La danza de las llamas me hipnotizaba. Me quedaba totalmente absorto mirándolas, tanto, que perdía el hilo de la conversación. Casi siempre hablaban los mayores, eran los líderes naturales. Los demás atendíamos a lo que decían o nos dejábamos abducir por el fuego. Hacíamos un círculo alrededor de la fogata y poníamos en el centro el material sisado de nuestras casas: varias patatas, sal, un chorizo y papel de plata, del mismo que llevaba Laguía en la camiseta cuando ganaba el premio de la montaña.  Cuando las llamas estaban bajas, envolvíamos las patatas y las metíamos junto a las brasas empujándolas con un palo y las dejábamos allí, un rato, junto a la lumbre. Luego las sacábamos y si al abrirlas no estaban pues se volvían a meter y si estaban pues se ponían a enfriar hasta que se las podía meter mano.

No importaba que fuera verano y que no hiciera frío, encendíamos el fuego como un ritual, una ceremonia alrededor de la cual nos sentíamos más grupo, como si aquella pira nos fundiera en una unidad indisoluble, entonces no lo sabíamos, pero de alguna manera, éramos lo más parecido a una familia: la familia del barrio. Sus efectos eran constantes y permanentes y duraban justo hasta que llegábamos cada uno a nuestra casa.

Por las mañanas, a la luz del día, solía haber plan de bici. Bajaba y lo primero que hacía era dar una vuelta al circuito a ver si veía a otro y cuando no, pues empezaba la ronda a llamar a telefonillos: ¿Puede bajar Rubén?, ¿Está Garrido? En pocos minutos éramos varias bicicletas rondando sobre la acera. El circuito estaba completamente equipado; en una zona teníamos aparcamientos donde los que no tenían bici nos llenaban los depósitos simulando una manguera. En otra parte había dibujados pasos de peatones y en la esquina del portal 70 había un stop pintado en el suelo con tiza. El circuito no era para hacer carreras, no había que llegar primero a ningún sitio, consistía en simular viajes. Cuando me cansaba, siempre había alguien deseoso en relevarme y coger mi bicicleta y yo me podía quedar tan a gusto en el césped del área de descanso, también totalmente equipada.

Detrás de la hidroeléctrica estaba la furgoneta azul, nunca se movía y alrededor de ella todos los cachivaches, y los muebles, y los gatos, y los perros, y una jaula construida como nuestra cabaña y dentro el perro de la cicatriz en el lomo. Al llegar a la altura de la furgoneta los perros comenzaban a ladrar, muy fuerte, insistentes, y yo aceleraba el ritmo de mis pedales y agachaba la cabeza. Oía los ladridos aunque no miraba, bueno, un poco sí, como buscando al de la cicatriz y en cuanto me topaba con sus ojos brillantes cambiaba la vista y aceleraba aún más.

Cuando iba con otros tenía vergüenza de acelerar. A los más mayores les daba igual pasar por allí, parecían sordos ante la jauría de maullidos y ladridos. Yo, por si acaso, iba por el lado interior y dejaba a uno de ellos, por fuera, más cerca de aquel lugar y en esas ocasiones nunca miraba. La furgoneta tenía las ruedas pinchadas como un flan deshecho y arremolinado junto a ellas un gurruño de hojas, polen, suciedad y envoltorios varios. Era evidente que hacía mucho que estaba parada, ya no podía andar y había cambiado su función: ahora era una casa.

