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Ayer fallecí. Dos palabras que son mentira. Para mí el ayer no existe, es una referencia temporal que se utiliza en la tierra para calcular otra vuelta más del planeta sobre sí mismo, es una solución pragmática para definir un día pero que no denota más que la dependencia por el entorno que tienen los humanos. Fallecí también es falso, porque en realidad sigo existiendo, no he muerto, soy, mi cuerpo quedó tendido sin vida, si, pero es tan solo un caparazón, un conjunto de elementos químicos muy bien conectados y engranados. Todo lo corpóreo es efímero y debe ser, tarde o temprano, abandonado, a mí, en muchos momentos, me aprisionó.

Tampoco deberías preguntarte desde donde se emitieron estos caracteres que ahora estás viendo, pero si te lo preguntas, que sería razonable y hasta sonaría lógico, descubrirás que no hay respuesta. Hay cosas que son y ya está. Cada día aceptas multitud de cosas sin respuesta: aceptas dormir para no sentirte cansado, pero ¿eres tú o es tu cuerpo?, aceptas pararte a comer cada poco tiempo, pero ¿eres tú o es tu cuerpo?, aceptas mear o defecar también cada no mucho tiempo, etcétera (peligrosa palabra, nada es infinito, las listas siempre son enumeradas y terminan).

No recuerdo exactamente cuando tomé consciencia de mí mismo. Debió de ser en algún momento de la infancia, mientras crecía, tengo recuerdos salpicados en diferentes lugares, pero siempre, siempre, estuve alojado en ese cuerpo, en la misma prisión. No podía hacer otra cosa que ver por aquellos ojos, escuchar por aquellos oídos, saborear con aquel paladar, sentir con aquella piel y oler con aquella nariz. Tremendamente limitado. Muy limitado.

Por supuesto estaba integrado en un grupo jerárquico y organizado, donde los que organizaban y mandaban eran mis supuestos progenitores. Ellos ponían las normas y debíamos respetarlas. Y yo lo hacía.

Por razones que desconozco y que nadie me explicó tuve que dejar mi familia original e integrarme en Francia con la progenitora de mi progenitora, y su pareja: un maqui que no podía vivir en España y que renegaba de todo lo español. A mí siempre me pareció amable y educado, aunque es verdad que protestaba por todo. Francia y España eran los nombres para referirnos a dos espacios de tierra separados por unas líneas imaginarias inventadas. Todo el planeta estaba plagado de líneas divisorias. Los pocos años que estuve en Francia fueron reveladores, porque al traspasar las líneas también cambio el idioma. Esto me sirvió para transcender más allá de las palabras, para saber que son solo un vehículo, una herramienta para que los humanos se comuniquen. Entendí que, más importantes que las palabras, son las ideas, los conceptos semánticos que explosionan en nuestras consciencias. A los significados y a las ideas no les importan los idiomas, ni las definiciones, simplemente son, sin más, como las cosas que aceptamos sin cuestionar.

Francia me reveló eso, y también me hizo comprender que los seres humanos pueden ser, también, educados y amables. Que no se tiene que pelear uno por cada juguete ni por un espacio para estudiar ni por un trozo de chocolate. Aquella estancia duró poco, en poco menos de dos años tuve que volver con mi familia original a España. A esas alturas ya no tenía duda de que yo, era diferente. Tanto en casa como en la escuela se reían de mí porque pronunciaba con acento francés. Al principio no le di importancia, sabía que el mensaje quedaba transmitido y que eso era lo más importante, pero según pasó el tiempo aquello me irritaba. Se olvidaban del contenido para centrarse en la forma en que era transmitido, aquellas mentes reducidas destruían lo más esencial del lenguaje: su capacidad de comunicar. Quizá fue en aquel momento cuando decidí que debía hablar poco, cada vez menos, hasta reducir mis intervenciones a la mínima expresión. No merecía la pena.

Era evidente que yo no pertenecía a esa caterva de individuos y eso me hizo auto marginarme por decisión propia. Me desenvolvía entre ellos aparentando ser uno más, mimetizándome, expresándome poco. Sin embargo, excepcionalmente aparecía un sujeto con mensajes y contenidos que iban más allá de las palabras y eso me excitaba y pensaba que había otros como yo. Al primero que recuerdo es al padre Rafael, que venía a la escuela tres veces por semana y nos explicaba pensamientos como la fe o las creencias en conceptos que no eran tan tangibles ni evidentes. Acabé atrapado por la espiritualidad, por historias de seres supra terrenales que no necesitaban hablar para comunicarse. Por supuesto me hice monaguillo, abracé las enseñanzas cristianas como el camino que me mostraría la propia naturaleza de mi existencia. La escuela espiritual se fundamentaba en unas clases teóricas denominadas catequesis. Una progenitora de uno de los compañeros se afanaba en explicar cómo Jesús caminó sobre las aguas o como convirtió el agua en vino. Verdaderas proezas que requerían de una explicación más allá de lo racional y lógico, dos de las barreras que pretendía atravesar. De nada me sirvió, saber que con pocos años de edad se enfrentó al Sanedrín o que fue capaz de curar a un leproso con solo tocarlo, las explicaciones de aquella señora se fueron convirtiendo en cuentos infantiles. Por suerte, los domingos tenía acceso a Rafael, el cura que venía a hablarnos en clase. Él no necesitaba de esos fuegos de artificio y percibió, sin necesidad de hablar, de mis inquietudes.

