Curiosamente tan solo fueron dos semanas. Eso duraba el campamento estival al que mis padres me enviaron en 1930. Tras unos largos meses encamado por una neumonía que mermó aún más mi salud, el médico de la familia aconsejó una estancia rodeado de naturaleza, en un lugar que gozase de un ambiente cálido. Debieron considerar que Bratislava no reunía las condiciones porque eligieron la isla de Dugi Otok, paraje que mi madre frecuentaba de niña con su familia durante las vacaciones para silenciar el bullicio del Zagreb natal.
El director del campamento era un antiguo cliente de mi padre, con quien llegó a entablar una leal amistad que perduraba incluso años después de haber abandonado el negocio de la importación de pieles.

En ese contexto, mis padres entendían que permanecer quince días en ese lugar lejano no entrañaba demasiados riesgos, considerando mis doce años de edad, si alguien me acompañaba durante el tortuoso viaje hasta el mar Adriático para compensar mi indefensión.
La piel nívea como cobertura de una musculatura atrofiada contrastaba con la organización de aquel encuentro cuyo espíritu era forjar el carácter de los jóvenes partiendo de un trabajo físico colaborativo y extenuante. Atrás quedaban mis días con sus abundantes horas yaciendo en una cama mientras los libros me nutrían.
Con un macuto sobre los hombros cuyo peso amenazaba con quebrar mi columna, crucé el enorme portón que daba entrada a la zona de acampada. Ajeno al gentío que llegaba ese día al lugar, un joven sentado en un pequeño taburete tallaba una escultura de madera con ayuda de una gubia. Con un estilo semejante al arte africano, cincelaba una especie de guepardo cuyo cuerpo terminaba siendo humano. Sin saber por qué me acerqué a su posición y pregunté con una voz demasiado altiva para mi intención:
—¿La idea de esa escultura es propia o tomada de un artista?
El silencio que se produjo ante la ausencia de respuesta hizo que mi impertinente interrogante resonara dentro de mí. Pasaron los minutos sin darse por aludido y la sensación de incomodidad creció hasta el punto de iniciar un gesto de disculpa cuando, tras terminar el detalle de una de las patas, alzó su rostro, mostrándome una barba despreocupada en la que no había reparado por la inclinación de su cabeza, cubierta de un largo pelo lacio.
—Tú debes de ser Aurel, el checo.
—¿Cómo lo sabes?
—No creo que haya nadie más con ese acento por aquí. Soy el monitor de la sección que te han asignado y me gusta revisar las fichas de los jóvenes que voy a acompañar.
—Encantado. Perdona por la pregunta de antes. Realmente quería alabar tu figura pero no sé por qué lo he expresado así. ¿Dónde has aprendido a hacer eso? Ese arte no es de aquí, precisamente.
—Me atrevo con muchos estilos. He viajado mucho. O mejor dicho he vivido viajando. He dedicado los últimos diez años a conocer cómo se vive por todo el ancho mundo. Si quieres sobrevivir tanto tiempo debes aprender a manejar las manos, para pescar, para trabajar, para hacer arte, para amar. Las manos son poderosas, pueden hipnotizar y curar. Y, sin embargo, es una fortuna para este planeta que tengamos solo dos manos por cabeza. Con el doble de ellas, terminaríamos en la mitad del tiempo con toda vida ajena.
Ese era Goran, que con su estampa y discurso parecía proclamar su desapego por las formas establecidas. Sin embargo su porte no era la nota más destacable de su persona. Cuando hablaba lo hacía desde la certeza de lo vivido. Su autenticidad quedaba plasmada con las maneras de sus movimientos. Generaba confianza y despertaba en uno el anhelo por aprender.
Los adultos que yo conocía moraban en el presidio de los convencionalismos sociales, se afanaban por un buen empleo y se relacionaban con los menores desde la superioridad, asumiendo una condición incompleta de la infancia. Goran en cambio nos miraba con un interés genuino. Mi mente no concebía cómo podía existir alguien así. Fue un huracán derribando el castillo de naipes que me estaban fabricando a medida. Parecía sentirse responsable de mi educación durante el tiempo que compartiéramos. Y eso me gustaba.
Bien pronto me convertí en su sombra. Era como un libro generoso, con respuestas sin tapujos, en ocasiones, proclives a mi sonrojo.
Había un valor que rezumaba en cada frase suya: el respeto. Respeto por todo y por todos, los vivos y los muertos, los de aquí y los de allí, los que gozan arriba y los que sufren abajo.
Han pasado casi setenta años desde entonces. En todo este tiempo jamás me volví a topar con alguien así. Hay momentos que me pregunto cómo hubiese transcurrido mi vida de haber tenido un contacto más prolongado con aquel hombre. Quizás sea como los químicos en nuestro organismo, cuya bondad viene determinada por la dosis. Tal vez, un exceso de exposición hubiese impedido desarrollar mi vida en una familia corriente, impulsándome a deambular en el extrarradio social. Sea como fuere, yo desde entonces sirvo de transmisión para otros como yo. Las personas fascinantes, al estilo de Goran, causan impacto pero lo hacen cuando te abres ante ellos.
Me deleito rememorando las madrugadas que venía a despertarnos, aprovechando que la humanidad dormía y sólo nos acompañaban los ruidos del bosque. Nos recostábamos en la playa, abrazados por una vegetación que penetraba en la arena para escucharle contar las plegarias de Príamo a Aquiles por recuperar el cuerpo de su hijo Héctor o de cómo las flechas lanzadas por Apolo podían curar o hacerte enfermar, lo que después nos llevaba a debatir sobre la vida y los valores con que podemos engalanarla y hacer digno nuestro devenir. Sus relatos, llenos de pasión, se sucedían mientras contemplábamos el firmamento salpicado con cientos de estrellas que en su boca delineaban constelaciones como Andrómeda, con Cefeo y Casiopea de protagonistas mudos del mito. Si nuestra atención se dispersaba, intercalaba en swahili «elimu haina mwisho» con una entonación jocosa para sacarnos alguna sonrisa.
De regreso a casa, mis padres percibieron el cambio y, viendo en qué estado marché de Bratislava hacia el campamento, lo dieron por bueno así que me volvieron a mandar al año siguiente. Como vaticiné, Goran ya no era el monitor y Dugi Otok dejó de ser un paraíso. Sin embargo, entrada la noche, volvía a tumbarme sobre la arena bajo un manto moteado con Polaris indicándome mi norte.

