El restaurador llega a las siete de la mañana a su taller de mueble viejo, como cada día laboral durante los últimos treinta años. Se desplaza con parsimonia por la sala repleta de reliquias de madera en horas bajas. En esos primeros momentos no enciende todas las luces del local; tan solo las suficientes para no tropezarse.

Decenas de muebles, en una atmósfera rancia, aguardan turno para recuperar parte de su esplendor.  El silencio de su espera parece estar cargado de expectación. Sus dueños vuelcan todas las esperanzas en el menudo artista de bigote generoso y manos delicadas que acude a su taller con un mono negro, hecho a medida, limpio y planchado, con el anagrama dorado de sus iniciales bordado a la altura del corazón y ribetes púrpuras en cada uno de sus bolsillos.

Después de dos horas trabajando pertrechado con un cinturón de piel del que cuelgan pequeñas herramientas, alguien llama al timbre. El sonido altera la concentración con que pasaba un pincel fino para ribetear el perfil de una cómoda. Se quita las gafas tras liberar sus manos, maldice y acude hasta la entrada refunfuñando y preguntándose para qué narices puso el cartel de no molestar si nadie se toma el tiempo de leerlo.

Abre la puerta y se encuentra con un hombre que entra sin saludar y mueve los brazos reclamándole la finalización de su pedido.

—Una cosa detrás de otra —le responde tratando de aparentar calma.

—Ya, pero si abriera por la tarde iría más rápido.

El anciano restaurador levanta las cejas ante lo que considera una impertinencia, aprieta el puño unos segundos y tras recuperar algo de ánimo tranquilo le responde.

—Las manos del artista deben descansar si quieren mantenerse afinadas y diestras —, tras lo cual sin perder la sonrisa le indica con el brazo la salida.

Mientras ve cómo se marcha el cliente, más enfadado que cuando llegó, recuerda cuando tuvo ocasión de contratar a la robusta Ofelia para impedir que la clientela más impaciente perturbase la paz que necesitan los muebles enfermos, y descartó la opción por la voz estridente de la buena mujer.

Instantes después, justo cuando se disponía a retomar el trabajo, con las gafas a punto de recolocar, vuelve a sonar el timbre. Abre la puerta y comprueba que es el aspirante a psiquiatra que viene a recoger un diván que había adquirido en algún rastrillo para ubicarlo en su recién estrenada consulta. Los pequeños desperfectos que mostraba cuando lo trajo se terminaron de arreglar el día anterior.

El siguiente encargo, que empezará hoy, es una silla veneciana, de mediados del siglo XIX, la centuria que más le atrajo durante su juventud en la facultad de Historia. Rememora la conversación con su propietario. Afirmaba que el ejemplar había formado parte del mobiliario del Palacio Capitolino en la época de Elías III hasta que, con la desaparición de la monarquía, se empezaron a extraviar piezas o repartirse entre los promotores de la I República.

Toma un taburete bajo y, con las pupilas dilatadas, se coloca frente a la silla para contemplarla con detenimiento. Ante sus ojos se posa firme sobre el suelo con un esqueleto de madera de caoba y un tapizado de terciopelo granate a franjas que cubre el asiento y se extiende a lo largo del respaldo, alrededor del cual un ornamento con hojas de oro recorre todo el perfil con formas onduladas.
El modelo carece de reposabrazos y las patas surgen del asiento en un arqueo pronunciado, en claro estilo cabriolé, a cuyo término hay labradas unas doradas garras de águila.

Se imagina algún ilustre personaje sentado en ella mientras opina con el monarca de turno acerca del futuro de la nación con ocasión de un ágape provisto de los mejores manjares. Emocionado, no se puede contener y con una cálida voz pregunta al vacío:
—Dime, hermosura, ¿cuántos libros podrías llenar con todos los secretos de los que fuiste testigo involuntario?
La silla parece mirarle y él se imagina un «ay, si usted supiera». Tras unos segundos de silencio, se acerca para susurrarle:
—Te prometo que volverás a lucir como antaño, aunque me cueste una eternidad encontrar este tapizado.

