Ha transcurrido una semana. Siete días con todas sus horas, apenas dormidas. El viernes pasado mi bolsillo custodiaba un anillo en espera de presumir su reluciente estampa, en la playa de Bolonia, la más salvaje de Tarifa. Nuestros cuerpos estaban recostados sobre una enorme toalla con motivos hindúes, que hacía las veces de mantel preparado para una cena romántica. Mientras yo hablaba sin parar, aguardaba el momento de sacar el anillo. Con una emoción rebosante, apenas me daba cuenta de la ausencia de su mirada. O sí me di cuenta. Quizás por ello, dejé de hablar y así nos quedamos media hora, viendo cómo el día se extinguía con un sol buscando descanso.
Dicen que las buenas parejas se permiten silencios sin sentir la incomodidad. Para que eso se produzca también debe haber silencio en tu mente, y la mía, en aquel conato de cena, se empezó a desbaratar. No contribuyó que Silvia apartara su mano cuando yo la cubrí con la mía para reafirmar nuestra unión. Ahí se hizo patente que algo marchaba mal. Perplejo, pregunté con voz lastimosa, «¿Algún problema?».
—Nada que no tenga solución inmediata.
—¿De qué estás hablando?
—Que te dejo.
—¿Cómo? ¿A qué viene esto ahora?
—Estoy cansada de tanta previsibilidad. Nuestra relación es demasiado convencional, con unos tiempos esperados y con todas sus fases según lo previsto. Me niego.
—¿Cómo me haces esto? —le pregunté mientras se levantaba sin articular más palabras, marchándose para no volver jamás.

Una semana después, tras dejarme llevar por una serie de arrebatos, renuncié a mi puesto en la Banca Gades, y me marché con mi cuerpo desorientado al frío Estrasburgo. Viajar a la capital de Alsacia era una antigua pretensión de mi novia, bueno, ex novia. Siempre le puse excusas de toda índole porque hacer turismo al extranjero no está entre mis preferencias. «Si veis a Silvia y pregunta por mí, decidle dónde estoy y que se muera de envidia o me maldiga, a su gusto», iba diciendo, despechado, a todas nuestras amistades comunes.
Venirme aquí tiene mucho de autodestrucción. No conozco a nadie de la zona, no soporto el frío, apenas chapurreo el francés y, menos, el alemán. Con un plan de ahorro rescatado, tendré para mantenerme durante seis meses. Ese es el plazo para defenderme con el idioma y encontrar un trabajo. En breve el duro invierno arreciará. El propósito está claro. Debo encontrar la calidez de este lugar. Desconozco por dónde buscar. Pero mientras lo hago, pensar no está permitido. Uno solo cede al pensamiento destructivo si está en zona de confort. Y yo me propulsé hace unos días para salir lejos de ella.

Llevo pocas horas en esta ciudad pero algo me dice que he acertado. Había leído acerca de su importancia como centro cultural, pero pasear saboreando cada paso, por La Petit France, su casco antiguo, ha superado cualquier expectativa. Aprovechando que perdí mi apetito hace días voy a visitar el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, al mediodía, y así lleno la agenda para que la cabeza no caiga en la rumiación por la ruptura.

A medida que me acerco al edificio me sorprende su arquitectura. Una fachada de unos veinticinco metros de altura con paneles cuadrados de algo más de un metro, acristalados con colores vivos, alegres, en disposición serial, siguiendo líneas diagonales.

