Como en el comienzo de cualquier amistad, el azar jugó un papel importante: cuando tu familia y la mía decidieron iniciar una nueva vida en Madrid, fueron a elegir la misma manzana de bloques de ladrillo en el mismo distrito de la periferia sur. Al principio solo eras un niño más que pululaba por el barrio. Ibas a mi colegio, y también aparecías los domingos por aquellos cursillos de la parroquia que nos preparaban para la confirmación; pero como te llevaba un año pertenecías a otra tribu, al grupo de ‘los pequeños’. Poco a poco, aparte de en la iglesia, empezamos a coincidir en los partidos de futbol sala que echábamos en la pista roja —debajo de tu casa—, y, más tarde, en los largos ratos de litronas y bolsas de pipas que consumíamos en el parque con el resto de la cuadrilla.

En ese ecosistema, entre las escasas alternativas de ocio que ofrecían aquellas calles, diversas fuerzas gravitatorias —el humor, la música, y un sistema de valores aprendido y desarrollado en común— fueron atrayendo entre sí los dos trozos de roca que hasta entonces habían circulado a la deriva por el espacio. Comenzamos a girar uno alrededor del otro, cada vez más cerca, y una vez que hicimos contacto ya no nos separamos más.

Las risas fueron, ya desde el inicio, un factor clave en esa conexión. Estallaban en algún lugar muy puro del estómago, lo revolvían todo y no respetaban nada. De hecho, el reírse de nuestras debilidades y miserias ha constituido siempre para los dos una terapia inigualable. Cuando hablábamos por teléfono, mi madre sabía por las carcajadas que al otro lado de la línea estabas tú. Y lo adivinaba también si me escuchaba hablar de discos y grupos de música raros.

¿Cuantas cassettes intercambiamos en los noventa? Tú, a través de un colega del instituto, me descubriste joyas como el Blood Sugar Sex Magic o los primeros de Rage Against the Machine y Pearl Jam. Yo aportaba todo lo que me grababa mi cuñado: Siniestro Total, Kortatu, La Polla Records… Luego floreció nuestro amor por el underground, y el tráfico de cintas TDK se multiplicó: hardcore-punk, thrash-metal, reggae y ska, y la vanguardia vasca de fin de siglo —bandas que nos fascinaban por su talento, fuerza y originalidad, como Dut o Lisabö—. Ya antes de los veinte años habíamos compartido infinidad de conciertos míticos en Madrid, alguna de cuyas entradas aún luce en las paredes de mi casa. Los tiempos han cambiado; ahora nos enviamos enlaces de internet o nos pasamos discos en un pincho, pero la vieja pasión por el ruido se mantiene joven y todavía nos acompaña.

Aderezadas con ese condimento sonoro, nuestras biografías echaron a andar en paralelo, a menudo entrelazadas. Mi primer amor fue una chica catalana, y el tuyo una amiga de su cuadrilla. Luego te marchaste de Madrid para ir con ella a Edimburgo una temporada. Un año después yo también dejaba el barrio; encontré un trabajo que me permitió vivir cerca de mi pareja, en Barcelona. Cuando lo vuestro acabó, te mudaste de nuevo, esta vez a Pamplona, ciudad que ya no abandonarías. Poco después, mi relación llegó igualmente a su fin y me desplacé a Vitoria, ciudad que ya no abandoné.

Aquel año celebramos el acercamiento de ambas trayectorias vitales compartiendo el que ha sido el mejor viaje de mi vida: la GR11, treinta y nueve días caminando por la montaña, desde las aguas del mediterráneo hasta las del cantábrico. ¡Y solo discutimos un par de veces! El resto fue un chute de belleza y compañerismo que fortaleció la solidez del equipo que formamos, y potenció el brillo de su estela.

Han pasado quince años desde entonces, y la amistad ha entrado en una etapa de madurez y saber hacer en la cual nos sabemos necesarios para el otro. De vez en cuando —intentamos que no pasen más de un par de meses—, nos escapamos de la rutina, recorremos la hora larga de coche que nos separa y nos encontramos frente a unos tragos, poniendo sobre la mesa, a disposición mutua, todo el material: dudas, preocupaciones, alegrías, angustias, chorradas y penas. Y nos hacemos reír igual que tres décadas atrás, pegándole una buena sacudida al sistema nervioso. Hemos visto nacer nuevas relaciones de pareja, las hemos disfrutado y hemos sufrido con su final. Continuamos ascendiendo juntos los montes navarros y aragoneses que tanto amamos. Has celebrado la llegada de mi hija, y somos testigos de su crecimiento, así como de la aparición de nuestras primeras arrugas y canas. Y lo que queda, Javi.

