Hoy, Nochebuena de 2001, Claudia y yo hacemos público el secreto que llevamos unos meses manteniendo. Ella pensó que la mejor forma de regularizar nuestra situación era hacerlo así, sin avisar, como la enfermera que te entretiene con algún comentario banal mientras te está poniendo la inyección que tanto detestas. Nadie se atreverá a hacer ninguna objeción en el día de los buenos deseos, la antonomasia de la hipocresía.

Las cenizas de su marido llevan desde mediados de agosto diseminadas por el mar Cantábrico, punto de partida del barco pesquero que durante medio año faenaba en el océano Atlántico con Tomás enrolado, temporada tras temporada, tras haber cerrado los Altos Hornos cerraron, veinte años atrás.

Conocía a Claudia desde primero de BUP, cuando fue la tutora de mi clase, siendo además la profesora de inglés. Una mujer menuda, con un pelo lacio y castaño, perfectamente moldeado. De carácter alegre, a veces dicharachero, la recuerdo muy próxima hacia sus alumnos. “Vivid la vida con intensidad y plenitud pero tened la cabeza fría”, nos repetía hasta la extenuación con la intención de que la frase calara en nosotros. No quería que nos ocurriera como a ella, con un bebé siendo adolescente, producto de sus encuentros esporádicos con la persona equivocada. Ello le provocó el sacrificio de años de juventud.

En sus clases de inglés, la enseñanza de valores estaba muy presente, debido a su vocación humanista. Aprovechaba los conflictos que surgían dentro y fuera del aula para hacernos confrontar con nuestras sombras e impulsos incontrolables. Pasé muchas horas conversando con ella. Su cercanía y pasión por la vida limaban los veinte años que nos separan. Nunca había tenido una relación así con un adulto. Pronto quedé prendado de ella, cosa que entonces no le dije. Pensaba que los amores platónicos son muy frecuentes en la escuela pero debían quedar en el lugar donde surgieron.

Transcurrió el tiempo, y el destino quiso que mis padres decidieran mudarse frente a su casa. Se sucedieron las situaciones donde ambos coincidíamos: parada del autobús, pastelería, quiosco…

Un día me atreví a invitarla a pasear y ella accedió supongo que en parte por los largos meses de ausencia del marinero.

Cerca de donde vivíamos había una zona boscosa, a diez minutos andando, y en el silencio de los árboles se albergaba un perfecto escenario para conversaciones profundas e intimistas. La relación se iba enraizando en nuestros corazones y, durante una de esas salidas, nuestras manos se encontraron de forma natural lo que vive un instante, el tiempo que su vergüenza determinó.

Tras aquello, dejamos de quedar. Sentí que me evitaba, tal vez en previsión de situaciones más complejas.

El verano siguiente partí hacia Gales donde durante dos años anduve acariciando otras manos cálidas al tiempo que perfeccionaba mi inglés. Finalmente regresé a España con el propósito de opositar para maestro.

Para entonces, Tomás había adquirido un rol distinto en la vida de Claudia. Él, jubilado por un accidente laboral con 60 años, empezó a pasar mucho tiempo en casa. Ella, diez años más joven, aún seguía activa en el instituto, repartiendo píldoras de sabiduría.

Mientras estudiaba para las oposiciones, aferrado a mi escritorio, tenía controlado a todo el vecindario que pasara por mi ventana. Por ello, desde mi habitación, en la casa de enfrente, veía a la pareja salir, todas las mañanas con el alba, para su caminata de una hora, acompañada de Lucas, el perro labrador cetrino de elegantes andares.

Volvimos a hablar, tras mi larga ausencia, pero sólo en encuentros casuales. «Te veo mucho más maduro», me repetía mientras me guiñaba el ojo. Aun breves, de nuestras conversaciones deduje la existencia de una relación conflictiva con su marido, potenciada por una convivencia más intensa. Además él conservaba de su época marinera una querencia por el vino, sustituyendo la cantina de a bordo por los bares cercanos del barrio. En ese contexto, empezaron los malos tratos hacia Claudia que de inicio no me confesó, si bien eran obvios sobre su piel.

Busqué volver a nuestros paseos vespertinos. Ella, con ganas de sentirse viva, accedió a mi propuesta y, durante semanas, la arboleda muda contempló su incipiente enamoramiento y nuestros primeros besos.

El maltrato se fue arreciando hasta que ella lo consideró insostenible. Pero no necesitó separarse porque una noche que Tomás volvía a casa ebrio fue atropellado, en una calle solitaria,  por un conductor despistado cuando cruzaba por una zona de la calzada sin paso de cebra. Expiró antes de que nadie fuese a socorrerlo, ni siquiera el causante del impacto.

 

Y aquí estoy, en esta noche festiva, bajo el quicio de la puerta de entrada en casa de Claudia, con su protocolario muérdago, donde hemos iniciado un prolongado beso ante las atónitas miradas de los adultos presentes mientras algunos nietos están absortos con dispositivos electrónicos y otros en revoloteo caótico buscando qué romper.

