Nótt dormita en el pórtico de la cabaña, a mis pies. Hecha un ovillo sobre la manta, se muestra indiferente al sol que, frente a nosotras, se escabulle por detrás de los pinos. Sujeto con ambas manos la taza de latón, y siento el calor del té traspasando mis guantes y llegando hasta los huesos en un breve y dulce viaje a través de venas y nervios fatigados. Hoy ha sido un día duro. Es la primera semana de otoño y el suelo ya amanece congelado. Las médulas de los árboles parecen helarse también, y penetrar en ellos con los dientes de nuestras sierras es un trabajo para músculos persistentes y experimentados. Los míos ya han aprendido. Y ejecutan, además, una doble tarea. Mientras se afanan derribando árboles, cortando ramas y cargando las camionetas, consiguen que mi mente no se alborote. Ahora, en el descanso vespertino, es mi espíritu el que toma el relevo. Él también somete los pensamientos, los mantiene a raya, y la puesta de sol sobre el lago es una poderosa herramienta en su ayuda. Nótt, con el hocico enterrado entre sus patas delanteras, desprecia de forma sistemática, día tras día, la belleza del espectáculo.

Mi perra no necesita librar batallas interiores. Su cerebro continúa hecho a medida de la naturaleza que nos rodea. El mío se ejercita en simplificarse, pero a menudo me sorprende con su inercia de avispero. A veces, además, es traidor. Ayer volví a soñar con el furgón. Mientras mi cuerpo reposaba en la oscuridad y el silencio de la cabaña, los falsos ojos de mi razón me mostraban la imagen del guarda de seguridad cayendo sobre una piedra y muriendo en el acto. Un charco de sangre en la tierra seca, y menos de un minuto después el estruendo del coloso metálico, el camión embistiendo a su compañero. Mis pies destrozando la cerradura del portón y la fuerte luz del sol del mediodía, de la libertad, clavándose con furia en mis pupilas. Desperté sentada, jadeando, empapada en un sudor frío y pastoso. Nótt gemía a mi lado, me preguntaba: «¿estás bien, amiga?». Al caer de nuevo sobre el colchón, sentí un latigazo de pánico. Pero más allá de las tinieblas pude ver lo mismo que vi cuando salté a la carretera desde el portón trasero de aquel furgón. Te vi a ti. Y, entregada por tus brazos invisibles, regresó poco a poco la calma.

La misma calma que gobierna este lago, que pronto se congelará. Mi refugio. Una superficie de agua rodeada de pinos gigantescos y, agazapadas a su regazo, humildes, un puñado de cabañas construidas para albergar a los trabajadores del aserradero. Nada más. Trabajo duro y atardeceres frente al lago. Paseos con Nótt, seis meses al año por la orilla, los otros seis sobre las aguas heladas. Frío y silencio. No extraño la luz y el calor del sol en invierno, porque te tengo a ti. Ya no vivo la vida de otro. Dejé de hacerlo en aquel momento, cuando eché a correr por el desierto, dejando atrás dos hombres muertos y dos hombres locos. Una vez metida la punta de la lengua en el mundo real, decidí que jamás regresaría al cartón piedra: me sumergí entera. Sentí el vacío del universo y experimenté un terror y a la vez una fascinación inconmensurables. De repente, todo era bello y yo estaba viva. Tú eras el reverso de ese vacío, y lo llenabas, y con eso bastaba.

Tomo un sorbo de té y sonrió: mi mente ya está haciendo de las suyas. Las primeras estrellas lucen en el cielo despejado, pronto tendrán la fuerza suficiente para reflejarse en el lago. No debería necesitar más, no debería pensar. Pero mi cerebro es un avispero, ayer me envió la pesadilla, y hoy vuelve a las andadas. Y recuerdo la suerte que tuve en mi fuga hacia ti. Dos personas muertas… Ahora me vería en la cárcel, si no me hubiera cogido aquel coche en una carretera perdida de Los Monegros, a varios kilómetros de carrera y sudor del furgón. Luego Francia, y la taberna de Toulouse en la que un gallego me informó de tres o cuatro lugares en los que aceptaban trabajadores sin hacer preguntas. Lugares donde desaparecer. Como este aserradero, y este lago.

Apuro los últimos sorbos de té del día contemplando sus aguas. Nótt se incorpora y se escurre hacia el interior. Es su forma de decirme: «a dormir, chalada». Pero remoloneo unos minutos en soledad, en el banco de madera, en mi pórtico que es balcón al paraíso. Ya está: las estrellas titilan sobre la superficie inmóvil del lago. Y doy gracias de ser como soy, y de haberte encontrado. El camino es duro, porque es camino, porque conduce a algún lugar, al más sagrado. Más dura era mi vida de antaño, en la forma más desoladora de aislamiento, rodeado de personas incapaces de verme, atrapada en una máscara tejida de renuncias.

Sí, doy gracias de ser como soy, y de que tú estés, de una manera tan sobrecogedora, conmigo. Lo estás cuando el árbol cae y las astillas golpean mi peto de cuero, lo estás cuando arrojo una piña en la brillante planicie de hielo y Nótt corre en su busca y derrapa y cae y se levanta de nuevo, lo estás cuando cierro los ojos cada noche y me abandono al sueño en mi colchón de músculos agradecidos y relajados. Estás aquí, en este lago. Ya no quiero alejarme de él.