Entro en la galería dedicada a la obra de Gustave Doré. Hay decenas de ilustraciones para los tres capítulos de La Divina Comedia. Comienzo a ver las que están dedicadas al Infierno. Se trata de dibujos en blanco y negro con escenas muy escabrosas. Empieza a cundir el desasosiego en mi ser. Poco a poco voy prestando menos atención a aquellas imágenes más desagradables. Pero reparo en lo que estoy haciendo y recuerdo mi objetivo prioritario: salir de mi comodidad. Decido poner todo el interés en las ilustraciones aunque me produzcan rechazo así que desando mis pasos para atender, esta vez sí, a las obras que pasé por alto.
Me doy cuenta de que me siento incómodo al detenerme y contemplar con plenitud aquellas imágenes que representan el Infierno, ilustraciones dedicadas a cada uno de los cantos. Después paso a las obras referentes al Purgatorio, concediendo el mismo interés. Poco a poco mi ánimo se aquieta. Cuando llego a la parte dedicada al Paraíso siento un ambiente menos cargado; la densidad del aire en la sala del Infierno caía a plomo sobre el espíritu de uno y lo contraía. Pero eso lo percibo ahora, con el contraste de ambas estancias. Esto me recuerda lo que decía Natalio, el profesor de Filosofía, diecisiete años atrás, «Un extremo da sentido al otro; sin la presencia de lo malo, lo bueno no existiría, para que haya negro, debe haber blanco».
Mi mirada se detiene en una representación del Paraíso que, al instante, me atrapa. Dos personas vestidas con unas túnicas que les cubren todo el cuerpo, incluso la cabeza, se sitúan en un lejano primer plano. Como sus rostros están ocultos, es difícil decir hacia dónde están mirando, aunque me aventuro a pensar que ponen su atención en el sol, del que irradia una multitud de haces de luz. Del astro, que está situado en el centro de la ilustración, parten círculos concéntricos de miles de ángeles con sus imponentes alas que pueblan todo el firmamento. Aun a pesar de no tener color, la escena me absorbe. No puedo separar los ojos del círculo externo, donde el perfil de los ángeles está mejor delineado. Alrededor de las dos personas de la escena, los ángeles parecen abrirse, cederles espacio para que participen. Llega un momento, tras media hora contemplando la escena, que siento ser uno de los que portan esas túnicas. Esa proximidad del sol me deslumbra obligándome a entrecerrar los ojos unos instantes hasta que se adapta la visión. Cuando eso sucede, todos los seres alados cobran vida, volando cada uno en su círculo. Mis oídos se llenan del ruido de millones de alas que baten en el aire; sin embargo, tras unos segundos de incomodidad, encuentro la armonía en ese movimiento y el ruido se vuelve sinfonía. Siento que mi espíritu se eleva cada vez más, apenas percibo la presión de mis pies sobre el suelo e instintivamente deslizo la túnica que envuelve mi cabeza. Continúo retirándome el pesado ropaje cayendo al suelo y dejando a la vista un cuerpo igual de puro que todos los que danzan en ese cielo. Esto me sorprende y centro mi atención en la espalda. Noto la presencia de algo y, de repente, con simplemente pensarlo, dos timoratas alas comienzan a abrirse, de forma algo torpe, es la primera vez, pero cuando llegan a su máxima apertura se tornan majestuosas. Vuelvo a mirar al sol, que parece llamarme y, de súbito, me impulso, como si una fuerza imparable se tratase, hacia mis hermanos, como así los siento.

Después de unos minutos en el suelo, una voz me llama con dulzura para reanimarme. Cuando abro los ojos con mucho esfuerzo, mi mirada tarda en enfocar hasta que la sombra que me habla cobra nitidez. Una joven de facciones bellas se sonríe por verme despertar y me ayuda a incorporarme.

Me pregunto si lo que he vivido es una experiencia mística. Desde luego tenía tintes de realidad que jamás hubiera imaginado. Y como el sol de la ilustración, aquella joven irradia toda la calidez que andaba buscando. Tal vez me atreva a tomarle la mano.

 

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  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Me ha gustado tu texto, está bien escrito, aunque me ha generado algunas dudas que te expongo más abajo.
    Nos hablas de un hombre despechado, demasiado previsible (según su exnovia) que decide emprender una huida hacia delante para no sentir el dolor de ser abandonado. Se traslada justo al lugar al que su expareja deseaba viajar, al que él nunca quiso acompañarla.
    Se siente dolido por las palabras de su expareja al dejarlo y quiere demostrarse a sí mismo que puede salir de la comodidad, de la zona de confort.
    En Estrasburgo visita un museo y se sumerge en unas obras un tanto inquietantes. Se obliga a ver algunos cuadros que no hubiera querido ni ver hace muy poco tiempo, y ahí se fija en un lienzo en particular. Está tan absorto en él, que acaba imaginando estar dentro de él, viviendo lo que está representado.
    La historia me deja confusa al final. Pensaba que virabas hacia la fantasía, a una especie de delirio en el que tu personaje se siente ángel y huye de su cruda realidad. También podía haber sido un vahído, una pérdida de consciencia momentánea, pero este viaje místico no me lo esperaba 😛 No me cuadra con su personalidad. Se le intuye racional, que no se sale de los márgenes, que hace lo que toca (por lo que contaba la exnovia). No sé si cuadra que él enseguida identifique lo que le ha pasado como una experiencia mística, que corresponde a una personalidad quizás más intuitiva y libre. No sé, ya me contarás tu enfoque.

