Ya no sé cuántos días llevo en este rincón, apoyada en la pared. Somos muchos y soy la última en llegar. Se me hace muy difícil estar aquí, el ambiente es áspero y el olor, demasiado fuerte. Me siento tan sola. Es la primera vez que he salido de mi casa y no me ubico. Espero que ese señor me repare cuanto antes y pueda volver a mi habitación, lleva dos días sin pasarse por aquí. La verdad es que me duele más este silencio que la pata. Y esta penumbra. La persiana veneciana de la entrada retiene mucha claridad, me permite ver un poco durante el día, pero por la noche apenas entra una brizna de luz desde la farola de la calle. Me despierto muchas veces, escucho crujidos, me asusto y no puedo cerrar los ojos. Apenas veo nada desde aquí. Enfrente de mí hay una cómoda que solo duerme, seguro que para ella el tiempo pasa más deprisa. Creo que le van a cambiar los pomos porque se ven los agujeros en sus tres cajones. A mi izquierda hay una consola de madera decapada. Por su aspecto, creo que está terminada. Sonríe mucho y a veces me mira de reojo. Cuando lo noto, desvío la mirada y me fijo en el estucado de la pared. Es que no sé qué decirle.

Quiero salir corriendo. Escucho mi latido acelerado por los ruidos, por la oscuridad, por todo lo que no veo. No conozco nada de este sitio y no sé cuándo voy a poder salir. Echo tanto de menos a Noelia. Desde que empezó el instituto, no está a gusto y apenas sonríe. Está más triste y enfadada. Estos días me he dado cuenta de lo difícil que es estar en un sitio desconocido, puede que sea eso lo que le pasa. Siempre he estado en su habitación, desde unos meses antes de que naciera. Me colocaron pegada a su cuna. Sus padres se sentaban sobre mí, la acompañaban hasta que se dormía, y luego iban y venían por la noche, la miraban un rato y volvían a su habitación otra vez. Esos momentos me relajaban mucho.

He vivido tantas cosas con ella. Cuando empezó a gatear, un día me agarró una pata con una mano, luego puso la otra sobre mi asiento y se levantó. Era la primera vez que se mantenía en pie, me sentí tan importante. Con su ímpetu infantil, ha hecho que me cayera unas cuantas veces, sin querer, y me ha dejado alguna que otra señal. La que tengo en el respaldo, arriba a la izquierda, me la hizo jugando con un avión. Tenía cuatro años. Corría sujetándolo, con la mano levantada y narrando las peripecias de la piloto, cuando decidió que iba a chocar con una montaña. Que era yo. Dolió un poco pero no me importó porque se arrepintió del golpe y me dio un beso. Echo de menos su roce, su olor a jabón, su compañía.

Cuando empezó a leer, cogía cuentos, se sentaba sobre mí y los leía en voz alta. Era tan graciosa. Se equivocaba pero ella lo intentaba una y otra vez, hasta que le salía la palabra entera. Cada noche le contaban un cuento antes de apagar la luz y ella escuchaba con los ojos muy abiertos. Me sé tantas historias. Cuántas aventuras vivimos juntos a través de la lectura. Hace unos años que nadie lee en voz alta en nuestra habitación.

A los ocho años, sus padres le compraron un escritorio y me colocaron a mí pegado a él. Todas las tardes estábamos juntas un par de horas. A veces también se sentaba encima de mí para dibujar, le encantaba. Me parece que el dibujo ya no es suficiente ahora, muchas veces empieza a hacer algo pero luego arruga el papel y lo tira a la basura. Puede que no le guste lo que descubre a su alrededor, la puedo entender. Creo que por eso tuvo ese ataque de ira y me levantó sin pensar. Me golpeó con el borde del somier. Cuando se dio cuenta de que me había roto la pata, su cara desencajada cambió, se sentó en el suelo y empezó a llorar desconsolada. No hubo beso. Y yo solo tenía ganas de abrazarla y de decirle que no se lo iba a tener en cuenta.

