El zeit avanzaba despacio, asomó su cara plana por el agujero ratonero y entró en la habitación. Sus doce finas y alargadas patitas se movían con lentitud y sumo cuidado. Primero un pasito, luego otro, otro más… Andaba pausado, mirando a derecha e izquierda, escudriñando el cuarto, intentando localizar un rincón oscuro donde esperar. Un pequeño recodo llamó su atención, aquel era el lugar perfecto, justo lo que estaba buscando. Se encontraba entre el escritorio y la pared, oculto tras una pelusa enorme, junto a un par de clip metálicos, una patata frita rancia y un envoltorio de caramelo. Llegó hasta su nuevo escondite, se enrolló sobre sí mismo y cerró los ojos para poderse centrar mejor en su propósito.

Tic…, tac…, tic…, tac…

A las pequeñas agujas de su rostro les costaba moverse, se desplazaban de forma pesada y fatigosa.

Tic…, tac…, tic…, tac…

Abrió un ojo y miró al humano que, a menos de un metro de él, se revolvía inquieto en una silla, mientras jugueteaba con un lapicero que hacía girar entre sus dedos. Parecía distraído y un poco desesperado. El hombre soltó el lápiz de golpe y se echó hacia atrás en el asiento, cogió el reloj que tenía sobre la mesa y lo golpeó repetidas veces, de seguro preocupado de que se le hubiera parado. El zeit ya conocía esa escena, la había visto en muchas ocasiones. Los humanos le parecían unos seres muy raros, dispersos, faltos de entendimiento, incapaces de ver lo que en realidad tenían a su alrededor y, sin embargo, fascinantes.

Volvió a centrar su atención en sus latidos.

Tic…, tac…, tic…, tac…

Su pulso sonaba constante, monótono, reflejado en las tres manecillas que recorrían su rostro, dos de las cuales no se habían movido nada desde hace bastante rato y, la otra, lo hacía muy despacio; seguro que al humano se le estaba haciendo eterno. Pero aquel interminable momento no era asunto suyo. Cansado, se hizo un ovillo escondiendo su cara bajo las tres patitas delanteras derechas, y se quedó dormido.

Tictac, tictac, tictac…

El sonido acelerado de su corazón le despertó, algo había cambiado. Se levantó de golpe y miró al hombre. Este volvía tener el lapicero en la mano y lo deslizaba veloz por una hoja. Las patitas del zeit empezaron a cimbrear y a moverse rápidas, impulsadas por el torrente de sus latidos. Raudo salió de su escondite y empezó a correr por toda la habitación. Escuchó al humano pasar la hoja. El zeit se sentía cada vez más activo, galopaba de una pared a otra tan rápido que sus patitas casi se habían vuelto invisibles. Otra hoja. Estaba tan acelerado que ya no era capaz de escuchar su tic-tac, síntoma de lo que estaba a punto de llegar, y un cálido sentimiento, mezcla de ansiedad y alegría, inundo su pecho. Las tres manecillas de su rostro giraban veloces, recorriendo la circunferencia que lo formaba en un instante. Una agradable quemazón comenzó a surgir en el centro de su espalda, mientras que le iba creciendo una palpitante protuberancia. Otra hoja. La carne del abultamiento se abrió, y una excitante sensación recorrió todo su cuerpo mientras que dos alitas iban surgiendo de su interior. Las pequeñas alas se movían muy rápido y

empezaron a elevarle, cambiando en un instante su rauda carrera por un ágil vuelo. Comenzó a surcar la habitación hoja tras hoja. Era una corriente invisible que circulaba alrededor del hombre, contra más ligero escribía este más acelerado era su vuelo.

El zeit adoraba cuando los humanos se divertían, adoraba volar.

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  • Natalia dice:

    Hola, Diana
    Me ha gustado tu texto. Has creado un relato muy visual; vemos al reloj cuando nada sucede y no hay inspiración y le vemos también cuando, por fin, el escritor se inspira. He visto perfectamente al reloj acelerado, galopando, con las agujas en movimiento. Y he visto sus alas y le he visto volar, como vuela la imaginación cuando alguien escribe sin parar.

