Mi madre lleva unos minutos llamándome desde el otro lado de la puerta. Quiere que me levante para seguir con el jaleo de la mudanza. Aunque yo sigo sin ganas de hacerle caso, ni de mirarla a la cara. Desde que nos dijo que nos trasladábamos de ciudad, que no espere que sea simpático. Al menos nos podía haber sentado alrededor de la mesa, como he visto en alguna película, para exponernos la situación y argumentar que era lo mejor para todos, aunque hubiese sido toda una patraña. Pero es que ni eso. Supongo que llevará mal decir mentiras a sus hijos y preferirá ser una tirana.

Cuando se lo dije a María no paró de llorar. No sé realmente cómo consolarla. Los abrazos son cada vez más dolorosos porque huelen a despedida. Por eso, estoy empezando a evitar los acercamientos, y ella encima se enfada conmigo. Yo la sigo queriendo y a veces me gustaría habernos ido ya para acabar de una vez con nuestros encuentros tan tristes. Echo de menos cuando reíamos; ahora ni tan siquiera encontramos motivos para hacerlo.

Al menos, el cambio va a coincidir con las vacaciones, porque, si además hubiese tenido que dejar el curso a mitad de año, con la Selectividad de por medio, no se lo hubiese perdonado. Jo, qué pesada, otra vez llama mi madre. Por el tono de voz diría que se está enfadando. O quizás me lo haya dicho gritando porque esté en la cocina. Me voy a levantar, pero no por ella; me duele la cabeza de estar tanto tiempo acostado y, además, mi vejiga está llenísima.

Al ponerme de pie y mirarme al espejo del armario, me encuentro una erección enorme debajo del pijama; bueno, si no enorme, al menos poderosa. A ver quién es el guapo que acierta a mear así.

Al salir de la habitación, después de asearme un poco, confirmo que mi madre está abajo. Están todos terminando de desayunar y no me apetece ver a nadie ni mucho menos dar conversación. Me voy directamente al desván.

Tras subir la escalera estrecha, quito el candado de la puerta y entro al desván. Llevaba unos días sin subir. Hago un repaso con la mirada de toda la sala y me doy cuenta de que hay mucha faena. Aquí hay un montón de cosas que mi madre quiere tirar a la basura así que tengo que encargarme yo mismo para que eso no pase. No respeta nada. Después se quejan de la falta de valores de los jóvenes. Tócate las narices.

En el desván mis hermanos y yo tenemos material suficiente para montar un museo de Historia de la familia Pérez Feliu. Aquí dejamos todas nuestras cosas que llevamos tiempo sin utilizar. Con cierta frecuencia la madre superiora hace un registro de pertenencias en nuestras habitaciones, sin previo aviso, quitándonos lo que no estuviese bien guardado o durante un año no se hubiese usado.

Hace tiempo que mis hermanos y yo decidimos llevar las cosas al desván. Mi madre  dejó que se convirtiera en nuestro lugar de juego. Ella no sube para ver si hay desorden o suciedad. En este espacio nos sentimos libres. Creo que lo hace para que la dejemos tranquila, y así poder hacer sus cosas sin que la molestemos, como tener alguna cita.

Yo, como hermano mayor, he asumido la tarea de empaquetar las cosas que se vendrán con nosotros a la nueva casa. He prometido a mis dos hermanos que si lo hago yo no se perderá nada que quieran conservar. Además, tenemos un plan para el día que venga el camión de mudanzas. Toni fingirá una debilidad extraña que obligará a mi madre a llevarlo a urgencias. Así podremos meter sin problemas todo lo nuestro. Cuando lleguemos a Madrid y ella se dé cuenta de toda nuestras cajas me caerá una buena. Como si me importara. Seguro que dirá que es la tontería adolescente y ahí se quedará la cosa. Deberá invertir mucha energía en su nuevo trabajo y sus nuevas amistades y nosotros pasaremos a tener menos atenciones por su parte. Como si lo viera; nos dejará tranquilos enseguida.

Empiezo por mi lado derecho. Monto unas cajas de cartón, que están plegadas, y voy metiendo cosas. He tenido la idea de escribir una lista con todo lo que guardo en cada una de ellas. Es tanto lo que hay que he optado por cajas de tres colores, uno para cada uno de nosotros. Así, será más fácil identificar de quién es lo embalado cuando lleguemos a Madrid.

Me encuentro con el baúl forrado de escay amarillo. Ahora me doy cuenta del tiempo que llevo sin meterle mano a mi baúl. Recuerdo por qué dejé de abrirlo, el momento en que tomé esa decisión. De golpe se me encoge el pecho. Abro la boca para tomar aire porque el que entra por la nariz ya no parece suficiente. ¿No será un buen momento para tirarlo a la basura? Mientras me decido, tengo las manos en el pestillo metálico, abriéndolo y cerrándolo con un dedo, como me gustaba de pequeño. Con lo que hay ahí dentro se podrían contar gran parte de mi vida. Al final recurro a la pregunta que resuelve la mayoría de las dudas; una pregunta que de pequeño me acostumbré a emplear, mucho más de lo que hubiese deseado: ¿a papá le gustaría que lo hiciera?

