A sus dieciocho años, Diana era una chica seria, con un halo de tristeza en los ojos. Aquella mañana, en la estación, el tren llegó puntual. Cuando subió, le extrañó que no hubiera nadie más en el vagón porque siempre solía estar lleno de universitarios como ella. Se sentó en el lado de la ventana, con la espalda encorvada y mirando el suelo. Cuando el tren arrancó, levantó la cabeza y miró un rato por la ventanilla, a lo lejos, sin fijarse en nada.

Al cabo de pocos minutos, el tren pasó por un túnel. Diana no podía ver nada, estaba totalmente oscuro, fundido a negro. Contuvo la respiración, esperando la salida, pero no llegaba nunca. Tragó saliva. De repente, escuchó una voz detrás de ella.

—Bienvenida —Diana abrió mucho los ojos del susto, aunque seguía sin ver nada, pero no respondió.

¿Quién eres? —preguntó, por fin, en voz baja, tras unos segundos.

El tren frenó de manera brusca y Diana tuvo que poner la mano en el respaldo del asiento que tenía enfrente para no darse un golpe en la cara. Cuando se detuvo por completo, una luz blanca inundó el vagón y un olor a limpio la embargó. Parpadeó varias veces hasta que la vio. Desde el pasillo, una anciana la miraba. Iba vestida de blanco, llevaba collares de colores y un colgante en forma de ojo. Tenía el pelo largo y blanco, la piel arrugada y morena y los ojos marrones, pequeños y llenos de luz. Diana no se movió, no entendía lo que estaba pasando.

—Has tardado mucho en venir.

—¿Yo?

—Sí.

—Voy a la universidad.

—Hoy no. Nadie os enseña a identificarlo. Yo también viví muchos años con esa carga. Pero tranquila, te voy a ayudar. Cuando salgas de este tren, ya no serás la misma persona.

—Creo que se confunde.

—No. Tú eres Diana y llevo tiempo esperándote. Ven conmigo.

Diana se levantó y miró a su alrededor. Estaba sola con esa mujer y sentía que no podía hacer otra cosa que obedecer. Miró a la anciana, que le hizo un gesto para que la siguiera, y se dejó llevar. Fueron al siguiente vagón, en el que no había ningún asiento, solo cuatro colgadores muy separados entre ellos y un espejo rectangular al fondo.

Cuelga tu abrigo. No ocultarás más tus sentimientos, Diana. Estás viva y sientes, como todos. Eso no te hace más vulnerable, te hace humana.

Diana colgó su abrigo marrón sin decir nada. Miraba los colgadores con los ojos muy abiertos cuando, de repente, los cristales del tren se volvieron opacos y empezaron a reflejar imágenes de cuando era un bebé. Estaba estupefacta. La anciana siguió hablando.

— Cuelga ahora el pañuelo con el que cubres esa cicatriz. Deja de esconderte, no busques algo que no existe. Ni tú ni todos los que te han hecho daño sois perfectos. Nadie lo es. Querías dejar todo aquello atrás, ¿verdad? Pero lloras amargamente en tu habitación, sin que nadie te vea, día tras día, porque no lo consigues.

En ese instante, Diana rompió a llorar. En los cristales aparecía sonriendo al dar sus primeros pasos. La anciana la abrazó y la dejó vaciarse. Tras pocos minutos, mientras se la veía jugando sonriente en la guardería, la anciana la miró con ternura.

—La tercera percha es para tu jersey. Vamos, no pasa nada. No te paralices. Algunas veces sientes un sudor frío y una presión en el pecho que no te deja respirar, ¿no es así? Y quieres salir corriendo y vuelves a casa derrotada. Pero ya no lo harás más.

Diana suspiró muy profundo, tapándose la boca con las manos mientras se veía a sí misma columpiándose en el jardín de su casa, sonriendo.

Ahora vas a dejar tus pantalones en ese colgador. Cuando eras esa niña, no tenías herramientas. Pero ahora puedes cuidar de ti, puedes poner límites a quien pretenda hacerte daño. No se lo vas a permitir. Ya no.

Diana sintió que el aire llenaba sus pulmones, irguió la espalda y miró a la anciana a los ojos. Se sentía extrañamente relajada.

—Gracias —dijo, por fin.

—De nada. Ahora, tu sola, camina hacia ese espejo.

Diana caminó por el pasillo central despacio, hasta el final del vagón. Una vez se situó frente al espejo, miró sus ojos largo rato. Le parecieron más grandes y brillantes que nunca. Miró su boca y vio que sonreía. Se fijó en sus hombros relajados, sin tensión, y en su cabeza alta. Miró la cicatriz del cuello y la acarició. Se sintió ligera. Como nunca.