Esa mañana no pude salir a jugar, me tuve que ir con mi madre a la compra, y me escocía. La noche anterior había vuelto de la fogata y no había aireado lo suficiente el jersey, así que mi madre, que se lo huele todo, acercó la nariz y de buenas a primeras, me calzó una hostia. Y me fastidia porque no la vi venir como otras veces que me agacho y consigo que solo me arree en el cogote. Esa hostia me dio de pleno, y quizá por eso me escocía. Toda la mañana con ella, primero como un pasmarote en la cola de la carnicería mientras mi madre pedía un pollo entero y recordaba al carnicero que la cabeza y las patas que no las tirara que también las había pesado, no te jode. Luego en casa estuve ayudándola en la cocina a lo que ella quería, y yo callao, y obediente, por la cuenta que me traía. Cortaba el pollo y me decía por dónde meter el cuchillo, los restos a un montón y los pedazos magros en la cazuela. Las patas solían ser de lo último, antes había que quemarlas en la lumbre dándolas vueltas y apestaba un montón, olía a pelo quemado, aunque para mí, desde entonces, siempre ha sido al revés, los pelos en el fuego me huelen a patas de pollo quemadas. Apartaba la mirada del amasijo de vísceras y piel y huesos del pollo que se iba formando de las sobras que quedaban mientras se limpiaba. Formaban un batiburrillo entre nauseabundo y vomitivo con su aspecto blandengue, húmedo y frío. Parecía un ser vivo que se movía reptando por la mesa y más aún cuando lo sentía palpitar en mis manos. Me acuerdo bien porque me tocaba a mí tirarlo a la basura. Luego soñaba con esas vísceras y pieles, solo de pensar en ellas me paralizaba. No me escocía, no, pero lo hubiera preferido.

 

Estaba tumbado en el césped, descansando de varias vueltas al circuito, cuando uno de los mayores habló de él por primera vez. No dijo que se le quedó parada la furgoneta y no tenía dinero para gasolina, tampoco dijo que fuera pobre y que no tenía otra casa donde ir, explicó que estaba chalado, que se había quedado así desde la guerra y que por eso comía, dormía y residía metido en aquella cochambre de furgoneta azul. Dijo que solo se entendía con los perros y los gatos y que odiaba a los niños, incluso dio detalles de lo que le ocurrió a un chaval del barrio que no terminé de escuchar porque me tapé los oídos. Cuando me los destapé pude leer el miedo en el rostro de los otros chicos del barrio mientras algunos mayores se reían y exclamaban como hablando desde el fondo de un pozo ¡Cuidado con Ojopipa!

Cada vez que pasaba tras la hidroeléctrica, ya no solo miraba por el rabillo del ojo a perros y gatos, también estaba pendiente de la puerta lateral de la camioneta. Sentía una mezcla de curiosidad y recelo por lo que se escondía detrás de aquella puerta. Mi imaginación no daba tregua, Ojopipa llegó a ser un ser mitológico al que asignaba propiedades sobrenaturales, también fue un ser nocturno que solo salía por las noches y se alimentaba de los murciélagos que revoloteaban bajo la luz de las farolas. Otros días concluía que era un fantasma, sin cuerpo ni forma, como un ser gaseoso que entraba y salía de nosotros a voluntad y según mi estado de ánimo, era para mí un guerrero, un monstruo, un dios alado. Pero cuantos más días pasaban, más pensaba que Ojopipa no existía, que era un invento de los chicos mayores para meternos miedo. Los ladridos y maullidos comenzaron a convertirse en una letanía a la que no prestaba tanta atención y era capaz de cruzar tras la hidroeléctrica sin atender a lo que ocurría en el recinto de la furgoneta.

Iba detrás de Alicia, ella tuvo bici un año antes que yo y también la suya era heredada. Pasábamos en ese momento por la esquina del Ojopipa y los ladridos comenzaron a sonar, pero los perros nunca salían de su recinto. Yo iba por el lado de fuera, dejando a Alicia el interior, haciéndome el machote sin saber lo que me esperaba. Entonces vi al de la cicatriz que estaba fuera de su jaula improvisada y se dirigía hacia nosotros con decisión. Empecé a dar pedales con más intensidad, ya no había tiempo de dar marcha atrás. Alicia estaba un poco más adelante pero no había percibido el riesgo que se nos echaba encima. Aquel perro mostraba sus colmillos, pero lo peor era su mirada, soberbia, inteligente como imbuida por un espíritu humano, voraz, asesina.