Alertados por el ruido, sus padres fueron deprisa a su habitación. Ella no quiso hablar sobre lo que había pasado y ellos se enfadaron y la castigaron. Va a tener que pagar la reparación de mi pata, con su paga y los ahorros de su hucha. Espero que no sea muy caro el arreglo, sería horrible que me cogiera manía. Está claro que le quieren dar una lección. Yo lo siento mucho por ella pero soy una silla común, podían haberme tirado a la basura y haber comprado una nueva por poco dinero. Menos mal. No soportaría separarme de ella para siempre.

Cuando me dejaron aquí, su padre se mostró tan firme en su decisión que hasta le contó al señor lo que había pasado. Noelia no dejó de mirar al suelo y su madre, de mirarla a ella, con esa mirada encogida que le noto desde hace un tiempo. Como cuando se apoya en el marco de la puerta de nuestra habitación y mira a su hija sentada en su escritorio, que está de espaldas y no se percata de ello.

No quiero perderla. Ojalá pueda salir de aquí pronto. Nunca he tenido tanto miedo.

https://www.youtube.com/watch?v=AUkiAEw9yEI

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  • Jorge dice:

    Hola Natalia.
    Bonito relato. Hemos coincidido los dos en hacer que sea la silla la narradora y desde esa posición contar la historia que ocurre a su alrededor. Dedicas una buena parte del relato a ubicar a la silla en el taller de restauración y pronto nos dices que el narrador es la silla.
    Luego nos metes de lleno en Noelia, en como crece y en como la silla se siente protagonista con ella de sus avances. Hay una comparación bonita entre el comienzo del instituto de Noelia y el cambio de ubicación de la silla.
    La relación afectiva entre la silla y Noelia parece muy dependiente. No quiere perderla, la perdona todo lo que le ha hecho, es todo devoción. La lección que imponen los padres parece justa y también es una suerte que decidan repararla.
    Comentarios para debatir:
    -“ha hecho que me cayera”. Yo hubiera puesto “me ha tirado” porque parece que la silla tenga movilidad. Bastante tiene ya con tener sentimientos. Mira a ver que te parece.
    -“Que era yo”. He pensado que quizá lo hubiera puesto entre paréntesis. ¿qué piensas?
    -“vivimos juntos” yo habría puesto “vivimos juntas” porque silla y Noelia son femeninas. Incluso si querías incluir al padre leyendo, creo que también vale juntAs porque si hay igualdad o mayoría de mujeres se puede usar el término femenino. NO lo he comprobado.

    Y ya está. Que me encanta seguir leyéndote cada quince días y que ya hemos pasado el verano y que empieza otro curso.
    Nos leemos.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Muchas gracias por comentar.
    Quería remarcar lo difícil que es crecer, para los adolescentes y para sus familias. Destacar los miedos que todos tenemos a los cambios, a perder lo que nos da seguridad, y la necesidad que tenemos de abrazar y de ser abrazados. El roce es necesario para nosotros (en las circunstancias en las que estamos todavía se hace más evidente).
    Acepto tus dos primeras sugerencias, puede que queden mejor.
    En cuanto a “vivimos juntos”. Incluyo al padre, me refiero a la familia (de la que la silla se siente parte). Yo tengo entendido que, si hay un grupo de personas de género distinto, se usa el masculino como genérico. Aunque creo que habría que usar femenino y masculino para acostumbrarnos: “vivimos juntas y juntos”. Por un tema de equidad. Lo tendré en cuenta a partir de ahora.
    A mí me encanta leeros, que me leáis, compartir y seguir aprendiendo. Contigo y con los demás 🙂
    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Hola Natalia.
      Llevas razón con el uso del genérico. Es siempre masculino, al menos eso es lo que dice la RAE, independientemente del número de un género u otro.
      Pero es que yo creo que el lenguaje lo hacemos las personas y somos las personas las que lo hacemos evolucionar. La RAE finalmente, cuando ve que se usa algo de forma extendida, acaba por aceptarlo.
      En mi propia regla, yo creo que si en un grupo hay claramente una mayoría de mujeres se puede decir JUNTAS en vez de JUNTOS. Si es una masa incontable, pues me vale el masculino. Cuando mis hijas van con sus primos (chico y chica) y yo llamo a los 4, muchas veces les digo CHICAS venir para acá y no creo que este discriminando al varón por el uso de ese genérico. Quizá seré yo, que como estoy rodeado de mujeres… pues todo se pega menos … ya sabes.
      Abrazo.

