Querida abuela Paquita,

Pronto cumpliré cuarenta años. Llevo días acordándome de ti y he sentido la necesidad de escribir esta carta que nunca vas a poder leer.

Hace veintinueve años que tu corazón se detuvo pero yo nunca te he olvidado. Siento en mi nariz el olor de los geranios de tu balcón, de la coca de anís que siempre me comprabas, de la rebanada de pan del pueblo lleno de chocolate para untar, que sólo comía en tu casa porque mamá decía que no se podía comer chocolate todos los días. Escucho el soniquete de tu máquina de coser, el vaivén del pedal para hacer avanzar al hilo por la tela. Recuerdo tus ojos azules, tu boca pequeña y fina, el pelo blanco ondulado que siempre me fascinó. Tus gafas doradas, tu cinturón fino sobre los vestidos de tela que solías llevar. Tu silueta tierna y tu piel blanca y suave. Te veo como si te tuviera delante ahora mismo. ¿Cómo puede ser que recuerde todo con tanta viveza? Tu huella quedó en mi memoria, guardada en la caja de la infancia, en la que todos colocamos con mimo las piezas que nos construyeron como personas.

Veo también tu casa, como si acabara de entrar en ella. Llevabais veinte años en ella. Una casa alquilada que no volví a ver desde ese mes de febrero en el que ingresaste en el hospital. Ya nunca más te vi. El abuelo vino a casa a vivir y empezó una vida diferente, sin ti y sin su hogar. Qué duro tuvo que ser para él. Esos primeros años con nosotros ya no los recuerdo tan bien.

Sólo nos veíamos los fines de semana, aunque no todos. Vivíais en otro pueblo y no siempre disponíamos de coche para ir a veros. Me gustaba cuando nos proponías quedarnos a dormir y pasar el fin de semana juntos. Yo observaba cada rincón con detenimiento: el papel pintado de flores de la habitación de invitados, el balcón con las persianas alicantinas que tanto me divertía enrollar y desenrollar, la habitación en la que yo dormía, con un pequeño agujero rectangular en la parte superior de la pared, que conectaba con el desván. Nunca entendí por qué estaba ahí. Lo tapabas con un papel de periódico y yo me acostaba mirándolo fijamente, esperando que saliera algún monstruo de ahí, tapada con la sábana a la altura de los ojos. Y luego, cuando no podía más de la tensión, me giraba hacia la pared haciendo esfuerzos por pensar en cosas bonitas, cerrando los ojos con fuerza, para poder dormir. Siempre me decíais que no pasaba nada, que no había nada que temer. Cuando me despertaba por la mañana y me daba cuenta de que había conseguido dormir en esa habitación, me sentía muy orgullosa. Pero, otros días, los miedos podían conmigo y acababa llamando a papá y a mamá para que me dejaran dormir con ellos. Y entonces el susto desaparecía y me sentía segura y protegida.

Son tantos momentos inolvidables, abuela. Y ahora ya soy una mujer. Ojalá hubieras podido ver cómo me convertía en maestra, sé que te habría encantado. Trabajé siete años en tu pueblo. Qué casualidades, ¿verdad? Con lo que te gustaba leer. Ahora yo enseño a los niños a hacerlo, ¿no te parece maravilloso? He encontrado mi lugar en el mundo. Por fin. Aunque a veces me despiste y pierda un poco el norte entre mis miedos y mis dificultades para entender a los demás. A veces se me hace complicado entenderme también, pero voy dando pasos hacia delante. Veo claro que la vida es un camino de aprendizaje y espero que me quede mucho por conocer.

¿Sabes? He descubierto que me gusta mucho escribir. Me sirve para expresarme, para compartir emociones y atrapar momentos vividos. Noto cómo los demás conectan con mis palabras y les remueven. Es tan bonito. Un día me gustaría escribir un libro. Lo intentaré, sin prisas.

Siempre tuve miedo de expresarme pero un día conseguí incluso cantar delante de la gente. Algunos lloraron. ¿Lo puedes creer? Es la magia de la emoción, tan contagiosa. Mamá recuerda muchas veces que tú solías decir que yo era “muy entonada”. No recuerdo la frase pero sí recuerdo estar cantando a todas horas en todas partes. Ahora entiendo que uno debe mostrarse, hacer lo posible por expresar lo que lleva dentro y compartirlo. No sirve esconderse si uno quiere ser feliz.

