miran con recelo y envidia. Poco le importa a ella, en su cabeza sigue dándole vueltas a que le tenía que haber hablado más a su hijo, haberse encontrado con sus ojos grises, que le tenía que haber propuesto que volviera a dormir con todos, a vivir con sus hermanos, haberse quedado un rato más con él. Se despide de sus compañeras como se despidió su hijo de ella: sin ni siquiera mirar.

Vuelve a casa, abre la puerta del portal derrengada y sube el tramo de escaleras. No escucha la tele y las luces están apagadas, tan solo se ve una luz tenue que viene del salón. Cruza el pasillo y llega hasta la luz. Sentados en el sofá están su hija y uno, uno que no tiene nombre, ni lo necesita. Su hija se levanta y empieza a hablar nerviosa y atropellada. Melisa no escucha con detalle lo que le dice, pero sabe que son excusas, que si el cuarto se había ido con los de la excursión a la montaña, que si se habían quedado solos, que si los pequeños ya estaban dormidos, excusas. No puede dejar de mirarle a él, sentado en el sofá, mejor dicho: estirado, casi tumbado. Melisa no para de mirarle y él no para de esquivar su mirada. Sin embargo descubre, o imagina en él ademanes que nunca pensó que volvería a ver en ese salón. Se toca el brazo, justo por donde se quebró y se lo acaricia como rememorando el pasado, incluso tuerce el gesto. Le sigue mirando a él, mientras su hija no deja de hablarla, pero si antes escuchaba algunas palabras ahora ya no escucha ninguna. Justo encima de la cabeza de él, entre los dos cuadros, sobre el sofá, se adivina todavía el cerco de la mancha de tomate frito, la mancha de los espaguetis que volaron desde la mesa hasta ese trozo de pared, y ella rememora los gritos de aquel día y los puñetazos en la mesa y los platos rotos por el suelo y el ruido de los cubiertos al caer y el bol de los espaguetis en perfecta parábola aterrizando en la pared y luego su marido gritando como si estuviera poseído, gritando que se fueran todos a sus habitaciones para quedarse a solas con ella y los puñetazos ya no los daba en la mesa y por eso ella levantó el brazo cubriendo su rostro y después su brazo quedó descolgado, inerte, partido. Vuelve a tocarse el antebrazo y entonces llora.

Se rinde en una de las sillas del salón y hunde su rostro en las manos. Alcanza a oír cómo su hija avisa al chico y siente como salen de casa.

Pasa un rato, ella no sabe cuánto tiempo pasa. Melisa quiere volver al presente y olvidar el pasado. Se levanta y se asoma a la habitación de los pequeños. Confirma que están dormidos. Se mira las manos trémulas y se avergüenza de sí misma. Su corazón aún excitado no la da el descanso que necesita. Todavía no se ha desvestido, ni se ha puesto el camisón, ni ha llegado a la cama, en realidad está quieta, parada en el salón, como suspendida por un hilo. El crucifijo encima de la tele parece mirarla y ella le sostiene la mirada, desafiante, entonces se agarra la medallita con todo el puño.

“No me jodas, San Estanislao, no me jodas. Tengamos la fiesta en paz. A la niña no, por Dios. Pero qué cojones queréis de mí. Hacerme lo que queráis, pero a los niños no, a la niña, no.”

Antes de acostarse se toma una pastilla. No le gusta hacerlo, pero sabe que necesita descansar.

 

Han pasado varios días y no ha hablado con su hija. Sabe que tarde o temprano debería hacerlo pero no sabe muy bien que decirla, porque en realidad no había pasado nada, y había pasado de todo. Le gustaría no hablar de ello nunca más, quiere que esos recuerdos mueran, se desvanezcan para siempre, y mucho menos los quiere tratar con su hija, por eso se empeña en imaginar una conversación donde poder evitarlos.

Llega un día pronto del trabajo y se encuentra con el segundo que es y ha sido su apoyo principal desde que faltó su padre. Le encuentra en la cocina y le da un beso.

—Ahora vengo a relevarte, gracias, primero voy a ver a los enanos.

Se acerca a la habitación de los pequeños que enseguida dejan de jugar para ir a abrazarla y enseñarla las últimas novedades de sus juguetes. Se tira en el suelo con ellos y bebe de su alegría, de su ingenuidad. Son el motivo para seguir adelante, para no desfallecer. Son el sentido de su vida.

