Martes, 15 de marzo
Añadimos un día más a este año de mierda. O mejor, lo restamos. A mi pez, que se muerde a sí mismo, ya no le queda casi cola.
Esta mañana me he vuelto a levantar tarde y no he llegado a tiempo a la clase de matemáticas. Suerte que el instituto no es como el colegio, y ya no llegan chivatas incidencias al móvil de mamá. Esos años de gran hermano pasaron a mejor vida. Aun así, no deja de dar la chapa: cepíllate el pelo que pareces una troglodita, deja el móvil que pareces una yonqui, no te pongas ese top que pareces una puta… Se ha convertido en un bucle, una caricatura de persona que juega a hacer de madre. Y yo mientras no sabiendo qué soy.
En la hora del almuerzo he vuelto a evitar a Luis, ese brazo que levantó, visto de refilón, parecía un intento de llamar mi atención; el muy idiota no para de enviarme mensajes al móvil, que leo con mucho interés, no lo voy a negar, pero después de lo que pasó, ignorarle es lo mínimo que haré. Sigo sin perdonarle que por su culpa Claudia y yo dejáramos de hablarnos. Cuando pienso que después de ocho meses de aquello sigo igual de perdida…madre mía.
Mi conexión con ella no ha desaparecido. Hoy, a la hora del descanso, estaba sentada bajo un árbol, sobre la hierba húmeda y traicionera, con mi bocata de aguacate, otra vez aguacate, gracias, mamá, dándole mordiscos neutros cuando he sentido que la tenía cerca. Junto a ella estaba Elena. Ellas no me veían, porque yo quedaba a espaldas de su banco. Elena no paraba de hablar, como queriendo hacer méritos por ocupar la vacante que yo dejé. No debe de tener mucho éxito porque Claudia parecía ausente, con la pantalla del móvil adherida como una sanguijuela a su cara. Yo no llegaba a escuchar la conversación; algo de chicos, seguro.
Casi podría hasta imaginarme qué piensa y me equivocaría poco. Ahora ya no somos uña y carne, aunque ya lo sabes, porque no ha pasado un día sin que te haya dicho algo de ella, y todo por aquel roce inocente de labios con Luis, cuando ella estaba de campamento internacional. Dos meses fuera de la ciudad se tiró, la cabrona. Y después quería que todo siguiese igual con su novio. En fin. Me gustaría poder decirle que me flipan esos vaqueros amarillos de pitillo que lleva últimamente y que le quedarían divinos con la camisa blanca entallada que le regalé, esa que ahora estará en el fondo de algún contenedor de basura. Será mejor que deje de escribir, me salga al jardín a fumar un cigarrillo y juegue con Lucky, que sigue igual de insoportable mordiendo todo.

Miércoles, 16 de marzo
Hoy ha tenido que llegar lo inevitable. Llevaba tiempo tratando de ignorarlo con la esperanza de que nunca hubiese existido, pero, como la ola que va y viene sobre la orilla, ha llegado. Una paloma mensajera llamada Elena se me acerca antes de la clase de literatura, y me suelta que le devuelva a Claudia todo lo suyo, que tengo de tiempo lo que queda de mes, incluido el libro de Ulloa de Pavía, Tempestades. Menudo marrón. Dime tú cómo le digo que hace unas semanas Lucky lo destrozó, tirando de colmillos, junto con otras muchas cosas mías. Es el libro de su autor favorito, muere por él, un libro con una dedicatoria muy especial, la que le escribió después de aquella conferencia. ¡Qué emocionadas estábamos con todo lo que le puso! Creo que él se quedó tan impresionado, como yo, de la valentía de Claudia para preguntarle por sus miedos, delante de toda esa gente, que nos triplicaba en edad. Harto de personas que le laman el culo, de tantos elogios, de repente, se le apareció Claudia. Él tardó en responder. Pero cuando lo hizo, se sinceró y el público le devolvió aplausos. Su agradecimiento quedó reflejado en aquella dedicatoria. A bordo de una nube, Claudia hizo el viaje de vuelta a casa. Era su nube y yo iba a su lado, contagiada por su autenticidad. ¡Qué momentazo! Me sentía tan grande como ella. La quiero a rabiar pero tengo miedo de decírselo con ese muro que nos separa, un muro que cada día parece medio metro más alto de resentimiento.
Ahora ese libro ya no existe, lo que seguro supondrá el remate definitivo a nuestra amistad, si es que hay algo que se pueda arreglar. A ver, dime tú cómo lo resuelvo.
Mejor me acuesto.

