Durante el turno de noche, la actividad que se respira en el edificio es incesante. En aquellas instalaciones tiene su sede y su centro de operaciones AIB, la firma que lleva la gestión estatal de los hijos artificiales desde hace 15 años. A partir de 2035, una ley orgánica obliga a los futuros padres a la acreditación de reproducción, que se obtiene con la participación y superación de un proyecto de crianza simulada de treinta meses de duración.

En una gran sala, un técnico manipula el panel de pantallas semitransparente de grafeno que le rodea completamente formando un cilindro perfecto. Fuera de ese punto de trabajo, situado en medio de la estancia, no hay más mobiliario y el oscuro brillo del suelo de gres porcelánico se extiende, sin nada que le interrumpa su camino, hasta las inmediaciones del techo.

Son las diez de la noche, hora a la que está pautado un llanto inconsolable de BR-405GH, el androide de la familia Alonso Buendía. Las manos del técnico, que viste una camisa larga, tipo bata y un pantalón ancho, todo gris marengo, se desplazan por la pantalla para comprobar que se activa el comando. Como este, hay decenas de eventos que el sistema tiene programados con el objetivo de generar un estrés constante en los candidatos. Sólo una cuarta parte de las parejas obtiene la capacitación.

Mientras, en el control de acceso del edificio se escanea el iris de Andrea y la reconoce como empleada de AIB. Como cada día se desplaza por sus pasillos con la mirada al suelo. Tras dos años allí, hoy empieza el seguimiento de un proyecto nuevo, ante la interrupción inesperada del último, razón por la que fue reubicada. En el ascensor, de camino al trigésimo piso, recuerda las palabras del coordinador. «Te voy a asignar un trabajo especial para ti. Vamos a saber de qué pasta estás hecha». Aunque no entendió a qué se refería, ella no pidió explicaciones; no era su estilo.

 

La puerta de acero que da acceso a la sala emite un par de pitidos suaves, señalando su próxima apertura. Al momento, ésta se desliza con rapidez y ligereza, quedando oculta dentro de la pared. La joven accede al lugar donde el otro técnico, igual de uniformado, lleva su mirada a ella y la mantiene durante toda su aproximación con un breve arqueo de cejas. La puerta vuelve a su posición inicial con la misma rapidez y ligereza.

—Hola, me llamo Andrea. Me han asignado a esta unidad —dice con voz apagada.

—Encantado, Andrea. Yo soy Tomás —exclama con un apretón de manos enérgico—. Nadie me dijo que vinieras tú, de hecho, esperaba a Sergio. ¿Qué te apuestas a que se ha jubilado? Le quedaban días y se ha ido sin avisar, seguro que para evitarse unos cafés.

—Ya ves, hay gente para todo —responde, con la mirada distraída— ¿Qué tenemos para hoy?

—Se trata de una pareja treintañera con un bebé de diez meses que está programado para tener asma crónica y una piel atópica extrema. Una buena combinación para disfrutar de una máquina irascible. Hoy además tiene un diente que quiere salir.

—Sin duda es hermoso —asevera sin emoción—. Estas parejas no se dan cuenta del favor que les hacemos evitándoles una vida mísera…en fin, márchate a descansar que te lo mereces —le dice con fingida calidez para terminar la conversación.

—Gracias. Disfruta con esta preciosa máquina para ti sola.

En el momento de salir, antes de realizar el reconocimiento ocular y que la puerta se abra, gira sobre sí mismo para dar una última indicación.

—No te olvides de registrar todos los datos nocturnos—concluye con un tono algo más grave—. El coordinador tiene especial interés en esta pareja pero no me ha querido decir por qué.

—Entendido, hasta mañana —responde, apiñando las sílabas para que se marche lo antes posible.

 

Una vez sola en la sala, se sienta en el confortable sillón frente a la mesa de operaciones, y relaja las facciones de su cara, pasando de una máscara seria a una mirada triste. Mientras observa, casi de soslayo, los datos semanales de las variables fisiológicas del casi-humano, Andrea repite varias veces aquel nombre que aparece en pantalla, Sebastián A., y con cada repetición levanta más el tono de voz. «Sebastián… Sebastián…¡Sebastián Alonso!», vocea con potencia. Inmediatamente desplaza la pantalla hasta dar con la imagen de su rostro. Detrás de una barba desconocida y unas gafas de pasta moradas reconoce a su ex novio. Se lleva las manos a la cabeza, con los codos sobre la mesa, y tres hileras de arrugas tiran de las cejas que se quedan estáticas, dominando, por unos segundos, la expresión de su cara.

—¡Será malnacido! —exclama, y el eco de sus palabras resuena en la silenciosa sala—. «No creo que esté preparado para ser padre», me dijo el pedazo de cabrón. «No quiero entorpecer tus planes». ¡Encima sabía lo que me convenía, puto desgraciado!

