Aquel día íbamos los tres bajando por el paseo de los tristes. A un lado el albaicín y al otro se divisaba la alcazaba de la Alhambra. Bea tenía algo más de dos años. Correteaba detrás de unas palomas y cuando iniciaban el vuelo se volvía había nosotros para mostrarnos una sonrisa de orgullo. Al rato, agotada, buscaba la mano de su madre y la mía para que la levantáramos a la vez. Era uno de sus juegos favoritos. Y yo estaba feliz. Feliz, porque aún no sabía que pasaría ese día.

Un poco más abajo, estaba el punto de encuentro: la catedral de granada. Iban llegando todos. Éramos más de veinte de familia. Aún faltaban por llegar, pero decidimos ir entrando al mercado de artesanía. Bea estaba ensimismada viendo y escuchando a una señora tocar el arpa. “Bea, hija, que te quedas embobada con cualquier cosa”.

Pasamos bajo un arco amarillo coronado con azulejos y una inscripción semítica que me hacía recordar que éste entorno, antaño, fue el Zoco Nazarí donde se comercializaba la seda. Pensé en el contraste entre la catedral y el zoco. Quizá, solo contrastaban mis prejuicios.

Las calles eran angostas, lo que vetaba la entrada de los rayos del sol a un breve momento del día. Los bazares tenían colgada la mercancía por las paredes exteriores. Las callejuelas atestadas de gente, principalmente turistas en busca de algún suvenir. Éramos demasiados en el grupo y empezamos a disgregarnos por todo el mercado, como un anticipo de lo que después ocurriría. Todo el entramado era laberíntico. Los olores corporales quedaban atrapados ante la estrechez de pasillos. En otro tiempo, quien sabe, quizá también se mezclarían olores de especias u orín.

Un dependiente me agarró del brazo “todo barato amigo, entra, mirar es gratis”. Bea se había soltado de su madre y estaba tocando unos pines de la Alhambra. “¿te gusta este, bonita” volvió a insistir el vendedor y Bea se llevó el pin al pecho mientras asentía con la cabeza. Intervine pidiéndole que lo dejara donde estaba. La cogí de la mano y tiré de ella. Su cabeza aún miraba atrás.

Pusieras donde pusieras la mirada, todo parecía recordar el pasado árabe; mochilas colgadas, shishas (cachimbas, narguiles, pipas de agua), pufs de cuero, cerámica con motivos geométricos. Al rato, Bea ya desinhibida, jugaba con sus primos y entraba y salía de los diferentes comercios. Estábamos relajados, felices, ajenos al futuro inmediato. Casi todos los vendedores eran de origen musulmán, probablemente marroquí, parecían empeñarse en mantener fiel la identidad histórica del lugar.

En el primer piso de la Alcaicería se podían ver unos arcos geminados, cada esquina estaba presidida por una columna con un capitel cúbico y una inscripción. Glorioso recuerdo del sultanato. En el interior de cada tienda, unas escaleras se orientaban hacía el piso superior y desde allí, al exterior, donde se podían comunicar con el resto del mercado. Algo así como el siguiente nivel del laberinto, una puerta trasera donde otrora, los ladrones y los amantes pudieran huir.

Al lado de una tienda de loza de Fajalauza quedé prendado por un patchwork en tonos dorados. Intenté localizar a mi mujer, pero ya había seguido adelante. La grité, pero había suficiente ruido como para que no me oyera. La llamé por teléfono para que viniera. Me costaba encontrar referencias para que pudiera localizarme e incluso por teléfono había mucho ruido ambiental. Por el móvil, oí gritarle a su hermana algo sobre “Bea”. Me colgó. Frustrado dejé el patchwork y seguí las losas empedradas.

La vi al fondo con otros de la familia. Me miró consternada y me dijo “¡Bea se ha perdido!” Se encaminó decidida por la callejuela en sentido inverso al que traíamos. Me quede parado. Los primos de Bea estaban allí. Hablé con ellos, les pregunté por Bea y ellos se encogieron de hombros, sus rostros contrariados, pobres criaturas, estaban asustados. Deshice el camino andado, igual que ella, pero al llegar a la última esquina, tomé otra calleja.

Iba empujando a la gente y pidiendo perdón en varios idiomas. Sentía el latido acelerarse, pero yo mismo sabía que aquello era solo una chiquillada. Debía mantener la calma. Miraba hacía al suelo, ahora un galimatías geométrico, hasta que me encontré, de nuevo, con mi mujer. Su rostro había abandonado la preocupación inicial. Estaba compungida. “¿no la has visto?” preguntó. Le dije que no, pero que quizá alguien de todos los que éramos, la habría visto. “los primeros minutos son vitales” espetó y continuó la búsqueda.