—Saludad a Lanzarote —dice la abuela tras recuperar el aliento y cogiendo mi abrigo—. Compartirá esta noche con nosotros y el resto de su vida, al ritmo que nuestros cuerpos envejezcan, a solas conmigo.

—Hola, ¿dónde me siento? — me apresuro a decir antes de que nadie pueda objetar algo.

 

El sentir de sus palabras me ha emocionado hasta tal grado que apenas me importa el comportamiento desaprobatorio, lógico por otra parte, que durante toda la velada están teniendo sus hijas hacia mí. La confianza de los cuñados, en cambio, me la he ganado con la gigante bandeja de carabineros que he traído, a 69 euros el kilo.

Esta noche se ha revelado uno de los secretos; solo uno. El otro me lo guardo en mi corazón y jamás saldrá de él. Lo tengo decidido. Ahora que por fin voy a compartir la vida con esta mujer de bandera es mejor que nadie sepa que… el conductor era yo.

Join the discussion 9 Comentarios

  • Jorge dice:

    Que bien tenerte de vuelta Jose.
    MI mas sincera enhorabuena por tu relato. Creo que es el relato mas equilibrado que has escrito y me ha gustado y sorprendido.
    Lo he leído del tirón. Junto con el de la chica del metro y su observador, es el que mas me ha gustado de tu serie.

    Está bien armado. En el primer párrafo nos anuncias la acción del cierre, para acto seguido contarnos la historia de amor y finalmente enlazar con la acción anunciada al principio (la cena). Y luego la sorpresa final, que encaja con toda la información aportada.

    Lo dicho. Muy buen trabajo.
    Te leo mas maduro Jose.

    • Jose Romero dice:

      Gracias por leerme. Siempre es grato. Al final me di cuenta que quizás le di demasiado la vuelta a la historia pero empecé a escribir sin parar, aunque menos atolondrado que antes, y salió eso :s.
      Ya estoy ansioso por ver todos los textos y saber cuál es el siguiente ejercicio.
      Un abrazo.

  • Carlos dice:

    Veo que has enfocado la propuesta a partir de la idea inicial dada pero la has desarrollado de un modo particular.
    El narrador es el protagonista y se centra en narrar una historia muy intimista sobre su viejo amor por su profesora.
    He captado dos adjetivos de esos que poniéndolos delante cantan un poco, elegantes andares y gigante bandeja.
    No se por qué cuando Tomás es atropellado me imaginaba algo turbio en el caso y al final nos das la sorpresa de una manera bastante elegante que eclipsa la otra sorpresa de que se presentara a cenar con la familia el día de navidad a lo cual no le has prestado mucha relevancia en la historia.
    Enhorabuena.

    • Jose Romero dice:

      ¡Gracias por el feedback, Carlos!
      Esos adjetivos que se me escapan…algún día podré domarlos. Deberé prestar mucha más atención. Le estoy pillando el gusto a lo de dar o leer sorpresas en la última frase aunque como dices, se podía barruntar que algo iba a pasar :).

  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Qué gusto poder seguir leyendo vuestros textos, aprendiendo de ellos 🙂
    Me ha gustado mucho tu texto. Está muy bien construido, ordenado y relatado con coherencia.
    Después del parón en nuestra rutina de los últimos meses, se nota que has vuelto a escribir con ganas.
    Me ha faltado alguna puntuación aquí: “y ella accedió, supongo que en parte…”
    Enhorabuena.

  • Alberto dice:

    Hola, José.
    Utilizas un tono narrativo bastante neutro, que se lee con facilidad. Me gusta el punto de vista que has elegido, y como desarrollas el relato. Es como el esquema de una historia trabajada y bien construida, a partir del cual se podrían añadir muchas pinceladas (o brochazos) de ‘calor’. Como haces de manera elegante en el párrafo del bosque y las manos encontradas. Me ha gustado la ambientación de la vida de Tomás, y también la presentación de Claudia, y como poco a poco vas justificando el desenlace.
    Hay algún detalle explicativo o por los cuales se cuela la voz del autor (La antonomasia de la hipocresía, ello le provocó el sacrificio de años de juventud). Lo de los malos tratos me resulta algo brusco. Tal vez con el vino y la convivencia ‘forzada’ podría valer. Yo hubiera terminado el relato cuando Lanzarote (que nombre más llamativo!) se sienta. El párrafo con el toque de humor de los carabineros es simpático pero me saca un poco de ambiente, y la confesión de homicidio… queda un poco forzada, me faltan pistas, indicaciones que lo hagan encajar mejor.
    Un placer volver a entrar en vuestros textos.
    Nos leemos.

  • Yuri dice:

    hola Jose,

    Me ha encantado desde el momento que has elegido como protagonista al chico. El protagonista y el giro del final me han parecido muy originales. En un punto, el estilo me recuerda a una confesión escrita, y me hace preguntarme ¿A quién le estaría confesando todo esto Lanzarote?

    Muy buen trabajo,
    Yuri

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