Aquella cuerda se tensó y de un latigazo detuvo al perro en seco tirándole del cuello hacía atrás, fue en ese momento que Alicia descubrió el peligro y chilló, dio un volantazo al manillar, y se chocó conmigo, y los dos nos fuimos al suelo.  El perro, a menos de dos pasos de distancia, estaba sujeto por la argolla del cuello, ladrando con violencia, escupiendo sus babas, poseído. Alicia y yo nos arrastrábamos por el suelo hacía atrás sin perderle de vista. Ni ella ni yo nos atrevíamos a recuperar nuestras bicis, esperaríamos a que ese bicho se cansara y se fuera. Y sin darnos cuenta, nos abrazamos.

Primero sonó un silbido, luego fue un grito y la fiera se volvió, se calló y empezó a caminar sumisa hacía el campamento de somieres, cajas, cartones y un carro como el que siempre llevaba el lechero. En el centro la furgoneta azul y delante de ella: Ojopipa. Vestía un mono azul igual al que lucen todos los obreros, iba despeinado, tenía barba, pero no una barba larga como un gurú de la India, no, su barba era de varios días sin afeitarse, mitad morena, mitad canosa, y en su ojo izquierdo un parche negro.

“¡Qué cojones hacéis aquí! Dejar de molestar, hostia.” Su voz sonó bronca y su tono, de muy mal genio. Nos levantamos con el corazón aún en la boca y fuimos a por las bicis. En la huida no pude evitar mirar al menos un par de veces para cerciorarme de que estaba allí, de que existía.

Desde aquel día Ojopipa tomó forma corpórea en mis sueños y pesadillas, aparecía su imagen y participaba como bucanero, pirata o espadachín, todos los personajes de los libros que leía, pronto adquirían su forma y rostro. También empecé a encontrarmelo más veces por el barrio, como si de repente se hubiese querido hacer visible para mí. Eso sí, siempre lo vi de lejos y nunca osé acercarme a él. Su rostro se mostraba siempre enojado y tenía en su cráneo como una hondonada, un trozo que le faltaba, un hoyo, un agujero que se metía para adentro y en el que había dejado de crecer el pelo como por partes.

Todavía no lo sabía, pero iba a ocurrir algo que hizo que tuviera más presente a Ojopipa que nunca: ese verano anunciaron que habían acabado de construir el nuevo edificio del colegio. Significaba entonces, que, para llegar al cole, tendría que pasar por delante de la furgoneta, cargado de libros y sin bici, todos los días del año. No quería por nada del mundo encontrarme con él, empecé a preguntarme a qué hora se levantaría, si estaría despierto a la hora que yo bajaría a clase y si se mantendrían o no callados todos los perros y gatos cuando yo pasara. Deseaba que se fuera, más bien, que desapareciera o que se anunciara milagrosamente que el colegio no se podía inaugurar o que pasara cualquier cosa, y algo pasó.

Fue una tarde soleada de esas de verano que parecen no terminar nunca. Habíamos jugado a pelota y luego estábamos ensayando con nuestras ballestas, de esas que fabricábamos con una madera y una pinza de la ropa. Estábamos disparando contra palos de polo que poníamos apoyados en cualquier esquina. De esta manera mejorábamos nuestra puntería de cara a los días que íbamos de caza a por gorriones. Los mayores estaban fumando y bebiendo unas litronas en un banco más abajo, y no sé, ni recuerdo porqué se levantó el Juli ni porqué vino hacía nosotros ni porqué se empeñó en darle una patada a mi balón. Y menuda patada. El balón hizo una perfecta parábola hasta caer en el recinto de Ojopipa. Cerré los ojos y me llevé las manos a la boca. Durante un rato no dije nada y cuando lo dije fue para gritarle al Juli que era un gilipollas y que fuera a recuperar a mi balón. Tuve suerte. Y la tuve porque el Juli no me tiró al suelo ni se lio a darme patadas, estaría demasiado borracho, en vez de eso se rio con sorna, se dio la vuelta y volvió con los mayores a seguir fumando y bebiendo.

