Siempre fue el puto amo. Lo llevaba en la sangre o en los genes o es que nació así, yo que sé, cualquier cosa. No era mucho de ir en plan colega, se apuntaba cuando le salía de la punta, se juntaba con nosotros en los bancos de detrás de la barriada, casi siempre cuando teníamos litronas, raro que tuviéramos lana pa’algo más serio, bueno, en esa época no, luego empezó a sobrar, pero eso ya fue tiempo después.

Saúl no nos caía bien, pero no te líes, tampoco nos caía mal, era el típico tío que iba a su bola. Pero no en plan sintecho ni pordiosero, para nada, él iba a su rollo pero toda la peña le respetaba. Yo también. Incluso más que respetarle le admiraba, ahora ya no me importa decirlo, y eso que era más bajo que yo. En realidad, era más bajo que la mayoría, pero con todo y con eso se las llevaba siempre de calle. Ellas decían que no, que era un chulo, que siempre pasaba de todo, que era muy bruto y no sé cuántas gilipolleces más. Luego, en cuanto Saúl se arrimaba a cualquiera de ellas, aunque fuera de refilón, se les caían las bragas. Recuerdo un día en el banco, él estaba sentado en el respaldo, con las manos en el Pedro Gómez y con los hombros encogidos.  A su lado estaba Esther, que no era moco de pavo, tenía novio y no era el primero, que no se había caído del guindo, quiero decir. De hecho, Esther podría decirse que era de las más espabiladas si no la que más. Toda la tarde estuvo al lado del Saúl, bien arrimada a él y sin hacerle carantoñas, na, ni puto caso. Él como siempre a su bola, en la esquina del banco, parecía solo participar cuando le llegaba la litrona o el peta.  Esther sin embargo no paraba de largar y de participar, ya te digo que era una de las que más pilotaba. Bien, pues atento a lo que te cuento, porque no sé si los demás lo vieron como lo vi yo. No me acuerdo de qué se hablaba, pero Saúl le dio un toque en el hombro a Esther, ella giró la cara para mirarle y él le dijo algo al oído, entonces ella se descojonó echando la cabeza para atrás. Lo siguiente que recuerdo es que él la sujetaba la cara y ya le estaba comiendo la boca. Puto amo, lo que te digo.

Lo de Ganar, que así es como lo llamamos, empezó en los billares de la barriada, dónde el número setenta, dónde luego hicieron un pub y luego un restaurante. La verdad es que ese local siempre ha estado gafado, tampoco duraron mucho esos billares, una pena. El jefe de allí era un chileno que tenía a la familia viviendo en la trastienda, en el mismo local. Era un tipo que siempre llevaba la mirada triste y la barbilla alta. Un día nos contó que había tenido que salir por patas de su país donde había una dictadura, eso decía, y añadía que era como el dictador que habíamos tenido aquí: Franco. Sería gilipollas, tres cojones nos importaba a nosotros Franco y toda su panda, lo más gracioso es que el suyo tenía nombre de dibujo animado: Pinoché, o una movida parecida. Vamos al meollo que se me pira la pinza, la movida es que este jefe, ya no me acuerdo de su nombre, nos dejaba a veces, a los más habituales, que le cuidáramos el local cuando él iba a hacer recaos, a cambio nos daba unas partidas gratis y ni tan mal. Nosotros no teníamos otra cosa mejor que estar allí a esperar a que alguno echara cinco pavos y mirar como jugaba. Un día, se nos ocurrió pillar de su llavero la llave de una máquina, pensamos hacerlo solo temporalmente y solo para jugar gratis, pero como tú ya sabes ahora, aquello se nos fue de las manos.

La cosa es que cogimos la llave, era la del pingball de Metallica, y empezamos a ponernos de cuando en cuando partidas por todo el morro, y todos como trols alrededor de la puta máquina y pegándonos por quién jugaba antes o después. El ansia es mu’ mala. El jefe que era chileno pero que no era gilipollas se dio cuenta, aún así, no nos podía culpar así directamente y empezó con las preguntitas sobre si habíamos visto una llave y otras mandangas. Cuando la cogimos pensábamos devolverla, pero visto lo visto, nos rajamos y ninguno quería ponerle el cascabel al gato, así que nos fuimos pirando de esos billares hacía los que estaban en la calle pasado el primer bulevar. Si hubiera estado el Saúl, seguro que le hubiera dado la llave en su jeta, con todo su morramen, pero nosotros nos cagamos y nos largamos.