Esa misma pregunta debería estar guardada dentro de ese baúl, porque así sería más fácil controlar el dolor que ahora mismo estoy sintiendo, una punzada que recorre toda mi columna y después se esconde, para volver a recorrerla. Así un buen rato. Es un dolor que me maneja a su antojo, convirtiéndome en un juguete de trapo indefenso. Me sorprendo a mí mismo sintiéndolo ahora, pero me doy cuenta que simplemente lo oculté, tapándolo con distracciones. Ahora, aquí arriba, solo con mis pensamientos, el cabrón me la tenía jurada y se ha esperado a tenerme ante él para darme un bofetón. Sé que dentro del baúl hay recuerdos que funcionarían como antídoto, aunque se pueden volver veneno si me paso de dosis emotiva. Me empiezo a desesperar, así que decido levantar la tapa. Me encuentro todo bien ordenado, como la dejé la última vez, pensando que así se podría ordenar también el pasado. No parece que funcionase. Tras observarlo unos segundos, mis manos se van al arnés azul marino.

 

Hemos aprovechado el domingo para acercarnos con papá a Montanejos. No solemos acompañarlo cuándo él se va a escalar, pero mamá ha pensado que podríamos pasar un buen día si después de estar con él nos dábamos un chapuzón en las aguas de allí. A veces la oigo quejarse diciendo que papá pasa demasiado tiempo con su afición y ella tiene que apañarse con nosotros dos sola.

En pocos meses nacerá otro hermanito y mamá quiere dejar de utilizar el coche en unas semanas. Cuando eso pase, espero que papá pueda pasar más tiempo con nosotros porque mamá se quedará mucho en casa y, a mi hermano y a mí nos gusta ir de excursión al campo.

Papá y Fabián, su mejor amigo y compañero de escalada, han vuelto a elegir la misma pared de la semana pasada; se la conocen requetebién, igual que otras muchas zonas de escalada de toda la provincia, y muchas veces hacen de guías para los que quieren aprender a trepar por la roca.

A mí me gustaría mucho hacer lo que ellos aunque mamá no está de acuerdo. Dice que soy demasiado pequeño. Ella prefiere algo sin tantos riesgos, como ajedrez, pintura o teatro. Yo soy como papá; la altura no me da miedo. Él me dice que habla con la montaña, y se deja orientar por ella. «A su lado se siente protegido», me asegura. Mamá nunca entiende eso que habla papá; incluso alguna vez parece reírse de él cuando dice esas cosas. Esas veces, él nunca le contesta sino que me mira para darme confianza. «No estoy loco, ni me lo invento», me confiesa.

Así que la mayoría de las veces me tengo que conformar con ver cómo ellos dos ascienden, tan fácil que lo podrían hacer con una venda en los ojos. Para subir necesitan muchos minutos, porque van a menos velocidad pero luego bajan tan rápido que parece que se estén haciendo pis y necesiten encontrar un baño rápido. La forma de bajar es a tramos, me explicó papá, como dando brincos de unos metros. Se separan de la pared, quedándose unos segundos en el aire mientras bajan y después vuelven a tocar la pared.

Esta vez, me sorprende cómo hace papá el último tramo, más largo de lo habitual, a muchísima velocidad. Siempre confío en su experiencia, trato de mantener la calma, pero veo algo que no entiendo. La posición de la cabeza no es la de siempre; la lleva hacia adelante, floja. Cuando toca tierra, las piernas no frenan el golpe, como siempre, y su cuerpo se cae al suelo, muy blandito. Corremos todos hacia donde está tirado y Fabián, tras tocar tierra y soltarse el mosquetón, se acerca a donde estamos todos. Papá está como dormido. Mamá grita dando vueltas sobre sí misma, con las manos agarrándose la cabeza. «Dios mío, Dios mío», repite sin parar.

Cuando llega la ambulancia, una de las personas que baja dice ser el médico del SAMU. Se mueve muy rápido, parece que tiene claro lo que hay que hacer. Pone las manos en el pecho de papá y aprieta varias veces hacia abajo, con fuerza, mientras cuenta números. Lo intenta varias veces. Empieza a decir que no con la cabeza y al final se para. Un rato después, dice a los mayores que en algún momento del descenso papá ha sufrido un infarto de miocardio. Fabián y mamá se abrazan. Después se acercan a nosotros y todos nos ponemos a llorar.

 

Este mismo arnés que tengo ahora entre las manos, es con el que papá inició su último descenso. Recuerdo haberlo llevado puesto, incluso para dormir, durante semanas después de su muerte. Mi madre respetó al principio ese comportamiento, pero después me obligó a que lo escondiera. Supongo que estaría cansada de sufrir tanto viéndomelo encima, aunque en aquel momento no se lo perdoné. Creo que fue el principio de nuestra separación. Había perdido a mi padre y me empezaba a borrar de la vida de mi madre.

Hacía tiempo que no abría ese baúl. Al hacerlo hoy de nuevo, ojalá el dolor se quede en estas paredes y no se venga con nosotros. Y quién sabe, tal vez si eso pasa, me pueda volver a encontrar conmigo mismo para mirar a mamá sin enfado.

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