El encuentro con ella me hizo pensar que quizá, Bea estaba dentro de una tienda entretenida con pendientes, imanes, postales, yo que sé. Decidí volver a buscar, pero ahora, mirando dentro de cada tienda, detrás de cada mostrador, de cada pared, de cada esquina. Cada vez que me asomaba confiaba en encontrarla al otro lado, mirándome, enseñándome unos bongos, un derbake, ajena a todo lo que estaba pasando. Quería buscar en todas partes. Miraba con recelo las puertas que daban acceso a los almacenes, y en especial esas escaleras que subían al laberinto superior. ¿Era posible que hubiera salido por alguna de esos accesos?

Me encontré con mi tío. Él también estaba buscando. Le pedí que hablara con el resto, que se repartieran y que hicieran una especie de batida. Hablaba atropelladamente, como si acabara de terminar un maratón. El tiempo pasaba inexorablemente. Añadí a mi estrategia el gritar su nombre en todas direcciones. “¡BEA! ¡BEA!”

Los transeúntes me esquivaban, como el que evita a un excéntrico, a un apestado. Me encontré con el vendedor que antes le había ofrecido el pin; “¿ha visto a la niña que estaba conmigo antes?”, y él, asustado, más por mis gestos que por lo que estaba diciendo, espeto “¿Qué niña?”. No tenía tiempo de debates ni de explicaciones. “¡BEA! ¡BEA!”

No sé cuánto tiempo había pasado, ni creo que me importara. Me había quedado mirando un grupo de lámparas árabes con cientos de cristales de colores. Aquellos destellos me hacían sentir hipnotizado, como dormido, y de repente vi a Bea sonreírme y preguntarme “¿Qué te pasa papa?” y yo no contesté, la abracé, la besé, me separé y la miré para volverla a abrazar y lloré, claro que lloré, lloré liberando un yunque de mi pecho y mis lágrimas empañaron mis ojos y mis ojos me devolvían un caleidoscopio de luces de colores de las lámparas árabes. Alguien me tocó el hombro por detrás. Era mi cuñado: “Ven, vamos a reunirnos todos”. Me sequé las lágrimas y Bea se había desvanecido.

Le seguí y vi a toda la familia. Y vi a mi mujer llorando en el hombro de su hermana, y vi como acariciaba su pelo. Y yo no sabía si consolarla o pedirla consuelo. Y ella me vio. Y entonces cambió de hombro. Nos abrazamos y lloramos juntos. Acompasamos nuestros espasmos, nuestros suspiros, hicimos de nuestras tristezas una. Me hubiera gustado cargar con todo el dolor, no sabía si mi cuerpo podía sufrir más, pero si podía, hubiera cargado con el dolor de ambos. Me separé y la cogí de las mejillas. “¡Vamos a encontrarla! ¿me oyes? ¡Vamos a encontrarla!”

La familia ya había llamado a la policía. Con todo el tiempo que había pasado, no había dependiente en el zoco, ni turista que no supiera que se había extraviado una niña. El policía nos encontró. Éramos un grupo numeroso y empezó a hacer las preguntas sobre la edad, vestimenta, nombre, …

Mientras hablábamos, se acercó una joven por detrás. “¿sois vosotros los que habéis perdido una niña?”

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  • Natalia dice:

    Ay, Jorge, qué tensión… Mi peor pesadilla: perder a mi hija en un lugar público.
    Nos envuelves en ese entorno embriagador y nos vas avisando: algo pasó, algo no previsto… Y Bea, de protagonista. Menos mal que os la devuelven. Me muero si no.
    Enhorabuena por el texto. Y por entregarlo… Yo me he rendido a la falta de tiempo.
    En lo formal, falta alguna coma en frases aclaratorias y hay algún fallo de teclado: “se volvía hacia”, Granada en mayúscula…

  • Jose Romero dice:

    me ha gustado mucho la cantidad de vocabulario específico que introduces. Mi sensación es que sabes de lo que estás hablado.
    He visto algún despiste de redacción; alguna mayúscula olvidada, alguna palabra tergiversada, alguna coma cuando se requería punto, algún entrecomillado sin concretar quién lo dice.
    Vas poniendo alguna frase que nos prepara y eso lo haces unas cuantas veces. Poco a poco nos tememos lo que va a suceder. En la escalada de tensión hay un párrafo que es estrictamente descriptivo que me rompe el momento de subida. No me queda claro que fuera necesario en ese momento.
    Cuando ya se ha perdido transmites a la perfección los sentimientos que tiene el protagonista. Hasta te permites confundirnos cuando queda “hipnotizado”. Reconozco que me despisté al principio.
    Y terminas muy bellamente, con la frase de la persona desconocida.
    Enhorabuena.