  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    aunque te leí hace días por fin te hago el comentario. Te pido disculpas.
    Has optado por un enfoque como el de Jorge. En la primera parte haces ver perfectamente el estado emocional de la silla en la soledad de un sitio nuevo. Después ya pasas a su relación con Noelia, desde su más antes de nacer a la actualidad. Lo que está sintiendo la silla en el taller de reparación, parece sufrirlo Noelia en su nuevo colegio, donde tampoco ha encontrado su sitio. Por la forma de expresarse me da la sensación que al igual que Noelia, se siente una niña, no una adulta, si es que las sillas pueden ir envejeciendo o madurando, al menos a nivel mental, como las personas.

    Dos expresiones que quizás se pueden mejorar:
    -En la frase “Noelia no dejó de mirar al suelo y su madre, de mirarla a ella” creo que con “de mirarla” evitamos redundancia.
    -En “me colocaron a mí pegado a él” parece claro que sobra “a mí”.

    Si tuviéramos que calificar el tipo de vinculación afectiva de la silla respecto a Noelia, podría hablarse de una dependencia insana. Pero es un vínculo normal porque toda su vida ha vivido en esa habitación y no hay un mundo fuera de esa habitación y de Noelia y sus padres. Yo me he quedado con angustia por enterarme de cómo termina la reparación. Entiendo que la historia no se ha cerrado.

    Me ha gustado la historia. ¡Nos leemos!

  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Por fin enciendo el ordenador desde que volví de vacaciones. Disculpa el retraso en contestar, esta semana se me ha descuadrado la rutina 😛
    Me alegra que te haya gustado la historia. La silla depende totalmente de lo que ha vivido con Noelia, que está creciendo y va cambiando su carácter. Para mí, la silla toma el papel de una madre demasiado apegada a su hija, con miedo de perderla para siempre, de no poder comunicarse con ella ni ayudarla en los posibles problemas que se encuentre en su vida.
    La historia queda abierta, ya cada uno que haga su hipótesis jeje

    En cuanto a las dos frases que me citas:
    «Noelia no dejó de mirar al suelo y su madre, de mirarla a ella». Aquí usaba la misma estructura. la hija mira al suelo y la madre, a la hija. Si la lees sin “a ella” no es la misma música al leer. La redundancia tenía un sentido formal.
    La segunda frase, si la lees sin “a mí”, no suena mal así que podría no haberlo puesto. Pero remarcaba que usaron la misma silla que estuvo al lado de la cuna, para enfatizar que ella fue la elegida para el escritorio. Es como cuando dices “ellos me lo dijeron a mí”. De toda la gente a la que se lo podían haber dicho, me escogieron a mí.

    Muchas gracias por comentar 🙂
    Un abrazo.

  • Carlos dice:

    Hola Natalia,
    me ha gustado tu relato, una silla de lo más empática tanto que la niña en vez de con la almohada debería hablar con ella. 🙂
    Has hecho el esfuerzo en primer lugar de humanizarla y explicar el miedo que siente por estar fuera de su entorno, de ahí que comprenda a Noelia, que está en la difícil época de la adolescencia, así puedes seguir la historia de la chica que es en realidad la que te interesa contar.
    El relato describe una especie de circulo, porque el que la silla esté allí, es consecuencia de la lección de vida que le quiere dar su padre.

    Buen trabajo.

  • Natalia dice:

    Hola, Carlos
    Me alegra que te haya gustado.
    Gracias por comentar 🙂
    Nos leemos.(Espero leerte pronto)

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