En aquellos momentos no me importaba quedarme sin pelota, pero pesaba la idea de volver a casa sin ella y enfrentarme a mi madre. Todos estaban quietos, mirándome, esperando a ver que decidía, y tampoco me importaba lo que ellos pensaran, aunque sabía que ninguno entraría conmigo donde Ojopipa. Todos esos ojos sobre mí me resultaban indiferentes, todos menos dos, los de Alicia, que como los demás observaba expectante.

Nunca sabré por qué fui, ni de donde salió el valor que me inundó aquella tarde, pero me levanté, dejé la ballesta y fui directo a recuperar la pelota. No miré en ningún momento hacía atrás, pero era totalmente consciente que todos me seguían con los ojos, y también con los pies, a cierta distancia, claro.

El balón había ido a caer cerca de la parte trasera. Para llegar hasta él tenía que atravesar la simulada puerta fabricada con dos somieres de muelles, sortear un sofá viejo y llegar hasta la parte de atrás de la furgoneta. El de la cicatriz estaba ausente y solo quedaban dos perros pequeños y unos gatos, que siempre son mucho más silenciosos. Mientras avanzaba decidido calculé el tiempo que necesitaba para llegar allí y salir por patas, y si dejaba de pensarlo aún se me hacía más corto. Cuando estaba llegando donde los somieres, uno de los perros patada empezó a ladrar con insistencia, me volví hacía él, le chisté, le imploré silencio, pero aquella garrapata no se callaba, entonces recordé que tenía la parte de arriba del bocadillo pringada de chorizo en el bolsillo, y se la tiré. Primero la olió y acto seguido empezó a mordisquear, el caso es que dejó de ladrar. Empecé a deshacer el nudo de alambre que mantenía sujetos los somieres y franqueé el acceso. Se mantenía todo en un extraño silencio, todo menos mi pecho donde resonaban los tambores de boga de un galeón en retirada.

Me puse de puntillas, y no es que sin ellas hiciera ruido, pero por alguna razón que desconozco me puse de puntillas. Al sortear el sofá me vino un olor a pescado podrido que me provocó una arcada. Nunca supe si ese olor venía del sofá o de las sobras de comida que estaban donde los gatos. Me puse la mano en la boca tapándome la nariz. Ya estaba casi detrás de la furgoneta azul y la pelota estaba bajo un tejado de uralita que estaba apoyado en la parte trasera del vehículo. Llegué allí, me agaché y estiré el brazo libre para alcanzar la bola. Entonces escuché un ruido que venía del lateral de la furgoneta, y el ruido se hizo más grande y más evidente, y supe que la puerta lateral se había abierto y sentí un movimiento dentro, incluso se bamboleó el furgón de un lado a otro sobre sus viejos amortiguadores. Y entonces apreté mi mano contra mi boca y nariz mientras con el otro brazo alcancé el balón que llevé contra mi pecho, pero no hice nada más, me quedé en cuclillas agachado en la trasera intentando no respirar. Y entonces oí su voz detrás de mí. Escuché como decía Qué coño haces tú aquí, y recuerdo que tuve miedo de volverme pero que igualmente lo hice. Y le vi de pie frente a mí, con una camiseta blanca de tirantes y el cráneo aplastado y el ojo. El ojo sin su parche y en el hueco don tenía que estar el ojo me pareció ver un amasijo de trozos de pollo remezclados, tan real y nauseabundo como el que dejaba mi madre, y del centro de ese batiburrillo yo vi salir una pata de pollo con sus dedos estirados y fue entonces cuando cerré los ojos. Y justo después de cerrarlos sentí como esa pata me cogía del hombro y apretaba como una garra hundiéndose en mi clavícula.  Pero yo la sentí más adentro, apretándome el alma, encogiéndola de la misma forma que estaba encogido todo mi cuerpo, con mis brazos alrededor de mis rodillas y mis rodillas aplastando el balón que empujaba mi pecho.