Puta casualidad, las cosas siempre pasan por puta casualidad, donde menos te lo esperas salta la liebre. Escucha. En los otros billares había dos jefes, uno joven de veintitantos que era hermano del dueño y que se hacía el guay con nosotros, el otro era un viejo to’ lleno de arrugas, con una barriga que flipas y que casi siempre se traía el mono azul para trabajar. Todas las maldades las hacíamos con el viejo, no te jode: metíamos pesetas por la ranura de abajo para conseguir partidas gratis, le decíamos que se nos había colado la moneda y el pringao, aunque dudaba, nos acababa dando la partida. Nosotros no éramos machos, pero éramos muchos y el viejo era solo uno. Lo recuerdo ahora con cierta pena, fíjate. La movida es que un día a alguien se le ocurrió probar la llave que habíamos robado en los otros billares a ver qué pasaba y no pasó nada, pero insistimos hasta que se probó en la misma puta máquina: la petaco Metallica. Resultó que aquella llave también la abrió. De primeras nos dimos un atracón toda la tarde con partidas gratis y unos helados que le robamos al jefe viejo mientras le liábamos donde los futbolines.

Te explico ahora las tripas que tienen su intríngulis. Para dar las partidas teníamos que abrir la puerta que había frente a la máquina donde estaban los monederos anclados. Casi al final de esos monederos había un alambre, cada vez que lo movías para abajo cantaba una partida, así que lo que se hacíamos era meter la mano, buscar al tacto y darle varias veces, pero no demasiadas para que no se mosqueara nadie. Generalmente hacíamos eso con mucho arte, abriendo la puerta lo justo para meter el brazo y que no nos vieran. De nuevo otra puta casualidad, un día, uno de la pandilla que era muy torpe, no conseguía acertar solo tocando y no se le ocurrió otra cosa que abrir la puerta de la máquina de par en par, lo siguiente que pasó es que todos nos alarmamos, pero no solo porque nos fuera a pillar el viejo o cualquier chivato, sino porque dentro de la máquina se podía ver la caja de recaudación, donde caían las monedas, reluciente, totalmente abierta: a un lado las de veinticinco pelas y al otro un montón de las de cien pavos como si fuera el tesoro de un pirata. Tras aquel espectáculo y pasados unos minutos fue el Chemi el que le echó más huevos, volvió a abrir la puerta, metió la zarpa y sacó un puño lleno que se metió en el plumas. No hubo más manos ni más puños, esa tarde. Salimos de los billares como alma que lleva el diablo, mangaos, calle abajo, más empalmados que cuando nos la cascábamos escondidos en los portales. En el barrio todos sabíamos que cada perro se lamía su cipote, pero esa tarde hubo fiesta comunal y solidaria hasta donde alcanzaron las monedas de veinte duros. Y así empezó todo, ¿ves?, puta casualidad.

Estuve toda la noche comiendo techo, y te puedo asegurar que no me metí nada. Todo la perola dándome vueltas, pensando en la caja llena de pasta gansa. No fui el único, el Chemi y el Nene también estuvieron comiéndose la olla, lo hablamos el día siguiente todos en el banco. Había acojone, no te digo que no, aquello nos venía grande, pero es que era mucha guita la que había en ese cajón. Ninguno estuvo en contra, y enseguida nos organizamos, definiendo lo que luego sería el equipo de asalto básico montado por tres. Esperamos a la tarde que era cuando estaba el jefe viejo, después de comer era el mejor momento porque se repanchingaba en la butaca que tenía en el despacho y se amodorraba como un buey a una buena sombra, solo le faltaba menear el rabo. El nene y yo nos pusimos a cada lado de la máquina simulando mirar la partida y el Chemi hacía que jugaba y manipulaba. Los de los lados abrimos bien las chupas cubriendo el máximo espacio y nos quedábamos al loro. El Chemi abrió la puerta y sacó la lana a puñaos hasta que no le cupo nada más en los bolsillos. Antes de irnos, buscamos a unos chavales y les regalamos las partidas que quedaban.

Cristina llegó cuanto estábamos repartiendo el botín, a partes iguales, nosotros siempre lo hicimos así. Ella era guapa, con una sonrisa fresca y una seguridad en sí misma arrolladora. Además, sabía que era guapa, pero no lo explotaba de forma descarada como otras, no lo necesitaba, era mucho más lista que guapa. Nos vio contando todas las monedas, haciendo montones y no tuvimos más pelotas que contarle la movida. No pidió nada. Preguntó si habíamos vaciado el cajón con la pasta y le dijimos que no, que para vaciar eso hacía falta muchas tardes. Fue ella quién nos dijo que no debíamos vaciarlo porque se notaría mazo. Tenía razón la cabrona, es que era muy lista. Me molaba hablar con Cristina, y creo que a ella también conmigo, nosotros éramos los únicos que no habíamos dejado de ir al Insti y eso, de alguna manera, nos unía como en un círculo exclusivo. Muchas veces, mientras estábamos con todos, hacíamos un aparte y comentábamos sobre algún trabajo de sociales o algunos ejercicios de mates. Su padre también se había pirado a por tabaco, como el mío, y en eso también coincidíamos, en nuestras casas siempre había un poco de jari y preferíamos pasar el tiempo en la calle. Su pelo siempre olía a un champú de melocotón, o algo parecido, creo yo. También se le ocurrió a ella lo de investigar nuevos caladeros, recuerdo perfectamente como lo dijo: si la llave ha abierto la misma máquina en los dos locales, quizá puede que abra más máquinas pingball de Metallica. Acertó la jodía, que lista era, joder, que lista.