    El título me ha intrigado y he tenido que buscar “zeit”. Parece que es “tiempo” en alemán. ¿Por qué has elegido esa palabra? Tengo curiosidad 😛
    Parece que te gusta centrarte en objetos para tus relatos. No sé si es una predilección o una casualidad, dado que sólo he leído dos textos tuyos jeje

    En lo formal, esta frase me hace dudar:
    “no se habían movido nada desde hace bastante rato”.
    Si está escrito en pasado, ¿no sería “desde hacía bastante rato”? Yo lo veo claro, a ver los demás qué opinan.

    Dos errores “de dedo” (así lo llama mi profe de la Escuela de Escritores).
    Falta la “a”: “Este volvía a tener el lapicero en la mano”
    Y aquí falta una tilde: “inundó su pecho”.

    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 🙂

  • Alberto dice:

    Muy bonita imagen, Diana. Se ve que tienes buenas ideas a la hora de escribir. Me ha gustado el misterio que rodea al personaje, misterio que se va desvelando a medida que uno avanza en el texto. Lo mismo pasaba en tu anterior ejercicio. Es curioso imaginar al tiempo como una especie de insecto que se esconde en los rincones, y es bonito imaginarlo volar cuando los humanos lo pasamos bien. Muy acertado. Y muy cierto: cuando uno está absorbido por una actividad que le apasiona, el tiempo deja de existir, o en cualquier caso deja de ser una losa. Como a Natalia, me genera curiosidad el hecho de que hayas titulado el texto, y nombrado a tu personaje de esa manera. Espero que sigas igual de creativa en futuras entregas. Nos leemos.

  • Jose dice:

    Hola,Diana
    Muchas gracias por regalarnos tu creatividad. He tenido que leer varias veces el texto para poder formular algo coherente en mi discurso. Seguramente mi interpretación se vaya totalmente de lo que has querido transmitir pero me lanzo a compartirlo:
    Las referencias de “rostro plano”, “doce patitas” y el nombre escogido de “zeist” me lleva a pensar que estás utilizando una metáfora de lo que representa el tiempo para el creativo, en este caso, el escritor. Cuando no es capaz de escribir, el tiempo se detiene, el pulso del insecto-reloj se ralentiza, la vida deja de moverse. En cambio, cuando le llega la inspiración y empieza a escribir, el tiempo cobra vida, se acelera y la sensación para el que está metido en ese fluir con la vida es que “el tiempo vuela”.
    Esa es la interpretación que le he podido dar. Sea acertada o no, me sirve para haber disfrutado con el texto, con tu capacidad imaginativa. Muchas gracias por permitirme circular por tus letras.

    ¡Nos leemos!

  • Jorge dice:

    Hola Diana.
    Muy original tu propuesta y también muy al hilo de la anterior. La historia del Zeit un ser, una metáfora, vete tu a saber, pero a este lector SI que le ha llegado. Me gusta, porque al principio me he imaginado un bicho-bola, que seguro que tienen un nombre, pero que yo siempre los he llamado bicho-bola. Pero luego, al verse alterado por el estado de ánimo del escritor, aparece como una bella metáfora del estado de ánimo del ser humano (tan fascinante). A mi he ha sorprendido el giro.
    La idea final de tener alas y poder volar como vuela la imaginación, o eso he querido leer yo.
    En fin, que me ha gustado.
    Enhorabuena.
    Nos leemos.

  • Carlos dice:

    Hola Diana,
    me ha costado un poco situarme en el relato pero al final creo que me ha quedado más o menos claro.
    (El zeit me ha traído el recuerdo del documental Zeitgeist)
    Has hecho una materialización del tiempo, que primero discurre lento, se enrolla, casi se detiene pero en un momento dado pasa rápido, vuela.
    Entiendo que tiene que haber un zeit para cada persona y que no siempre van sincronizados, ni respetan el ritmo del reloj.

    Me parece muy original este planteamiento que has hecho.
    Enhorabuena.

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