El niño miraba dentro del bolso de su madre. Ella le dejaba hacer. En la sala había un cartel invitando a la vacunación contra la gripe. Era lo único en una pared inmensa. No se gastaban mucho dinero en decoración. Yo esperaba a que me llamaran. El niño había encontrado un bolígrafo y sonreía como quien ha encontrado un tesoro. Tenía toda la vida por delante. Que ojos más expresivos.

En la llamada de teléfono me habían insistido que los resultados me los daría la médico. Yo no dejaba de pensar que otros resultados, me los enviaban directamente a casa o me los entregaban en el mostrador. Intuía que aquello no era buena señal. Recordaba aquel día.

 

Nos habíamos levantado muy temprano. Marisa viajaba otra vez a Brasil, en aquella auditoría eterna que la hizo estar viajando varios meses. Yo también viajaba ese día, a Barcelona, y bendecía que hubiera AVE porque no soportaba subirme a un avión. Aquella mañana desayunamos juntos, pero con las prisas para llegar a nuestros respectivos compromisos. Solo nos dimos un beso y yo echaba de menos aquellas despedidas efusivas, tiempo atrás.

Montado en mi ave, durante el viaje, pensaba que nuestra relación estaba estancada. A mí me apetecía tener hijos, pero Marisa no quería, estaba obsesionada con que pudieran nacer con malformaciones o microcefalias. Nos faltaba un proyecto común más allá de vivir juntos. Debíamos pararnos a hablar y esta vida de la ceca a la meca no nos ofrecía muchas oportunidades. Y fue en ese viaje de ida, mientras estaba absorto en mis cavilaciones, cuando la vi a ella por primera vez. Recuerdo haberla visto, pero no recuerdo fijarme expresamente. Fue fortuito. Ella pedía ayuda a otro pasajero para que le subiese la maleta. Recuerdo como le sonreía.

Aquel día de trabajo se dio bien y había terminado antes de lo esperado. Estaba en la sala Club de la estación de Sants con tiempo por delante, buena comida, bebida y una conexión Wifi. No tenía a nadie esperando en casa. Entonces la volví a ver. Se sentó en el mismo grupo de sillones que yo. Puede ser que fuera porque me acordaba de ella o puede ser porque me resultó atractiva, pero en esta ocasión me fijé en su pelo negro ondulando sobre sus orejas, sus mejillas, sus hombros y la curva de sus senos. Su blusa blanca se abría mostrando el escote.

—¿Sabes dónde tienen el vino? —me preguntó.

—Ahora hay que pedir botellas enteras. Pero necesitas tarjeta oro.

Ella subió las cejas y chasco la lengua, mostrando su decepción.

—Yo estaba a punto de pedir una —dije —¿Quieres que la compartamos?

Me regaló su sonrisa brillante. Me gustó ese gesto espontáneo. Nos presentamos, bebimos vino. Descubrimos que coincidíamos en el sector de las tecnologías. Bebimos vino. Estuvimos evitando hablar sobre la independencia de Cataluña. Confesamos lo agotadores que son esos viajes de un día y nos alegramos de habernos encontrado. La botella se había acabado y los dos estábamos contentos, locuaces. Pasamos a los gin-tonics y ya estábamos sentados en el mismo sofá.

Miraba sus labios. Los miraba y remiraba mientras ella hablaba, dejando entrever esa dentadura impoluta. La misma dentadura de la sonrisa que me regaló. Me gustaba el rojo de aquellos labios moviéndose. Ese color rojo intenso. ¿sería Russian red o Red stiletto? Me sentía culpable de no apartar la vista de aquellos labios gruesos. Me preguntaba si el anhelo de besar aquellos labios podía considerarse infidelidad.

—Para mí el gin-tonic más refrescante es el de Hendricks con pepino. ¿no crees? De hecho, me atrevería a decir que fue ese maridaje el que trajo la moda de los gin-tonics a España.

—Ya, es una pena que aquí no tengan rodajas de pepino. Sin embargo, yo me vuelvo loca con Puerto de indias. Sé que es muy dulce, pero es mi favorita.