El único rato que podía hablar con él era mientras preparábamos la misa. Fue la primera vez que escuché el concepto de Resucitar. Las escrituras contaban que Jesús, que visitaba con asiduidad la casa de Lázaro, se lo encontró un día sepultado y que utilizando solo su voz, Lázaro resucitó. Aquello me pareció muy estimulante. Poco tiempo después Rafael me explicó que Jesus era uno más como nosotros elegido por Dios y que fue Dios quién tiene la capacidad y virtud de resucitarlo, que Jesús solo fue el instrumento. Para mí, la idea de que hubiera podido salir fuera de su cuerpo durante tres días, en lo que el padre llamaba espíritu, era el concepto que más me atraía de todo. De hecho, no podía entender que, si por fin consiguió liberarse de su cuerpo, luego quisiera volver a él.

El padre Rafael me racionaba la información como quién alimenta a un pajarillo. Su interés era tenerme cerca, sus ojos me deseaban y yo no lo descubrí hasta que fue evidente e inevitable. Por aquel entonces ya había detectado la clasificación ridícula que se hacía con todo ser humano: si le colgaba pene era hombre y si no, pues mujer. A partir de esa simpleza se le atribuían comportamientos a cada uno que debía cumplir para con el resto. De nuevo limitaciones profundas imbuidas por culpa de un cuerpo que en realidad era prestado. Yo nunca me sentí ni hombre ni mujer y supongo que no existe palabra adecuada para definir como me sentía. Pero independientemente de todo, sí que me atraían otras personas aunque nunca tuve una predilección por ningún género. Experimenté con todo: conmigo mismo, con mujeres, con hombres y con todo el rango de edades. Pero lo mío era eso: experimentar. Me atraían las personas, lo que decían, como lo decían, como gesticulaban. Mi ansia de conocimiento no tenía límites, los cuerpos, en cambio, nunca me embriagaron. Encontré en el sexo una moneda de cambio para intercambiar con aquellos que la aceptaban y que me interesaban. Pronto aprendí a leer el deseo en ellos y ellas, y también como poder explotarlo. De esta manera, mi relación con el padre Rafael terminó, cuando detecté, que con y sin sotana, no tenía nada más que contarme sobre la resurrección y el espíritu de Jesús.

La palabra espíritu, sin embargo, me condujo a nuevas averiguaciones. Había un conjunto de población, nada desdeñable, que creía firmemente en que los espíritus de las personas, una vez muertas, se quedaban en una determinada región, zona o también le decían: dimensión. El contacto con este grupo no fue fácil, no estaban accesibles ni abiertos como la iglesia. Para llegar a las reuniones clandestinas y verdaderamente interesantes tuve que asistir durante varios meses a unos grupos de lectura del café León. Allí se juntaban aspirantes a escritores, aprendices y algún que otro ínclito escritor desesperado por aferrarse a lo que fue.  Leían, lo hacían en voz alta y los demás escuchábamos. Lo que más les gustaba era recitar poesía: Neruda, Bécker, Machado, García Lorca, Benedetti, Alberti y otros muchos más. Luego traían poemas escritos por ellos mismos que se diluían como un azucarillo ante cualquier comparación. Fui como una sanguijuela, llegué a esas reuniones sin interés, fueron el medio de llegar a otro lugar y me quedé enganchado a las tertulias interminables. Aquellos poemas leídos transcendían más allá de los significados propios de las palabras y ofrecían una orgía sensorial que me excitaba sobremanera. Sobre cada frase se alzaba un sentimiento mucho mayor que el que la propia semántica le atribuía. Incluso la misma frase era capaz de provocar diferentes sentimientos en diferentes personas, en ocasiones contradictorios. Cada día de lectura era una sinfonía de sensaciones que me hacía olvidar el cuerpo donde habitaba y que me hacía pensar donde estaban los seres que habían redactado aquello.

<,,continuará..>

Join the discussion 2 Comments

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado aunque no sé dónde quieres ir a parar, jeje Habrá que esperar.
    Es verdad que el narrador es distinto a lo que has escrito hasta ahora, se preocupa de cuestiones espirituales profundas y está muy alejado del texto de Saúl, por ejemplo.
    El primer párrafo yo lo pondría más adelante y empezaría por “no recuerdo exactamente cuándo tomé consciencia de mí mismo”. Creo que me metería más en la historia. Y luego ya aceptaría esta reflexión sobre la falsedad del “ayer fallecí”. No sé cómo lo ves tú. También me falta ver cómo sigue para buscarle el hueco exacto más adelante, pero de momento lo veo así.
    La historia que sigue al primer párrafo me ha gustado. Me parece una temática nada ligera, por lo que implica de razonar y comparar la propia experiencia en este terreno con la del protagonista.
    En lo formal, te has dejado muchas comas en las interrogativas indirectas. Como ya te has puesto las pilas con los vocativos, creo que este tiene que ser el siguiente objetivo. Te dejo un enlace por si lo quieres mirar.
    https://www.unprofesor.com/lengua-espanola/oraciones-interrogativas-directas-y-oraciones-interrogativas-indirectas-ejemplos-2097.html

    Me quedo con ganas de saber más y de encontrar la relación con los otros textos.
    Enhorabuena por el trabajo 🙂
    Un abrazo.

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