Creo que mi infancia en la gran capital no fue ni feliz ni infeliz. Hubo momentos hermosos y alegres, duros y tristes, pero por lo general la vida transcurría sin demasiada pena ni gloria. En el pueblo de mi madre, sin embargo, todo era muy distinto: los días se impregnaban de otro color. La vida se abultaba, latía. A ello contribuían las semanas en que mi tío Amador y yo, los dos solos, compartíamos la gran casa de los abuelos.

A menudo compartía con mi tío la habitación de dos camas que daba a la terraza norte. Aún puedo sentir la ilusión que sentía cuando me acostaba o me despertaba en ella. Me tumbaba en aquel colchón estrecho e irregular, y contemplaba a mi izquierda el papel estampado de la pared. Más allá de mis pies había una cómoda de amplios cajones llenos de mapas viejos, recortes de periódico, revistas y otras sorpresas. Mi tío dormía a la derecha, en la pared opuesta. Muchos días, al levantarme, abría la ventana y pasaba directamente a través de ella a la terraza, y allí me dejaba espabilar por el aire fresco, contemplando durante unos minutos el paisaje a la luz de la mañana, esa luz tan distinta a la de Madrid.

Desde la terraza era frecuente escucharle  trabajar. Una carretilla desplazándose por la huerta, una pala hincándose en arena, un martillo rompiendo tejas. Solía empezar la jornada un par de horas antes que yo. Rugía dentro de él un motor perfectamente engrasado, que parecía funcionar con una ilusión permanente. Los engranajes de transmisión de aquel motor se ponían en marcha cada mañana, sin estrépito ni fuegos de artificio, pero de forma constante e infalible. Parecía que, gracias a esa maquinaria, Amador había construido durante décadas un sólido armazón de hábitos y disciplinas en el cual insertaba, día tras día, multitud de horas de trabajo. Pero también formaban parte de esa estructura largas horas de paseos y lectura.

Cuando le veía sentado sobre unos de los bancos de piedra que flanqueaban la entrada a la casa, casi podía percibir cómo, tras la relajación aparente, en el interior de aquella cabeza de pelo escaso y plateado se tomaban decisiones, se gestaban y desarrollaban proyectos. De allí podría surgir la reforma de la cocina, la construcción de un muro, o la elaboración de un bello adorno para la terraza que tintineara movido por la brisa. “Pensar, decidir, actuar”, repetía. El niño que fui observaba los rasgos de aquella fuerte personalidad con curiosidad e interés.

Cuando estábamos juntos, mi tío apenas callaba. Como yo casi no hablaba, y ambas cualidades eran manifestaciones naturales de nuestro carácter, formábamos un equipo armonioso. Yo escuchaba con placer sus opiniones, anécdotas, vivencias y bromas. Sus relatos estaban tan bien condimentados que cuestionar su veracidad carecía de sentido. Se convirtió para mí en una de esas voces que a uno le apetece escuchar, dijera lo que dijera. En muchas ocasiones me alejaba de mis amigos del pueblo, me introducía en la casa, buscaba a mi tío y pasaba un rato con él, ayudándole en algunos de los innumerables trabajos que llevó a cabo durante aquella época. Sus cualidades, que en muchos casos eran mis carencias, me fascinaban. Cuando estaba con él, automáticamente el mundo se estructuraba, parecía que los elementos se situaban cada uno en su lugar, siguiendo un orden firme y bello. Como si la realidad adquiriera de repente cierto equilibrio.