Jueves, 17 de marzo
Me he pasado toda la noche sin pegar ojo. Mi cuerpo quería descansar, notaba los párpados muy pesados, pero debía darle solución al problema. Me puse a averiguar cómo llegar a Ulloa. Pero parece un escritor de otra época, sin presencia en redes sociales ni una dichosa web dónde contactar. Es tan jodidamente bueno que las editoriales tienen que tragar con sus rarezas, me contó Claudia cuando aún nos hablábamos. Ese recuerdo ha hecho que me centrara en la editorial 3Puntos, y les he enviado un correo. Quería emocionar y les he tenido que contar que Claudia es una amiga con una enfermedad terminal y necesito con urgencia una dedicatoria. He terminado con un «Quizás pasado mañana sea demasiado tarde».
Hoy he vuelto a ver a Luis por los pasillos del instituto. Iba tan distraída que, sin apenas darme cuenta, le he sonreído lo que dura un desliz. He acelerado el paso como diciéndole «No te creas que esto significa que te perdono, imbécil».

Viernes, 18 de marzo
Sin noticias de la puta editorial en un maravilloso día horrible. Otro bocata de un verde restregado, tirada y sola, sobre la hierba húmeda, esa que te marca el culo sin avisar. Quería hacerme invisible mientras el resto, a mi alrededor, hablaba y reía; un buen rollo ajeno que, cuando estás tocando fondo, duele más que un pisotón en una zapatería para rinocerontes.
A esta hora que escribo, el fin de semana ya ha empezado y eso significa que no habrá nadie currando en 3Puntos. Maldita sea. Espero que las uñas no engorden porque hoy me he alimentado de ellas, además del aguacate de mamá.

Sábado, 19 de marzo
Es mediodía cuando escribo. No podía aguantarme a la noche para contártelo. Cuando me he despertado, ¡tenía un correo de respuesta! Tras una cadena de buenas personas el mail ha llegado al propio Ulloa. El hombre está dispuesto a echar un cable, pero ahora no se encuentra en la ciudad y me dice que proponga algo yo.
Le he dado mil gracias y confesado que se trata de Claudia, la chica que con una pregunta le tocó la fibra en una conferencia y que, por culpa de Lucky, ahora no tiene su dedicatoria. De su supuesta enfermedad no he dicho nada, es demasiado arriesgado. Cuando termine todo, si logro mi propósito, me permitiré remordimientos por utilizar artimañas. Le he preguntado si me podía decir dónde se encuentra para visitarle. Iré donde haga falta, le he asegurado.
Ojalá me responda durante el día. Mientras desespero, pienso que voy a necesitar un plan para viajar. He reunido dinero de todos mis rincones secretos, para lo que tenga que venir, y he comprobado que recuerdo toda la dedicatoria, de tantas veces que se la escuché. Ulloa la deberá transcribir tal cual para que no se dé cuenta cuando le «devuelva» el libro que hoy mismo he comprado. No dejo de tenerlo entre las manos para que parezca manipulado y se vaya ennegreciendo.

Domingo, 20 de marzo
Me he despertado tarde y muy agotada. Llevo días sin comer ni dormir lo suficiente y el habitual sopor de cualquier domingo se ha acrecentado. El subidón me ha venido a mediodía, cuando ¡he recibido el correo de Ulloa! No estaba tan emocionada desde mi primera cita, que fue con Alfonso, ¿recuerdas? El chico de 3º que al final resultó ser otro pesado que sólo quería tocarme las tetas. La verdad es que no pensaba que Ulloa fuera a responder tan rápido. ¡Qué majo! Y además me ha dicho dónde podemos quedar. Pero al hacerlo, se me ha venido todo abajo: el lago de Sanabria, que lo tengo a tres horas de coche. Después he pensado en tía Emma, que es muy discreta, tiene un cacharro con ruedas y una vida demasiado aburrida como para negarse a una aventura así. Me lo pienso y te digo, me ha respondido al telefonearla. A la media hora ya había conseguido un sí. Le he pedido que prepare su bizcocho de zanahoria, anís y chocolate, ese que «afloja voluntades», como ella dice, y que venga bien guapa porque quizás necesitemos de sus encantos si la cosa se pone negra.

Mañana alguien hará un pleno en novillos. Claudia bien lo vale.

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