La tensión de sus cejas cansadas comenzó a desaparecer ese día, el último que invertiría para concluir la escultura. En la estancia que habilitó como taller tres décadas atrás, sentado sobre una silla de ruedas, descansaba el cuerpo de una anciana; una imagen creada en cera que lo miraba a punto de comerse un pedazo de tortilla de patatas del mismo material.
Arrimó un taburete, se colocó frente a ella y, poniéndose las gafas, permaneció unos minutos contemplándola. Al cabo de un rato, detectó algo que le pareció una imperfección y sus labios soltaron una mueca de desaprobación. Tomó la paleta de una mesita auxiliar, dispuso dos pegotes de pintura, uno negro y otro blanco, de sendos botes que previamente había estrujado, y tras mezclarlos, hundió un pincel en el denso punto grisáceo. Se sirvió de él para perfilar un defecto casi inapreciable en una de las cejas de la figura. Volvió a quedarse inmóvil, observándola. En la mirada arrugada del hombre se dibujaba, ahora sí, la satisfacción tras un trabajo meticuloso, uno más, de casi mil horas. Un cosquilleo recorrió su intestino, un impulso eléctrico que pareció recargarle.

Esa masa de cera humanizada  continuaba la colección, una serie de esculturas con sabor a reencuentro. Se puso detrás de la figura y, agachándose al oído, le susurró:

—Permíteme que te lleve al salón. ¿Dónde mejor vas a estar?

Con destreza se movió por un pasillo que tenía un par de giros a la derecha y uno a la izquierda. Parecía que el artista hubiese manejado esa silla cientos de veces antes. La estrechez del corredor no era un inconveniente para su paso acelerado. Los zócalos eran meros espectadores, acomodados en un destino plácido. Las ruedas de radios oxidados permitían deslizarse como una vida sin sobresaltos. Cuando llegó al comedor, aminoró el ritmo y la colocó en un extremo de la mesa, sobre la que un mantel a cuadros hacía presagiar la hora de la cena.
Encendió la televisión y dejó el mando cerca de la escultura, mientras él se marchaba a la cocina. Desde el salón se le oyó decir algo, un rumor que se diluía a lo largo de las losas de terrazo que separaban ambas estancias. Instantes después regresó con un par de platos, llenos de auténtica tortilla.
Se sentó en el otro extremo y se puso la servilleta de tela sobre su regazo. Allí, frente a su última creación, se esforzaba por recordar la última vez que tuvo compañía para cenar. Contuvo el gesto monótono, con unos músculos faciales desentrenados y tras decir «que aproveche» empezó a devorar el cuajado de patata y huevo.

—¿Tú no quieres más? —insinuó a la anciana escultura tras lo que intercambió los platos para seguir comiendo el único alimento—. La he hecho como te gusta, con el corte muy fino de la patata. Por cierto, se las he comprado a Tobías que las traía de su huerto y me ha preguntado por ti. He tenido que improvisar, ya sabes.

Unos minutos después, sin decir nada más, se pasó la servilleta por el bigote canoso, apagó la televisión y recogió la mesa, dejando tan solo las cuadrículas que el mantel imponía. Abandonó el salón a oscuras y llevó los platos y demás utensilios a la cocina. Cuando entró, sonrió a una anciana, gemela a la anterior, que estaba de pie batiendo inmóvil una masa de cera anaranjada, que semejaba a una materia líquida. Abrió la nevera y colocó la botella de agua en el hueco que apenas dejaban cuatro docenas de huevos, al estilo destacamento militar en formación, todos uniformes en pose y aspecto.

—Ya si eso friego otra vez yo, no te apures —dijo resoplando con aire de fingida queja.

En silencio continuó poniendo orden a la cocina hasta que recordó dar un aviso.

—Mañana por la mañana me ausentaré. Debo ir a la ciudad, a la tienda de taxidermia para comprar cosas que necesito.
Instantes después, apagaba las luces y recorría el pasillo en la penumbra. La memoria de décadas cubría la falta de información que captaban sus ojos. La única iluminación provenía de la sala de estar, al final del distribuidor. En cuatro latidos de corazón alcanzó esa habitación y, sin entrar, verificó el orden de las cosas allí dentro: una anciana, trilliza con las anteriores, daba un punto de ganchillo que se sumía en la eternidad, quizás teniendo continuidad en un universo paralelo. El hombre le dedicó una sonrisa nostálgica pero no dijo nada. Recordó que ese era el momento que la mujer, representada en esa figura de cera, destinaba a su meditación diaria: no se le podía molestar una vez se sentaba en el sillón balancín, ahora ocupado por la escultura. Por respeto a esa memoria, la bombilla de la lámpara no dejaba de alumbrar desde la caída del sol, a media tarde.
Cruzó la puerta de enfrente, la que daba acceso al baño. Se agachó para recoger un rollo vacío de papel higiénico del suelo y su espalda se retorció con un lamento mudo. Al incorporarse, alargó el brazo para descolgar de una percha un pijama de seda, el que su padre llevó hasta el día de su muerte, cuando él todavía jugaba a las canicas. Las medidas de aquella prenda habían sido su patrón durante media vida. Sólo un cuerpo proporcionado cabía dentro de esa tela poco flexible. Una vez cepillados los dientes, la mayoría suyos, se desvistió para ponerse la muda de cama. Como cada noche, procedía a hacerlo en el baño, para no molestar en el dormitorio.
Se descalzó con tal de no hacer ruido. Los calcetines gruesos con los que dormía aislaban los pies del frío suelo. Con los brazos palpando paredes llegó hasta su lado de la cama de matrimonio, en una habitación con un intenso olor aromatizado que se confundía con el rastro de un desinfectante desodorizante. Cuando se tumbó, dio un par de respiraciones profundas y alargó el brazo hasta tocar la mano fría de su compañera de lecho. Mientras su dedo recorría con delicadeza el camisón de raso reparó en la necesidad de cambiar las sábanas por unas limpias, ahora que tendría más tiempo libre hasta su siguiente figura de cera. Un hilo de preocupación se instaló en el entrecejo. Intuía que no sería fácil volver a mover el cuerpo embalsamado de su madre, que yacía a su lado en un sueño imperecedero. Tal vez, pensó, iba siendo hora de darle sepultura y poner en su lugar una durmiente de cera, mucho más ligera.