Vuelve a la cocina para ayudar al segundo y le quita el delantal con una broma.

—Anda vete que habrás quedado con tu chica.

—Que va, no he quedado con ella porque tenía que dar una clase de mates, pero al final se ha cancelado.

El segundo, como todos, se buscó la forma de tener ingresos y se puso a dar clases de bachillerato a chavales del barrio. Él como todos los demás dejaban la mitad de lo que ingresaban en casa. Esa fue la norma escogida entre todos y que pareció la más justa.

Melisa aprovecha que le tiene allí y le lanza la pregunta a bocajarro.

—¿Tú conoces al chaval que está con tu hermana?

—Si. Bueno, no mucho. Lo conocí hace una semana más o menos. Me lo presentó y me cayó bien. No sé mucho más de él. No es del barrio, pero también hace judo y de eso estuvimos hablando. ¿por qué?

—Por nada, por nada.

—¡Venga, mamá! Cuéntame, ¿ha pasado algo?

Melisa no quiere hablar de lo que pasó con su hija, quiere olvidarlo todo. Aun así si con alguien pudiera perder la vergüenza es con su propio hijo. Ella sabe, como lo sabe él que fueron ellos, los dos mayores quienes frenaron al patriarca. Fue una tarde de otoño, hacía poco que habían empezado los colegios y como siempre encerró a los pequeños en su cuarto e invitó a los mayores a irse al suyo para quedarse a solas con Melisa en el salón. Ella no se amedrentaba, incluso en ocasiones le increpaba, sabía que hiciera lo que hiciera, él vomitaría su frustración convertida en golpes y que solo le duraría un rato. Pero esa tarde todo se truncó porque los dos mayores con tan solo doce años aparecieron en la puerta del salón y se quedaron de pie, mirando al suelo. En cuanto él los descubrió les gritó, les dijo que se fueran a tomar por culo, que se metieran en su habitación, los amenazó y durante ciertos segundos pareció que la frustración cambiaría de destino. El mayor le miró, con sus ojos grises indescifrables, tan valientes esa tarde y tan desafiantes, el segundo todavía miraba al suelo como esperando a que un toro de cien kilos lo arrollara, el miedo era tan denso que nadie se atrevía siquiera a respirar. Todos quietos, en silencio. No hizo nada, le dio una patada a una silla y luego casi revienta el marco del portazo. Ese día los dos mayores consiguieron que se acabaran los golpes para siempre, sí, pero la violencia se quedó a vivir en casa todavía unos años más, hasta que se fue definitivamente.

Melisa regresa y contesta al segundo.

—No ha pasado nada que a ti te importe. El otro día le conocí y quería saber tu opinión.

Salva la situación con esa frase y cambia de tema.

—Por cierto. ¿sabes cómo está tu hermano mayor? ¿has hablado con la abuela? El otro día durmió aquí.

—No sé mucho, mamá. Ya sabes que Luis va a su bola y que no hablamos mucho desde que se fue con la abuela.

Según lo dice se despide y se va de la cocina. Melisa se queda sola terminando de freír, quizá debería ser ella quién le llamara. Escurre el aceite de las croquetas y avisa a los pequeños para cenar.

Por la noche en su cuarto murmura agarrando la estampita de su pecho:
“Ya sabes que me pongo muy bruta a veces, tú ya me conoces. Vigila a mi niña y estate atento de ese chaval, por favor. No la dejes cometer los errores que yo cometí.”

Da un beso a la imagen y se gira para dormir.

 

Ya es jueves por la tarde, otra vez. Emilia la ha llamado para quedar como siempre. Se ven en la esquina del buzón y van juntas al baile. Melisa le cuenta lo que le pasó con su hija, lo que empezó a revivir al ver al chico tumbado en el sofá, esos miedos que le dejaron paralizada.

—Melisa, las historias no se repiten, mujer. Es normal que eso te regurgite con todo lo que has pasado. Te irá y te vendrá, pero eso cabronazo ya ha desaparecido para siempre.

Se acerca a ella mientras van caminando y la abraza de la cintura.