Comprobamos lo que dijo Cristina en un bareto de la calle Ibiza dónde estaba la misma máquina y efectivamente la abrimos sin dificultad. Hostia, que puto descubrimiento, vimos el cajón igual de lleno de pelas y nos largamos a relajar las meninges. ¡Era una llave mágica que abría todas las máquinas petaco Metallica! Hicimos batidas por el barrio a descubrir cuantas máquinas iguales había y conseguimos localizar siete, siete cajones llenos de parné, siete tesoros. En pocas semanas habíamos reunido más dinero que en nuestros mejores sueños. Incluso yo mismo tenía problemas para esconderlo en casa, pues ya sabes que compartía habitación con mis hermanos pequeños, pasta a raudales ¿te lo puedes imaginar?, una locura. Eso sí, no nos lo fumamos ni nos lo bebimos todo, aproveché para comprarme unas J’Hayber y unos vaqueros ajustados al tobillo y seguía sobrando, mucho, por todas partes. No podíamos almacenarlo en monedas y empezamos a establecer mecanismos para cambiarlo en billetes, pero esa es otra historia, para otro día. Se me pone la piel como escarpias con solo recordarlo. Los otros dos no escatimaron, no te vayas a creer, y también hicieron sus compritas, pero pronto nos dimos cuenta que nos estábamos pasando. Se nos vio el plumero y eso fue el principio del fin.

Entonces entró Saúl en escena. El puto amo. Se sentó en nuestro banco, como otras tantas veces, a su bola, a beber y a fumar y a pasar la tarde. Ya te he dicho que no necesitaba hablar para que se le notara, pero cuando lo hacía subía el pan, tenía la lengua afilada el cabronazo. Algo debía haber oído, alguien había largado, siempre hay un bocarana, un bocachancla que jode todo los tinglaos. Empezó con preguntas cortas, como de donde sacábamos tantas cajetillas de tabaco y tanta birra, y nosotros nos quedamos mirándonos entre nosotros, encogidos de hombros, alguno le dijo alguna chorrada, pero Saúl ya se sabía todas las respuestas, solo preguntaba por darnos palique hasta que cantáramos. Y lo hicimos, como la Caballé, que si habíamos descubierto una cosa, que sí había sido puta casualidad, que si era solo una llave y allí como membrillos dándole detalles y explicaciones al Saúl que todavía no había dicho pa’que coño quería saber tanto.

No nos pidió pasta, ni tampoco la llave, bueno, eso sí, solo un rato, para verla y examinarla. Era una llave de esas que tienen un cilindro hueco y que estaba tallada por todo el borde. El del puesto del mercado no podía hacer copias y por eso la guardábamos como oro en paño. Saúl la miró por todas partes y nos la devolvió, ya te digo que no nos pidió na’. De aquellas, no llegó la sangre al río, nosotros tres seguimos a nuestro rollo sin saber que la mecha ya se había encendido, pero de eso nos enteramos después, nos lo contó el Chemi una tarde en mi casa.

Estábamos los tres fumando un canuto con la ventana abierta y la música muy alta, para que la escucharan las vecinas de enfrente que a veces se asomaban al balcón con la tontería de las canciones. Chemi estaba nervioso, mejor dicho, estaba excitado, como quién ha descubierto algo gordo y nos lo tenía que contar para que no le quemara por dentro. Entonces, entró a la habitación uno de mis hermanos pequeños a tocar los huevos:

—Lárgate de aquí, enano.

—Mamá no nos deja fumar, y menos esas cosas.

—Puto crío, que cojones te importará a ti, como cantes te corto la lengua.

Cogió las botas de montaña y se largó, pronto se iría a una de esas excursiones con los frikis de La pera. El Chemi se arrancó y nos contó que el Saúl estaba haciendo lo mismo que nosotros con dos mayores del Liceo francés. Le preguntamos que como era posible, que nosotros teníamos la llave y entonces nos explicó que ellos tenían un montón de llaves y habían hecho copias en no sabía dónde.