 

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  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Me ha gustado tu texto, creo que es una idea original y muy visual para el lector.
    Me parece que has contado muy bien cada movimiento, cada paso, has ido relatando con tranquilidad las sorpresas en forma de escultura de mujer que hay repartidas por la casa y has sembrado la duda con la visita a la tienda de taxidermia. Hemos llegado a la cama, al cuerpo embalsamado de la madre, y me he preguntado quiénes son entonces esas tres mujeres. ¿No son esculturas? Yo imaginaba a un escultor recreando la figura de su mujer fallecida por todas partes, para no sentirse solo. ¿Son cadáveres embalsamados? No pueden ser solo de su mujer fallecida porque hay tres… cuántas dudas.
    Cuando he llegado al párrafo final, he echado de menos algo más. Como si faltara una conclusión, una reflexión, un movimiento, un pensamiento del protagonista; en definitiva, un cierre. No sé qué pensarás tú ni cómo lo verán los demás pero es lo que me ha generado tu final.
    Enhorabuena por haber encontrado una historia que contar.
    Buen trabajo 😉

    • Jose dice:

      Gracias por leer y comentar.
      Las tres esculturas son de cera y solo hay un cuerpo embalsamado pero es de su…madre, al igual que las otras tres figuras. Tendré que dejarlo más claro.
      Pensaré un cierre convincente.

  • Jorge dice:

    Hola Jose.
    Vas dejando pistas adecuadas por el texto con el detalle de la taxidermia, de hecho me he llegado a preguntar si las de cera no estarían embalsamadas primero y luego recubiertas (también podría ser). Al llegar al final se descubre el cuerpo embalsamado. Lo de que sea de su madre pues es el giro que le has querido dar.
    Me gusta como el protagonista hace las acciones y como las describes, me permite meterme en la historia. Cuando cuelas información de narrador me sacas, por jemplo “treinta años”, pon hace varias décadas (mas narrativo y sutil). Otro ejemplo, cuando pones “ochocientas meticulosas horas” que no solo cuelas el adjetivo delante sino que nos metes las horas para que calculemos. Pon mejor “varios meses” y el meticuloso si es necesario pues en otro lado. La última chorrada “llamado zotal”, si quieres decir que es zotal, o te arriesgas a ponerlo quitando “desinfectante desodorizante” o pones los palabros y luego dices que recordaba al olor de zotal o algo así, pero “llamado zotal” no me encaja.
    Efectivametne en el relato hay un desenlace: el cuerpo embalsamado de la madre que da sentido a la historia, pero como dice Natalia faltaría un cierre que enmarque la historia. una idea: poner que la se fijó que la ceja de su madre no necesitaría nada de pintura, estaba tan bien como siempre y exclamó “-no hay nada como el original.”
    Bueno, que me he enrollado.
    Enhorabuena, (te vamos a quitar la X de este mes)
    Abrazo

    • Jose dice:

      Gracias por leer y comentar. La idea es que fueran de cera. No he vinculado directamente las 3 figuras de cera con el cuerpo embalsamado, pensando que se entendería que aquellas se basaban en la figura del cuerpo embalsamado. Pensaré el tema del cierre, con la esperanza de darle solución.

      Abrazos y pensando qué te digo de Saúl.

    • Jose dice:

      He añadido y cambiado cosas, la mayoría tendentes a reforzar una perspectiva horizontal a ras de suelo, con la introducción de los zócalos, el deslizamiento de las ruedas más los que ya había (los calcetines que evitan el frío suelo). Lo utilizo como símbolo también para encauzar el final, en el que el protagonista se plantea la opción de enterrarla, notando que él ya está mayor para acometer determinadas acciones, algo que podía haber hecho hace veinte años, cuando murió.
      He añadido también alguna información más que refleja el cansancio del artista.

  • Carlos dice:

    Hola Jose,
    a mi también me ha parecido una historia original e iba creando un ambiente un poco tétrico, en algunos momentos me parecía que hablaba de su mujer pero después ha quedado claro que era de su madre.
    En algunos momentos me ha resultado difícil leer algunas frases (por ejemplo líneas 2-4) y también he visto cierto abuso de adjetivos delante del nombre.
    Creo que se equilibraría más la historia metiendo menos descripción y contándonos algo de sus motivaciones para hacer lo que hacía.
    Quizás sigas desgranándonos la historia, ¿no?

    Buen trabajo.

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