—Además, ese chico en realidad no ha hecho nada más que estar tumbado en el sofá de tu casa, que un poco de jeta tiene, pues si, que tenía que haberse levantao al verte llegar, pues también, pero ya ves tú como está la juventud, que no respetan na. Pero de ahí a liarse a puñetazo limpio con tu hija, pues es mucho trecho.

Llegan a la disco y sacan sus tarjetas con consumición gratis, bajan las escaleras casi las primeras para hacerse dueñas de su rincón habitual.

—No merece la pena que le sigas dando vueltas. La vida ya te ha jodido bastante como para que se vaya a repetir. Digamos que ya tienes bien lleno el vaso de la mala suerte, no creo que quepa más, ahora toca llenar el otro, el de la buena suerte.

Saca del bolso un pintalabios y se lo ofrece a Melisa.

—Toma, píntate el morro y cambia la cara, mujer, que hoy toca que nos diviertan.

Melisa se pinta mirándose en un trozo de espejo de una columna. Las luces ya empiezan a bajar y la música a subir.

Poco tiempo después han llegado el resto de amigas. Todas empiezan a hablar a la vez, se pisan unas a otras, es difícil meter baza en la conversación común. Cada una con su tema, con lo que le ha pasado esa semana. Se conocen demasiado bien y se toleran como son, sin exigirse más.

No ha pasado más de una hora y aparece Emilia con los tres caballeros del último jueves.

—¡Mirar lo que me he encontrado en la barra!

Esboza una sonrisa y un tono pícaros que no deja indiferente a ninguna. Enseguida se saludan.

Melisa ve como llega Tomás a hablar con ella y le saluda cordial. Le cae bien. Es como un soplo de aire fresco y se deja llevar. Baila con él, recuerda lo bien que lo hace y además hoy no huele tan fuerte a perfume. Se deja invitar a beber y se divierte.

Durante un descanso en el rincón en que está sola, Emilia se acerca a ella.

—Estas sudando, guapa. No te aburres, no.

—Mira que eres envidiosa, ¿no me has dicho que lo pasara bien?

—Pues claro, disfruta. Por cierto, que quizá Tomás podría valer para lo del carnet de familia numerosa.

Melisa se gira y sube las cejas. Emilia sabe que se quedó sin carnet de familia numerosa. Su marido se fue de España y como no ha conseguido el divorcio, pues resulta que, para la ley: sigue casada. Si no le acompaña su marido no puede renovar el carnet y ya ha perdido todos los descuentos. No es la primera vez que Emilia le propone llevar a uno que diga que es su marido y que se excuse diciendo que se le ha olvidado el dni. Es una idea un poco loca, como dice Emilia, pero mujer, no tiene nada que perder.

—No sé, Emilia, ya sabes que no me encanta la propuesta y tampoco le conozco tanto.

—Pues la ocasión la pintan calva.

Y se echan a reír las dos mirando el cráneo reluciente de Tomás.

Ya ha llegado la hora de irse. Todos suben las escaleras y se despiden en la calle, delante de la puerta del local. Tomás se queda pegado a Melisa y se ofrece para acompañarla a casa, pero ella declina su ofrecimiento.

—¿Por qué no? Déjame que te acompañe. Así irás más segura.

Melisa no quiere que vaya, pero no sabe argumentar más que No, que gracias, que ya va ella sola con Emilia que espera a una distancia prudencial a que terminen de hablar. Debaten un poco más y al final Melisa accede a que Tomás las acompañe a las dos hasta la esquina del buzón, cuando lleguen allí se tendrá que ir, no quiere por nada del mundo que se acerque a su casa. Melisa se siente rara, lleva tanto tiempo siendo madre que se le ha olvidado ser mujer, o eso cree ella.

Tomás cumple, las acompaña hasta su esquina y allí se despide, no sin antes arrancar a Melisa la promesa de que volverá el próximo jueves. Ella asiente y se va. Sabe que es muy probable que se encuentre con su hija y sigue pensando si le dirá o no le dirá o qué le dirá.

Sube las escaleras de casa y abre la puerta. Lo primera que le llama la atención es ver tanta luz encendida y tanto ruido. A su encuentro sale el segundo que llega hasta el vestíbulo. Al fondo del pasillo ve a su hija que se asoma desde las puertas del salón que tiene los ojos rojos de llorar. No necesita más información para saber que algo ha ocurrido.