Los labios seguían su ritmo arriba y abajo. El olor, ya tenue, de su perfume me llenaba la conciencia. Me sentía como un adolescente. ¡Me sentía tan bien!, y sobre todo, sentía que yo la hacía sentir bien. Era una sensación tremendamente adictiva y quería más, quería que no se terminara. ¿Sería infidelidad besar esos labios? Y mientras pensaba y veía su pelo señalarme el encaje tras el translucido de su blusa y olía aquel olor que me recordaba al jazmín, sentí mis labios húmedos y llenos de su boca. Y fueron mis labios y no yo, quienes devolvieron ese beso. Y fueron mis manos y no yo, quienes la cogieron de su cintura y su cabeza. Y fue mi deseo y no yo, quien despertó como hacía tiempo que no despertaba. Y era su respiración la que inflamaba mi deseo, ya desbocado, y lo podía sentir bajo mi pantalón.

Nos separamos para coger aire. Se levantó y tiró de mí. «Acompáñame» me dijo. Me llevó de la mano al cuarto de baño, sin reparar en satisfacer el ansia durante el recorrido. Me sentía torpe. Me sentía infantil. ¿Me sentía culpable? Me sentía novato. Me besaba en la oreja y me hacía cosquillas, pero era su respiración, su ritmo acelerado lo que me excitaba sin descanso. A estas alturas el rubor exclamaba por cada poro de nuestros cuerpos. Busqué su sexo y lo encontré húmedo. Gemía mientras lo acariciaba y me excité aún más. No me acuerdo como le quité la ropa. Ni siquiera me acuerdo si se la quité. Pero si recuerdo sus pezones duros desafiándome, y recuerdo que la poseí con furia y que ella me empujaba a que lo siguiera haciendo. Acompasados, rítmicamente, dando rienda a nuestro instinto primitivo. Sudando, empujando, bramando.

Aún jadeaba. Ella se recomponía en el poco espacio que teníamos. Se colocó la falda y salió a lavarse la cara y refrescarse. Yo estaba aún con los pantalones en los tobillos y ella volvía del lavabo. Me dio un beso tierno. «Ha estado genial» me dijo. Y susurrándome al oído me confesó «Por cierto, tengo el SIDA». Salió por la puerta regalándome, otra vez, aquella sonrisa.

Sin todavía haberme vestido, aturdido, estaba tratando de entender qué había pasado, y sobre todo qué había dicho. Sería una broma, claro. En cuanto saliera, seguro que estaría ella en los sillones partiéndose de risa de mi cara. Me vestí, salí a la sala y ella ya no estaba. No podía pensar con claridad. Por un lado, aún persistía el olor a jazmín y por el otro el recuerdo de esa despedida.

 

El niño pintaba con frenesí una hoja de un periódico atrasado. Un señor con bastón tenía dificultades para sentarse y me ofrecí a ayudarle. Me preguntaba si era posible haber tenido tanta mala suerte. Me preguntaba cómo sería la vida eternamente medicado, pero esa era la mejor de las opciones, el resto, mejor no preguntármela.

Pero, sobre todo, se lo tendría que contar a Marisa a su vuelta. ¿Cómo se lo iba a decir?

— Señor Rodríguez, por favor, pase a consulta —dijo una enfermera.

Me levanté, me movía despacio, como un animal en toriles, sabiendo su suerte. No quería escuchar, quería despertarme de ese mal sueño. Me senté y saludé a la médico.

—He dado positivo, ¿verdad? —pregunté convencido.

—Pues sí, ha dado usted positivo —me contestó sin dudar.

Imaginariamente llevé mis manos a la cara y quise esconder allí mi rostro, mi vergüenza, mi culpa. Me sentía como un salvaje despojado de su soberbia. Mi semblante se derretía delante de aquella profesional y las palabras se perdían antes de formar sonido en los recovecos de mi garganta o en las catacumbas de mi ingenuidad.

—¿Qué tiempo me queda de vida? He leído que ahora la enfermedad se puede controlar y se puede seguir viviendo —pregunté.

—Pero qué dice usted, señor Rodríguez. Por lo que yo sé usted va a seguir viviendo mucho tiempo.

—Pero, pero, … ¿no me ha dicho usted que he dado positivo y que tengo el SIDA?