Y entonces recuerdo que grité, grité mucho, me desgañité con todas mis ganas, tanto que rebotó el eco de mi grito para envolverme y llevarme fuera de allí. No recuerdo cómo me deshice de la garra, ni cómo salí corriendo, ni cómo atravesé los somieres de la puerta del recinto. Tampoco recuerdo dónde estaban los demás, ni siquiera dónde estaba Alicia. Lo primero que recuerdo es que estaba de pie, y que uno me preguntaba si estaba bien y yo tenía aún sujeto el balón contra mi y recuerdo que me temblaba el cuerpo y que no tenía frío porque hacía calor, y recuerdo que no contesté nada y que no paraba de andar y que al final, de camino a casa, era Alicia quien estaba a mi lado y su brazo, sobre mis hombros, cogiéndome, acompañándome.

Desde ese día hasta el final del verano no volví a pasar por allí. No se me había perdido nada y no lo necesitaba. Según se acercaba el comienzo del cole se me hacía bola solo pensar que tendría que ir y volver todos los días por aquel lugar, así que, a modo de reconocimiento fui haciendo la ruta larga por el campo donde cazábamos las lagartijas y calculé cuánto tiempo más necesitaría. Madrugaba más, salía antes de casa y volvía un poco más tarde, pero lo prefería. Incluso, día tras día, y dentro de lo malo, fui encontrando algunos atajos. Tampoco le conté nada a nadie sobre mi fobia a ese lugar, nadie me acompañaba a clase y a nadie le tenía que dar explicaciones. El circuito de bicis solo se organizó algún fin de semana de otoño y no fue difícil encontrar una excusa para no jugar.

Aún con todas esas precauciones, era imposible estar en el barrio y no escuchar nada acerca de él. Siempre había alguien que se lo había encontrado o contaba alguna anécdota con uno de sus perros. Incluso esquivándole cada mañana, no dejaba de estar presente ni un solo día en mi vida. Cada vez tenía más claro que debía afrontar mi miedo cara a cara. Todavía no me atrevía a ir donde el recinto pero sí que volví a verle, aunque fuera desde el otro lado de la calle, y le observaba cuando salía de su guarida y permanecía atento a lo que hablaban otros de él. Y fui sabiendo que Ojopipa era muy raro pero que no era un monstruo, que iba regularmente a comprar comida y vino barato, y que no era pobre, o eso decían algunos, que tenía dinero y que era hijo de un juez.

Un día uno de los mayores contó que habían entrado a robar en su furgoneta azul y que él, cuando se la encontró abierta y desordenada empezó a chillar y se lio a golpes con un cubo de basura que acabó rodando calle abajo. Y contó también que desde ese día cuando se encontraban con él por la calle les decía gritando que eran unos pequeños cabronazos y escupía al suelo y se iba maldiciendo. Algunos decían que cada vez estaba más loco y seguramente sería por comer perros y gatos y vete tú a saber que más comía.

Cuanto más tiempo pasaba, más claro tenía que debía enfrentarme a mi realidad. Un día se lo conté a Alicia, no sé por qué, pero sorprendentemente ella no se asustó, me animó y me dijo que me entendía y que ella me ayudaría y me alentó a superarlo y a pasar por allí. Esa noche tardé en dormirme, recordaba a Ojopipa con su parche, con su agujero en la cabeza y esa voz de mala leche revenida y recordaba cuando estuve allí y entonces noté que volvía a temblar. Pero estaba decidido, tenía una fuerza interior que ya era más fuerte que mi angustia.

Al final dormí, si, extrañamente dormí. Y me levanté pletórico de energía dispuesto a superarme a mí mismo. Me encaminé directo hacía el colegio, ese día no iría por el camino largo. Sabía que tendría que pasar por donde el recinto y que me ladrarían los perros. Antes de dar la vuelta a la esquina de la hidroeléctrica escuché a los perros aullando. Un aullido que sonaba a lamento, como un conjunto de plañideras en un entierro. Después me llegó el olor, un olor fuerte a pata de pollo quemada y finalmente, al girar la esquina, lo pude ver. Del centro de la furgoneta salía una llamarada más alta que la farola, el humo subía hasta confundirse con las nubes y sobre las aceras y los coches se retorcían las sombras de las llamas contorneándose. Los perros y los gatos se habían alejado lo suficiente para no quemarse, aunque no se querían ir más lejos, daban vueltas el mismo sitio y se contagiaban los aullidos.

