El notario cruza la puerta. Dice buenas tardes sin mirarnos. Lleva traje y corbata. Está calvo, pero el poco pelo que le queda tras las orejas y la nuca lo lleva cuidado. Tiene bigote. Un pequeño bigote justo bajo la nariz, al estilo Groucho pero más pequeño. Si atendemos a su serio semblante podríamos rectificar; es de estilo Hitler. Saca su pluma estilográfica Montblanc. Se pone las gafas y busca en los documentos. Mi padre lo dejó todo bien ordenado.

Se fue sin decir adiós. Sin despedirse. Sin que yo me pudiera despedir de él. Yo me había ido de campamento y cuando volví mi padre ya no estaba en casa, pero no fue lo único que había cambiado. Me pareció que volvía a otra casa. En el salón, habían cambiado el sofá de lado y el mueble que sujetaba la tele estaba en otra esquina. Los cuadros descolocados o renovados. Recuerdo que tuve la sensación de llegar a un sitio desconocido, y tan solo habían pasado quince días. Eso sí, quince días con sus veinticuatro horas y asilvestrado en el campo.

Había dejado mi mochila en el pasillo, a la entrada del salón. Mi hermana sonreía y decía que tenía una sorpresa. Hacía un gesto de jefe de patrulla para que la siguiera en dirección a la puerta del dormitorio de mis padres. Ella se paró antes de entrar y me hizo una señal para que pasara.

Entré. Mi madre estaba tumbada. En la cama. Su habitación estaba como siempre, excepto que había una cuna y un niño muy pequeño dentro. Me miraba y se balanceaba de lado a lado de la cuna. Era mi hermano. Mi hermano pequeño. Que pequeño era. Qué pena que no hubiera podido venirse conmigo a tirar piedras al río. Mi madre me cogió de la pantorrilla alargando su mano desde la cama. Me acerqué, la abracé. Le empecé a contar lo de la cascada donde nos bañábamos y los barcos que fabricábamos con corteza de árbol. Ella me escuchaba con atención, frotaba mi espalda en un gesto mitad enérgico, mitad cariñoso. Me despedí y salí.

Poco tardé en acostumbrarme al nuevo salón, a mis hermanos y a los amigos del barrio. Recuerdo que encontramos una bicicleta en un contenedor, pero sin sillín. Pronto le apañamos uno. Todo se teñía de la habitual normalidad, aunque mi padre ya no estaba y eso, de alguna manera, estaba presente. En aquellos momentos entendí la muerte como algo natural. Mi padre ya no estaba. Se había ido para no volver. No había nada más que preguntar ni nada más que entender. Quedaba mi madre, mi hermana, mi nuevo hermano y mis amigos, y la bicicleta sin sillín.

Un día de finales de agosto, fuimos al campo toda la familia, mi hermana, mi madre, el bebé y yo. Llegamos alrededor de un árbol pequeñito. Mi madre se arrodillo y le susurró unas palabras. Mi hermana me cogió de la mano y yo cogí a mi madre, hicimos un círculo alrededor del arbolillo. Hablaban como si mi padre estuviera allí. Esta escena se repitió algunas veces más. Durante un tiempo yo llegué a pensar que mi padre estaba allí enterrado, hasta que mi hermana me lo explicó. Resulta que papá lo había plantado para que lo viéramos crecer y cuando lo visitáramos nos acordáramos de él. Tampoco lo comprendí muy bien, yo no necesitaba ir al árbol para acordarme de papá, por las noches, antes de dormir, con los ojos cerrados era capaz de verle e incluso hablar con él.

Ese verano aparentemente, no siguió todo como si nada, pero no fue hasta que terminó cuando noté que muchas cosas eran diferentes. Lo primero fue mi colegio. Dejé de ver a mis compañeros habituales y entré en un cole nuevo. Había que ponerse uniforme todos los días. A mí no me gustaba, era bastante incómodo para jugar. También eran más aburridos que en el cole anterior y muchas clases las hablaban en inglés. Tardé varios meses en comprender lo que decían. Cuando explicaban religión lo hacían en español. Estas clases, en cambio, nunca las llegué a entender.