—¿SIDA?, no hombre. Usted ha dado positivo en Zika. ¿viaja usted mucho a Suramérica o a la Polinesia?

El silencio lo llenó todo. Y ese silencio empezó a dibujar interrogantes imaginarios en el aire, en mi cabeza, en el enorme arco que ahora dibujaban mis cejas. Preguntas que necesitaban una respuesta. Respiré profundo. Vi un boli sobre la mesa de la doctora y me pareció un tesoro.

Join the discussion 10 Comentarios

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado mucho tu texto, tiene buen ritmo. Creo que mejoras a pasos agigantados: en el estilo y en la forma de tus relatos. Felicidades.

    Hemos coincidido en la dificultad, en algunas parejas, de llegar a un acuerdo sobre tener hijos. Y en el estancamiento de las parejas de larga duración. Claro está que las posibles infidelidades nacen de un malestar en la pareja, de notar que falta algo, que se fue la chispa… Aunque habrá de todo.

    En lo formal, falta la tilde en “chascó”.
    Yo hubiera puesto “Me sentía tan bien…” con puntos suspensivos, sin exclamaciones.
    Estas frases creo que quedan mejor así: “No recuerdo cómo le quité la ropa. Ni siquiera recuerdo si se la quité. Pero sí…”

    Qué mala, la muchacha… Yo hubiera puesto. “Tengo SIDA”. Sin el artículo.
    Y bolígrafo, no “boli”.

    Ya está. Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 🙂

  • Jose Romero dice:

    Hola, Jorge
    me ha gustado mucho. Discrepo con Natalia en algo, No creo que vayas mejorando. Yo siempre te he visto bien arriba. Pero es subjetivo.
    Si de sensaciones hablamos, has conseguido ponerme a cien. La situación es muy sugerente. Me divierte cuando él va preguntándose si es infidelidad anhelar besarla y después si era infidelidad besarla. Pensaba que ibas a seguir in crescendo, como quemando etapas de infidelidad, o de dudas respecto a ella. El “Me sentía culpable de no apartar la vista de aquellos labios gruesos” después de una botella de vino y varios gintonics no me resulta especialmente creíble, sobre todo porque la emoción del momento creo que le puede turbar cualquier otra cosa y más viendo cómo termina ese enc
    uentro.
    Habéis coincidido Natalia y tú en el tema de los niños como motor de cambio para situaciones de estancamiento. Verlo repetido no es casualidad. Me da un poco de miedo que en el sentir de gran parte de nosotros estén los niños como solución a parejas que han perdido los valores que motivaron su creación.
    Vuelvo a la escena con la desalmada. Me gusta lo bien hilvanada que está y cómo logras que nos pongamos a la vez que ellos.

    Habia olvidado la escena presente hasta que el protagonista ha regresado. Y ese final sin cierre pero que intuímos cómo termina también me gusta.

    Me lo he pasado en grande. Gracias.

    • Jose Romero dice:

      ¡¡Me dejé unos párrafos por leer!!. Lo copié para analizarlo en word y me dejé el final. Perdona. Termino entonces de comentar, eliminando esa frase (no sé por qué no puedo editar el comentario anterior):
      viendo lo que me faltaba, casi hubiese preferido haberlo terminado donde lo dejé 😉 Me patina un poco cómo termina, la confusión entre SIDA y Zika, aunque entiendo el cariz que puede tomar su relación con su pareja sobre todo si se plantea las posibles formas de transmisión. Alguna que otra conversación van a necesitar.

      Un abrazo

  • Natalia dice:

    Hoy Jose y yo no estamos de acuerdo… jejeje
    Yo creo que ha mejorado mucho la forma, sólo le ha faltado una tilde. Y ha puesto todas las comas.
    En cuanto al estilo, alterna frases cortas con frases más largas para dar ritmo. Y creo que escribe con mucha seguridad.

  • Yuri dice:

    Hola, Jorge,

    Me ha gustado mucho tu historia. Lo que más me gusta es que se nota que siempre te lo pasas escribiendo y lo transmites con mucha facilidad. Eso es un tesoro. No lo pierdas. La parte de los labios y del sexo en el baño me han gustado mucho. Te ha quedado muy logrado y no me parece fácil. La confusión de SIDA y ZIKA, también. Confieso que al principio me ha despistado mucho porque no tenía ni idea de que es el ZIKA y he tenido que buscarlo, ver como se transmite, etc.