Muchas veces me pregunto cómo sería la vida para ti, cómo afrontabas tú los problemas. Mamá me contó que perdiste a tu amado en la guerra. Eso debió ser terrible, ojalá pudiera preguntarte. Después conociste al abuelo y formaste una familia. Pero estoy segura de que un pedazo de tu corazón moriría con él. De hecho, cuando empezaste a trabajar como enfermera, detectaron en él algún problema y no te dejaron seguir. Te recomendaron una vida tranquila. ¿Fue por él, abuela? No dejo de hacerme preguntas. ¿Qué cosas hubieras querido hacer? ¿Fuiste feliz?

Con mis ojos de niña, yo veía la felicidad en ti cuando entrábamos por la puerta de madera que daba a la calle después del escalón y bajabas por la escalera que daba al patio, con los brazos abiertos. Nunca nadie ha sido tan feliz recibiéndome. Hundía la cabeza en tu tripa mientras me apretabas fuerte y luego te agachabas a besarme en la frente y nos cogíamos de la mano y empezaba a contarte mis cosas. No recuerdo tu voz. Eso sí lo he olvidado.

En la rueda de la vida estabas tú, para que estuviera mi madre, y está mi madre para que estuviera yo. Y yo he seguido con la cadena y ahora tengo una hija. Te hubiera fascinado tu bisnieta. La tengo a ella pero no a ti. Tú y yo nos llevábamos sesenta y cuatro años, era imposible que os conocierais. Pero le hablo de ti, ¿sabes? De nuestras anécdotas. Los abuelos nunca se olvidan. Ella acaba de perder a su abuelo paterno. A sus seis años no sé muy bien qué recordará de él cuando tenga mi edad.

Me quedo sin tus respuestas. No sé si encontraste tu sitio, ojalá. Pero quiero que sepas que para mí fuiste indispensable. Tu vida mereció la pena. Y yo no habría sido igual sin ti.

Te quiero mucho, abuela. Nunca te olvidaré.

Con amor, de tu nieta.

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  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    ¡qué alegría volver a leer a una desatada! la carta es autobiográfica. Tienes vívidos muchos recuerdos que ahora te han ayudado en la descripción. Indudablemente, cuando metemos a un abuelo de por medio, la emoción se dispara. La has puesto muy fácil. Has abierto el corazón como especialmente sabes hacer tú.Gracias por ello.
    Encuentro que el texto está bien escrito. Al menos no tengo elementos de juicio para pensar lo contrario. Me espero a ver qué análisis hace Diana para ver si puede sacarte algo, jeje.
    En resumen, me ha transportado a una emoción de ternura profunda y encima de ella he ido navegando por el texto, aunque hayan ido apareciendo otros elementos que accionaban otros resortes emocionales.

    Si pienso algo más, te lo comparto.

    Abrazo.

    • Natalia dice:

      Hola, Jose
      Muchas gracias 🙂
      Ha sido una carta fácil, salió sola en cuanto me senté a escribir. Y muy llorada también. Y, cuando me pasa eso, que lloro mientras escribo, sé que la emoción se transmite y llega a los demás. Todos hemos tenido abuelos y recuerdos tiernos de infancia. La conexión es inmediata.
      Un abrazo.

  • Jorge dice:

    Hola Natalia.
    Precioso homenaje para tu abuela y atrevida exposición autobiográfica.
    Has volcado tus recuerdos y has creado imágenes muy potentes. Me encanta cuando escribes “Tu huella quedó en mi memoria, guardada en la caja de la infancia, en la que todos colocamos con mimo las piezas que nos construyeron como personas”, ha conectado directamente con mis recuerdos mas tiernos. Creo que todos tenemos una caja, un cajón, una esquina donde guardamos las cosas mas inverosímiles. Mi hija pequeña lo llama “la pocilga de mis secretos”.
    Cuando escribimos desde dentro se contagian emociones y tu lo consigues. Has sido valiente.
    Eso sí, en el próximo chat habrá que oírte cantar “al meu avi”.
    Buen trabajo.

    • Natalia dice:

      Hola, Jorge
      Tu hija ha heredado tu chispa 😛
      Yo siempre imagino el cerebro como un gran archivador, con cajas de distintas temáticas: infancia, padres, amores, amigos, miedos, culpas…
      En la infancia es cuando se forma nuestra personalidad, nuestras raíces. Y la herencia familiar tiene gran influencia en cómo nos relacionamos con el mundo. En mi afán de entender, me suelen surgir muchas preguntas sobre mis antepasados, que ya no me pueden responder.
      En cuanto a la música, forma parte de mí desde bien pequeña. Me muero si no canto.
      Me alegra que te haya gustado.
      Un abrazo.