En casa también cambiaron cosas, aunque el sofá no se movió de su nuevo lugar. Mamá no era tan espartana como papá. Podíamos comprarnos más de unas deportivas al año, comer chocolate a diario. También empezó a venir Julieta a casa, limpiaba, cocinaba, hacía nuestras camas y nos guiñaba un ojo cuando recogía los juguetes de nuestro cuarto.

Cada vez hablaba menos con mi madre, ella estaba más pendiente de mi nuevo hermano pequeño. Mi hermana era la mayor y seguía llevándose bien con mamá. Además era la única chica. Yo estaba en tierra de nadie. Muchas tardes iba a ver al abuelo, que también echaba de menos a papá y decía, que yo le recordaba mucho a él. Jugábamos al ajedrez. Yo creo que se dejaba ganar.

MI hermano crecía y yo a veces jugaba con él, pero poco. Nos llevábamos demasiados años. En ocasiones también le pegaba y no siempre era por ira. Tenía envidia, tenía celos del amor que él me robaba de mi madre. Con el paso del tiempo mi hermano se fue haciendo más grande, más fuerte y ese sentimiento se me fue enquistando y de alguna manera también culpaba a mi madre por ello. MI hermana, la reina de la casa, siempre se mantuvo indiferente en nuestras disputas.

Tuvieron que pasar varios años hasta que pude entender las cosas que hizo papá antes de marchar, sin despedirse, aquel verano. Supe más tarde, que se tragó su orgullo y volvió a hablar con el abuelo después de varios años. Amplió el seguro de vida. Nos buscó el mejor sitio para educarnos e intentó que no nos faltara de nada hasta que fuéramos mayores. Ya que no podía estar, pensó que esas eran sus principales obligaciones.

Quiso también dejarnos, a su manera, un recuerdo imborrable. Nos dejó escrito que nos juntáramos alrededor del pino que plantó. Justo el día del dieciocho cumpleaños de mi hermano pequeño. Juntamos las manos, como lo hacíamos cuando el pino era más bajo que nosotros, solo que, ahora, se erguía alto y ya daba buena sombra. Había crecido imponente, como había crecido mi hermano que abría el sobre que dejó lacrado mi padre. Era una carta breve, donde decía que nos quería y que le hubiera gustado estar con nosotros. La carta terminaba con el if de Kipling que mi hermano leyó en voz alta para todos.

Al terminar de leer, mi hermano y mi madre no se aguantaron las lágrimas. Estábamos en silencio. Me pareció un poco exagerado, teniendo en cuenta que él nunca le llegó a conocer. Mi padre siempre fue un romántico, quizá por eso murió joven. Mi madre nos abrazó y fuimos todos juntos en dirección al coche para llegar al notario.

Con la mano derecha sujeta la pluma estilográfica Montblanc, mientras con la izquierda retira las gafas hasta la punta de la nariz. Mira a todos por encima de ellas, pero se para más en mi madre. El señor notario, que ya ha leído todo lo que debía, explica en voz alta lo que mi padre había dejado dispuesto. Sus deseos, su herencia, nuestro futuro.

Pronto mi madre y mis hermanos descubrirán las últimas voluntades de mi padre, dieciocho años después de su muerte. También descubrirán que dos años antes de este momento yo las supe por boca de mi abuelo, justo antes de fallecer. Descubrirán que, gracias al abuelo, yo ya estoy al cargo de todos los bienes y derechos. Descubrirán que no tendrán nada que firmar con el notario del bigote y que ya no tendrán de que preocuparse, porque yo me ocuparé de ellos, como ellos se han ocupado de mí.

