Sara se despierta antes de lo habitual, en cuanto despunta el día. Suspira y estira el brazo para coger el móvil de la mesita de noche. Mira la hora y comprueba por rutina los miles de “me gusta” que ha conseguido en tan solo unas horas la foto con el conjunto de lencería rojo que subió ayer antes de acostarse a su cuenta de Instragram. Observa a esa Sara que finge ingenuidad como si no la conociera de nada. Aparece frente al espejo, cumpliendo con el trato de publicar una imagen a la semana con el mejor móvil del mercado. Suelta el teléfono y se coloca de lado, con un brazo bajo la almohada. Quiere quedarse en la cama, sin peinar, sin maquillar, sin fotos. No sabe hasta cuándo, quizás todo el fin de semana o todo el mes o para siempre.

Le pesa el cuerpo. Ayer se acostó tarde porque asistió a la presentación de un reloj del que también es imagen. Todo el mundo quería hacerse una foto con ella. Le tocó sonreír y disimular entre flashes mientras pensaba que ninguna de esas personas quería conocerla de verdad, solo acercarse a ella, rozar su cuerpo, y contar después en otra parte que no es para tanto, que no vale lo que las fotos enseñan. Siempre borra marcas, granos y brillos así que piensa que no se equivocan, en realidad.

Levanta la vista y se fija en el póster de su primera serie colgado en la pared. Cuando pasó el casting, le preguntaron por sus redes sociales, y le recomendaron subir muchas fotos para atraer al público y promocionar el proyecto. La serie tuvo mucho éxito en España y en otros países y las marcas la fueron reclamando, destacaban su “belleza y magnetismo”. Sus seguidores superaron el millón en poco tiempo. Estaba eufórica.

Sara coge otra vez el móvil y busca recuerdos antiguos en la galería. Selecciona una selfi, ella y Aitor sonriendo a la cámara. Los ojos se le humedecen. Lleva meses deseando que atienda sus llamadas pero nunca lo hace. Él tenía una vida normal, con su trabajo normal y sus horarios normales. Se cansó de estar en la sombra, esperando recibir atención. Entre promociones, rodajes, fotos y campañas de publicidad, se veían muy poco. Su relación de seis años llevaba casi dos en medio de una intensa vorágine. A la vuelta de un viaje, tras dos semanas sin verse, nada más abrir la puerta y llamarle, vio una nota sobre el mueble del recibidor. “No puedo más. Que seas feliz.” Se sentó en el suelo y lloró durante horas. Él le pedía que frenara el ritmo pero era imposible, Sara estaba obligada a tanto que se perdió sin ser consciente de ello. Siempre confió en que él aguantaría, creía que esa situación no podía durar para siempre y que, tarde o temprano, otra chica tendría el mismo tirón que ella y le relevaría en lo mediático. Ya habría ganado lo suficiente y podría estar con Aitor y trabajar a un ritmo que les permitiera disfrutar de su relación. Pero se equivocó.

Cierra la galería y sus ojos se clavan en la fecha que aparece en pantalla: siete de junio, su aniversario. Se lleva la mano al pecho, la presión la retuerce. Últimamente ha hecho grandes esfuerzos para parecer relajada y natural en las fotos pero lleva semanas temiendo este momento. Se ahoga. No puede desaparecer porque tiene contratos firmados, no puede hacer otra cosa que cumplir aunque desee con todas sus fuerzas volver a ser anónima. La mayoría de sus seguidores se cambiarían por ella pero no saben que ella se cambiaría por ellos sin pensarlo. Hace unos años podía pasear por un parque, salir a la calle con ropa cómoda y zapatillas de deporte, ir al cine o comer tranquila en un restaurante. Ahora todo eso suena lejano.

Busca el número de Aitor y le llama, mordiéndose las uñas. Quiere que conteste por fin, quiere pedirle perdón, abrazarle, escuchar su voz, hablar de todo y de nada durante horas, como antes. Añora su mirada y su sonrisa. Quiere que la bese de nuevo, que la desnude, que le llene este vacío que la ahueca. Necesita sentir que le importa a alguien de verdad. Pero nadie responde. Sara siente que este agujero se la va a tragar en cualquier momento. Vuelve a Instragram, a los comentarios, que han seguido subiendo, y se da cuenta de que, si ella desapareciera, sus seguidores lo sentirían pero por poco tiempo. Después se centrarían en otras personas y ya no pensarían nunca más en ella, se convertiría en una anécdota. Siente miedo, de no ser nada para nadie.

