Eras un tipo ajeno a tu tiempo. Alguien que seguía escribiendo y mandando cartas, siempre cargadas de humanidad. Aunque te deleitaras con tu estilográfica en mano para desplegar una caligrafía perfecta, intuyo que tu verdadero motivo para haber conservado este hábito hasta el final era tu oposición al estado involutivo que el ser humano se empeñaba en mostrarte. No me sorprendió que a través de una carta te siguieses comunicando con nosotros una vez muerto.
Con mamá criando malvas desde cinco años antes, nos quedábamos huérfanos demasiado temprano. Yo era el mayor de tres hermanos. Nos estuviste preparando para que en el momento fatídico no hubiera desconsuelo y aquel día nos esforzamos para recordar las palabras que decías, ayudando sobre todo a Carlos, el benjamín de nueve años.
En el prado donde quisiste que esparciéramos las cenizas, y tras una pequeña ceremonia que nos inventamos, Tamara me exhortó impaciente:
—¿Quieres abrir la carta de una vez?

Lanzándole una mirada amenazante, la misma que aparecía cada vez que su estridente voz se presentaba, me dispuse a abrir la carta y leerla.

Amados míos,
Llevo tres meses preparando mi partida. Siento que me dejo muchas cosas en el tintero. ¡Había tanto que os quería enseñar! Sois aún unos críos. No os queda más remedio que madurar antes de lo previsto. Con esta carta se inicia un curso acelerado. Seguro que me dejo cosas, quizás incluso algunas que sean básicas. He tenido que combatir los dolores de la enfermedad y mi cabeza no ha estado todo lo despierta que necesitaba para acometer mi empresa más importante. Para lo que falte, delego en mi compañera, la vida, que os irá dando los bofetones que necesitéis para seguir creciendo. El primero os lo doy yo mismo.

—¿Cómo nos va a dar un bofetón si ya no está? —preguntó Carlos.
—Es en sentido figurado —respondió Tamara —. Por ejemplo, cuando mamá murió en el accidente. Eso es uno de los bofetones que la vida te da.
—Perder una pieza en un puzle también es un gran bofetón —sentenció con gesto serio.
—Veo que lo captas, hermanito.
—Sigo leyendo…

Cuando acabe el curso, tendréis que abortar vuestros planes veraniegos, sobre todo tú, Israel. He vendido el yate con el que tenías pensado irte a Ibiza, aprovechando que habías aprobado el examen de patrón que tanto deseabas.

—Ese es un golpe bajo, papá —me quejé. Quise romper la carta. Yo más que nadie sabía el tiempo que había dedicado a ese examen y la ilusión que tenía de realizar mi primer viaje, para que ahora me quedara sin barco. Me contuve y proseguí con un tono alterado que fue relajándose.

Parte de ese dinero lo he destinado a adquirir una casa en la parte más remota de los Pirineos. Vuestro tío, que ahora figura como tutor, llevará el coche hasta Sallent de Gállego. Y hasta allí llegará él. El lugar concreto de la casa sólo lo conocerá el guía local que he contratado, con el que os encontraréis allí. Os aviso que tardaréis varios días en llegar al destino. Dejad toda la ropa bonita en casa. Tamara, compra ropa de montaña. Cada uno llevará la suya, incluso tú, Carlos. En vuestra nueva casa os quedaréis todo el verano. Aprovechad el camino y la estancia. Todas las personas con las que os encontréis van a ser importantes. Sacad todo el jugo a esas experiencias, las califiquéis de buenas o de malas. Todo cuenta.

—Si pretendía que no nos olvidáramos de él lo va a conseguir —se quejó Tamara—.Seguro que allí no hay wifi. No lo voy a soportar. ¿Por qué nos tiene que obligar?
—Sigo…

Durante el camino y en vuestro destino, habrá distintas cartas, unas escondidas y otras os las darán en mano. Hay muchas. Por el momento no os diré cuántas porque no pretendo que os obsesionéis para conseguirlas todas. Perderíais de vista el objetivo.

—¿Es como una yincana?
—¡Eso, es Carlos!— respondió Tamara, con una falsa alegría.