    Aclárame esto:
    “Después de unos minutos en el suelo, una voz me llama con dulzura para reanimarme. Cuando abro los ojos con mucho esfuerzo, mi mirada tarda en enfocar hasta que la sombra que me habla cobra nitidez. Un joven de facciones bellas se sonríe por verme despertar y me ayuda a incorporarme.
    Acabo de vivir una experiencia mística sin pretenderlo, con tintes de realidad que jamás hubiera imaginado. Y como el sol de la ilustración, aquella joven irradia toda la calidez que andaba buscando.”

    Dices: “un joven de facciones bellas le ayuda cuando despierta.”
    Y al final: “aquella joven irradia toda la calidez que andaba buscando”.
    ¿No será que quien le ayuda a despertar es UNA joven? Es que sino no entiendo de qué joven hablas.

    En cuanto a lo formal, me han faltado tres palabras.
    “Nuestros cuerpos (estaban) recostados sobre una enorme toalla con motivos hindúes” (para que sea una frase, le falta un verbo).
    “No contribuyó que Silvia apartara su mano cuando yo la cubrí con la mía para reafirmar (¿nuestra?) unión.”
    “Me doy cuenta (de) que me siento incómodo al detenerme”.

    Aquí hubiera puesto dos comas:
    “De repente, con mi pensamiento, dos timoratas alas comienzan a abrirse”.

    Hay un párrafo muy largo, desde “Lleva pocas horas en esta ciudad” hasta “como así los siento”. Yo habría dejado espacios en cada punto y aparte.

    Qué raro el nombre del profesor de Filosofía… 😛

    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 🙂

  • Jose dice:

    Gracias por el exhaustivo reporte. Cuando tenga un momento te comento cosas (y te analizo el tuyo, que leí nada más despertar) y otras las arreglo como lo de joven, que me he comido una “a”, quería hablar en todo momento de una joven.

  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Dependiendo de la hora a la que te hayas levantado, habrás leído un final u otro. Esta mañana (a primera hora, eso sí) he añadido el último párrafo. Me fui a la cama pensando que faltaba algo para cerrar y lo he encontrado cuando me he despertado. Esas cosas de dejar descansar el texto.
    Besos.

  • Jose dice:

    Ya estoy, Natalia
    he corregido casi todas las observaciones que me has dicho y añadido alguna frase.
    Acerca de lo que comentas de lo raro que parece que el protagonista tenga experiencias de ese tipo siendo la clase de persona que parece intuirse, por las cosas que he leído y me han contado de personas que de repente se han encontrado en un pozo por sucesos como el que le ocurre a él, sí es posible que te ocurran cosas por el estilo, aunque no vengas de una tradición de misticismo ni religionsidad ni espiritualidad.
    Dejaremos sin concretar si lo que le ha pasado es real o es imaginado. Mientras les sirva poco importa.

  • Jorge dice:

    Hola Jose.
    Perdona por el retraso en comentar.
    Me han gustado tus dos relatos. Por un lado la escena de la ruptura de la pareja del protagonista y por otro el protagonista viendo el paraíso.
    NO sé si necesitábamos la primera escena para entender la segunda. Es decir, que para entender la segunda solo necesitaba saber que su novia le había dejado y que por eso él se va. Lo que ya se explica en el preámbulo del segundo relato.
    El segundo relato esta lleno de sensaciones. Me gusta como haces que el protagonista (y el lector) se me tan literalmente en el cuadro (me da igual si es real o imaginario). Las sensaciones que va teniendo el protagonista mientras se va incorporando a la escena son realmente buenas. Me gusta cómo unas alas pasan de timoratas a majestuosas, mostrando ese sentir del prota. También me gusta el uso del sentido del oído para hacernos sentir dentro del cuadro, conmigo, al menos, lo ha conseguido.
    El cierre es enigmático y abierto, pero a mi me gustan los finales así, dejando al lector que rellene todo lo que falta. Gracias.

    Te comento una cosa de orden menor:
    – Cuando pregunta «¿Algún problema?», esto debe ir con guión como el resto de la conversación. De hecho, es parte de la conversación. Si la conversación es con guiones, que lo es, este trocito de conversación también.

    Me gustado lo que ha transmitido este texto.
    Enhorabuena.
    Nos leemos

    • Jose dice:

      Muchas gracias por comentar.
      La primera parte puede ser demasiado larga, es cierto. La idea era hacer ver que él viene de un contexto que a nivel “espiritual” es tibio, con apego por las formas, las tradiciones, de hacer lo que toca, una vida “previsible”. De esa forma puede chocar más lo que experimenta en el museo sin la intervención de drogas alucinógenas.

      Me apunto lo de las comillas.

      Un abrazo.

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