Eileen Yuang. Me fascinaba el contraste de sus ojos verdes con la melena negra y brillante, sus labios menudos, su vigoroso cuerpo lleno de promesas. Solos en el gran edificio, en una de nuestras charlas nocturnas me contó su historia. De padre chino y madre irlandesa, había nacido en Hong Kong, pero siendo apenas un bebé su familia se trasladó a mi ciudad, Wuhan. Cursaba el último año de la carrera de Biotecnología, y trabajaba por las noches con contrato de becaria en un laboratorio situado en un complejo empresarial de la periferia. Yo llevaba allí un par de meses, como vigilante de seguridad. Los dos pasábamos largas horas en el enorme departamento vacío. Tras varias semanas de flirteos, reuní el coraje de besarla. Sentí nuestros cuerpos encenderse desde el primer instante.

—El edificio está tranquilo, no hay amenazas a la vista —bromeé.

—Escucha… Tengo que llevar estos papeles al archivador y ordenarlos. Ya sabes, los becarios, poco trabajo técnico y mucho marrón administrativo —dijo con un toque de irritación. Luego suavizó el tono—. Espérame aquí, vuelvo enseguida.

Desapareció en el pasillo, y yo me quedé apoyado en la mesa metálica del laboratorio. El silencio y la penumbra potenciaban el sabor salado de la excitación.

Encima de la mesa había varios microscopios electrónicos, documentos, probetas y tubos de plástico. Estos últimos estaban cerrados y etiquetados, pero vacíos. Paseé la mirada por el recinto. Raras veces entraba allí en mis rondas nocturnas. En una esquina, sobre un estante de color negro, una pequeña cámara frigorífica emitía un leve zumbido que hacía el silencio más llevadero. Abrí la puerta, con gesto aburrido: varios frascos brillaban contra la superficie blanca de la nevera. Contenían una especie de puré amarillento, como orina espesa. Cogí uno para verlo de cerca. En ese momento me sobresaltó un fuerte pitido. El frasco resbaló de entre mis dedos y cayó, rompiéndose a mis pies.

Maldije en voz baja. Seguramente, la cámara pitaba si se mantenía abierta demasiado tiempo. Saqué del bolsillo un paquete de pañuelos de papel, y me agaché a limpiar los cristales. Con movimientos rápidos, envolví los restos del tubo junto con la crema amarilla, y lo metí en un cubo de deshechos de oficina, bajo un bulto de papeles arrugados. Con otro pañuelo, terminé de secar el líquido. Escuché los pasos de Eileen y me puse de pie.

—¿Ha pitado la nevera? ¿No la habrás abierto, verdad?— me dijo al aparecer, sonriente.

—Lo siento… Estaba buscando un par de cervezas.

La broma intensificó su sonrisa, pero luego, con el ceño teatralmente fruncido, me reprendió:

—Esa nevera es para nuestros amigos los virus: rotavirus, coronavirus, adenovirus… Fascinante, ¿eh? Anda, aléjate de ellos y ve a la salita de café, ponte cómodo. Yo acabo en diez minutos.

Cuando me quedé solo de nuevo, el escalofrío aún recorría mi cuerpo. Virus. ¿Debía preocuparme? La verdad es que apenas había tocado el líquido. ¿Qué hacer? ¿«Ponte cómodo»? Masajeé mis sienes durante unos segundos, intenté pensar. El deseo me volvía estúpido, a veces me comportaba como un crío.

Intentando no correr, caminé por el pasillo hasta llegar al baño. En la pared, un cartel explicaba los pasos a seguir en caso de contaminación con agentes infecciosos. Me lavé las manos con un gel hidroalcohólico adosado al lavabo. Lo hice sin prisa, frotando con fuerza. La piel se llenó de espuma azulada. Me tranquilicé: «no pasa nada, uno no se contagia por rozar levemente una sustancia con las yemas de los dedos. Es necesario que el bicho entre en el torrente sanguíneo, a través de alguna herida, de la saliva…». Miré mis manos: estaban limpias. Respirando profundamente, me sentí más relajado, y caminé hasta la sala de café.

