Salí del apartamento y recibí el golpe de frío de las calles de Edmonton. Caminé contemplando los carteles luminosos de los comercios a través del abundante vaho de mi respiración: pizzerías, lavanderías, pubs, un restaurante tailandés… Un panel me informó al llegar a Stony Plain Road:

18:23   ***   -5 ºC   ***   cielos despejados

La avenida se veía bastante animada, dentro de los estándares de la ciudad. Muchas parejas y grupos de amigos aprovechaban el viernes noche para salir a cenar. Yo había quedado con Noah en un mexicano junto a Railtown Park. Le gustaba el picante, dijo. En solo diez minutos la conocería en persona. Parado en un paso de cebra, mientras los coches y autobuses pasaban frente a mí, descubrí el restaurante al otro lado de la calzada. Noté el estómago algo encogido, y un hormigueo subía por mi pecho hasta rodear levemente la garganta.

Alcancé la acera contraria, y en ese momento una mujer con abrigo largo de color veis empujó la puerta del mexicano con gesto elegante, desapareciendo en el interior. Cuando entré, ya estaba acomodada en la barra, con el abrigo sobre sus piernas. Alzó la mirada y, al reconocerme, me dedicó una amplia sonrisa. Me acerqué observando los labios de carmín rojo, y unos bonitos pendientes plateados con forma de cerilla bajo la corta melena rubia. Jersey de lana blanco, vaqueros azules muy ceñidos, botas negras. Conteniendo a duras penas mis nervios, le devolví la sonrisa y la besé en la mejilla. Ambos reímos antes de pronunciar las primeras palabras. El camarero le trajo una cerveza tostada, y pedí otra para mí. Rompí el hielo con un comentario acerca del clima canadiense, y la conversación comenzó a fluir. Pensé que desde fuera se nos vería como dos viejos amigos, quizá dos enamorados en su tercera o cuarta noche de romance. A veces, la espuma del vaso permanecía durante unos segundos en sus labios rojos. Aquello me excitaba. Ana odiaba la cerveza, el vino era la única bebida alcohólica que consentía.

Era curioso que no sintiera culpa cuando la imagen de Ana me venía a la cabeza. Eran dos realidades demasiado alejadas como para mezclarse: Canadá y Málaga. Mi familia vivía en Marte, y yo en Saturno. Había venido a este extraño planeta a ganar dinero, con un plazo limitado de un año. Se ganaba mucho dinero en Saturno. En Marte… solo paro, sueldos de mierda, gente embrutecida. Tal vez no fuera justo pensar así, pero seguía enfadado con mi tierra. Se puede decir que me había obligado a abandonarla para sobrevivir.

En Saturno trabajaba cincuenta horas de lunes a viernes, encajando una tubería de gas a través de los bosques congelados. Un paisaje fascinante; pero no era mi hábitat. Los fines de semana, en Edmonton, necesitaba calor. Una chispa que incendiara el hueco que percibía de continuo en mi corazón, que lo arrasara todo, dejándome exhausto, satisfecho, en paz con el mundo por fin. La chispa vino a mi encuentro en un chat de solteros. Se llamaba Noah, y parecía capaz de incendiar Saturno entero. Ana y el pequeño Carlos estaban a salvo del fuego, a ocho mil kilómetros de distancia.

La noche con Noah superó todas mis previsiones. Me sentí veinte años más joven. De hecho, me sentí joven de nuevo. Rebosante de vida. La cena, las risas, las primeras caricias, la mirada felina de Noah bajo el flequillo rubio, las copas de Bourbon con hielo en el pub de camino a su casa. El ático decorado en madera, el enorme colchón sobre el suelo rodeado de velas, ‘Forever Lost’, de God Is An Astronaut, sonando en su equipo de música mientras nos desnudábamos. Lost. Perdidos en Saturno. Cuando Noah se quedó dormida a mi lado di gracias al creador por estar vivo. Había regresado el fuego.

Desayunamos juntos, disfrutando aún de la recién estrenada complicidad. Me despedí de ella con un largo beso en los labios. Salí a la calle; la encontré envuelta en una hermosa capa de niebla que desfiguraba los contornos. Alcé la cabeza al llegar a la altura del panel de Stony Plain Road:

11:07   ***   -6,3 ºC   ***   cielos despejados

La temperatura en el exterior apenas cambiaba. Era indiferente a nuestros minúsculos vaivenes emocionales. Los incendios de los corazones humanos no eran advertidos por la nieve eterna de los bosques de Albertia. Cuando volviera al trabajo el lunes, la tubería de gas seguiría enterrada en el suelo, gris y helada.

De vuelta en el apartamento, dejé las llaves en la mesilla y entré en la cocina. Preparé un café y me senté en el sofá, con mis manos rodeando la taza caliente. Mis ojos se fijaron en la postal de la pared, junto a la librería. Ana y Carlos en un tobogán. Al fondo, la playa de la Malagueta. El Mediterráneo y el cielo azul. El planeta Marte. Noté como el hueco entre las costillas comenzaba a renacer de las cenizas. No tardaría en alcanzar la dimensión inicial. Siempre regresaba al campo de batalla. Podía sentirlo: un muerto viviente fiero, indomable, surgiendo de la tierra sobre el cuerpo podrido de un caballo negro. «Camino equivocado», me decía con sonrisa burlona. Luego rozó mi garganta con la punta de su espada y continuó, desafiante: «¿O acaso era ese el camino?». «No», tuve que reconocer. «No era ese».

