Me quiero quedar en la cama. Sin peinar, sin maquillar, sin fotos. No sé hasta cuándo, quizás todo el fin de semana o todo el mes o para siempre. Me pesa el cuerpo. Ayer subí la última, antes de acostarme; tumbada en la cama, sobre estas sábanas blancas de seda pura, un conjunto de lencería rojo, la pierna izquierda doblada sobre la rodilla derecha para potenciar mis curvas, el dedo índice en el labio, la boca entreabierta y la mirada perdida, fingiendo ingenuidad. Habrá triunfado seguro. Me la hice con el mejor móvil del mercado, recién estrenado, la cámara para selfies es la más potente de estos dispositivos. Cuesta mil ochocientos euros pero no los he pagado, la marca me lo ha regalado, pero tengo que sacarlo cada semana en una foto frente al espejo. Ese es el trato. Ahora, que ya ha amanecido, debe de acumular millones de “me gusta”.

Pero y qué. Ellos esperan de mí fotos y más fotos, bien peinada y maquillada, sexy, perfecta. No saben que luego las retoco para borrar una marca blanca de nacimiento que tengo en el pecho, ni que aguanto la respiración para que la cintura parezca todavía más fina, ni que elimino el grano que siempre me sale al lado de la boca cuando me va a bajar la regla.

Cuando voy a fiestas o a asuntos de trabajo, la gente no quiere verme a mí, quieren a “la de Instagram, lo que ellos proyectan en sus mentes que soy, quieren mi cuerpo. Pero no me conocen, ni lo más mínimo y, lo que es peor, no quieren conocerme. Ninguno de ellos. Nadie se plantea preguntarme cómo estoy, solo quieren acercarse a mí, que nos fotografíen, y luego presumir de que han hablado conmigo o de que me han visto en un evento. Estoy convencida de que alguno dirá que no es para tanto, que en persona no valgo lo que las fotos enseñan. Y no se equivocarán, en realidad.

Cuando pasé el casting de la primera serie que protagonicé, me preguntaron por mis redes sociales, y me recomendaron subir constantemente fotos posando, para atraer al público y poder promocionar el proyecto cuando lo hubiéramos rodado. La serie tuvo mucho éxito a nivel español. Poco a poco las marcas me fueron llamando, destacaban mi “belleza y magnetismo” y empezaron a ofrecerme dinero por subir fotos con sus productos. Me pagaban a razón de la respuesta de mis seguidores que, en poco tiempo, superaron el millón. Estaba eufórica. Luego me ofrecieron otra serie y ha sido el bombazo, un éxito mundial. En el cartel de la segunda temporada solo aparece mi cara. Me conocen en decenas de países. Cuando hemos ido de promoción, me han tenido que escoltar porque el público de la serie se vuelve loco; después, acabo sola en mi habitación del hotel, llamando a Aitor, deseando que coja el teléfono.

Pero él tenía una vida normal, con su trabajo normal y sus horarios normales. Y se cansó de estar en la sombra, esperando recibir mi atención. Entre promociones, rodajes, fotos y campañas de publicidad, nos veíamos muy poco. Nuestra relación de seis años llevaba casi tres en medio de una intensa vorágine. A la vuelta de un viaje, tras dos semanas sin vernos, nada más abrir la puerta y llamarle, vi una nota sobre el mueble del recibidor. “Me voy, no puedo más. Que seas feliz.” Me senté en el suelo y lloré durante horas. Él era la persona con la que quería estar, mi compañero de vida. Llevaba tiempo pidiéndome que frenara el ritmo pero me era imposible, me había dejado llevar por los contratos y los compromisos, estaba obligada a tanto que me perdí sin ser consciente de ello. Confiaba en que él aguantaría, que esperaría que pudiera frenar un poco. Yo creía que esa situación no podía durar para siempre y que, tarde o temprano, otra chica tendría el mismo tirón que yo y que me relevaría en lo mediático. Yo ya habría ganado lo suficiente y podría estar con Aitor y trabajar a un ritmo que nos permitiera disfrutar nuestra relación. Pero me equivoqué. No sé en qué momento exactamente todo se me fue de las manos.

Hoy es siete de junio, el día de nuestro aniversario. Siento una presión en el pecho que me retuerce. Hace casi cuatro meses que estoy sola y llevo semanas temiendo esta fecha, he hecho grandes esfuerzos para sonreír en las fotos en este tiempo, para parecer relajada y natural. No puedo desaparecer porque tengo contratos firmados, si lo dejo me denunciarán y tendré que pagar grandes cantidades de dinero. Sé que no puedo hacer otra cosa que cumplir pero me ahogo, me siento como un pájaro atrapado en una jaula de oro, sin fuerza para trinar.

La gran mayoría de mis seguidores se cambiarían por mí pero no saben que yo me cambiaría por ellos ahora mismo. Ojalá pudiera volver a ser anónima. Quiero poder ir a pasear por un parque, salir a la calle con ropa cómoda y zapatillas de deporte, que nadie se fije en mí. Quiero poder ir al cine, comer tranquila en un restaurante, observar a la gente con discreción. Quiero llamar a Aitor y que conteste por fin, quiero pedirle perdón. Es la única persona en el mundo que quisiera que estuviera aquí conmigo ahora mismo, quiero abrazarle, quiero apoyar mi cabeza en su hombro y que hablemos de todo y de nada durante horas, como antes. Quiero escuchar su voz, que me sonría, que me mire y me diga que no puede vivir sin mí. Quiero que me bese, que me desnude, que me llene este vacío que me ahueca. Necesito sentir que le importo a alguien de verdad.