—¿Qué ha pasado?

Tira el bolso en el paragüero e intenta apartar al segundo para terminar de entrar pero éste la detiene.

—Espera mamá, por favor, yo te explico.

Pero Melisa no necesita explicaciones, quiere entrar y ver a su hija. Sabe que ha llorado y teme que sus sospechas se hayan hecho realidad. Quiere zafarse de los brazos de su hijo y entrar, pero él la retiene. Recuerda las palabras de Emilia sobre que la historia nunca se repite y le dan arcadas. Le duele el brazo, quiere que su hijo le suelte, precisamente ese brazo, pero él la sujeta, quiere intentar calmarla y no sabe cómo hacerlo y por eso torpemente la sujeta. Melisa no puede con él, busca indicios en el vestíbulo, en el pasillo, en cualquier lugar busca una pista que le diga lo que ha pasado. Entones su hija sale del salón y se acerca a ellos, trae los ojos empapados pero ninguna señal en la cara y entonces Melisa la mira las manos, los brazos, las piernas, todo aparentemente en orden.

—Mamá, calma, escúchanos, por favor.

Dice su hija. Y su voz suena triste pero no nerviosa y entonces Melisa deja de forcejear con su hijo y se apoya en el aparador del vestíbulo. Piensa que quizá se ha precipitado y que quizá no ha pasado lo que ella creía, pero igualmente sigue alerta.

—¡Los pequeños! ¿Dónde están los pequeños?

—Están en su habitación. Ya están dormidos.

Tiene la respiración acelerada y el corazón desbocado, su hijo ya la ha soltado al comprobar que ya no hace fuerza, ella le mira y luego mira a su hija.

—¿Qué ha pasado? Decirme que ha pasado, por favor.

Su hijo mira a su hermana que asiente. A él se le empañan los ojos y le tiemblan los labios.

—Es Luis.

El foco de Melisa se centra ahora en el mayor y se pregunta que le habrá pasado.

—Luis ha muerto, mamá.

Dice el segundo y enseguida se acerca para coger a su madre de los codos y que no se desplome. Melisa esgrime un grito, un grito sordo, emitido desde las entrañas, abriendo la boca con furia para ni siquiera poder exclamar ningún sonido, tan solo dolor, dolor inmenso, inexpresable. Se apoya en su hijo y se dobla por el vientre, principio y fin, sintiendo como se le queda vacío.

Melisa sabrá lo que ha pasado más adelante, cuando su hijo le explique que se asfixió con la almohada por un ataque epiléptico. Ahora solo siente el dolor, más del que nunca sintió antes, más dolor del que ella pensara que existía. Se retuerce sobre sí misma y cae al suelo arrastrando a su hijo que intenta que no se lastime, Se encoge sobre si misma sintiendo un agujero inmenso a la altura del ombligo. Llora, ya no chilla, le tiembla la cara, le tiemblan los labios. Recuerda la conversación que nunca tuvo con él y recuerda sus ojos grises, profundos, inabordables frente ella. Entonces lleva su mano hacía el cuello, coge el colgante y se arranca la medalla de cuajo.

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  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado tu relato y me ha despertado mucha curiosidad la vida de esta mujer. Me he quedado con ganas de saber más de ella así que ya estoy esperando esa continuación.
    Lo he leído fácil y me ha resultado muy cotidiano, muy natural. Das datos de su vida, sabemos que tiene muchos hijos, que su marido se fue, que tuvo que aprender a vivir o a sobrevivir sin él y que vive con resignación y conformismo, sin expectativas de que algo positivo esté por llegar.
    Me gusta que la hija le parezca sensata, es increíble ver cómo los hijos sacan conclusiones de la vida y aprenden por propia iniciativa cosas que van más allá de lo que pretendemos enseñarles.
    Narras en pasado pero he visto que en alguna línea colocas el presente, creo que es intencionado así que no lo critico.
    Hay algunos errores de tecleo solamente, y se arreglan con una buena revisión 🙂
    Enhorabuena por el esfuerzo y a seguir con esos relatos entrelazados.
    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Gracias Natalia.
      En cuanto pueda subiré la segunda parte (creo que tendrá 3)
      Escribo en presente cuando estoy en el “aqui y ahora” y utilizo el pasado para los flasbacks.
      Me he propuesto que estos saltos al pasado no necesiten estar marcados con doble espacio y sin embargo que el lector lo entienda todo perfectamente, a ver que tal me sale. En el curso me dijeron que los flashbacks deberían estar en un mismo párrafo, pero quizá me salte esa regla. Espero que funcione.
      También me he saltado la regla normal de todo relato con los puntos de giro al principio y al final, y aun así creo que puede funcionar.
      Ya me direis.
      Muchas Gracias por comentar, por estar ahí, …