Calla un momento, y el eco de sus quejas se diluye al instante. No deja de mirar a aquel rostro de dos dimensiones, ahora con gesto desafiante, con unos ojos humedecidos, entreabiertos, desenfocando la realidad que hay ante ellos. El silencio le permite recuperar sus recuerdos. De su memoria aflora el día en que se liquidó una relación de años, tras un momento de sinceridad por parte de él. Tres años después lo vuelve a encontrar.

—Mírate, si pareces otro con la barba y esas gafas tan ridículas y falsas como tú —musita, indignada—. ¿Ahora ya no te importa ser padre? ¿Acaso te lo inventaste para cortar conmigo? ¿O es que ya estabas con ella, desgraciado?

Contrae la mandíbula y cierra los puños, arremetiendo con un golpe descontrolado contra el escritorio, haciéndolo temblar. Al ver que así no logra calmarse, empieza a deambular, acelerada, de un lado a otro de la minimalista sala.

No pocas veces se había imaginado a Sebastián llevando una vida desatada, cambiando cada noche de cama, sin compromiso ni ataduras. Lo había odiado por ello. Pero ahora que lo tiene en pantalla, en un proyecto de crianza, se imagina golpeándole hasta dejarle la cara ensangrentada, mientras su cabeza niega de forma compulsiva, con movimientos cortos y rápidos. Se cubre el rostro con ambas manos, ocultándose de lo que está viendo. Tras unos segundos permaneciendo inmóvil, empieza a bajar los brazos, quedando al descubierto con lentitud, dos ojos desorbitados y enloquecidos. Se gira a las pantallas cuya luz es suficiente para iluminar el suelo por donde pisa y se dirige a ellas con determinación.

—Te vas a cagar  —sentencia, con el dibujo de una sonrisa desencajada.

Contraviniendo las directrices, sus dedos empiezan a deslizarse por las pantallas translúcidas para activar un protocolo de diarrea severa. Al cabo de unos segundos, a través de las cámaras instaladas en el apartamento de los Alonso Buendía, Andrea escucha cómo el robot, oculto bajo una sonrosada piel, inicia gritos de incomodidad, con progresiva intensidad, y pronto aparecen en la imagen unas manos robustas, familiares para ella, que cogen al bebé con la intención de acunarlo, proveyendo consuelo.

—Cuando te des cuenta del pañal… —dice ella jactándose, mientras se reclina con satisfacción en el sillón de trabajo, esperando el momento programado.

A través de las imágenes ve a una mujer, que llega unos instantes después y arruga la nariz por el impacto de un olor nauseabundo. Reprende al chico, aún somnoliento, por no haberse dado cuenta. Antes de poder quitarle el pañal, una materia de textura semejante al excremento infantil empieza a rebosar por ambos lados. «Toma regalito», piensa mientras cambia el plano para volver a las manos robustas, esas que tanto conoce, que maniobran para higienizar la zona. Cuando lo consiguen, las miradas de la pareja se cruzan tras comprobar que alrededor del ano hay una dermatitis muy extensa.

Escucha que el joven sugiere a su mujer que dé pecho al bebé para calmarlo mientras él va al baño a buscar un bálsamo que alivie el escozor. En ese momento, salta como un resorte de su sillón para dar una instrucción verbal a la pantalla. «Activando protocolo de succión violenta». Segundos después, cuando la mujer se coloca al lactante y empieza a amamantarlo, pasa a un plano de la cara, para ver con más detalle, y comprueba que el ceño de esa chica se va contrayendo, seguro que por la intuición de que algo anda mal, piensa Andrea. De golpe, el diminuto humanoide aprieta con vehemencia y el grito de dolor de la joven es tan desgarrador que de la boca de la técnico sale un «¡coño!», como acto reflejo, vacilando si volver a una succión normal. Aun así, al ver la cara de angustia de Sebastián decide mantenerlo unos segundos más. Hasta ese momento, la no-madre había intentado separar su pezón de aquella boca salvaje, pero le resultó imposible dada la fuerza imprimida. Andrea contempla la escena con los dedos de ambas manos entrecruzados, en tensión, hasta que decide terminar ese episodio poniendo en marcha el mecanismo de atragantamiento y con una hipoxia de dos minutos. El bebé, unos instantes después, abre la boca, como agonizante, con los ojos fijos en un punto perdido del espacio y el tiempo se detiene. Como si se tratara de un ser de cuatro brazos, mezclados en disposición caótica, ambos sostienen a la criatura, sin saber dar respuesta a su ahogo y, entre gritos, rompen a llorar, mientras la cara del pequeño no-ser va azulándose.