No vais a necesitar mucho dinero. Toda la comida os la proporcionará Toros, el guía. En la casa encontraréis lo suficiente. De todas formas vuestras tarjetas de crédito quedarán temporalmente inutilizadas cuando comience el viaje.

—No sé si seguir leyendo. Esto cada vez se pone más feo.
—Sigue leyendo, Isra. Parece un juego muy divertido. Y vamos a estar los tres juntos. Por fin vais a poder hacer cosas conmigo, que siempre decís “ahora no puedo” y os ponéis con vuestros móviles o tabletas.

En este viaje, no hay jerarquías, no hay hermanos mayores ni formas de relacionaros que arrastréis de la vida actual, la que en breve dejará de existir como la conocéis…

—¿Nos vamos a morir nosotros también? —preguntó asustado Carlos.
—Sí, pero ahora no —dijo Tamara tratando de tranquilizarle, sorprendiéndose ella misma que le saliera ese talante cuando a la vez se sentía iracunda.

Sé que ahora estáis enfadados conmigo. Escuchad a Carlos. Tiene mucho que decir. Habrá tiempo de disculparme de cosas que ahora veo que no hice bien con vosotros. Sé que tenía que aprender pues nunca se deja de hacerlo, y no se nace sabiendo ser padre, pero pararme a observarlo es doloroso. Estoy convencido de lo que hago con estas cartas y que puede ser bueno para vosotros pero dependerá mucho de vuestra actitud. Confío, estoy seguro, que poco a poco os haréis a esta nueva situación que os propongo.
Un triple abrazo.

Hoy, diez años después de aquello, recuerdo aquel momento, papá. De hecho, nunca lo he dejado de tener presente. Pero hoy recobro los detalles y analizo cada segundo vivido. Fuimos encontrando decenas de cartas. Nos diste pistas sobre la vida. Sin imponer, sugiriendo, como era tu estilo. Sabías perfectamente qué necesitábamos escuchar cada uno. Y además intuías qué nos darían las personas que en aquel momento estaban a nuestro alrededor. A veces, con perspectiva, tengo la sensación que las hubieses aleccionado con anterioridad.
De aquel primer viaje a nuestro verdadero hogar, volvimos distintos. Tamara y yo empezamos a tomar en serio a Carlos, ¡y cómo nos alimentamos de ello! Habíamos perdido por completo esa forma de mirar y él nos ayudó a recuperarla. Algunas amistades se fueron cayendo tras aquello. Y otras aparecieron.
Todos los años volvemos un par de veces. Y de la misma forma; en coche hasta aquel pueblo encantador y después andando varios días. Y mientras lo hacemos, vamos volviendo a ti, papá, al equilibrio que quisiste inculcarnos y al que, cada vez con más frecuencia, regresamos.
Eres grande.

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  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Has cogido del enunciado lo que más te ha interesado. En realidad, pusiste “al progenitor le quedan dos meses de vida, tiene hijos pequeños. Hace algo imborrable para la familia”. Te has quedado con lo imborrable y nos has presentado un relato en el que el padre acaba de fallecer y ha dejado una carta para sus hijos. Puede que, en esos últimos dos meses de su vida, pensara en escribir la primera carta y planear todo lo que le sigue. Vale. Aceptado 😛
    Me ha gustado tu texto, está bien escrito y se lee fluido. No te hago apuntes formales.
    Es dramático perder a una madre y, a los cinco años, perder también a un padre, teniendo en cuenta la edad de los hijos. Aunque siempre hay casos, por desgracia.
    Entiendo que el padre quiere dar una última lección, para que sus hijos se alejen de la superficialidad y valoren lo realmente importante en la vida. Eso está muy bien. Al final nos dices que fue así, y que ese lugar en el Pirineo se ha convertido en un sitio al que volver siempre, un lugar que une a sus hijos con su padre.
    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos.