—Lo hacen todos los días, por la mañana y por la tarde. Joder, no hacen otra cosa que ir a Ganar los muy cabrones.

El puto amo, y pronto sería más que eso. Había montado un sistema organizado para ir a coger la pasta de las máquinas. Descubrió, bueno, en realidad fue gracias a nosotros, que cada tipo de máquina tenía la misma llave, como la nuestra de Metallica. Cogió poco a poco las llaves al viejo, hacía una copia de cada una y se las devolvía. En cuestión de semanas había conseguido tener las llaves de no sé cuántas pingball. Los tenía cuadraos el Saúl, siempre los tuvo. Se levantaron mucha, pero que mucha plata en muy poco tiempo, ampliaron las fronteras, se repartieron por barrios y crearon un sistema de porcentajes dónde el que más pillaba era el Saúl, con sus dos cojones bien plantaos. En menos de dos meses ya se había comprado una jaca de puta madre.

Una Montesa Enduro mazo alta, parecía que iba montado a caballo como un Sheriff cada vez que llegaba a los billares y se bajaba de ella. Entraba a los garitos como si entrara al Saloon, con las piernas abiertas. Con esa moto se había quitado de un plumazo cualquier resquicio del complejo de enano que pudiera quedarle. Saúl era el vértice de un sistema perfectamente orquestado. Los equipos se organizaban por la mañana alrededor de la mesa de billar francés, que era el que más le gustaba a él. Hacían equipos de tres, dispuestos como lo habíamos hecho nosotros, dos a los lados y uno delante manipulando. Cada equipo era una célula con una llave de un tipo de máquina. Luego por la tarde se repartía el botín, en el bajo de una obra de los edificios nuevos que estaban haciendo dónde el parque Roma, lejos de las miradas de curiosos. Allí solo entraban los miembros de las células y Saúl que no quería ni un puto cotilla merodeando, un día el Masu le dio por meterse donde no llamaban y se llevó unas manitas pa’casa.

Mientras tanto, nosotros seguimos yendo a Ganar, a nuestra manera, a nuestra petaco, íbamos con cierta regularidad a los diferentes sitios que teníamos localizados y nunca dejábamos ningún cajón vacío, sin embargo los orcos de Saúl no tenían ninguna medida, iban a saco-paco y arrasaban, cuánto más mejor, todo para los bolsillos.  Incluso con toda nuestra prudencia, un día en el bar SonGaitas de la calle Ibiza, al abrir nos dimos cuenta que la caja de recaudación tenía una tapa puesta y que en ella solo había dos ranuras para que entraran las monedas de los monederos pero no pudiéramos meter la mano. Nos quedamos fríos, sin saber cómo reaccionar, de repente nos sentimos más observados por el camarero que otras veces, cerramos y nos largamos con viento fresco. Ese incidente nos dio que pensar y empezamos a actuar más de tranquis, dejando de ir a sitios dónde nos mosqueaba cualquier tontá. Tuvimos que bajar el pistón, aunque para entonces habíamos recolectado mucho. No hicieron lo mismo las células organizadas, seguían arrasando allá donde fueran. El mismísimo Saúl nos contó un día en el banco que ellos también se habían encontrado las tapas con las ranuras en algún sitio pero que lo habían arreglado por la directa: llevándose, por todo el morro, la caja entera. Era una declaración de intenciones, no me dejas meter la mano, pues me llevo toda la recaudación. En esos momentos las cosas estaban torcidas, pero la tortuga todavía no había asomado la cabeza del todo.

La imagen de Saúl y su motarra se repetía por todo el barrio.  Él y los dos del liceo francés iban los findes a la discoteca Nacional, no les faltaba de nada, estaban dos peldaños por encima del resto. Aun así, siendo como era el epicentro de todo, Saúl seguía viniendo algunas veces, como antes, a nuestro banco. Allí le tratábamos como siempre, aunque él fuera quién fuera, yo creo que a él le gustaba que nosotros no hubiéramos cambiado. Llegaba de extranjis, se sentaba en su rincón del banco y se quedaba en silencio como tantas otras veces, casi siempre con las manos en los bolsillos que solo sacaba para fumar o beber. Nosotros le tratábamos igual que siempre, pero su halo había crecido y todos lo sabíamos. Con nosotros era más generoso que con otros grupos, se notaba a la legua, a mí siempre se me ha dado bien la mecánica y cuando tenía alguna pollada en la Montesa venía para que se la mirara, por supuesto me prestaba y casi siempre conseguía arreglarla. A la segunda o tercera vez nos empezó a prestar la jaca. Éramos los únicos, después de él, que montábamos en Babieca, como él la llamaba y eso nos hizo subir un escaloncito a los ojos del barrio.  Pero no te hagas líos, siempre nos la dejó algún día entre semana y para de contar, los findes eran suyos.