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  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha gustado tu texto. Nos llevas por donde quieres hasta la sorpresa final, menuda vuelta de tuerca.
    Tú también te has quedado con la parte de “lo imborrable” que hace el padre. Lo que no esperábamos era que el abuelo se adelantara y avisara al hijo mediano de todo lo que sucedería.
    Es un papel difícil el del hijo mediano, ¿verdad? No eres el mayor, eres el pequeño durante unos años, y luego alguien te quita el sitio y te quedas que ni lo uno ni lo otro. Que venga Freud y nos instruya, jeje

    En lo formal, me ha faltado una tilde:
    “Está calvo”

    Aquí, si no entiendo la frase mal, sobraría el “no”:
    “Ese verano, aparentemente, (no) siguió todo como si nada”

    Y aquí creo que hay que reorganizar las comas:
    “Muchas tardes iba a ver al abuelo, que también echaba de menos a papá, y decía que yo le recordaba mucho a él.”

    Enhorabuena por tu trabajo.
    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Gracias Natalia por tus comentarios.
      Pues si, estuve dándole vueltas sobre que podía hacer el progenitor por sus hijos; plantar un árbol, dejarles la vida resuelta, escribirles una carta, y todas me gustaban. Al escribir la historia me parecía que cualquiera de ellas era evidente con la premisa que teníamos y quería dar alguna sorpresa como suele ocurrir con los relatos. Eso es lo que he intentado con el final, hacer un giro.
      Vamos a por el siguiente.
      Abracada.

  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    me ha gustado mucho tu texto. He podido aprender mucho. El enfoque del hijo con sus reflexiones, el estilo que has imprimido, me ha llegado mucho.

    Veo que te has desatado con 1.296 palabras. Puestos a podar, una de las cosas que caería son las frases del bigote del notario. En una frase se podría delimitar descriptivamente. Aunque viendo que es bastante superficial, eliminaría casi toda la descripción del notario. Me centraría en detallar su pluma que al fin y al cabo es la importante en realidad. O de cómo se mueven las distintas partes de la cara mientras habla pues es una de las cosas en las que más te puedes fijar dado el tiempo que se pasa leyendo la escritura.

    Me ha gustado la ausencia de diálogo. Me parece muy metafórico para lo que representa el final del relato.

    Bien pensado, otro asunto que no veo importante para la historia es el tema del árbol. Seguramente esté equivocado. Es más, me ha confundido un poco, aunque quizás fuese la idea. Veo un buen rollo haciendo la ceremonia particular la familia entera y de repente sale con el desenlace del testamento. Por cierto, está muy bien cerrado. Resulta que nos ha salido al final un poco rencoroso el joven, aprovechando la ventaja competitiva de asemejarse al padre físicamente.

    Con el cambio al tiempo presente cuando están en el notario finalmente tengo la duda de si la primera escena y esta última son seguidas en el tiempo. Si es así, perfecto pero hay algo, que supongo estará en mí, que no ha visto esa continuidad. Dame luz al respecto, por favor.

    En definitiva, está muy bien elaborado y trenzado.

    ¡Nos leemos!

    • Jose dice:

      Ah, se me olvidaba. Poner el enlace para el if de Kipling es un punto que me encanta.

      • Jorge dice:

        Hola Jose.
        Muchas gracias por comentar. Me alegra que te haya gustado.
        Lo del bigote del notario, totalmente de acuerdo que sobra. Ese notario y ese momento en ese párrafo es el mismo que el párrafo de mas abajo, por eso los dos están escritos en presente. Es el aquí y el ahora. Al principio iba a usar el bigote para enlazar los dos párrafos (además del tiempo verbal) pero al final lo hice solo con la pluma montblanc. Si no se ve la suficiente continuidad es porque tenía que haber puesto algo más. Pero pensé que con el tiempo verbal y la pluma sería suficiente.
        El último párrafo donde se descubre la situación del hermano mediano está escrito en futuro. Quería conjugar dentro del mismo texto presente, pasado y futuro.
        El asunto del árbol es importante, porque es la trama evidente; Lo que el padre hacer por sus hijos. Por tanto hace falta, porque la trama esperada debe evolucionar, y de esa manera también incorporábamos el poema de Kipling. Luego esta la trama del desenlace, que aparece a destellos en mitad del texto, con algunas pistas para que sea sorpresa, pero que sea creible. Bueno, al menos eso es lo que se ha intentado.
        Gracias.
        Nos leemos.