Andrea detiene toda actividad unos minutos para observar cómo se abrazan, con el llanto húmedo de uno deslizándose por los hombros del otro. Una de las lágrimas de aquella mujer se precipita al vacío e impacta sobre la cámara que se oculta tras el ojo del bebé, una gota que se expande y cubre todo el visor, una gota que parece traspasar la ficticia realidad que la pantalla de grafeno devuelve a los ojos de Andrea. Su gesto cambia por completo. Algo dentro de ella se dispara.

—Pero, ¿qué has hecho, insensata? —se dice a sí misma interrumpiendo el último evento, para que se restablezca la normalidad en el bebé. Los no-padres lo observan aliviados, todavía abrazados, ahora con vigor, ahora en silencio, con una respiración más relajada, acompasada con la calma que se empieza a extender en el dormitorio infantil.

 

Tras dos horas acurrucada, llorando avergonzada en un rincón, sobre la fría superficie, negra y brillante hasta el techo, se incorpora, con una aguda y dolorosa punzada en su cabeza, para aproximarse a la pantalla táctil, sobre la que escribe algo con el dedo índice. Después de eso, se incorpora, cruza la puerta y recorre los pasillos hasta la salida del edificio, con un caminar pesaroso.

 

A la mañana siguiente, Tomás se sorprende por no encontrarla en su puesto. Cuando se acerca a la pantalla, ve una anotación con caligrafía humana:

«Dile al coordinador que no superé la prueba».

 

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  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Me ha gustado tu texto. Está bien escrito, se lee fluido, no hay faltas de ortografía ni de puntuación.
    Me parece genial la idea de la que parte: quien quiera ser madre/padre tiene que pasar un período de prueba. Cuántas veces habremos comentado esto entre amigos o en el trabajo… La de problemas que se ahorrarían las escuelas, jejeje Fuera de bromas, un período de práctica antes de tener al primer bebé en brazos nos hubiera venido bien a todas y todos.
    Una vez nos sitúas en esta empresa y en este año en el futuro, das el primer giro. La trabajadora de la empresa de bebés casi-humanos reconoce a un exnovio como usuario y se venga de él porque no quería tener hijos con ella. Se le va la pinza bastante 😀
    Después otro giro cuando se da cuenta de cómo sufren los padres de ese no-ser al verle medio atragantado. Aquí es cuando la vemos a ella, en su infelicidad. Se da cuenta de que se ha pasado y de que es peligroso que esté en ese puesto de trabajo. Suerte que se da cuenta y es capaz de rectificar a tiempo.
    Un texto muy entretenido. Enhorabuena.
    Nos leemos 🙂

  • Jorge dice:

    Hola Jose.
    La idea es muy buena y el texto es entretenido. Hay alguna escena escatológica que me recuerda algún texto pasado tuyo. Lo he disfrutado.
    La situación del lugar, la época, las nuevas circunstancias están bien explicadas. Nos podemos hacer a la idea de donde estamos. La tensión se empieza a acumular cuando el sentimiento de venganza se apodera de la protagonista. Esto nos lleva por varias peripecias divertidas hasta que la prota se arrepiente. Fíjate en como tu narrador disfruta de los momentos de tensión. Aparece en esos momentos ese estilo tuyo que quiere alargar las caricaturas y disfrutar con el momento. Te detienes en esos momentos (que son los mas divertidos).
    Me ha gustado el planteamiento y me parece totalmente verosímil muchas de las cosas que dices que nos esperan en el futuro. A día de hoy ya existen muchas escuelas de padres (algo impensable hace alguna década), pero todavía tenemos pendiente lo de que se pase un examen adecuado para ser padres.
    Ahora una lista de pequeños comentarios:
    -Si hay que estar 4 años de examen para ser padres, no podía haber roto con Andrea hacía 3. A mi me ha surgido la pregunta.
    .La conversación recordada de Andrea queda rara, yo la hubiera hecho entera en estilo indirecto, quizá con alguna cita entre comillas inglesas si es importante recordar el registro.
    -Un trozo de párrafo que empieza con “Transcurrido ese tiempo…” y termina con el final de la pregunta “….proyecto común con él?”. Este trozo de párrafo no corresponde a un narrador omni. Son claramente reflexiones de Andrea, que incluso se hace preguntas (un narrador omni nunca o casi-nunca se hace preguntas porque lo sabe todo). Aquí creo que hay que trabajarselo y conseguir que el narrador Omni consiga explicar los sentimientos de Andrea en tercera persona o hacer que ella exclame alguna frase (como luego si se hace). Espero habermer explicado.
    -YO quitaría “con las cuentas desorbitadas”, porque la imagen de su mirada ya la tengo muy clara con “dos ojos sedientos de venganza”.

    Y ya no te cuento nada más. Que me lo he pasado muy bien con esto no-ser que nos has traido.
    Muchas Gracias.
    Nos leemos.

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