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,
    tu relato se ve que es un trozo de un relato más grande. Me ha dado la sensación de que en el ocultas muchas cosas, supongo que será por eso.
    Has enfocado a una mujer como protagonista de una vida difícil, que trata de rehacer.
    Hay frases como “aunque ninguna cumplirá ya los cuarenta” que interpreto que han pasado los cuarenta pero hasta que no he visto que tenía hijos no me ha quedado claro, por lo tanto creo que sería mejor escribirlo sin ambigüedad.
    Por algunas palabras en la discoteca y en casa parece que va muy apurada económicamente y aún así trata de salir a divertirse un poco para no hundirse.
    Supongo que en la continuación contarás más de los hijos y de como ha llegado allí, has conseguido crear expectación.
    Saludos

    • Jorge dice:

      Gracias CArlos.
      Efectivamente es un relato mas largo. Creo que tres partes y esta es la primera, las otras las escribiré sobre este mismo relato.
      Atento cuando Jose y Natalia vuelvan a comentar y si puedes pues me sigues leyendo.
      Además este relato forma parte de un grupo de relatos:
      1) Ojopipa
      2) Blanco precioso
      3) Carmín en el morro
      4) Saul
      xxx) otros que faltan para completar un conjunto de relatos que quieron que vayan juntos y que estoy probando en la web.
      Gracias por comentar.
      Jorge

  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    El texto me ha gustado, sobre todo hasta que empieza con el viaje a Mallorca. A partir de ahí hay más del estilo de contar (que no mostrar) y veo un punto de ruptura en la forma en que fluye el relato. El contenido a partir de ese punto puede ser que sea pertinente pero la forma de presentarla me convence menos, pero ya sabes que esto te lo digo desde un espíritu tocataplinista (palabro que acabo de inventar).
    Me gusta que te atrevas con personajes que distan de tu persona como esta mujer.
    También me gustaría que en el texto se filtraran los motivos de Melisa para salir de noche.

    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Gracias Jose.
      Puede que lleves razón.
      El relato tiene un aquí y ahora que permite mostrar mucho. Luego tiene muchos recuerdos (flasbacks) y reflexiones de la protagonista donde se muestra menos, pero necesito ir construyendo al personaje y presentarselo al lector. Y la construcción del personaje viene mucho de su pasado.
      Verás en la segunda parte que el aquí y ahora sigue estando y que la protagonista va evolucionando.
      Gracias
      Jorge

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    He leído el texto varias veces y llevo un buen rato dándole vueltas a esta segunda parte que has publicado. Creo que no está mal escrita pero que hay que reorganizar la información y ser más conciso, dar menos rodeos, algunas partes están sobreexplicadas.
    Este intercalar presente y pasado me despista. Quizás sea demasiado ir y venir. Creo que quizás nos cuentas muchas cosas a la vez sobre Melisa, todas importantes, y no tengo tiempo de masticarlas. No sé si me explico o si te ayudo en algo. Es mi impresión. Esta segunda parte del relato no me ha “entrado” fácil y he tenido que analizar. Puede ser un problema mío, que estoy espesa, no lo descartes 😛
    Pero bueno, yo quizás situaría el contexto, una primera aproximación a Melisa, al principio del relato, para conocerla un poco y luego ver cómo actúa y qué cosas le pasan.
    En la parte en la que llega a la recepción del hotel, no he entendido muy bien qué es lo que hacen allí. No sé si es un encuentro único para vender los libros, si cada comercial intenta convencer a los congregados por su cuenta, si el objetivo es vender o darse a conocer, si todos los días su trabajo es así o si ese es un día excepcional… Tampoco sé por qué ese día es importante para darle tanto espacio. Puede que lo sea porque luego se encuentra a ese chico en casa y no le da buenas sensaciones pero yo creo que es más importante la revelación de que Melisa sufrió malos tratos (me ha gustado más esta última parte).
    El párrafo de “Melisa encontró en la venta…” creo que es excesivamente largo y no sé hasta qué punto necesitamos tanto detalle, no sé si será muy importante luego saber cómo consiguió el trabajo pero pienso que se puede decir lo mismo con menos palabras.
    No sé si me estoy explicando, solo intento ayudar.
    Por otro lado, me gusta encontrar las relaciones entre este relato y los anteriores. Ese niño que ha ido a la salida a la montaña, el tuerto… dan sensación de vecindario, de personas que habitan un minimundo con múltiples conexiones entre ellos.