Estuve un rato allí solo, mirando como ardía, igual de hipnotizado que con las fogatas que hacíamos en verano. No sé cuánto tiempo estuve. Sé que más tarde llegaron los bomberos y que encendieron sus mangueras y que fueron apagando las llamas pero no fueron capaces de apagar el olor. Y que después vino la policía y pusieron unas cintas y que no dejaron pasar a nadie por allí, así que tuve que ir, otro día más, por el campo de las lagartijas, y que llegué tarde al cole.

Nunca más volví a ver a Ojopipa. Me contaron que murió calcinado esa mañana, dentro de su furgoneta y que tuvo que ir un juez a levantar el cadáver, quizá era amigo de su padre, quien sabe. Lo que sí sé es que era verdad que tenía dinero, que encontraron varios millones de pesetas sin quemar allí dentro y que salieron noticias de él en los periódicos. Algunos dicen que fueron a robarle y luego provocaron el incendio, otros dicen que fue un accidente y varias madres pensaban que alguien así no merecía vivir y que se suicidó.

Yo no he dejado de recordar a Ojopipa, ni el olor de aquella mañana, ni el que quedó en aquel lugar cuando lo olía cada día mientras iba de camino al colegio. También quedaron las marcas del incendio en el pavimento, tanto, que se podía reconocer el perímetro del recinto sin que ya existiera. Eso sí, desparecieron los cachivaches y los gatos y los perros. Y quedó, sobre todo, grabado en mi memoria su recuerdo, tanto de día como de noche. De alguna forma, junto a mí, Ojopipa siguió vivo, y yo no creo que se suicidara. Tampoco nunca entendí que fueran a robarle, porque parecía extraño que los ladrones se hubieran olvidado llevarse el dinero, pero nunca hable de esto con nadie, ni siquiera con mi madre.

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  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado tu texto, me ha dejado buen sabor de boca y me ha transportado a mi infancia, a las aventuras que viví en mi barrio con mis amigos. Lo has contado muy bien.
    Cuando yo era pequeña, siempre había algún hombre con fama de huraño, de raro, que nos daba miedo. Recuerdo un coche que circulaba por mi pueblo, con la matrícula de Toledo. Para nosotros era algo inaudito ver esa matrícula. Nos contaron que había que tener cuidado si lo veías pasar y, con eso, ya tenías al miedo campando a sus anchas entre nosotros.
    Supongo que la historia es verdadera. Se nota que lo has pasado bien escribiéndola. Muchos sucesos del día a día de nuestra infancia no se recuerdan pero siempre hay momentos grabados, escenas cotidianas que se quedaron en la superficie de la memoria como cuando la madre limpia el pollo. Yo también recuerdo esos menesteres desagradables, también con el pescado. Y ahora me tocan a mi, ¡porras de adultez! jejeje
    Me quedo con ganas de leer más, espero que pronto 🙂

    Aquí te dejo la revisión formal:
    En el sexto párrafo describes la misma imagen dos veces: por dónde meter el cuchillo, “las sobras acababan en un montón” y los pedazos magros en la cazuela / “que se iba formando de las sobras que quedaban mientras se limpiaba”.
    No sé si es correcto “dar un volantazo al manillar”. Quizás yo lo dejaría en que dio un volantazo.

    Errores de dedo:
    empujadAs por un palo y las dejábamos allí
    había cambiadO su función: ahora era una casa.
    la cabeza y las patas que NO las tirara, que también las había pesado
    y yo callao, y obediente, por la cuenta que me TRAÍA
    como un gurú de la India (mayúscula)

    Tildes:
    porque me tapÉ los oídos

    Sin comas:
    Sus efectos eran constantes y permanentes y duraban justo hasta que llegábamos cada uno a nuestra casa.

    Con comas:
    Yo, por si acaso, iba por el lado interior
    así que mi madre, que se lo huele todo, acercó la nariz
    y, según mi estado de ánimo, era para mi un guerrero, un monstruo, un dios alado.
    El perro, a menos de dos pasos de distancia, (¿estaba?) sujeto por la argolla del cuello
    Su voz sonó bronca y su tono, de muy mal genio.