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  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Bien escrito. Me ha gustado tu texto y las reflexiones a las que nos invita. Algunas personas, pocas, dejan marca y se las recuerda siempre, aunque pasen décadas. En este caso, Goran es alguien ajeno a la familia, quizás por ello deja huella en tu protagonista, porque le descubre una nueva forma de hacer y comportarse que le abre la mente. Es diferente a todo cuanto conoce.
    Me ha sorprendido que te fueras hasta Croacia para situar tu relato. ¿Hay alguna razón?
    Creo que, para centrar el relato únicamente en Goran, los nombres de doctor o del director del campamento, se podrían haber omitido. Ya que luego no intervienen más. Creo que no aporta saber que el doctor se llamaba “Boleslav Ciernik”, por ejemplo.

    En lo formal, falta una tilde:
    “Quién me iba a decir que allí conocería al referente más importante de mi vida”
    Y me han faltado tres comas:
    “defendiéndose en idiomas de todas las geografías, lo que le servía para entender los enfoques de vida que cada pueblo había desarrollado.”
    “Goran, en cambio, nos miraba con un interés genuino.”

    Enhorabuena por tu trabajo 🙂
    Nos leemos.

  • Jose dice:

    Gracias, por leerme.
    En cuanto pueda te leo. He revisado mil veces el relato y lo veo sin alma. Necesita aterrizar en más situaciones concretas y no abusar de lo abstracto como he hecho. No me he quedado nada satisfecho. Si lo rehago te lo cuelgo por aquí. Pensé que ponerles nombre ayudaría a darle veracidad.
    Croacia me atrae mucho. Al escribir sobre ella la conozco más.

    Nos leemos.

    • Natalia dice:

      Es verdad que no cuentas ninguna situación en concreto. Es más bien un recuerdo, un aroma, la sensación final que le queda al protagonista décadas después de conocer a esa persona.

  • Alberto dice:

    Hay un aroma común a muchos de tus escritos, y es una especie de inquietud e inconformismo espiritual que yo (ya te he comentado alguna vez) agradezco. Es cierto que no bajas a lo concreto, pero como lo abstracto que compartes conecta conmigo, yo, como lector, no lo acuso demasiado. “Los adultos que yo conocía moraban en el presidio de los convencionalismos sociales, se afanaban por un buen empleo y se relacionaban con los menores desde la superioridad, asumiendo una condición incompleta de la infancia. Goran (…) Representó un huracán derribando el castillo de naipes que me fabricaron a medida”. “Quizás sea como los químicos en nuestro organismo, cuya bondad viene determinada por la dosis. Tal vez, un exceso de exposición hubiese impedido desarrollar mi vida en una familia corriente, impulsándome a deambular en el extrarradio social.” Buena falta nos hacen influencias como la de Goran. Es cierto lo que comenta Natalia, sobre el nombre del doctor, yo he sentido lo mismo. «elimu haina mwisho»: ¿nos vas a dejar con la duda?
    Nos leemos.