Es un privilegio compartir este viaje contigo.

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  • Natalia dice:

    Hola, Alberto
    Me ha gustado mucho tu texto, esta carta sincera (que espero que hayas hecho llegar a tu amigo) 🙂
    Qué suerte tener a alguien en quien confiar, a quien contarle todo, sentir que eres escuchado y querido. Poder mirar hacia atrás y ver todas las experiencias que hemos vivido juntos, los fracasos y los éxitos. Sentir que te aceptan como eres, sin querer cambiarte.
    Me ha gustado mucho la metáfora de los dos trozos de roca atrayéndose por el espacio hasta encontrarse.
    Me has transmitido mucha verdad. Creo que es el texto más desnudo de todos los que has escrito, en el que te hemos visto a ti. Gracias.
    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 🙂

  • Jorge dice:

    Hola Alberto.
    A través de este texto te podemos ver un poquito mejor. Te has sincerado. Es curioso como la consigna de esta semana nos ha sacado nuestro lado más interno y humano.
    Preciosa historia la vuestra, llena de avatares. Es curioso como empezáis en Madrid y acabáis en Pamplona-Vitoria pasando por Barcelona y Edimburgo. Me ha gustado como está contada y me has recordado grupos musicales que también comparto con vosotros: Rage, siniestro, kortatu, la polla, …
    En particular, me quedo con la frase “algún lugar puro del estómago”. Es sencilla y a la vez cargada de significado. Has conseguido evitar decir de las entrañas, de lo más profundo, etc, que son clichés más manidos.
    Leyéndote, me ha venido a la memoria ese momento de tensión que nos contaste, cuando os faltaba una cuerda y el paso era difícil. Me he imaginado que era con él.
    Por comentar, Yo creo que el uso de la palabra cuadrilla, que es una palabra muy usada en el norte, en Madrid no se usa tanto. Se suele decir “panda”, “pandilla”, “grupo” y los que vienen del entorno rural suelen usar “peña”, “quinta”, … ya tenemos el debate.
    Enhorabuena.
    Nos leemos.

  • Natalia dice:

    A mí también me llevó al texto del ascenso en la montaña 😛

  • Alberto dice:

    Gracias, Jorge, Natalia.
    Buen apunte; hace veinte años, en Madrid, no hubiera dicho cuadrilla, sino pandilla o algo similiar. Y sí, el Sam que me las hizo pasar put%s en un corredor de hielo en pirineos fue este mismo jejeje buena memoria

    • Jose dice:

      Hola, Alberto
      Prométenos que le enviarás el relato a Javi. Lo primero que siento tras su lectura es… pura envidia. Ese nivel de conexión no es fácil de conseguir.
      El texto va fluyendo automáticamente pues tiras tu autobiografía. Una autobiografía muy bien escrita dirigida a Javier.
      Se trata de una amistad que recorre toda tu vida lo cual le da un valor enorme. Una amistad a prueba de bombas, de la que tienes la certeza que solo la muerte podrá detener…y ni eso.

      Esta frase me gusta: “Estallaban en algún lugar muy puro del estómago, lo revolvían todo y no respetaban nada.”

      No quiero decir mucho más. Disfruta del viaje.

      Un abrazo.

  • Carlos dice:

    Hola Alberto,
    me ha gustado como has contado este relato autobiográfico y todos los avatares y gustos comunes que compartís. Las cassettes grabadas queda como un recuerdo compartido por nuestra generación.
    Esta historia también me ha trasladado al episodio de la montaña. Tener un amigo con el que se comparte tanto esta muy bien, pero ya hemos visto que la amistad también arraiga entre gente de gustos diferentes.
    La metáfora de la fuerza gravitatoria me ha parecido muy acertada. No me extraña cuando dices que el GR es el mejor viaje de tu vida, el camino también es una metáfora perfecta de amistad.
    Enhorabuena.

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