    • Jorge dice:

      Hola Jose.
      Muchas gracias por tus comentarios. Pues resulta que al principio hice un labor de descripción del entorno, y cuando me quise dar cuenta llevaba varios párrafos. Eso sí, al leerlos se volvían realmente pesados. Entonces decidí retocar la labor descriptiva, salpicándola de algunas frases que anticiparan al lector lo que luego ocurriría. A ti te ha parecido un párrafo pesado y a Alberto le ha parecido que hay demasiadas frases de aviso.
      Vamos a por el siguiente.
      Gracias

  • Alberto dice:

    Una experiencia muy dura, Jorge. Hasta ahora, cuando he perdido a mi hija ha sido por menos de un minuto, y parecía que pasaban horas. Es realmente angustioso. Así que no quiero pensar lo que será, durante tanto tiempo, y en un lugar como un zoco.
    Está muy bien comenzar con un primer párrafo que introduce la armonía familiar, y que termina con un intrigante ‘aún no sabía que pasaría ese día’ (aunque la falta de acento en ese ‘que’ despiste un poco). Luego, en mi opinión, tal vez insistes demasiado: ‘como un anticipo de lo que después ocurriría’, ‘Estábamos relajados, felices, ajenos al futuro inmediato’.
    Enriquece el texto tu interés por la arquitectura del lugar visitado, y los detalles que presentas. Como lector, agradezco estos trabajos de documentación, aunque en tu caso es seguro que la información está en tu cabeza, que es algo que te interesa. El contraste de tus prejuicios no me ha quedado claro.
    Tengo que decir que, cuando Bea se aparece junto a las lámparas de colores, me he sentido confuso. Volvía atrás en el texto y no sabía si realmente la habías encontrado o no (aunque la idea de la ‘alucinación’ es muy buena). Tal vez choque, en esa situación, imaginarte cómo te habías ‘quedado mirando un grupo de lámparas’. (Espero que no te parezca que te estoy lapidando demasiado en plaza pública, jejeje).
    Un acierto el modo en que acabas: ese instante en que la angustia termina, sin necesidad de explicar el cómo, dónde y cuándo habían encontrado a Bea.
    Ojala legalizaran las correas de perro para niños pequeños, muy útiles en esas ocasiones.
    Nos leemos.

    • Natalia dice:

      ¡Yo también pienso que sería muy útil tener una correa para niños! 😛 De cintura a cintura, de padre/madre a hijo. Pero, si se nos cruzara alguien con el mismo sistema, nos haríamos un lío… Bueno, habrá que perfeccionar la idea 🙂

    • Jorge dice:

      Hola Alberto.
      Muchas gracias por tus comentarios. Siempre tan prolijos. Para bien o para mal. Pero sea como sea, así es como se evoluciona.
      La labor descriptiva parte de mi memoria, si. Pero también me documento, aunque ahora documentarse esta al alcance de unas frases en Google, y esto es una gran ventaja. ¿os imagináis a los escritores del XIX? Escribiendo a mano y probablemente sin acceso a enciclopedias. Tienen un mérito especial. No son comparables.
      Por cierto, yo tiendo a describir demasiado (o eso creo yo). Trato de contenerme por lo que nos han enseñado de que “menos es mas”, pero en la consigna que pusiste en este relato, pediste descripciones detalladas de los lugares. Y dije, pues toma dos tazas.
      El párrafo de la hipnotización era una forma de narrar el encuentro con Bea, antes de encontrarla. Mostrando y liberando esos sentimientos. Luego al final, ya no merecía la pena repetirlo. Por cierto, que en ningún momento se dice que se encuentre, aunque si que se sugiere.
      Muchas Gracias.
      Nos leemos en el próximo.

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,

    Debo decir que Albaicín y Alhambra son dos palabras que me condicionan y me hacen pensar en leyendas, como las recogidas por Washington Irving.
    El escenario elegido y la descripción que vas haciendo dota de un embrujo especial al relato.
    A pesar de lo relajado, feliz y a gusto que nos haces percibir lo que relatas la continua repetición de que algo va a pasar nos mantiene en guardia, y cuando la niña desaparece la tensión se dispara, porque es un hecho con el que se siente mucha empatía.
    A partir de hay la descripción pasa a la acción y los minutos pasan lentos, no hay tiempo para fijarse en nada más y sin embargo ese ambiente consigue crear una especie de visión, que nos creemos y de repente se esfuma.
    Al final terminas con una frase que nos da esperanza pero nos dejas con la tensión en el cuerpo.
    El otro día vi una película de un tema parecido “Madre” y reconozco haber pasado toda la película con una tensión extraña.
    Enhorabuena.

  • Yuri dice:

    Hola, Jorge,

    Señor que tensión más grande. Y mira que aún no ha nacido Kyran, pero solo imaginar tu situación se me ponía un nudo en la garganta. Bravo también por cerrarlo con como lo cierras, aún sin ver a Bea y sin estar seguros de que pasa.

    Como otros compañeros, lo que más me ha despistado ha sido el episodio de estar hipnotizado/ alucinación. No me quedaba claro si la habías encontrado. Salvo eso todo el texto se lee de maravilla y de un tirón.

    Un abrazo,

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