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  • Natalia dice:

    Hola, Alberto
    Me ha gustado mucho tu relato. Siempre bien escrito, ordenado y coherente.
    El último párrafo he tenido que releerlo varias veces para asegurarme de que lo entendía bien.
    Me quedo con la sensación de vacío del protagonista que, aunque haya intentado encontrar la chispa, no lo ha conseguido. Pese a haber disfrutado el encuentro, la infidelidad, en el fondo, vuelve al vacío inicial. Una desazón. Por no estar en su país, por estar lejos de casa y de la familia, por sentirse solo a 8000 km…
    La imagen que utilizas del muerto viviente y el caballo podrido me ha recordado a “Juego de tronos” y sus caminantes blancos. Esa espada en el cuello, le obliga a confesar. Y luego, la culpa.

    En lo formal, el color es beis (con b) o beige.

    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 🙂

  • Jose Romero dice:

    Hola, Alberto
    escribo sin ver otros comentarios. Quizás me repita algo pero prefiero no condicionarme. El texto me ha encantado, el estilo, la justa descripción a la vez que exhaustiva, en los momentos importantes. Las dos partes del contenido las encuentro clara: la primera, el encuentro con Noah. La segunda, las reflexiones sobre lo que ha ocurrido.
    Si hay infidelidades que se pueden justificar, creo que ésta sería una de ellas. Me parece tremendamente comprensible cómo se puede sentir un malagueño en Canadá, dedicándose a currar todas las horas del mundo a la intemperie. Se congela el cuerpo pero sobre todo se congela el corazón. La necesidad de calor se palpa y ese calor lo encuentra el protagonista con Noah. Queda palpable la bipolaridad típica del ser humano: la conciencia por un lado; los anhelos primarios, por otro. Aún así, es capaz de reflexionar sobre si le conviene o no. Y concluye que no; sin embargo, volverá a caer porque necesita seguir respirando, que es lo que le dio ese primer encuentro y se lo darán los siguientes. Pero, recién eyaculado, las cosas se ven con claridad meridiana; claridad, que se va difuminando como el humo que se va alejando de su chimenea.

    Enhorabuena.

    • Alberto dice:

      Gracias Jose. He intentado mostrar que el personaje duda acerca de si la aventura sirve o no para llenar el vacío que siente. El juicio ético, si está bien o mal, imagino que también lo hará, fuera del texto 🙂 Un abrazo

    • Alberto dice:

      Jose, una pregunta gramatical: ¿es correcto escribir tu nombre sin tilde, tal y como se pronuncia en muchos casos?
      EDITO: He encontrado una consulta a la RAE en la que dicen que si pronuncias Jose es correcto escribir Jose.

  • Jorge dice:

    Hola Alberto.
    Hermoso relato. Bien escrito y con buenos ritmos.
    Me gusta que hayas empezado la historia con acción. Explicas brevemente el entorno y pasas directamente a la cita. Una vez metidos en la historia, es cuando nos cuentas la situación del protagonista. Esa metáfora de Marte y Saturno está muy conseguida y bien utilizada para el cierre. Esas son las costuras que arman los textos.
    La situación humana del protagonista es muy compleja. Es posible, que hasta justifiquemos su acción. Habrá quien diga, que debería pactarlo antes con su pareja, y habrá quien diga, que esas cosas nunca se deben contar. Es una situación muy difícil y que no va acorde con la vida natural del ser humano.
    En el último párrafo, donde aparecen las reflexiones del personaje, y los párrafos mas literarios, los he tenido que leer mas de una vez para interpretarlos. Ahí lo dejo.
    Enhorabuena.
    Nos leemos.

    • Alberto dice:

      Gracias, Jorge. Es cierto que el final queda algo atropellado, críptico (Natalia comentó algo parecido). Aparte, le di rienda suelta al cuelgue con lo del muerto viviente…

  • Carlos dice:

    Hola Alberto,
    me ha gustado mucho tu relato, la forma en que fluye, los ambientes con contrastes, la música, nos traslada lejos.
    Parece que el frío y la soledad en Canadá le habían cambiado, se sentía alejado de su familia y buscaba esa chispa que le hiciera sentirse humano.
    El final, es cierto que es un poco críptico y quizás convendría terminarlo más simple, pero se percibe cierto vacío y sensación de culpa.
    Enhorabuena!

  • Yuri dice:

    Hola Alberto,

    Un gran texto. Me ha encantado, y encima me has descubierto una gran canción (la escucho mientras te comento). La canción encaja perfectamente con el momento, y le da un pequeño broche adicional. Como a otros compis, el final también me ha sacado un poco del texto y he tenido que volver a leerlo. No sé porqué, pero es como que no termina de encajar con el resto del texto. Las sensaciones las transmite igualmente, pero la imagen me chirría. No sé explicar porqué. La metáfora entre Marte y Saturno está muy lograda, y me ha encantado la frase de “Se llamaba Noah, y parecía capaz de incendiar Saturno entero”.

    Ya te lo han comentado, pero se dice Beis o Beige.

    Muy buen texto, enhorabuena.
    Un abrazo,

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