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  • Jorge dice:

    Qué tranquilidad, qué calma.
    Transmites un total y absoluto sosiego. Nos dibujas a la protagonista (o las protagonistas) que por fin ha encontrado un lugar donde sentirse útil, donde poder encajar con la sociedad sin que chirríe.
    Tengo la sensación de que podría leerte otro tanto con esa misma calma y no terminar de aburrirme. Y en realidad no cuentas nada, pero vas dando pequeñísimas vueltas de tuerca a tu protagonista, que en este caso nos vienen a explicar ese pasado reciente desde lo que ocurrió en el texto de Jose. Esta escrito de tal manera, que mece.
    Como siempre, muy bien escrito, muy cuidadas las palabras, el tono y el ritmo. Que bien llevas el ritmo.
    He visto repetida la palabra “avispero” para hacer referencia a su mente.
    En esta frase “rodeado de personas incapaces de verme”, digo yo que sería rodeada, pero a lo mejor tiene que ver con el otro yo.
    Me ha encantado leerte.

    • Alberto dice:

      Gracias, Jorge. Ese ‘rodeado’ es una errata, la duplicación de ‘avispero’ era buscada. Me alegra que te hayan llegado la satisfacción y la calma. Cuántas veces me gustaría desaparecer y pasar unos días en un lugar como ese…

  • Carlos dice:

    Hola Alberto,
    me ha gustado tu relato.
    Ha sido un contraste radical entre el texto de Jose y el tuyo, un cambio desde la histeria a la relajación, de la vida convencional a la vida salvaje, de ritmo que marcan otros al ritmo que te marca la naturaleza.
    Aunque no es comparable, por un momento me ha recordado a la película Into the Wild (también conocida como Hacia rutas salvajes)
    que transcurre en Alaska, si no la has visto estoy seguro que te gustará.
    Enhorabuena.

  • Natalia dice:

    Hola, Alberto
    Continúas el texto de Jose y nos llevas a la esperanza para esta mujer, a la que la sociedad no aceptaba como “persona cuerda”. Ella vive un suceso inesperado y terrible en el furgón que supone una oportunidad para empezar una nueva vida.
    Me ha encantado tu texto. Muy bello, poético y profundo. La protagonista ha encontrado el equilibrio en este lugar, tiene todo lo que necesita. Lejos del ruido, de los clichés, de los patrones sociales y de las miradas que juzgan y sentencian al diferente. Ha encontrado su lugar en el mundo, la esencia misma de existir. Un paraje sin comodidades que enmarca más la simpleza de vivir, sin necesitar grandes cosas materiales. El lago, las estrellas, la naturaleza… allí todo es perfecto, hasta ella misma.
    Me gusta que tenga a Nótt. Los animales no juzgan, acompañan.
    Te ha salido un texto casi de meditación, para ver con los verdaderos ojos lo pequeños que somos en toda esta inmensidad que nos rodea. Y una sensación de paz, de encajar, de zambullirse en lo que la naturaleza nos ofrece.
    Me he acordado de una frase de Eduardo Galeano: “En un mundo de plástico y ruido, quiero ser de barro y de silencio”. Ella lo ha conseguido.

    En cuanto a lo formal, no sé qué pensarás tú, pero esta frase me suena mejor con la a: “dejando atrás a dos hombres muertos y a dos hombres locos”.

    En esta otra, te cambio la tilde: “Tomo un sorbo de té y sonrío”. Está en presente.

    Y en estas dos frases, te propongo estas comas:
    “Un charco de sangre en la tierra seca y, menos de un minuto después, el estruendo del coloso metálico…”
    “Pero, más allá de las tinieblas, pude ver lo mismo que vi cuando salté a la carretera desde el portón trasero de aquel furgón.”

    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos.
    Hoy ha sido un placer 🙂

  • Jose dice:

    Hola, Alberto
    el texto me ha gustado mucho. Me alegra que hayas hecho la continuación del que escribí. Aunque hay algunos matices que Raquel no pensaría me quedo con la propia historia, que circula sola, casi sin necesidad de depender del otro texto. Me gusta el marco en el que la has colocado y cómo ha llegado hasta ahí. Me gusta las referencias que vas haciendo de Nott. He llegado a sumergirme en el lugar, en el ambiente.
    El personaje se abre frente al lector y frente a la presencia que siente a su lado. Es un texto muy intimista. Hay un dolor que va sanando y quietud. Sin duda, se trata de los altibajos presentes en las vidas de todas las personas pero que en ese contexto del aserradero están más marcadas, porque está ella y nada más, con la única distracción del trabajo duro. Por cierto, qué importante es vaciarte físicamente para ir limpiando cosas de uno mismo.Así lo siento.

    En definitiva, un placer haberte leído.

  • Jose dice:

    Rescato el poema de cabecera de Raquel, ese que recita a Nott mientras desayunan cereales:
    Yo no soy yo.
    Soy éste
    que va a mi lado sin yo verlo;
    que, a veces, voy a ver,
    y que, a veces, olvido.
    El que calla, sereno, cuando hablo,
    el que perdona, dulce, cuando odio,
    el que pasea cuando no estoy,
    el que quedará en pie cuando yo muera.

    JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

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