    Pensando en la historia, la chica me genera intriga. Tiene que tener muy mala leche, o una muy buena razón, para acostarse con un tío que no conoce sin protección sabiendo que tiene lo del ZIKA y se transmite así. Y encima desaparece sin más. Creo que tiene bastante más chicha su historia que la de él, por si te apetece explorarla.

    Un abrazo y gracias por regalarnos otro texto,
    Yuri

    • Jose Romero dice:

      Pues yo he llegado a una conclusión bien distinta. Yo creo que la chica no tiene nada pero simplemente es la forma de decirle que no se cuelgue por ella, que eso sólo ha sido un polvo y ya está. Y si tiene zika es por los viajes frecuentes a Brasil de su mujer, país al que viaja mucho, (¿serán todos con ocasión de su trabajo de consultora o será una excusa para mantener algún affaire?). Conjeturas.

      • Natalia dice:

        Aquí elucubrando… eso encaja con el miedo de su mujer a quedarse embarazada y a las malformaciones. Tiene zika por ella.
        A Jorge le gusta dejar alguna pista sobre el desenlace por el camino, para ver si la pillamos… Ya nos dirás.
        Aunque entonces es él quien le hace una faena a la muchacha del ave. Porque, si él tiene zika, la contagiada va a ser ella.

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,
    un encuentro muy de película.
    Algunas imágenes sugerentes, un buen vino y una conversación en la que te fijas más en sus labios y en su voz más que en sus palabras nunca sabes donde te puede llevar.
    Por otro lado me entran dudas donde está el alcohol en la Sala Club, no lo he visto, será cosa de la tarjeta oro.
    Lo de decirle lo del SIDA me ha recordado un chiste sobre la postura de “caballo loco”, de no muy buen gusto.
    Qué cosas!, a mi me ha dado por pensar en que con tanto ajetreo seguro que se han dejado el ordenador fuera y al salir se lo han robado, jeje. Menuda historia para contar.
    Enhorabuena

  • Alberto dice:

    Utilizas en el primer párrafo un ritmo de frases cortas, que me ha sorprendido un poco en tu estilo. Es curioso que, al igual que Natalia, os surja el término ‘estancado’ y la problemática ‘él quiere hijos y ella no’. Las frases ‘Me sentía como un adolescente. ¡Me sentía tan bien!, y sobre todo, sentía que yo la hacía sentir bien. Era una sensación tremendamente adictiva y quería más, quería que no se terminara’ sintetizan muy bien lo que he sentido en situaciones similares. En especial la última, en que aludes a la adicción. Aunque la pregunta ‘¿Sería infidelidad besar esos labios?…’ Hombre, amigo… mira a ver jejeje Lo de que fueron sus labios y no él también es echarle mucho morro 😉 El párrafo del baño me parece muy bueno, con esos sentimientos encontrados del personaje. Me ha sorprendido el giro del SIDA… Se me había olvidado que estaba en un flashback. Buen final, con esas preguntas y ese boli dispuesto a ayudar.
    Muy entretenido, y queda la imagen de esa mujer misteriosa (y malvada? O con sentido del humor retorcido?) que desaparece en la estación de Sants.
    Yuri tiene razón: te lo pasas bien escribiendo y eso se transmite.
    Nos leemos.

  • Jorge dice:

    Muchas gracias a todos por vuestros comentarios.
    No os puedo aclarar todo. Si puedo confirmaros que el texto trata de que el lector deduzca que el Zika se lo ha pasado su mujer. Por tanto, se invierte la situación y el sentimiento ese de … ¿Cómo se lo voy a explicar?
    El resto de planteamientos no están resueltos. No se sabe si tiene sida o se lo ha inventado. No se sabe como su mujer cogió el Zika (aunque es posible creer que lo haya cogido de la misma manera que lo ha transmitido).
    Bueno, y ya está, que explicar los textos es tan malo como explicar los chistes.

    Muchas gracias por estar ahí y a escribir, no digáis que tenéis trabajo, que ahora esta prohibido trabajar.
    Un abrazo.

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