Este agujero se me va a tragar en cualquier momento. Lo terrible es que estoy segura de que, si yo desapareciera, mis seguidores lo sentirían solo unos minutos y luego se lanzarían a seguir a otra persona y ya no pensarían nunca más en mí. Pasaría a ser una anécdota, “la actriz instagramer que desapareció sin dejar rastro”. Y nadie se preguntaría si me fui para ser feliz o si me tiré por la ventana.

Ojalá pudiera volver atrás. Pero no puedo, me llaman de la firma de bolsos. En una hora llegará el mensajero con el nuevo modelo que va a salir al mercado la semana que viene. Quieren que lleve un vestido blanco así que me tengo que levantar y buscar en mi vestidor algo adecuado. En cuanto me peine y me pinte, colocaré la cámara en el trípode, sonreiré cogiendo el bolso con una mano y apoyando la otra en el cristal de la ventana. Miraré a lo lejos, a alguna calle entre los edificios de enfrente, como buscando algo que hace tiempo que no encuentro, y, por una vez, no tendré que fingir.

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  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    ¡estamos de vuelta! El texto es muy intimista, de los que te gustan, y para ello es necesaria la primera persona. Me pregunto a quién le estaría hablando. Da la sensación que podría encajar en lo que es un diario. Por ello, me sobrarían algunas explicaciones que da o presentarlas de otra forma. Quizás así tendría más. fuerza. La sensación de vivir en una prisión me ha llegado y creo que era el sentimiento preponderante que querías transmitir, además de la melancolía por la separación de Aitor.
    Ojalá pudiese leer el texto alguna o alguno de los que desean “petarlo” en las redes para hinchar su ego o su cuenta bancaria aunque me temo que solo se es capaz de ver la podredumbre de ese mundo cuando se está dentro.

    Un saludo.

    • Natalia dice:

      Hola, Jose
      Gracias por comentar 🙂
      Llevo tiempo dándole vueltas a este tema, este perfeccionismo y felicidad constante que nos venden en las fotos puede ser muy dañino, sobre todo para los jóvenes. Es una visión sesgada de la realidad, nadie está alegre todas las horas de todos los días, es irreal y puede generar mucha frustración a las personas “no famosas”, que se comparan con ese espejo deformado que es Instagram.
      Seguimos.
      Un abrazo.

  • Jorge dice:

    Hola Natalia.
    Has transmitido el hastío y el vacío de la protagonista. Llega con claridad. No hay desenlace, aunque si que me ha gustado el cierre.
    Al principio hay alguna frase larga (ella posando) que se me ha hecho larga, aunque tiene fácil apaño. Estaba preguntándome que este texto se presta a mostrar al lector el contraste entre lo que se supone que es la vida de estos famosos y lo que realmente es. EStaría bien que ese contraste explotara y que no fuera necesario explicárselo. Hacerle pensar que su vida es buena cuando no lo es…no he encontrado la forma.
    El texto esta superlimpio, como acostumbras y el tema está bien elegido.
    Perdona el retraso.
    nos leemos
    jorge

    • Natalia dice:

      Hola, Jorge
      Gracias por comentar 🙂
      No hay desenlace porque la historia no acaba, ella tiene contratos firmados y no le queda otra que seguir con el show aunque sea infeliz.
      Creo que puedo profundizar más en este texto y que puedo sacarle más jugo, tengo que trabajarlo más.
      El tema me interesa desde hace tiempo así que me dejo la tarea pendiente de pulir.
      Un abrazo.

  • Carlos dice:

    Hola Natalia,
    interesante tema este de los instragramers y demás trabajadores de redes sociales.
    Aunque la protagonista no deja muy claro a quien habla y quizás explica mucho para hablar consigo misma, refleja perfectamente la depresión y vacío que le origina esto.
    En algunas partes que simplemente son descriptivas creo que sería mejor que lo comentara un narrador en tercera persona para dejar más abierta la escena a la imaginación del lector, por ejemplo, en el último párrafo.
    Estas profesiones pierden de algún modo el derecho a la desconexión, supongo que eso podrá generar hasta trastornos. Además deben representar al personaje, lo cual les hace perder autenticidad y por lo tanto no alimentan su espíritu. Se venden a la promoción y a la publicidad, engañan a sus seguidores. Creo que en algunos países ha salido una ley para que no puedan retocar su imagen.
    Bueno, el mundo cambia, esto era inimaginable hace veinte años, y lo que queda por ver.

    Un gusto volver a leerte.

    • Natalia dice:

      Hola, Carlos
      Este mundo hace tiempo que me genera inquietud, sobre todo por la caricatura que ofrece de la vida. Venden una perfección que no existe y que puede generar mucha frustración en la juventud (y en personas no tan jóvenes), que puede llevarse una idea equivocada de la felicidad y llegar a la conclusión de que su vida no está a la altura de las expectativas. Es muy peligroso.
      Y luego está el propio instagramer o tiktoker o lo que sea, que acaba subyugado a su propio personaje sin posibilidad de volver a ser anónimo, si lo quisiera dejar.
      Me alegra que estés de vuelta por aquí 🙂
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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