  • Alberto dice:

    Este es uno de tus textos que más me han gustado. Creo que hay párrafos y frases muy bien escritos. Me engancha a la primera el ritmo, por ejemplo, de este párrafo: “Entré. Mi madre estaba tumbada. En la cama. Su habitación estaba como siempre, excepto que había una cuna y un niño muy pequeño dentro”. Otras frases: “Tampoco lo comprendí muy bien, yo no necesitaba ir al árbol para acordarme de papá, por las noches, antes de dormir, con los ojos cerrados era capaz de verle e incluso hablar con él”. “Cuando explicaban religión lo hacían en español. Estas clases, en cambio, nunca las llegué a entender”. “En casa también cambiaron cosas, aunque el sofá no se movió de su nuevo lugar”. “Mi padre siempre fue un romántico, quizá por eso murió joven”. Bien hecho.
    Este párrafo, por ejemplo, me parece de profesional: “Cada vez hablaba menos con mi madre, ella estaba más pendiente de mi nuevo hermano pequeño. Mi hermana era la mayor y seguía llevándose bien con mamá. Además era la única chica. Yo estaba en tierra de nadie. Muchas tardes iba a ver al abuelo, que también echaba de menos a papá y decía, que yo le recordaba mucho a él. Jugábamos al ajedrez. Yo creo que se dejaba ganar.”
    No conocía el poema de Kipling. Hermoso.
    Tal vez pondría la pega de la estructura al relato, algo confusa. Miraría si el bigote del notario tiene esa relevancia para lo que queres contar. Y el final se me ha hecho un poco tétrico. ¿Les va a cuidar como ellos le han cuidado a él? ¿Hay venganza, o es mi mente retorcida la que lo ha sentido?
    Nos leemos.

    • Jorge dice:

      Gracias Alberto por tus comentarios.
      La intención, además de cumplir con la consigna, era dar un giro al final que sorprendiera. Cumplir la consigna, pero retorcer/girar la historia.
      El otro planteamiento ha sido jugar con los tiempos verbales. He utilizado presente, pasado y futuro. Y con ello he intentado anclar cada momento. Empiezo en presente, cambio al pasado y vuelvo al presente (en el notario). El último párrafo es en el que cuento el desenlace conjugando en futuro.
      Y sí, como lector tienes que poner algo de tu parte y es decidir como crees que les va a cuidar. Ese será tu final y no tiene porque coincidir con el de otros.
      El bigote del señor notario sobra, y ya eres el segundo en decirlo. La votación es escasa, pero sois mayoría.
      Gracias por tus piropos.

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,
    me ha gustado tu relato, describes muy bien y has creado una estructura familiar que seguro podría desarrollarse más. Cuando leo tus relatos siempre pienso que son parte de una novela y hay muchas cosas que no veo.
    Este hecho me ha hecho sentir la actuación del protagonista y de la familia un poco extraña ante la muerte del padre y la aparición de su hermano recién nacido, no percibo ninguna repercusión en sus sentimientos ante un hecho tan importante.
    Sin embargo se crea una expectativa sobre el testamento a medida que vas contando cosas sobre la familia.
    El hecho de que el se sienta el menos querido dentro de la familia y de que luego sea la figura clave en el testamento no la he entendido, por un momento he pensado que es hijo de su padre y vive con su madrastra y hermanastros.
    Buen trabajo y espero que me aclares un poco.

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