    En lo formal, hay algunos laísmos (no la pregunta, la dijo, la propuso…) y he buscado “pis-pas” y no es correcto, es pispás o pis pas (sin guion).
    Otras cosas:
    que solo se puede suplir con cariño y complicidad (no “suplirse”)
    en realidad está quieta, parada en el salón, como suspendida por un hilo, quieta (repetición, quieta-quieta).
    Fue ese sábado por la mañana cuando el señor le dijo 

    Tildes:
    Y fue en ese trabajo donde la reclutó más adelante María Jesús
    qué cojones queréis de mí. Hacedme lo que queráis, pero a los niños no
    tú sonríe y mantenlos a raya.
    Por la puerta escucha cómo entra el último de los mayores
    ¿qué haces tú por aquí? Te hacía durmiendo
    ella fue quien la reclutó
    Alcanza a oír cómo su hija avisa al chico 
    en realidad está quieta, parada en el salón

    comas:
    No me jodas, San Estanislao, no me jodas (vocativo entre comas)

    Ya me dirás si te sirve de algo lo que te comento. Creo que estaría bien que lo leyeras en voz alta como si lo hubiera escrito otro y tú no supieras nada de Melisa y sus circunstancias, para ver cómo te llega toda la información.
    Enhorabuena por este proyecto que estás llevando a cabo 🙂
    Un abrazo.

  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    veo que en esta ampliación has suprimido bastante del párrafo de Mallorca.

    El texto me ha gustado aunque es posible que haya resultado menos dinámico, pero no he encontrado problemas para entenderlo. Te paso a decir alguna observación:

    “El último de los mayores”. Sin embargo, por la mañana se da cuenta que el mayor de todos ha ido a dormir, siendo que vive con la abuela. Supongo que en las cuentas le debería de sobrar uno y parece que no reparó en ello. Es un detalle sin importancia.

    “Lo dice quitándose las legañas de la cara y a continuación realiza un largo bostezo”: me parece que queda mejor como acotación, eliminando el “lo” inicial.

    El párrafo de “Todo empezó con la llamada de aquel señor…” quizás lo suprimiría. Ralentiza el ritmo y es demasiado explicativo. Ya saldrá esa información poco a poco si es pertinente.

    Me ha gustado mucho el párrafo siguiente, cuando se encuentra a su hija con un joven al que ella cala desde el primer momento. Pero haría algún matiz. Como es un párrafo largo, acortaría alguna cosa. Por ejemplo, eliminando esto: “…que si el cuarto se había ido con los de la excursión a la montaña, que si se habían quedado solos, que si los pequeños ya estaban dormidos, excusas”.
    Esperamos con avidez futuras entregas.
    Un saludo.

  • Natalia dice:

    ¡Buenos días!
    Jose, no puede eliminar “que si el cuarto se había ido con los de la excursión a la montaña”. Es la conexión con Blanco precioso. Acuérdate que son relatos que se entrelazan.
    Besos.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Tercera parte completa. 5100 palabras son unas cuantas, jeje
    Te has dejado muchas tildes, conviene una revisión.
    Relato que acaba mal. Familia con muchas dificultades, que no sale del pozo sino que se hunde más en él. Es dramático.
    Hay algunas sobreexplicaciones pero a veces dudo si no es cuestión de estilo. También hay alguna repetición de palabras que creo que es de tu estilo también (como que hay luz y camina hacia la luz), yo buscaría otra palabra o simplemente podría “camina hacia ella”.
    Me gusta mucho el final, se lee del tirón y esa acción de arrancar el colgante es muy contundente.
    Espero que el siguiente relato nos de un poco de aire.
    Enhorabuena por el trabajo 🙂
    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Muchas gracias compañera.
      Siempre se agradecen tus impresiones y tus correcciones.
      Las repes que no funcionan, pues no funcionan y hay que cambiarlas o quitarlas. Son como esos párrafos que aburren o que no aportan nada a la historia, pues hay que plantearse quitarlos, aunque algunos contienen algún pasaje que nos apetecía contar, pero si no aportan al relato, hay que desprenderse de ellos.
      Me quedo con tu sensación del final. Sé que no acaba bien, pero no todas las historia pueden acabar bien. Espero que los próximos te sigan gustando (acaben como acaben).
      Muchas gracias.
      Jorge