    • Jose dice:

      Gracias por los comentarios. Siempre son buenos sean en un sentido o en otro. Me apunto lo de introducir nombres. El efecto que ha causado ha sido el contrario al esperado.
      Tendré que cambiar algo el enfoque porque ser previsible no me gusta mucho aunque supongo que dependerá del objetivo que marque en cada momento.

      Una traducción de esa frase podría ser “nunca es tarde para aprender”.

      ¡Feliz domingo!

  • Jorge dice:

    Hola Jose.
    A mí me ha gustado Goran. Siempre hay referentes en nuestro crecimiento que nos marcan, que son diferentes, que tienen otro estilo, otra forma de ser. En ellos nos queremos mirar y como nosotros estamos en blanco les copiamos su forma de ser, les admiramos, les envidiamos. El amor tiene también un componente de admiración, pero esa es otra historia.
    Goran es un personaje del que dan ganas de conocer más cosas y tu tenías un relato corto. Al leer tu relato y también los comentarios de los compañeros y tus propias contestaciones, creo que tu mismo tienes la solución. Para decir que Goran os trataba desde la igualdad y el respeto, no lo expliques, muéstralo. Describe una escena donde Goran os trató con respeto, chocando los nudillos, apoyando su brazo en vuestros hombros tras una obra colectiva, lo que tu quieras.
    Otra cosa que podría ayudar. Ns dices primero que hablaba cuatro idiomas, y luego das un toque de color con la frase en swahili. ¿y si le haces hablar primero en swahili y luego ya nos dices que hablaba muchos idiomas más? nos permites descubrir, como lectores, primero su cualidad para luego usarlo de excusa y hablarnos de sus viajes. Nos describes el aspecto desaliñado de Goran y yo me lo imagino y me gusta, pero si lo hubieras puesto en acción, podríamos haber visto su pelo lacio meneado por el viento o atado en una coleta y contar las mismas historias alrededor de un fuego, del mismo color que su pelo.
    Aún así, el mensaje de tu texto llega, porque Goran tiene mucha fuerza, y llega también el inconformismo con la sociedad preestablecida. Y llega también las ganas de aventura, y llega la esencia de ese personaje indómito.
    Croacia es chula, una costa espectacular, pero bratislava es eslovaquia ¿no? (en aquella época probablemente Checoslovaquia).
    Enhorabuena.
    Nos leemos

  • Jose dice:

    ¡Muy buenos consejos! Pienso cómo lo cambio.
    Ellos viven en Bratislava (ahora Eslovaquia) pero la familia de la madre y la propia madre son croatas.

    Y muchas gracias por leerme.

  • Jose dice:

    Curiosamente tan solo fueron dos semanas. Eso duraba el campamento estival al que mis padres me enviaron en 1930. Tras unos largos meses encamado por una neumonía que mermó aún más mi salud, el médico de la familia aconsejó una estancia rodeado de naturaleza, en un lugar que gozase de un ambiente cálido. Debieron considerar que Bratislava no reunía las condiciones porque eligieron la isla de Dugi Otok, paraje que mi madre frecuentaba de niña con su familia durante las vacaciones para silenciar el bullicio del Zagreb natal.
    El director del campamento era un antiguo cliente de mi padre, con quien llegó a entablar una leal amistad que perduraba incluso años después de haber abandonado el negocio de la importación de pieles.