Un trabajo de esas características exigiría muchas horas de dedicación si bien el valor de la silla justificaba invertir sin reparo. Además del tapizado desteñido hay adornos seccionados, y el asiento se hunde. Aun así quería hacer un diagnóstico preciso para informar del presupuesto al dueño. Con tal fin decide abrir la parte inferior del asiento y comprobar los muelles. Es por ello que extrae las tachas para ir separando las cinchas de lona que se entrecruzan. Observa que una de ellas está levemente suelta y empieza por ahí. Se fija que parece haber sido manipulada. Con cuidado la extrae, junto con dos más, aunque quizás las tenga que reemplazar por un material nuevo. Cuando mete los dedos para estirar desde dentro siente una textura inesperada. Ha encontrado algo. Retira un poco más la cincha para poder sacar un papel plegado. Arquea las cejas en gesto de sorpresa. Observa que se trata de una carta lacrada con el sello de la flor de lis. De tono ocre intuyendo su antigüedad la sostiene sobre sus manos sin saber qué hacer. El ritmo de su corazón se ha descompasado de súbito, acelerándose por encima de lo recomendable. Tras dudar unos minutos se aventura a abrirla. Comprueba que está algo quebradiza y, junto con el inconfundible olor a papel viejo, concluye que no es de este siglo. Y además no parece que hubiese llegado a su destinatario. Así que se dispone a desflorar el contenido. La densa tinta de una pluma da forma a una caligrafía esbelta. Se coloca las gafas de cierre imantado que siempre lleva alrededor del cuello y empieza a leer:

Amada Celia,
Palacio está muy vacío sin Vuestra presencia. Le pido que vuelva conmigo. Es a Vos a quien idolatro, y no a Lucrecia. Mi reinado no tiene sentido sin una consorte con Su criterio para la política. Nuestra monarquía se resquebraja. Si finalmente decide que Su marido mantenga intacto el honor de su linaje, no me quedará más remedio que huir de guisa vergonzosa de las tierras donde nací antes de que el vulgo enfurecido colme sus ansias de ver rodar la cabeza de su Soberano, tras la inmisericorde guillotina.
Siempre Vuestro,
Heliodoro VIII.”

Esas palabras regias le causan vértigo. La importancia de esas letras es mayúscula. Si la hubiese leído su destinataria el curso de la historia tal vez fuera otro. Quedaban resueltos, o al menos encauzados, algunos interrogantes del final del período monárquico. Le queda por confirmar quien es esa tal Celia, posiblemente la heredera al trono de Cornucopia, aunque antes deberá decidir qué hacer con ese documento. La ética le obliga a devolverlo al propietario e informar al Ministerio de Patrimonio. Con todo, busca argumentos para convencerse de lo contrario. «Han pasado tantos lustros que si lo digo dentro de cinco años tampoco pasa nada».

De pronto se da cuenta de la situación y se disculpa, por lo embarazoso, ante la silla desnuda. Mete la carta en un cajón secreto que él mismo se fabricó en su mesa de trabajo y prosigue con la inspección de aquella obra maestra.

—Siendo bella, tu auténtico tesoro reside en el interior. Es la gran metáfora de la vida —, concluye mientras desliza, con lentitud, sus dedos sobre ella, en lo que parece ser una caricia.

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  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Me ha gustado tu relato. Tú no has humanizado a la silla pero sí le has dado todo el protagonismo.
    Me ha gustado sobre todo cómo te has entretenido en contarnos cada detalle, del restaurador y de la silla. Los he podido ver.
    Como le decía antes a Jorge, los muebles son espectadores callados de montones de situaciones y secretos familiares que no nos van a poder descubrir jamás.
    Quiero ensalzar la parte histórica que añades para contextualizar la historia de tu silla protagonista y el detalle de la carta, que le añade misterio.
    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 🙂

    • Jose dice:

      Gracias, Natalia por tus comentarios. Inicialmente pensé darle una psicología humana pero me fue saliendo otro enfoque. No he dejado de releer el texto y al final he quitado cosas que sonaban muy rimbombantes, de mi estilo primigenio, ese que me sale solo y está tan recargado. Te invito a que lo vuelvas a leer.

      Un beso.

  • Natalia dice:

    Ok. Lo leo. Lee tú el mío 😉

  • Natalia dice:

    Leído otra vez. Sí es verdad que a veces te dejas llevar por ese estilo menos fluido, con más adorno. Si tú mismo quieres pulirlo porque te molesta, adelante.
    Estoy por el Valle de Losa, en Las Merindades, y a veces no tengo cobertura. Esta vez os estoy comentando desde el móvil y no puedo explayarme en lo formal (suelo copiar y pegar el texto y lo voy desgranando).
    Cosas que recuerdo: “aun así”. No lleva tilde. “Aún” sólo lo lleva cuando va solo.
    Lo principal que he notado son algunas comas. Te copio una: “Comprueba que está algo quebradiza y, junto con el inconfundible olor a papel viejo, concluye que no es de este siglo.”
    Un abrazo.