Un día llegué más tarde que de costumbre al banco, pero a tiempo de ver, a lo lejos, las espaldas de Saúl y de Cristina que iban camino del portal. Me hice el longuis y saludé al resto pero tenía la estampa metida en la perola como la imagen fija de un videojuego.  En el banco se hablaba de las mismas gilipolleces de siempre y yo estaba allí, pero no me estaba enterando de nada, tenía el rabillo del ojo vigilando la puerta de ese portal dónde les había visto entrar. No fueron pocas veces las que el Chemi o el Nene me daban un codazo para que participara. Creo que incluso debí de beber menos birra que de costumbre. Estaba muy chinado, pero yo era el único, a los demás les importaba tres pelotas. Al final salieron los dos del portal, Cristina parecía abochornada y se dio el piro en dirección contraria a donde estábamos, pero Saúl vino hacía el banco, andando raro, como si se acabara de bajar de la moto. Venía medio mosqueado, discutiendo consigo mismo, algo poco habitual en él, llegó al banco y se sentó en su esquina. Nadie le dijo nada, nadie le dio importancia, aunque nadie perdió ripio. Recuerdo que fue Esther, quizá por tocar las narices o quizá porque tenía un poco de celos, la que se lo cascó en toda la jeta:

—Te ha dado calabazas Cristina, ¿verdad?, esa es mucho pa’ti Saúl por mucha motarra que gastes.

Entonces él se descojonó en su cara (y en la de todos nosotros) y contestó mientras se levantaba con el pulgar el cinturón y miraba hacia abajo:

—Lo que pasa es que esa puta, era virgen, y me he tenido que limpiar con los gayumbos. Me he puesto perdido, joder, me cago en la hostia.

La mayoría le rieron la gracia, Esther no, y yo tampoco. Me quedé frío, se me bajó la sangre a los pies, me encogí de hombros e intenté disimilar. Los demás añadieron varias bromas soeces al hilo del comentario y todos se descojonaron entre trago y trago de la litrona. Busqué una excusa para largarme, me sentía fatal y me estaba rallando demasiado. No hacía más que pensar en lo que había pasado en ese portal: se la había cepillado el muy hijo de la gran puta. Le culpaba a él, sí, pero en realidad quería preguntarle a Cristina que por qué, que qué sentido tenía, que parecía mentira que no conociera a Saúl, que ella era lista, joder, que cómo se había dejado embaucar por ese macho alfa. Todo era yo hablando conmigo mismo y mi mecanismo, encabronado, puteado, jodido, tragándome un kilo de realidad, de esos que te acaba haciendo más fuerte, si aguantas el envite, claro. La vida siempre nos pone frente a nuestros demonios, la madre que la parió. Aquel día no volví al banco.

Yo me caí del guindo el día de los billares de Pacífico. Habíamos ido allí los tres como tantas otras veces, a ponernos unas partidas, pillar algo y luego echar la tarde haciendo el calamar como de costumbre. Ese día me tocaba a mi manipular mientras el Chemi y el Nene me escoltaban uno a cada lado. Metí la mano y pulse cinco créditos, los suficientes para marear la perdiz. Luego, en un momento en que no había nadie abrí la puerta de los monederos y ví, que no solo tenía una tapa con ranuras para las monedas, sino que por encima habían puesto una barra metálica sujeta por un candado que impedía sacar la caja registradora. Cerré la puerta y les dije que nos quedábamos sin merienda. Saúl y sus secuaces habían esquilmado de tal manera que ya estaba todo el mundo alerta y ya era imposible ir a Ganar con tranquilidad. Aquella barra y aquel candado tenían el cartel de Fin escrito como un cartel de cine. Lo estuvimos discutiendo luego los tres, que ya no merecía la pena y que debíamos, por lo menos, dejar de ir a Ganar durante una temporadita. El Chemi era el que menos claro lo tenía, le molaba la pasta calentita que nos levantábamos, pero los tres cerramos el acuerdo.

El resto del barrio cree que el mal rollo empezó el día de la pillada a una cuadrilla de Saúl con uno del Liceo al frente. Les enganchó la policía con las manos en la masa en Los Charros, el bar de la esquina. Allí les pillaron con toda la lana metida dentro del abrigo e intentando salir por la puerta. Soltaron a todos menos al del Liceo que ya tenía dieciocho y tuvo que comerse unos días en el hotel. Saúl estaba que se subía por las paredes, toda la banda se había acojonado y era una temeridad seguir saliendo a Ganar. El más tonto de todos ellos se había hecho con un botín que nunca hubiera imaginado, así que tampoco suponía un problema parar de cuajo. Nadie supo entonces que todo había terminado, se pensó que era un paréntesis, una paradiña para luego seguir.