    En ese contexto, mis padres entendían que permanecer quince días en ese lugar lejano no entrañaba demasiados riesgos, considerando mis doce años de edad, si alguien me acompañaba durante el tortuoso viaje hasta el mar Adriático para compensar mi indefensión.
    La piel nívea como cobertura de una musculatura atrofiada contrastaba con la organización de aquel encuentro cuyo espíritu era forjar el carácter de los jóvenes partiendo de un trabajo físico colaborativo y extenuante. Atrás quedaban mis días con sus abundantes horas yaciendo en una cama mientras los libros me nutrían.
    Con un macuto sobre los hombros cuyo peso amenazaba con quebrar mi columna, crucé el enorme portón que daba entrada a la zona de acampada. Ajeno al gentío que llegaba ese día al lugar, un joven sentado en un pequeño taburete tallaba una escultura de madera con ayuda de una gubia. Con un estilo semejante al arte africano, cincelaba una especie de guepardo cuyo cuerpo terminaba siendo humano. Sin saber por qué me acerqué a su posición y pregunté con una voz demasiado altiva para mi intención:
    —¿La idea de esa escultura es propia o tomada de un artista?
    El silencio que se produjo ante la ausencia de respuesta hizo que mi impertinente interrogante resonara dentro de mí. Pasaron los minutos sin darse por aludido y la sensación de incomodidad creció hasta el punto de iniciar yo un gesto de disculpa cuando, tras terminar el detalle de una de las patas, alzó su rostro, mostrándome una barba despreocupada en la que no había reparado por la inclinación de su cabeza, cubierta de un largo pelo lacio.
    —Tú debes de ser Aurel, el checo.
    —¿Cómo lo sabes?
    —No creo que haya nadie más con ese acento por aquí. Soy el monitor de la sección que te han asignado y me gusta revisar las fichas de los jóvenes que voy a acompañar.
    —Encantado. Perdona por la pregunta de antes. Realmente quería alabar tu figura pero no sé por qué lo he expresado así. ¿Dónde has aprendido a hacer eso? Ese arte no es de aquí, precisamente.
    —Conozco muchos estilos. He viajado mucho. O mejor dicho he vivido viajando. He dedicado los últimos diez años a conocer cómo se vive por todo el ancho mundo. Si quieres sobrevivir tanto tiempo debes aprender a manejar las manos, para pescar, para trabajar, para hacer arte, para amar. Las manos son poderosas, pueden hipnotizar y curar. Y, sin embargo, es una fortuna para este planeta tener solo dos manos por cabeza. Con el doble de ellas, terminaríamos en la mitad del tiempo con toda vida ajena.
    Ese era Goran, que con su estampa y discurso parecía proclamar su desapego por las formas establecidas. Sin embargo su porte no era la nota más destacable de su persona. Cuando hablaba lo hacía desde la certeza de lo vivido. Su autenticidad quedaba plasmada con las maneras de sus movimientos. Generaba confianza y despertaba en uno el anhelo por aprender.
    Los adultos que yo conocía moraban en el presidio de los convencionalismos sociales, se afanaban por un buen empleo y se relacionaban con los menores desde la superioridad, asumiendo una condición incompleta de la infancia. Goran en cambio nos miraba con un interés genuino. Mi mente no concebía cómo podía existir alguien así. Representó un huracán derribando el castillo de naipes que me estaban fabricando a medida. Parecía sentirse responsable de mi educación durante el tiempo que compartiéramos. Y eso me gustaba.
    Bien pronto me convertí en su sombra. Era como un libro generoso, con respuestas sin tapujos, en ocasiones, proclives a mi sonrojo.
    Había un valor que rezumaba en cada frase suya: el respeto. Respeto por todo y por todos, los vivos y los muertos, los de aquí y los de allí, los que gozan arriba y los que sufren abajo.
    Han pasado casi setenta años desde entonces. En todo este tiempo jamás me volví a topar con alguien así. Hay momentos que me pregunto cómo hubiese transcurrido mi vida de haber tenido un contacto más prolongado con aquel hombre. Quizás sea como los químicos en nuestro organismo, cuya bondad viene determinada por la dosis. Tal vez, un exceso de exposición hubiese impedido desarrollar mi vida en una familia corriente, impulsándome a deambular en el extrarradio social. Sea como fuere, yo desde entonces sirvo de transmisión para otros como yo. Las personas fascinantes, al estilo de Goran, causan impacto pero lo hacen cuando te abres ante ellos.
    Me deleito rememorando las madrugadas que venía a despertarnos, aprovechando que la humanidad dormía y sólo nos acompañaban los ruidos del bosque. Nos recostábamos en la playa, abrazados por una vegetación que penetraba en la arena para escucharle contar las plegarias de Príamo a Aquiles por recuperar el cuerpo de su hijo Héctor o de cómo las flechas lanzadas por Apolo podían curar o hacerte enfermar, lo que después nos llevaba a debatir sobre la vida y los valores con que podemos engalanarla y hacer digno nuestro devenir. Sus relatos, llenos de pasión, se sucedían mientras contemplábamos el firmamento salpicado con cientos de estrellas que en su boca delineaban constelaciones como Andrómeda, con Cefeo y Casiopea de protagonistas mudos del mito. Si nuestra atención se dispersaba, intercalaba en swahili “elimu haina mwisho” con una entonación jocosa para sacarnos alguna sonrisa.
    De regreso a casa, mis padres percibieron el cambio y, viendo en qué estado marché de Bratislava hacia el campamento, lo dieron por bueno así que me volvieron a mandar al año siguiente. Como vaticiné, Goran ya no era el monitor y Dugi Otok dejó de ser un paraíso. Sin embargo, entrada la noche, volvía a tumbarme sobre la arena bajo un manto moteado con Polaris indicándome mi norte.

  • Carlos dice:

    Hola Jose,
    la historia me ha hecho visualizar como en una película a Aurel, ya anciano, contando la historia.
    Me ha gustado, como tratas de trasladar algunos valores, el respeto, enseñar desde la igualdad.
    Algo que me ha chocado es la conversación con Goran, las palabras que usa Aurel no me han parecido de un niño de 12 años.
    Otra cosa que me ha resultado extraña son las referencias a los mitos griegos, sin hacer referencia concreta a algo que realmente te marcara. Quizás sea necesario un texto más grande pero ayudaría a dar más fuerza al relato.

    Enhorabuena.

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