    Ha sido un gusto volver a leerte por aquí. La verdad es que lo echo de menos.
    Un abrazo.

  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    he visto auténtica vida en tus letras. La primera persona ayuda mucho pero lo que contabas en voz del niño se podía tocar, oler, ver,…has sabido llegar a los sentidos del lector. La historia me ha resultado muy entretenida, me ha transportado a una época pretérita que no tuve pero que es perfectamente imaginable. El elemento de la futgoneta con Ojopipa está muy bien presentado, así como el personaje. El miedo que le produce al niño pasar cerca de los perros están adecuadamente transmitido así como el disimulo con el que lo evita para que los mayores no lo perciban. La escena de la hostia y las siguientes, en la carnicería y de vuelta a casa para preparar el pollo han sido adecuadamente rápidas, dinámicas, bien hilvanadas y descritas.
    La referencia a Laguía creo que sobra. Es posible que no lo entiendan lectores más jóvenes, y sobre todo, mujeres, a las que el ciclismo no las suele interesar.

    Un placer.

    • Jorge dice:

      Hola Jose.
      Me alegra que te haya gustado. A ver si puedo rematarlo. La referencia a Laguia solo la pueden entender los que tengan suficiente edad, pero pensé que no molestaría a los que no saben nada de él.
      Muchas gracias por tus comentarios.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado tu historia. Todos recordamos aventuras de cuando éramos niños, con un halo de misterio o de excepcionalidad, que impregnaron nuestros descubrimientos del mundo adulto y se quedaron en la memoria para siempre.
    Tiene un punto extraordinario para un chaval: ese hombre “fuera de lo estándar”, con una particularidad física impactante, en un entorno extraño, sumado al peligro de los perros, al abandono de la zona… Cualquier niño se fijaría.
    Me creo a tu narrador. Sus intereses son propios de su edad (tirachinas, bicis, fútbol…), hay niños mayores incordiando (como no podía ser de otra forma…), hay una amiga fiel, miedos por dominar… Respira inocencia, ganas de descubrir e intensidad.
    El texto está bien ambientado, me he podido imaginar cada parte y vivir dentro de él este ratito. Lo único que no consigo ver es esto: “en el hueco donDE tenía que estar el ojo se podía ver un amasijo de trozos de pollo remezclados, palpitando, y del centro de ese batiburrillo salía una pata de pollo con sus dedos estirados y fue entonces cuando cerré los ojos.”. ¿¿En la cuenca del ojo?? ¿Trozos de pollo? ¿Por qué?
    Por la cantidad de detalles, me parece una historia real, en tu memoria desde niño. No sé si nos puedes aclarar qué parte de verdad hay en esta historia pero yo creo que el germen, como mínimo, es real. Ya dirás, si te apetece.
    En lo formal, he visto cosas. Algunas ya las he comentado muchas veces así que no te señalo todas.
    Frases interrogativas y exclamativas, con tilde. Por ejemplo: “Qué coño haces tú aquí”, “cómo me deshice de la garra” o “tampoco recuerdo dónde estaban los demás”.
    Me han faltado algunas comas y tildes: “Nunca sabré POR QUÉ fui”, “pero SÍ que volví a verle”.
    Esta frase: “estiré el brazo que me quedaba para alcanzar la bola” me suena rara. Yo lo hubiera dejado en “estiré el otro brazo” o “estiré el brazo libre”.
    Y esta otra, creo que redunda: “varias madres pensaban que alguien así no merecía vivir y que el mismo se suicidó”. Suicidarse, solo lo puede hacer él. Yo lo dejaría en “y que se suicidó”.