De repente suena el teléfono y le tiemblan las manos, un pensamiento fugaz imagina a Aitor, rindiéndose al anhelo de hablar con ella. Pero no es él, es de la firma de bolsos. En una hora llegará el mensajero con el nuevo modelo que va a salir al mercado la semana que viene. Quieren que lleve un vestido blanco así que se tiene que levantar y buscar en su vestidor algo adecuado. En cuanto se peine y se pinte, colocará la cámara en el trípode, sonreirá cogiendo el bolso con una mano y apoyando la otra en el cristal de la ventana. Mirará a lo lejos, a alguna calle entre los edificios de enfrente, como buscando algo que hace tiempo que no encuentra, y, por una vez, no tendrá que fingir.

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  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    Has optado por hacer una versión del anterior texto utilizando la tercera persona. En esta ocasión, has podido aprovechar las cualidades de la tercera persona. Sin embargo, atendiendo al objeto del relato, creo que la primera persona es lo que mejor destila la idea. Es una emoción íntima, no compartida por la protagonista, desde la primera llegamos mejor a esa sensación de prisión en la que se ha metido sin pretenderlo. Está claro que es más fácil que sepamos de ella para introducirnos detalles acerca de su vida, sobre lo que no está pasando en el aquí y ahora, como es su relación con Aitor. En lo formal poco te puedo decir, creo que está muy bien cuidado, como acostumbras.
    Quizás para compensar la tercera persona podías aprovechar el narrador omnisciente para decirnos algo sobre el futuro, algo que dé un mal pronóstico a su vida, que nos deje tocados.
    Un gusto leerte.

    • Natalia dice:

      Hola, Jose
      Gracias por comentar 🙂
      Es cierto que la primera tiene mucha fuerza pero había cosas que no tenía sentido que las dijera la protagonista porque ella ya las sabe.
      Me preguntaste a quién le estaba contando la historia, otras veces he escrito en primera y no me habéis preguntado este matiz. Se supone que habla al lector, le cuenta su historia. También puede ser que reflexione en voz alta.
      Tengo que valorar con qué narrador me quedo.
      Muchas gracias por tu ayuda 😉
      Un abrazo.

  • Jorge dice:

    Hola Natalia.
    Esta tercera persona también me ha gustado, pero quizá no solo por la tercera, sino porque aprovechas para pulir algunos detalles del anterior.
    Hay un relato largo pensado para monólogo de teatro de Jean Cocteau que se llama “la voz humana”. ES una mujer en una habitación en una época en la que no había selfies, ni instagram ni nada de eso. La historia se parece más al desamor que tu prota tiene con Aitor y de como lo vive. Al leer tu texto con ella tumbada atendiendo llamadas del teléfono, me he acordado de esa obra (es muy dramática). Se lee rápido y seguro que también esta grabada porque es una obra de teatro.
    He visto un minierror: en la frase “es de la firma de bolsos” habría que decir “es EL de la firma de bolsos”, creo yo.
    La primera llega mejor y con mas fuerza. La información para puedes traer a base de recuerdos y/o frases de esos recuerdos en estilo indirecto. Quizá pueda ser un relato más largo. Deja que la veamos fingir (en una llamada de business) e incluso que se llegue a reir con un chiste malo de un representante, para según cuelgue tirarse encima de la cama con los pelos alborotados y se estire de ellos viendo que no llega ni una llamada ni un mensaje de Aitor. Puedes incluso hacer una apología del “móvil” como puerta de entrada/salida de felicidad/desdicha. Bueno, que ya me he enrollado.
    Yo creo que la primera es más potente….pero amiga, la decisión es toooooda tuya.
    Enhorabuena.
    Nos leemos.

    • Natalia dice:

      Hola, Jorge
      Es muy interesante todo lo que aportas. Muchas gracias 🙂
      (Para que lo entienda Carlos, es que quería presentar este relato a un concurso y me dan solo tres páginas. Y estoy viendo cuál de las dos versiones presento. Quizás va a ser una tercera…)
      Me parece bien que haya diálogo porque así se ve al personaje frente a la “máquina de hacer dinero” que la aprisiona, lo que pasa es que no me cabe en tres páginas porque así ya las ocupa. O no lo presento a este concurso o lo presento a algún otro, ampliándolo y sacándole más jugo a la temática.
      Seguiré pensando.
      Gracias por comentar y por seguir ahí 😉
      Un abrazo.

  • Carlos dice:

    Hola Natalia,
    me ha gustado el relato también así.
    Me ha descolocado al principio porque no sabía si era continuación, podrías escribir una sucesión de días, como el día de la marmota, donde ahondaras en el bucle en el que estaba metida.
    Después leyendo el primero y viendo los comentarios ya he visto que son diferentes maneras de encarar el relato.
    Creo que una combinación de narrador en tercera persona con pensamientos de ella puede ser lo mejor.
    Si lo presentas al concurso, mucha suerte.
    Un abrazo

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