Como todos teníamos los huevos forrados y los cerditos llenos, el resto de nuestras vidas siguió como siempre o mejor. Teníamos para birras, tabaco, costo y otras mierdas que nos metíamos de cuando en cuando. El banco siguió siendo la central de operaciones, Saúl traía la moto para que se la arreglara y nos la dejaba para darnos un voltio. Cristina y yo estuvimos más alejados, yo no tuve huevos a preguntarla, ni ella ovarios para contarme nada, solo el tiempo podría limpiar el recuerdo de aquel día en el portal, a mí, al menos, me seguía escociendo y el final ya te lo sabes tú. Y cuando todo parecía suave, relajao, cuando todos habíamos plegado y disfrutábamos de lo ganado, entonces, llegó la noticia que encendió a Saúl. Se puso como una moto, Montesa Enduro para ser exactos, me río yo solo,  y dijo que no pararía hasta vengarse. Nunca le había visto así, era como si toda la mierda que se había metido se le hubiera revenido por dentro.

La pillada de Los Charros fue la comidilla del barrio, al menos, mientras no hubo otra más gorda. Que si los habían cazado por ir de sobraos, que si les estaban esperando, que tanto va el cántaro a la fuente que al final se desparrama entero. Sin embargo, la versión que cogió más fuerza era que el viejo de los billares, acostumbraba a tomarse un sol y sombra con el tuerto que vivía en una furgoneta antes de ir a trabajar, y que el viejo era gordo y lento pero ya se había loreado de que le estaban levantando la recaudación de las máquinas. Sin embargo a él le importaba tres cojones porque él estaba a sueldo y no tenía ninguna gana de enfrentarse a los macarras del barrio. Pero una de esas mañanas entre carajillos y orujos, se lo cascó al tuerto, Ojopipa le llamaban, y dicen que éste que era hijo de juez y que tenía la justicia muy a flor de piel, pues denunció todo a los maderos. De boca en boca fue corriendo, porque todo el mundo quiere su minutito de gloria, aunque sea rajando y así llegó a los oídos de Saúl que montó en cólera.

Por aquel entonces todo andaba muy revuelto, Chemi y el Nene eran de confianza pero yo solo me fiaba de mi polla, sabía que era la única que no me daría por culo. Los rumores solo silbaban, entonces, sobre la venganza de Saúl, espoleado por el del Liceo que se había comido los días en el calabozo. Te puedo asegurar que algo tramaba, aunque nunca he sabido los detalles. Vino para decirme que quería que le pusiera la Montesa a punto, que quería que corriera más que nunca y yo se lo hice, pero no a cambio de una vuelta, empecé a cobrarle las intervenciones que pasta tenía toda la que quisiera, no te jode. Le tuneé el carburador, se lo petroleé, le ajusté el ralentí y el aire para que corriera a toda hostia. Luego le hice otros apañitos y lista, siempre se me ha dado dabuten lo de la mecánica, he tenido buena mano, yo que sé. Cuando se la entregué a Saúl se lo dije:

—Te llevas un pepino, ya verás, cuidadito con el gas.

Cuando le dije aquello no sabía que en menos de veinticuatro horas las cosas cambiarían para siempre. Saúl seguía obsesionado con el tuerto, aunque yo pensaba que era seguro que hubiera sido él, porque el camarero de Los Charros siempre está con la antena puesta y bien podía habérsele ido el pico. Esa misma tarde Cristina se acercó a hablar conmigo, es verdad que fue poco y sobre una mierda de mates del Insti, pero recuerdo que la contesté, ya había dejado de culparla a ella por lo que ocurrió.

La mañana del día siguiente fue la del incendio. La furgoneta donde vivía el tuerto había ardido durante la noche y todavía se levantaba humo de los rescoldos.  Habría una veintena de vecinos mirando desde donde dejaba la policía. Alguna señora, en plan nenaza, se había echado a llorar.  Todo parecía un accidente, aunque en ese momento ya se sabía que las llamas habían pillado al tullido dentro. De todos los que estaban mirando, seguramente yo, era el único que pensaba, y sabía, sobre Saúl y sus obsesiones.  La movida se le había ido de las manos, una cosa era dar un susto y otra llevárselo puesto por delante, joder. No me cuadraba, Saúl era un hijoputa pero no era un asesino, algo tenía que haberle pasado para llegar a este final. De cualquier manera, eso es algo que nunca supe.