Después de comer, disfrutaba de cortas siestas antes de continuar con el trabajo y, acabada la cena, cogía una enorme linterna metálica y se disponía a pasear durante al menos una hora, hasta la chopera, o hasta el pueblo de Villanueva la Blanca. “La comida reposada, y la cena paseada”, como se decía por la zona. Yo le acompañaba casi siempre, y era en estos paseos nocturnos cuando presenciaba una de las más bellas imágenes que conservo de mi infancia. Caminábamos por la parcelaria bajo un cielo nocturno plagado de estrellas, con una luna que permitía ver perfectamente el camino y los matorrales que lo limitaban. Llegábamos a la chopera; solo se escuchaba una leve brisa que agitaba suavemente las altas ramas, produciendo un tenue sonido maravilloso. Entonces, de manera repentina, mi tío dirigía el chorro de luz de la linterna hacia las copas de los chopos. Agitaba la luz sobre aquella misteriosa masa verde y, al instante, decenas y decenas de pájaros salían volando en varias direcciones, formando un gran estrépito, arrancados del sueño, asustados. La escena duraba cuatro o cinco segundos; luego los pájaros desaparecían. Era irreal y fantástico.

 

La luz que todos poseemos, propia e irrepetible, se ha alimentado durante nuestro recorrido de múltiples fuentes, bajo las más variadas formas. De entre estas fuentes, los torrentes de luz que nos nutrieron en nuestra infancia y juventud temprana pudieron penetrar hasta rincones recónditos, ocultos después por multitud de sedimentos y cortezas endurecidas. Ocultos y, por suerte, inexpugnables. De alguna manera pasaron a formar parte de los cimientos de nuestro edificio. Ya en el ecuador de mi vida, cuando miro atrás, siento aquella luz compartida con mi tío como un tesoro. No me he parecido demasiado a él. Mis cualidades y defectos han sido otros, y nuestros caminos vitales han sido, por fuerza, muy diferentes, al igual que los motores que han determinado nuestros destinos. Pero creo que ambos mecanismos han tenido unos combustibles en común: un espíritu independiente y creador, y cierta ‘no necesidad’ del prójimo, nunca absoluta, pero si suficiente para poder desarrollar un sano culto al ‘yo’, a la belleza íntima del motor propio. Creo que mi tío cuidaba siempre con celo de esa singularidad, tan rara de ver, tan brillante. Y conservaba con fuerza y orgullo la determinación de relacionarse con el resto del mundo de acuerdo a esa luz que le era propia.

Es un privilegio sentir aún el calor desprendido por la presencia de Amador, mientras colocaba piedras en el muro de la finca junto al cementerio, o colocaba tejas sobre la cubierta de la leñera. Recordar su cuerpo delgado y vigoroso, y la expresión seria de su rostro mientras intentaba, una vez más, tomarme el pelo. Me siento agradecido de que ese y tantos otros momentos vividos en su compañía me acompañen siempre en el camino.

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  • Natalia dice:

    Hola, Alberto
    Me ha encantado tu texto, muy bien escrito como siempre. He navegado por él y he encontrado amor, orgullo, agradecimiento, sensibilidad, miradas, recuerdo y admiración. Hay personas que son luz, suerte del que se cruza con ellas.
    Me encanta que el tío Amador, tras las horas de trabajo duro, reservara un tiempo para leer. Otra gran enseñanza más que te regaló.
    Creo que, si reduces tu texto a algo menos de la mitad, te vale para mandarlo a la nueva propuesta de escritura de BlackieBooks 😉
    Llevo tiempo pensando que estás tardando en ponerte a escribir un libro, de relatos o una novela o lo que sea, pero no te guardes todo tu potencial para ti mismo. Un amigo me dijo un día que, el que tiene un don, tiene la obligación de compartirlo. Tú lo tienes, permite que disfrutemos de él.

    En lo formal, te falta una tilde en un sí afirmativo:
    “pero sí suficiente para poder desarrollar un sano culto al ‘yo’”

    Enhorabuena por tu trabajo. Tienes en mí a una fan 🙂
    Nos leemos.