  • Jose dice:

    Leída la última añadidura. Te voy poniendo frases y lo que he visto, que es mi humilde opinión, sujetas a mi desconocimiento profundo de la materia.
    “Han pasado varios días y no ha hablado con su hija. Sabe que tarde o temprano debería hacerlo pero no sabe muy bien que decirla, porque en realidad no había pasado nada, y había pasado de todo”. La última parte (había pasado de todo) la suprimiría o la cambiaría por algo que hiciera referencia a su imaginación, nada más.
    “quiere que esos recuerdos mueran, QUE se desvanezcan para siempre”
    Después de esta frase: “se empeña en imaginar una conversación donde poder evitarlos” has cortado la continuidad del discurso, en el que se viera que de facto imagina la conversación. De hecho, al principio dudé de si lo que venía a continuación no era esa conversación imaginaria; me quedé esperando algo que no vino.
    La última parte de la siguiente frase sería más interesante viéndola que no contándola: “Llega un día pronto del trabajo y se encuentra con el segundo que es y ‘ha sido su apoyo principal desde que faltó su padre’ ”.
    “Son el motivo para seguir adelante, para no desfallecer. Son el sentido de su vida.” Me suena raro que pongas esto. Es demasiado explicativo.
    “El segundo, como todos, se buscó la forma de tener ingresos y se puso a dar clases de bachillerato a chavales del barrio. Él como todos los demás dejaban la mitad de lo que ingresaban en casa. Esa fue la norma escogida entre todos y que pareció la más justa”. Veo algo parecido a lo ya comentado. Para evitar la tentación de caer en eso, evita ir tantas veces al pasado o que no te puedan las ganas para contarnos todo y “dialogízalo”. Pasa más tiempo en el presente, para ello.
    “Aun así si con alguien pudiera perder la vergüenza es con su propio hijo”: si después vas a contar la situación que ocurrió deja espacio para que sea el lector quien llegue a esas conclusiones. Estás dirigiéndolo demasiado a un espacio en el que no cabe otra cosa que lo que dice el narrador. Puede ser una experiencia frustrante para el lector. Podrías haber empleado un recurso que tienes, el flashback, con algún objeto que estuviera en la casa y le transportara a ese momento con un presente pasado.
    “Es normal que eso te REGURGITE con todo lo que has pasado.” ¿Ese palabro es del estilo del escritor o del personaje?
    “Poco tiempo después han llegado el resto de amigas”. Corrige el “han” para que haya concordancia.
    “Es una idea un poco loca, como dice Emilia, pero mujer, no tiene nada que perder.” Has mezclado la forma: creo que queda mejor “es una idea un poco loca, dice Emilia, pero mujer, no tienes nada que perder”. De la otra forma parece que utilices un estilo indirecto con cosas que diga el propio narrador.

    “Pues la ocasión la pintan calva.” Buen toque.
    “Melisa no quiere que vaya, pero no sabe argumentar más que No, que gracias, que ya va ella sola con Emilia que espera a una distancia prudencial a que terminen de hablar”. Me parece que esta frase queda mejor en estilo directo.
    “Dice el segundo y enseguida se acerca para coger a su madre de los codos y que no se desplome. Melisa esgrime un grito, un grito sordo, emitido desde las entrañas, abriendo la boca con furia para ni siquiera poder exclamar ningún sonido, tan solo dolor, dolor inmenso, inexpresable. Se apoya en su hijo y se dobla por el vientre, principio y fin, sintiendo como se le queda vacío.” Este párrafo me parece muy bueno, al igual que siguiente y definitivo.

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