Dos filas de sillas plegables acolchadas, de color rojo, formaban una ele frente a la máquina expendedora. Me senté y apoyé los codos en las rodillas, entrelazando los dedos. Otra vez estaba actuando como un chiquillo. ¿Y si algún peligro permanecía en mi piel, o en el suelo del laboratorio? Tenía que asumir la responsabilidad. Era pueril sobreponer un deseo carnal pasajero a la salud propia y a la de Eileen, incluso a la del resto de trabajadores del laboratorio. De repente, vi las cosas con claridad: debía contárselo. Arruinaría la noche: todo se convertiría en protocolos de seguridad, reproches… un cubo de agua fría sobre la hoguera a punto de prender. Pero era mi obligación. De ese modo, me aseguraría de que el bicho no le hacía daño a nadie. La decisión me hacía sentir mucho mejor. Ya habría tiempo para…

Eileen Yuang apareció por la puerta. Se quedó apoyada en el marco, mirándome. La bata blanca había desaparecido. Unas elegantes medias violetas cubrían sus piernas hasta el inicio de una falda negra muy corta. Sus ojos me miraron con un brillo animal. Ella también había pasado por el baño. En sus minúsculos labios carnosos estallaba un carmín rojo fuego.

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  • Jose Romero dice:

    Hola, Alberto
    me gusta mucho la selección de un único momento. Tiene la suficiente fuerza y contenido para hacerlo así. La introducción del componente sexual añade una nota humana que favorece el interés por la lectura del relato.
    Por otro lado, la utilización de la primera persona con todas las implicaciones que ello supone, le da dinamismo al texto, y credibilidad por lo que respecta a las emociones del protagonista.
    Además está el final; un final que no necesita explicar más cosas, ni las que van a acontecer esa noche ni todo lo que va a venir con el paso de los días.

    En definitiva, me lo he pasado en grande leyéndote.
    Un abrazo.

  • Natalia dice:

    Hola, Alberto
    Me ha gustado mucho tu texto. Un punto de partida para todo lo que viene después.
    Está muy bien escrito, como siempre. Ordenado, coherente, con sentido.
    Los impulsos, la falda, los labios… carpe diem. Seguro que no pasará nada…
    En cuanto a la parte formal, al principio, yo hubiera puntuado algo distinto:
    “Solos en el gran edificio, en una de nuestras charlas nocturnas, me contó su historia.”
    “había nacido en Hong Kong pero, siendo apenas un bebé, su familia…”
    Enhorabuena.
    Nos leemos 🙂
    PD: Se hace largo esperar dos semanas para leeros, la verdad. Pero el tiempo es el que es…

  • Jorge dice:

    Hola Alberto.
    Gran relato. Me ha encantado.
    Haces un preámbulo, donde nos das la información justa para que nos situemos respecto de los personajes y el lugar donde se desarrollará la acción.
    Directamente pasas a contarnos una breve y sencilla historia de amor, y dejas que la “otra historia”,la vaya construyendo el lector con toda la información que vas dejando. Me gusta como describes el laboratorio (yo no hubiera puesto mas que matraz y tubo de ensayo) y como de la forma mas tonta todo puede ocurrir. También me ha sorprendido la clase de virus que nos cuentas (ni idea).
    La segunda parte del relato, es una gran reflexión del protagonista, que con sentimiento de culpabilidad, transita sobre disyuntivas morales y filosóficas. Finalmente decide hacer lo correcto, pero ahí aparece de nuevo el componente humano… y esas medias violetas tienen mucho que decir.
    Excelente. Enhorabuena.
    Voy a criticarte algo. El título. No me ha gustado. Podría haberse llamado, “el origen” o algo así. Quizá mezclado “En el principio fue Eileen”.
    Nos leemos.

  • Carlos dice:

    Hola Alberto,
    muy buen relato.
    La acción me ha parecido muy dinámica, las descripciones muy precisas y me ha hecho mucha gracia a pesar de la seriedad del suceso.
    Espero que en este tipo de laboratorios la seguridad sea mayor, porque me imaginaba todo muy de andar por casa.
    Si no supiera que se desarrolla en China hubiera dicho: ¡estas cosas solo pasan en España!
    Enhorabuena

    • Alberto dice:

      Gracias, Carlos. Sí, en casa me han hecho el mismo apunte: un poco “Pepe Gotera y Otilio en el laboratorio”. Pero vete a saber, a veces la realidad supera la ficción 😉

  • Yuri dice:

    Hola Alberto,

    Me ha encantado leer y me ha gustado mucho tu historia. Es un momento de enorme trascendencia y lo cuentas como debe ser, como algo cotidiano, que le podría pasar a cualquier. Me ha encantado sobre todo el final, como te decían antes, hay poco más que explicar.

    Me sumo a los comentarios sobre el título (también me cuesta) y sobre el nivel de seguridad del laboratorio. La verdad es que describes la nevera de tal modo que yo también la abriría para ver que hay, pero es muy probable que tuviese el símbolo de biohazard, contraseña para ser abierta, algo así (Vaya, o eso espero, que me daría muy mal rollo pensar que no es así).

    Bravo por el texto y un abrazo gigante,

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