Las malas noticias corren más rápido que la Montesa Enduro y pronto llegó uno con el cuento del hostión que se había dado Saúl esa misma noche. No se había matado, no, lo tenían entubado en la UVI del Francisco Franco o como cojones se llame ahora, que al único que le importa el nombre es al chileno de los billares.  Veinte días con sus veinte noches lo tuvieron conectado a todo tipo de cacharro hasta que lo mandaron pa’ casa, allí es donde le visitamos los del barrio. Estaba en la cama, tenía la cara hecha un cristo y decían que ya no podría andar, al menos como antes, pobre chaval, la puta moto le había pegado una buena dentellada a su futuro. Yo le avisé, que no le diera gas, pero él era todo cojones y adrenalina de esa. Verle allí tirao me enterneció, que quieres que te diga, por momentos pensé que no se merecía eso, que una cosa era un susto y otra dejarle atontado para toda su puñetera vida. El puto amo, si, allí, a los pies de los caballos. Menos mal que se me pasó toda la tontería al salir de aquella casa, hubiera sido mejor un susto, pero ya estaba hecho. Se respiraba muy mal rollo allí dentro.

La hostia del Saúl esa misma noche lo sacó de todas las quinielas sobre la muerte del tuerto, no hay mal que por bien no venga, aunque bien hubiera preferido él verse en esas y no en las que estaba. A los del Liceo no tuve bemoles a preguntarles sobre lo que había pasado ni si habían ido donde Ojopipa, a esas alturas me roncaba un huevo todo. Sé que estuvieron con Saúl minutos antes del accidente, porque lo fueron cascando a voz en grito, que de tanto hacerlo casi se meten en otro movidón.

Tiempo después volví a ver a Saúl, y casi mejor no haberlo hecho, joder. El lado izquierdo de la cara lo tenía aplastado sobre la boca y sobre el ojo, que ya daba igual porque no podía ver por él. Se convirtió en el bufón de los billares de arriba del bulevar como si fuera Quasimodo. Allí le dejé, ya sin rastro de su halo. Nunca jamás volví a salir a Ganar, seguí viéndome con Chemi y el Nene hasta que el destino empezó a jugar a los dados con nosotros y nos fue desparramando por ahí.  Eso sí, te voy a confirmar algo: durante todo el tiempo que duró, nunca jamás Saúl intentó pillar en la petaco Metallica.

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  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    El mundo pandillero (no en sentido delictivo) te pone y hay que tener mucho aplomo para hacer un escrito como el que has hecho y manejarlo con soltura. Hay visibilidad y credibilidad. Los detalles que da el personaje acerca de las máquinas son fundamentales en ambos aspectos. Me ha gustado mucho cómo te has manejado, plasmando un estilo atropellado, muy propio para la forma de narrarlo. Me imagino que quien lo cuenta se dirige a uno que está en silencio escuchando todo más que a una epístola.
    Haré otra leído para darte más opinión. Por el momento, a esta hora, es lo máximo a lo que llego.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Tu texto me ha gustado, me ha parecido verosímil y terrenal, muy de la calle. Veo que la infancia y la juventud te inspiran con los relatos.
    Me ha sorprendido tu narrador, su forma coloquial de hablar. Entiendo que hay un motivo para elegirle a él y que habrá que seguir leyendo la continuación para acabarlo de perfilar. Parece que cuenta la peripecia a alguien pero no sé si directamente al lector o hay otro personaje por ahí que va a dar la réplica.
    La historia me ha recordado a la sala de recreativos a la que iba yo de adolescente, jeje. Has conseguido transmitir entusiasmo y he podido empatizar con la “movida” 😉
    Como sé que estás preparando una historia conformada por varios relatos, estoy buscando conexiones más allá de que sean recuerdos de juventud. No sé si vas a dar voz a distintas personas en cada uno de ellos ni si hay un vínculo que las une. Lo lógico es pensar que quizás fueran personas distintas, todos de la misma pandilla. Ya lo iremos viendo.
    Enhorabuena por el trabajo y disculpa por la tardanza en comentar.
    Un abrazo.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado tu continuación. Nos has contado otro poco de historia, con el mismo tono y el mismo lenguaje coloquial y “de barrio”.
    Me ha gustado leer la referencia a las excursiones de “los frikis a La Pera” porque veo que los relatos de tu nuevo proyecto van a ir enlazados de alguna forma. He pensado entonces que tus narradores podrían ser distintos hermanos, pero es solo una idea que he intuido.
    La expresiones que usas las había oído todas menos “un poco de jari”, entiendo que se refiere a que había un poco de mal ambiente en casa.
    Esperaré a ver cómo concluye la historia.