De pronto, el tren reanudó la marcha, volvió esa extraña oscuridad y Diana empezó a escuchar a personas hablando. Volvía a estar en un túnel pero esta vez la luz del sol apareció de nuevo tras pocos segundos. Se dio la vuelta buscando a la anciana pero ya no estaba. El vagón estaba ahora lleno de gente. Volvió a mirar el espejo y también había desaparecido. En su lugar, estaba la puerta que daba acceso al siguiente vagón. Diana suspiró, se quedó pensando en lo que había pasado, hasta que un chico le pidió paso y la sacó de su ensimismamiento. Se apartó enseguida, vio un asiento vacío y se sentó. Entonces se fijó en la ropa que llevaba: un vestido azul celeste de algodón con escote de pico, ligero y agradable. Lo acarició sobre sus piernas con las dos manos y se sonrió. Después miró por la ventanilla. A lo lejos, se podía ver su estación de destino.

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  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    Me ha parecido enigmático el episodio que ha vivido y más teniendo en cuenta que hay un cambio físico (el vestido azul) una vez sale del túnel. Ese párrafo que has añadido me gusta y lo cierra mucho más.

    • Jose dice:

      Sigo, que parece que le he dado sin querer a enviar…

      La situación me parece muy atrayente. Una anciana que no sabemos de dónde viene pero que conoce toda la vida de Diana y va a provocar que haya un cambio en su vida, que pueda superar quizás algún abuso de su infancia, lo que sea que impide que sea ella misma. Diana se ha convertido en una chica temerosa, que se esconde detrás de muchas pieles en forma de ropa, que no se abre a nadie y mucho menos al amor. Qué bueno sería que muchas ancianitas vinieran a rescatarnos de nuestras mierdas. Sin duda, las ciudades estarían llenas de túneles.
      das pocas pinceladas iniciales de Diana pero son certeras para que nos situemos rápidamente. Me gusta la simbología de ir colgando la ropa para soltar los traumas del pasado.
      Surgen muchas preguntas acerca de lo que ha ocurrido pero es un relato corto y no da cabida para maś.
      Has aprovechado muy bien la consigna. Cuando la propuso Jorge pensé que me faltaba información creo que le has sabido sacar mucho partido. Puede parecer que hayamos utilizado un recurso de forma parecida, pero en mi caso ha sido completamente un episodio imaginado en la cabeza del protagonista. Veo que en el tuyo, sí ha pasado algo realmente. Poco importa. Lo que de verdad importa es escribir, y eso lo dominas con belleza y emoción.

      ¡Nos leemos!

  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Muchas gracias. La verdad es que me ha salido un texto muy metafórico, muy simbólico.
    Para mí, la anciana es la sabiduría. Sabe cosas que uno va aprendiendo con los años. Cuanto más viejo, más sabio (o eso es lo esperable, que habrá de todo).
    El tren es nuestro interior, nuestro pensamiento, que nos conduce al autoconocimiento.
    La oscuridad es el resorte que fuerza a mirar hacia dentro, no hay otra opción. Hay que buscar en uno mismo las causas de la infelicidad.
    El túnel es más o menos largo según cada cual, pero ahí es cuando se descubre que hay que cuidar de uno mismo porque sino nadie lo hará. Aceptarse como uno es, con sus defectos (de ahí, la cicatriz) e imperfecciones. Y, a partir de ahí, mostrarse y expresarse libremente.
    Para mi el relato es un viaje hacia ella misma (el tren está vacío al principio). Y un día, con los deberes hechos, la vemos en el tren habitual, lleno de gente, pero ya siendo una nueva Diana, más feliz consigo misma.
    Nos leemos 🙂

  • Jorge dice:

    ¡Qué cuento mas bonito!
    Te ha salido una metáfora preciosa. Todo el cuento es una metáfora. Bien desarrollada y bien escrita.
    En algunos momentos me ha recordado a “cuento de navidad” y los fantasmas mostrando su pasado, presente y futuro al protagonista para que acabe por cambiar. Lo de colgar las prendas me ha recordado a otro texto tuyo, pero no acabo de precisar cual.
    De cualquier manera, salvo una pequeña introducción, todo el cuento se centra en esta experiencia sensorial de Diana y como esa experiencia la transforma.
    Me gusta el detalle de acariciar la cicatriz como muestra clara de que se acepta a si misma tal y como es. Ya no la ocultará nunca más. Es una historia muy bonita de autosuperación aunque sea a través de un sueño.
    Y no digo más, porque creo que las comas y los acentos los has puesto todo bien.
    Realmente bonito.
    Gracias

    • Natalia dice:

      Hola, Jorge.
      Gracias por tu comentario, me alegra que te guste 🙂
      Este texto es una espina clavada que he podido quitarme por fin. Te recuerda a un relato que leíste cuando estaba en el segundo curso, con Iván. Era el binomio fantástico y me salieron las palabras “depresión” y “tranvía”. Al profe no le gustó el enfoque y lo catalogó de “reduccionista”.
      Cuando vi tu propuesta para la semana, me acordé de él. Partí de esa historia para reecribirla y ajustarme al enunciado. Para empezar, quité “depresión” y cambié “tranvía” por “tren”. Luego convertí la historia en algo más simbólico.
      Como estaba a punto de empezar el curso con Iván, quise hacer las paces con ese texto. Borrón y cuenta nueva 🙂
      Un abrazo.

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