    Enhorabuena por tu trabajo 🙂
    ¡Seguimos!
    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Hola Natalia.
      Muchas gracias por tus comentarios.
      La parte que no entiendes (y que tampoco ha entendido Jose) será que está mal escrita, pero creo que se puede trabajar. La idea es que el niño-narrador viera dentro de la cuenca del ojo el mismo amasijo de trozos de pollo que ve cuando está con su madre. Es decir, que lo que le sugiere que ve allí dentro es precisamente ese amasijo-baiturrillo con el que él lo identifica. Luego lo exagero con la pata de pollo saliendo de allí y haciendo que el sienta que la pata de pollo es la que le coge del hombro. Quería o pretendía que el lector se pusiera en el miedo del niño y que pudiese llegar a creer lo que él veía.
      Estoy pensando en soluciones, puedo advertir al lector cruzando la cuarta pared con alguna frase del estilo “y no vais a creer lo que ví, pero allí dentro estaba el amasijo de ….” No sé, cualquier sugerencia será bienvenida.
      Yo estaba mas preocupado con el desenlace, porque no hay un giro que sorprenda especialmente al lector y quizá el relato lo necesita.
      Muchas gracias por estar ahí y por seguir comentando.
      Abrazo

  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    Te voy a ir diciendo cosas sin un orden. Te pido disculpas.
    Has cerrado bien la historia, una historia que has sabido recrear, transmitiendo sensaciones con las que el lector puede conectar fácilmente. Los diálogos en estilo indirecto, como te gustan a ti, han dado soltura y dinamismo al relato.
    El segundo encuentro con Ojopipa me ha despistado un poco. Por momentos me sugería que se trataba de un pasaje onírico, con la pata de pollo agarrando al niño. Esta parte del escrito atrapa al lector y lo pone al lado del niño por lo escabroso de la imagen de la cuenca vacía de Ojopipa. Pero tengo dudas sobre la literalidad del episodio porque me parece un poco raro. Por otro lado, cuando aparece la escena con la madre manipulando el pollo escribes palabras como “amasijo” o “batiburrillo”. Después cuando describes el ojo del vagabundo vuelves a incorporar estas dos palabras. Me ha faltado que conectases ambas situaciones. Aclárate si ha sido premeditada la doble utilización de ambos términos.
    H
    El miedo del niño por el personaje del vagabundo es el hilo conductor del relato, es quien moviliza su energía, condicionándole el comportamiento, sometiéndolo, influyendo en acciones futuras. Me planteo de qué forma Ojopipa le tiene tan absorbido porque la sensación que tengo es que el resto de niños no está tan atemorizado como él. Quizás habría que ir a esas partes de la historia que no aparecen, por ejemplo, la figura del padre. Me pongo en la piel del niño y muy posiblemente buscaría la referencia paterna para enfocar el asunto de forma más adaptativa. Como el padre no aparece puedo interpretar que o bien no lo hay o bien es padre ausente pero el caso es que no es un punto de apoyo para él.
    Hay una frase en la que utilizas el recurso de la repetición, que tanto te gusta, pero me parece excesivo en esta ocasión: “…como una hondonada, un trozo que le faltaba, un hoyo, un agujero”. Me sobra alguno.

    La sensación que no he notado es el calor. Y choca por dos motivos: la referencia al verano y al fuego. Aunque no es necesario, a nivel perceptivo hubiera quedado más completo y ambientado.
    Respecto al fuego, me gusta que empiece y termine en relato con este elemento.

    Gracias por escribir.

    • Jorge dice:

      Muchas gracias Jose por comentar.
      Te ha pasado lo mismo que a Natalia con el segundo encuentro de Ojopipa y creo que es algo sobre lo que podría trabajar. Efectivametne lo que el niño ve en la cuenca del ojo, o cree ver, es el mimsmo montón-amasijo-batiburrillo de trozos de pollo, pero algo he escrito mal que no ha llegado así.
      La figura del padre no está y no hay mas explicaciones. Es verdad que pesa en sus reflexiones porque el relato es de Ojopipa, pero al resto de los niños y adultos también les impresona/impacta el personaje, por eso hablan de él. Es un personaje especial.
      Sobre la sensación de calor, es verdad que se puede acentuar en algún sitio para que quede mas clara, alguna gota de sudor o de sofoco en algún momento, me lo apunto para añadirlo en la próxima revisión.
      Gracias
      Abrazo

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