    En lo formal, faltan algunas tildes:
    “recuerdo perfectamente cómo lo dijo: si la llave…”
    “qué lista era”
    “qué puto descubrimiento”
    “qué cojones te importará a ti”
    “Le preguntamos que cómo era posible”

    Una coma del vocativo:
    Tenía razón, la cabrona, es que era…

    Y aquí sobra la coma porque no es vocativo:
    “Mamá no nos deja fumar”

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,
    me ha gustado mucho tu relato porque lo has hecho muy verosímil con la dificultad de que el que nos lo cuenta habla una jerga juvenil de barrio que le aporta colorido.
    El sistema que cuentas de meter pesetas por la ranura de abajo para conseguir partidas gratis debía de estar extendido porque recuerdo que se usaba en los recreativos donde yo iba, era muy difícil hacerlo, podías haberte recreado más en al descripción. Además, se empleaba también el de dar un calambrazo con el mechero de cocina, a veces daba partida y a veces fundía la máquina. Te lo cuento por si te sirve para enriquecer el relato.

    Te comento a continuación palabras que se me hacen raras entre paréntesis:
    … largar y de (participar): la sustituiría por una palabra más de jerga.
    … entonces ella se descojonó (echando la cabeza para atrás): no pega en la descripción del tío a no ser que diga algo más, suena muy descriptivo de narrador.
    … Lo de (ganar), que así es como lo llamamos: no lo entiendo
    … Pinoché, o una (movida) parecida: quizás otra palabra fuera mejor
    … (pira) la pinza; en esta frase no me encaja
    .. veinticinco pelas y al otro un montón de las de cien (pavos): ¿qué moneda es esa? ¿un billete de 500 pesetas?

    Cómo no he seguido tus otras historias no se si me he perdido algo. Espero las siguientes para ver como acaba la historia.

    Buen trabajo!!!

    • Jorge dice:

      Hola Carlos.
      Muchas gracias por comentar. Ya te tomado buena nota de todos tus acertados comentarios.
      Pues ha sido leer tu lo que había y ya he subido el final del mismo. De cualquier manera es una serie de relatos, por si los quieres leer en orden:
      1. ojopipa
      2. blanco precioso
      3. (estamos escribiéndolo)
      4. Saúl (sometido a juicio sumarisimo en esta web y que ayudará a que mejore, como tu has hecho)
      Nos leemos.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Pues relato terminado. Reconozco que me choca leer esta jerga de la calle, hay algunas expresiones que no había oído nunca. La historia suena creíble y fresca, creo que el tono está bien cogido y me creo la narración del protagonista.
    A mí todas las palabras escritas como jerga me parece que tienen que ir en cursiva porque sino son faltas de ortografía y me duelen los ojos cuando las leo. Pero es un formalismo, ya tus correctores reajustarán la parte formal (jeje).
    Al final has conseguido hilar tu relato con el de Ojopipa. Entiendo que tu idea del libro es esta, que vayamos relacionando unos relatos con otros y encontrando las conexiones hasta hacernos con el mapa completo.
    Enhorabuena por el trabajo y a seguir 🙂
    Un abrazo.

  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    como te dije, lo leí hace unos días. La mejor cualidad del texto es el ritmo, que es el característico de toda esta serie de relatos. Este no me ha confundido como me pasó con Blanco Precioso, que había veces me perdía. Aquí la historia está clara, todo se vertebra en el mecanismo que han ideado para desvalijar las máquinas. Me gusta cómo lo has imbrincado con el texto de Ojopipa.
    Lo que me gustaría saber, y es una crítica que creo haberte hecho a otros textos de la serie, es dónde se sitúa el narrador. No recuerdo que me lo hayas resuelto, perdona si se me ha olvidado. Lo digo únicamente por el tema del vocabulario, que es una de las notas destacadas de estos relatos. Compaginas mucha jerga con palabras que suenan raras en boca de la misma persona. Cuando sale una de esas palabras me da la sensación que se haya desencuadrado la escena y aparezca el escritor por una esquinita, sin querer ser visto. Y en esos momentos, me salgo de la lectura. Podías practicar a imaginar que la historia se cuenta la semana posterior a los hechos para que puedas tener más presente esta circunstancia.
    Si ha pasado mucho tiempo desde que la historia sucedió y hay algún dato en el presente que relacione al narrador con algún personaje, por ejemplo con la chica que intuímos le gusta pero que sobre cuya persona no especifica sentimientos, estaria bien introducirlo: “años después le dije que…”.

    Un placer leerte.

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