  • Jorge dice:

    Hola Jose.
    Esta chulo tu relato. Mezclas dos primeras personas, la del narrador-protagonista al padre fallecido a través de la carta. Las dos veces están bien intercaladas y las interrupciones de la lectura de la carta con las interpretaciones en voz alta a través de los diálogos facilitan la lectura.
    Está bien escrito, se lee fácil y guarda muchas consignas de las que nos gustaría dar los padres a los hijos. La interpretación, ya madura, de Israel diez años después me ha gustado mucho.
    Por ponerle alguna pega (porque me ha gustado mucho), le pondría la de la verosimilitud. Lo de dejar varias cartas ocultas, un lugar nuevo y que todo le haya funcionado pues tiene un mérito grande. Para encajarlo, me he imaginado que gran parte del deseo de que funcionase lo han puesto Israel, Tamara y Carlos, y que diez años después lo que queda es la parte buena, ese buen recuerdo.

    Muy buen relato.
    Nos leemos

  • Alberto dice:

    Agradezco esa constante de tus textos que es la espiritualidad, el retorno al equilibrio, la sabiduría. En este caso lo insertas en un contexto interesante, el último gran regalo de un padre a sus hijos antes de abandonarlos. Uno se queda con ganas de leer la yincana completa, todo un proyecto para ti como escritor. Eso conllevaría detallar los tres personajes, el camino que les muestra el padre, la evolución…
    Hay frases que me han gustado mucho, en especial “Para lo que falte, delego en mi compañera, la vida, que os irá dando los bofetones que necesitéis para seguir creciendo. El primero os lo doy yo mismo.”. También “Algunas amistades se fueron cayendo tras aquello. Y otras aparecieron.”
    Toros. ¡Qué nombre tan bueno para un personaje literario! Me pregunto de dónde habrá surgido…
    Solo me ha chirriado ese “Mamá criando malvas”, no me cuadra en boca de un hijo que ha avanzado por el camino del equilibrio y la sabiduría.
    Por cierto, has elegido una foto de Ordesa, si no me equivoco… ¡Quién pillara ahí unas vacaciones ahora!
    Nos leemos.

  • Jose dice:

    Muchas gracias por tus comentarios.
    Toros es un nombre armenio. El abuelo del autor que traduzco se llamaba así y me pareció potente. Además fue un hombre que con casi 90 años seguía cabalgando a galope. Me marcó. Estaba deseando bautizar a alguien así. El siguiente será un nombre polinés.

    • Jose dice:

      Lo de criar malvas no es contradictorio a la espiritualidad. De hecho, es una forma de dar poco valor al componente de cuerpo físico que es bastante secundario y pierde todo su valor al morir. Quizás la enterraron y él no estaba muy de acuerdo con esa práctica. Habrá que preguntárselo si surge un proyecto de novela.

  • Carlos dice:

    Hola Jose,
    interesante tu historia, como dice Alberto puede tener más recorrido.
    Que los hijos recorran un camino vital tras la marcha del padre es algo que es muy inspirador, que pena que no pudiera ser mientras vivía con ellos.
    Al principio echo en falta un poco más de sentimiento ante la pérdida del padre y echar en falta también a la madre.
    Me suena raro que el protagonista hable así de su madre “Mamá criando malvas” y de sus hermanos “Carlos, el benjamín” , “Tamara, la mediana”.
    La frase de Carlos con 12 años “—Sigue leyendo, Isra. Parece un juego muy divertido. Y vamos a estar los tres juntos. Por fin vais a poder hacer cosas conmigo, que siempre decís “ahora no puedo” y os ponéis con vuestros móviles o tabletas.” la reduciría, parece como si fuera narrador.

    Bueno, aquí hay historia, buen trabajo!

    • Jose dice:

      ¡Qué alegría saber que estás vivo! Nos has tenido de secuestro informativo. Gracias por el feedback.
      Lo de criar malvas puede sonar raro. Está claro que ahí hay algo. Habrá que seguir investigando.
      El tema de poner benjamin y mediana suenan también raras si como parece el hermano mayor está escribiendo al padre. Pero en el texto se mezclan dos enfoques. Uno, en el que hablar al lector, por lo que tiene que explicar cosas para hacer más fácil el entendimiento y otro, cuando se gira para hablarle al padre fallecido. Si se tiene en cuenta esas dos vertientes cobran sentido algunas de las cosas que aparecen.

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