  • Alberto dice:

    Qué segundo párrafo más hermoso, lleno de amor, de detalles vívidos de tu abuela, que nos llevan a la Natalia niña de una manera certera y delicada. A nivel de estilo, es lo que más me ha gustado. Pero como lector, me noqueas golpeando bajo con las frases de la segunda mitad del texto… 😉
    También me ha gustado que nos llevaras a su casa. La anécdota del hueco en la pared ocupa una parte importante del texto; parece que no sea algo equilibrado, pero es cierto que es una imagen potente para el lector.
    De repente, de confiesas ante tu abuela. Has encontrado tu lugar en el mundo: qué afortunada, qué paz transmites. Incluso con los miedos que te rodean, tan inherentes al hecho de vivir.
    El único ‘pero’ que le pondría al texto son los saltos de ideas, de mensajes, entre párrafos. Si le pones un título a cada párrafo verás que hay desorden, que no hay un hilo que lleve al lector. Imagino que es fruto de la espontaneidad.
    “¿Qué cosas hubieras querido hacer? ¿Fuiste feliz?” Ahí conectas en mis sentimientos con mis abuelos, ya fallecidos. “… para mí fuiste indispensable. Tu vida mereció la pena. Y yo no habría sido igual sin ti”. En fin, me has llegado. Tienes razón, hay que mostrarse. En la vida, y en las creaciones artísticas, como es el escribir. Gracias.
    Nos leemos.

  • Diana dice:

    Hola Natalia.
    Gracias por tu texto, es muy bonito. Creo que todos, teniendo en cuenta nuestras edades, podemos sentirnos de alguna forma identificados. Como se les echa de menos, cuantas cosas que nos gustaría haber podido compartir.
    Intuyo, teniendo en cuenta de que no nos conocemos y puedo meter la pata, que el relato es autobiográfico, o al menos tiene un componente muy importante de tu experiencia personal. Supongo que por eso las descripciones son tan potentes, nos haces ver a la perfección las escenas de tu infancia. Si tuviera que ponerte un pero… tal vez falta reflejar lo que estos recuerdos te hacen sentir, las emociones que te despiertan. Podrías además jugar a entremezclar las emociones de adulta con las de la niña.
    Me da la sensación, y no sé explicarte muy bien por qué, que el párrafo que empieza con “veo también tu casa…” y termina con “ya nos los recuerdo tan bien”, rompe un poco con el ritmo del texto, es como si estuviera fuera de lugar. Puede que solo sea una tonta sensación.
    No sé qué más decirte, creo que has conseguido el objetivo de que todos miremos en nuestro interior, a esos recuerdos, muchos muy parecidos a los tuyos, de esas personas tan especiales que ya no están a nuestro lado.
    Muchas gracias por ello.
    Un abrazo muy fuerte.
    Nos leemos.

  • Natalia dice:

    Hola, Diana
    Es totalmente autobiográfica. Me parecen textos muy potentes. Otras veces no se puede y uso las historias para plasmar sentimientos que reconozco, como en el texto anterior sobre el olivo.
    Gracias por tus sugerencias. La carta salió de golpe y no quise retocarla. Se podría haber escrito desde muchos ángulos, este era uno más.
    No recuerdo la voz de mi abuela, no recuerdo los primeros años de mi abuelo con nosotros, en nuestra casa, es así. Pero recuerdo lo que me entraba por la vista (aprendo de manera visual) y los sentimientos que me embargaban entonces.
    Muchas gracias por comentar.
    Un abrazo.

  • Carlos dice:

    Hola Natalia,
    me ha gustado mucho tu carta, como siempre sabes darle mucha emotividad.
    En este caso, se nota que es autobiográfica, recreas esos recuerdos de infancia, que de cierta forma todos podemos compartir. ¡Qué facilidad tenemos en nuestra niñez para impregnarnos de esos detalles!
    Luego lo llevas al terreno existencial, en un intento de conversación con tu abuela, que nunca tendrá respuesta, y consigues ahondar en la emoción y que esas lágrimas que te surgen al escribir se repliquen en quien lo lee.

    Enhorabuena.

    • Natalia dice:

      Hola, Carlos
      Muchas gracias por comentar este texto tantas semanas después. Y gracias por volver, te hemos echado de menos 🙂
      Me alegra que te haya llegado la carta, fui muy sincera y me salió tal cual. Los textos abuelos-nietos nos enternecen enseguida, como el tuyo sobre el vino.
      Espero volver a leer un texto tuyo pronto.
      Un abrazo.

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