Cuando el director del departamento, veinte años más joven que él, lo cita en su despacho, ignora que a partir de ese día su vida cambiará. No conoce otro oficio que el de investigador. En su campo de estudio, es famoso por sus trabajos poco ordinarios, con publicaciones que no pasan desapercibidas. A su edad es difícil imponerle objetos de estudio y el nuevo director tiene un calado gusto por el mando, por la injerencia. Lo que se dice meter las narices donde no le llaman. Pero el doctor Garev es muy suyo, una rata de laboratorio que no mira a los ojos directamente, huidizo al contacto humano. Muy suyo. Con un abundante pelo desordenado, va por el campus, de aquí para allá, durante horas, porque para resolver un asunto tiene que andar muy deprisa, en silencio, con la cabeza agachada y las manos detrás de la espalda, ajeno a las reacciones de los estudiantes. No es muy alto pero en su naturaleza hay corpulencia. Lo que nadie sabe, porque él no va aireando su vida, es que en su casa, para afrontar asuntos de ciencia, levanta pesas, con predilección por el press banca. Quizás por ello, ese día resolverá con facilidad algunas de las situaciones que se presenten.

—Te he llamado porque no tenemos buenas noticias para ti —le dice el director, casi sin disimular una leve mueca de satisfacción dibujada en sus labios—. Tu beca se interrumpe indefinidamente. Hemos visto mala praxis de forma continuada y no encajas en los valores que estamos implantando durante el último año.

El doctor Garev no tiene una reacción externa a ello, más allá de levantarse, tras unos minutos en silencio, que para él no es tenso, y marcharse, dejando la puerta abierta. Lleva tiempo dándole vueltas a una nueva investigación, y ha quedado abducido por ella, sus ojos se desplazan en aparente descontrol, su cabeza parece albergar cientos de cálculos, uno tras otro, todo ello mientras camina con precipitación. En intervalos sus cejas se fruncen, quizás algún eslabón que se le atraganta, o algún dilema de esos que se presentan en las bifurcaciones de caminos. Tras unos larguísimos minutos, por fin, procesa la información que le ha dicho el director. Cuando la asimila en su totalidad, da media vuelta y retoma el pasillo en dirección a aquel despacho. Abre la puerta violentamente y se lo encuentra devorando un bocadillo, aunque al irrumpir, este deja de masticar, con la comida a la altura del esófago, igual de inmóvil que todo su cuerpo, y las cejas arqueadas, a medio camino entre la sorpresa y la indefensión.

—Eres un puñetero mediocre y no tienes la mínima idea de lo que es el amor por la investigación.

Dicho lo cual, se marcha, volviendo a dejar la puerta abierta. Él sabe que eso pone frenético al titular de ese despacho. Que se joda, dice en voz alta. Enfila, maldiciendo, hacia la zona de los sótanos, donde estacionó el vehículo cuando todavía no había amanecido. Llega al coche, abre la puerta del conductor y se sienta adentro, aturdido, desorientado. Las imágenes del experimento que barrunta, desde hace semanas, se precipitan. Como un géiser, brota de su cabeza un corriente imparable. Ni la interrupción de la beca podía detenerlo porque no es cuestión de dinero. Es su vida, no hay otra cosa.

Por el pasillo que da acceso al aparcamiento está caminando Esther, una alumna suya. Él todavía no la ha visto, por lo que aún no ha pensado en ella. Es una de las mejores, para él, la mejor. Un día fue a su despacho y le hizo una de esas preguntas que emocionan al  profesor más templado, ¡Alguien sigue mi discurso en clase!

Dentro de esa fuerza incontenible que no deja de fluir por su cerebro, una idea se le repite. Sólo uno, un sujeto experimental, podré validar la hipótesis con uno solo, se dice sin que nadie le pueda escuchar. Eso facilita las cosas o lo echa todo a perder. Piensa en su laboratorio particular, ese que tiene en el sótano de su aislada casa, ubicada en la ladera de una montaña, con vistas al valle virgen, donde no llegan los ojos fisgones de nadie. Se dan las condiciones para un proyecto que empieza a tomar forma. Tan solo necesita la colaboración de una persona, porque con animales no es posible, que se preste a realizar el entrenamiento en tres momentos del día, durante cuatro semanas y después otras cuatro semanas sin aplicar nada para comprobar si el efecto se mantiene. Tan solo necesita eso. Sería su última investigación, es consciente de ello, porque supone superar límites éticos y legales, porque hay demasiadas variables que controlar, dichoso control de variables que todo lo complica, se dice mientras no ve llegar a su alumna, y eso supone rebasar límites. Quizás nadie quiera colaborar pero ello no debe ser óbice. Donde termina la colaboración, la imposición cobra protagonismo. Es demasiado importante lo que tiene entre manos. Es su vida. Su pulso va aumentando conforme su decisión es más firme, a medida que un monstruo abominable se erige frente a él, a punto de tomar el mando de su voluntad.

Esther acelera el paso porque llega tarde a casa. Tiene próximo un examen y quiere estar preparada. Es la asignatura del doctor Garev, ese viejo loco que explica para eruditos. Nadie en clase se entera pero yo sí, piensa, aunque no me fío, quizás nos ponga problemas en apariencia irresolubles. Con la idea de llegar pronto a casa, no se ha dado cuenta del cepo que le han puesto a una rueda de su coche e intenta maniobrar sin éxito. Ese cepo es la consecuencia de estacionar donde a uno le viene en gana, olvidando que no todas las plazas son para alumnos. Alguna vez le ha pasado pero aquel día es el peor para tener un despiste de esos. Treinta euros de multa que ese día, precisamente ese día, no está en condiciones de pagar. Maldita sea, ahora qué hago, dice entre murmullos. Desde un coche cercano, pendiente de toda la escena, suena el claxon. Ella levanta la mirada, que se le ha quedado igual de enganchada al cepo que su rueda delantera. Tras enfocar la vista se da cuenta que es el doctor Garev y le saluda con una sonrisa, que le sale a pesar de la incomodidad del momento. Un pelo alborotado asoma por detrás de la puerta abierta y una pregunta se propaga entre aquellos coches estacionados, únicos testigos de lo que va a ocurrir:

—¡Qué rabia da! ¿La llevo?

—Me haría un gran favor aunque es abusar demasiado.

—Tranquila, será un placer. Además tenemos asuntos que nos ocupan a los dos.

—Desde luego —responde ella, pensando que sabe a lo que se refiere. De haberlo tenido claro, no estaría a punto de acompañar al doctor Garev, al que sólo le mueve su ansia por vivir.

 

 

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  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Me ha gustado tu texto. Está bien escrito, enfocado, y se lee fluido.
    Creo que esta historia contextualiza un poco mejor al doctor Garev, planteada así. Podemos ver el dibujo del personaje algo más claro.
    Sabiendo todo lo demás, del anterior texto, me parece que este sería un inicio de un relato que tendría que ser más largo, una primera parte introductoria. Me apetece ver todo lo que pasará luego, creo que es lo más interesante: lo que vivirá ella en ese sótano, retenida, lo que sentirá él al traspasar los límites.
    Me ha gustado la idea del cepo, eso facilita las cosas y hace más sencillo que Garev se la pueda llevar engañada.
    Quería felicitarte por las ideas que tienes para los relatos. Reconozco que estoy absorbida por mi curso de novela y que me veo menos imaginativa que cuando estaba en cursos de relatos.
    Enhorabuena y gracias por cuidar este sitio 🙂
    Un abrazo.

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