  • Jorge dice:

    Hola Jose.
    Me ha gustado tu relato. Me ha gustado la idea y la ejecución.
    Yo me quedo con la presentación del restaurador. ES preciosa. y te hace situarte en ese taller sin necesidad de describirlo, porque en base a la forma de ser del protagonista te imaginas como es aquello. Muy logrado.
    La silla está también muy bien presentada. No es nada fácil describir una silla con detalle y tu lo has logrado. me la he imaginado perfectamente.
    La idea, como ya he dicho, también me ha gustado. Un papel encontrado y del que podría salir toda una trama política, crea incertidumbre y suspense.

    Te voy a comentar algunas cosas, pero por tocar un poco las narices, ya que te digo que me ha gustado mucho:
    – El idioma de la carta. Como el país es inventado (mas allá de la flor de lis y la guillotina) es difícil poner un idioma del siglo XIX. Yo habría buscado algún truco para traducirlo y así no tener que reproducir el texto de la carta que pone en peligro la verosimlitud.
    -«¿Qué demonios es eso?». Se entiende, pero hubiera quedado mas elegante de forma indirecta. “El resturador abrio los ojos y arqueó las cejas y si hubiera hablado, seguro que hubiera dicho algo parecido a …”
    – “por su formación de historiador”. Con esta frase justificas el por qué sabe la época. Es como en las pelis que siempre que hace falta un médico hay uno cerca. Prepáratelo antes. Cuando echa de la tienda al cliente impertinente que reflexione sobre sus años en la universidad estudiando historia (por ejemplo), así cuando luego llega a la carta todos podemos saber que tiene formación en historia.
    – Una de las cosas que me gusta es que habla con la silla en voz alta. Al final dices que se disculpa con la silla. ¡Jolin!, pues hubiese subido enteros alguna bonita frase del restaurador con la silla para el cierre. ¿no crees?

    Ya me callo.
    Enhorabuena Jose, muy bien.

    • Jose dice:

      Gracias por tu comentario tan esmerado. Pienso cómo plasmar tus propuestas de mejora aunque el tema del idioma de la carta es el que menos creo que sepa dar respuesta.

      Me alegra saber que te ha gustado. Seguimos creciendo.

      Un abrazo.

      • Jose dice:

        Hola, Jorge
        He hecho varios cambios en tres puntos del texto atendiendo a tus indicaciones. Identifícalos y me comentas si quieres.

        • Natalia dice:

          Me meto en la conversación 😛
          Cambios que he detectado:
          – La referencia a la facultad de Historia. Me gusta así. Sólo con ese detalle, ya sabemos de sus conocimientos.
          – La parte del presupuesto. Para justificar que encuentre la carta. Lo veo bien.
          – El final, con una metáfora sobre la belleza interior. Está bien traída.
          ¿A que uno no acaba nunca de revisar y revisar? Pulir y pulir.
          Un abrazo.

          • Jose dice:

            Gracias, Natalia. Genial que te guste más. El tema del presupuesto no es nuevo. Todo lo demás sí.

            Un beso.

        • Jorge dice:

          Hola Jose.
          A mi me gusta más. Espero que a ti también.
          Y cuando lo leas dentro de un mes querrás cambiarlo entero.
          Este ejercicio no tiene fin, pero de eso se trata.
          Nos leemos.

          • Jose dice:

            ¿Cambiarlo? No sé, no sé. Se queda así. Menos mal que tengo a mis asesores 😉

            Siempre mejorando!!

  • Carlos dice:

    Hola Jose,
    me ha gustado el relato, me aprovecho de que ya has hecho revisiones 🙂
    Has logrado crear un ambiente del taller muy sugerente a través de los ojos del restaurador, en un relato bastante equilibrado.
    La historia tiene mucho secretos por esclarecer, me pregunto si te has basado en algún hecho real o todo es inventado.
    La nota escondida le da el toque de misterio, aunque no se si el restaurador obra del todo bien guardándola en un cajón, quizás debería consultar con algún viejo amigo historiador.
    Buen trabajo

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