    • Alberto dice:

      Natalia, te agradezco mucho tus palabras. Tengo que ampliar además el agradecimiento, pues sin tu esfuerzo por crear y mantener a flote este blog seguramente estos meses no estaría escribiendo. Y es que ese es uno de los rasgos de mi personalidad, tengo demasiadas pasiones, y cuando intento profundizar demasiado en una, las demás se resienten y se quejan. Escribir un libro es una apuesta alta, ahora no es el momento, pero más adelante, ¿por qué no? Un abrazo

      • Natalia dice:

        Alberto, gracias a ti. Entre todos mantenemos este blog a flote 🙂
        Yo creo que Jose y Jorge tienen el mismo compromiso que yo con él. Carlos y Yuri están con otras ocupaciones y es comprensible, las circunstancias de cada uno van cambiando. Espero que puedan volver en algún momento porque se les echa de menos.
        Diana espero que pueda ir encontrando un hueco entre nosotros, entiendo que es difícil ser nuevo. Gracias por tu esfuerzo, Diana.
        Y tú, estarás en otra etapa distinta a cuando empezamos. Hay mucho trabajo y responsabilidades. Agradezco tu esfuerzo por escribir y publicar y, si yo te animo un poco, pues me alegro mucho 🙂 No puedo disfrutar de tus otras aficiones pero de la escritura, sí. Si me dejas.
        Es difícil encontrar personas que leen, que están en la vida desde una posición atenta y sensible, que escriben y saben transmitir emociones con palabras y crear pequeños mundos. Veo humildad y ganas de aprender y me siento muy a gusto.
        No quiero perder este rinconcito. A mí me hace mucho bien (aquí va un corazón).
        Un abrazo.

  • Jose dice:

    Hola, Alberto
    He tocado al tío Amador gracias al exhaustivo análisis que le has hecho, cargado con tanta emoción y prosa bella. He sentido las emociones que te transportan al pueblo de tu madre. Has abierto el corazón y envuelto con la historia.
    Suscribo lo dicho por Natalia, ¿y tu libro pa’cuando?

    Nos leemos.

  • Jorge dice:

    ¡Qué hermoso Alberto!
    Que gran homenaje a tu tío Amador. Espero que tenga la oportunidad de leerlo, no sé si será posible.
    Haces una descripción sincera y emotiva. Me gusta como nos has acercado a su forma de vida y como te has detenido en la imagen de esos pájaros despertándose por encima de los chopos. Que bien nos has metido dentro.
    Quiero destacar una frase profunda en tu reflexión del final: “los torrentes de luz que nos nutrieron en nuestra infancia y juventud temprana pudieron penetrar hasta rincones recónditos, ocultos después por multitud de sedimentos y cortezas endurecidas. Ocultos y, por suerte, inexpugnable”. Preciosa.
    Yo también pienso que ya estas mas que preparado para dar a conocer ese potencial que tienes, y también comprendo que tienes que encontrar tu momento, o él te encontrará a ti.
    Una vez leí: “el que acierta con la primera nota de la música misteriosa de cada tiempo, ya no puede eximirse de acabar la melodía”.
    Un placer leerte.

  • Diana dice:

    Hola Alberto.
    Me ha encantado tu relato, que bellos recuerdos. Lo cierto es que tengo poco que decir, más que gracias por compartirlo. Llevas muy bien al lector, nos sentimos dentro de ese cuadro que nos pintas con tanta emoción. Precioso.
    Un abrazo muy fuerte.
    Nos leemos.

  • Carlos dice:

    Hola Alberto,
    creo que nos has trasladado tus recuerdos de niñez de forma excelente, muy emotiva. He podido seguir fácilmente el discurrir del relato, con unas descripciones muy visuales.
    Lo cierto es que en la infancia hay enseñanzas que se fijan a nuestros cimientos y que nos ayudan a crecer. Percibo en tus palabras una voluntad fuerte para sacar las cosas adelante y una forma de ser un tanto tranquila y solitaria, aislada del ruido de la sociedad que a veces nos arrastra y nos distrae.
    Cuando hablas de “Pensar, decidir, actuar” me ha recordado al ciclo de la mejora continua de la calidad de Deming “planificar, hacer, verificar y actuar”, de los años 50, y me ha hecho pensar de si Amador lo sabía como filosofía popular o es por alguno de los libros que cayeron en sus manos.

    Enhorabuena

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