Mi padre falleció en julio, tras una enfermedad que se lo llevó en pocos meses. Era nuestra primera Navidad sin él. Mi madre se encargó de la cena de Nochebuena, como siempre, y no quiso que nadie la ayudara en la cocina. Nos citó a mi hermana y a mí a las ocho y cuarto.

Mi hermana llegó puntual con su marido y su hijo de tres años. Yo llegué un poco más tarde, la puntualidad no es mi fuerte. Mi hermana me abrió y vi a mi cuñado sentado en el sofá mirando el móvil y a mi sobrino, viendo la televisión. Les di dos besos y luego le di un abrazo a mi madre, que estaba preparando los entrantes. Me encargó poner la mesa, para seis personas. En un cálculo rápido, pensé que sólo éramos cinco, pero no le dije nada. Estaría contando a mi padre, sin darse cuenta…

Mi hermana y yo pusimos el mantel rojo, la vajilla y la cubertería de las citas especiales, las servilletas blancas con bordado rojo y un pequeño centro de mesa dorado. Cuando estuvo todo listo, nos sentamos en este orden: mi hermana, mi cuñado y mi sobrino, en el lado izquierdo; yo y mi madre, en el derecho. Mi hermana se fijó entonces en la silla vacía y me miró con los ojos brillantes. Justo en ese momento, llamaron a la puerta. Me levanté y abrí.

¡Feliz Navidad! —dijo un chico, con una bandeja de canapés en la mano.

Me dio dos besos y no supe qué decir, pensé que se habría equivocado de casa. Era guapo, tenía los ojos verdes, el pelo castaño rizado y no más de treinta años. Algo mayor que yo. Él se dirigió al comedor con decisión, como si hubiera estado allí antes, yo cerré la puerta confundida y le seguí. Nada más ver a mi madre, dejó los canapés sobre la mesa, y le dio un largo beso en la boca. Mi hermana y yo nos quedamos paradas, mi cuñado se sonrió con las cejas levantadas y mi sobrino, ajeno al momento, clavó el tenedor en una rebanada de pan y lo lamió como si fuera una piruleta.

Bueno, ¿dónde me siento?

Aquí—dijo mi madre, ofreciéndole la silla que tenía al lado. Él se quitó el abrigo, lo colgó en el respaldo y se sentó. Yo tragué saliva y me fui a mi sitio.—Os presento a Marcos.

Mi hermana empezó a toser, atragantada por su propia saliva. Le serví un poco de agua y luego miré a mi madre. Tenía la piel sonrosada, los ojos vivos y una expresión de alegría que me conmovió.

Pero mamá, ¿quién es este señor?, ¿tú estás loca?—dijo mi hermana, tan impulsiva como siempre.

No estoy loca, estoy feliz. Marcos es el vecino de enfrente. Se mudó hace unos meses y me ha ayudado mucho todo este tiempo.

¿Y qué pasa con papá?, ¿Ya le has olvidado?—dijo, angustiada.

¿Cómo voy a olvidar treinta y cinco años de mi vida, Marta?

Pues no parece que sufras mucho…

Cariño, tu padre no quería que yo sufriera. Hablamos mucho desde que le diagnosticaron su enfermedad incurable. Me dijo que quería que siguiera viviendo con alegría, y eso hago.

¡Pero esto no tiene ni pies ni cabeza!—dijo, golpeando la mesa.

Mi hermana se levantó y se fue a la cocina. Mi cuñado la siguió. Marcos miró a mi madre con gesto apesadumbrado e hizo el amago de levantarse de la silla, pero ella le sujetó la mano para impedírselo.

¿Eres el novio de mi abuela? Los novios se besan en los labios—dijo mi sobrino, con las comisuras llenas de migas.

Sí—dijo él.—¿Qué te parece?

Bien.—y siguió lamiendo el pan.

Mi madre me miró, me sonrió con un gesto cómplice, y empezó a comer canapés. Luego le seguimos los demás. Mi hermana y mi cuñado volvieron a la mesa unos minutos después de haberse ido. Ella comió poco, estaba muy tensa, pero no se levantó hasta que terminamos la cena. Marcos se fue nada más terminar el postre.

Enseguida mi cuñado se fue al sofá a ver la televisión con mi sobrino, que se durmió muy rápido. Mi hermana, mi madre y yo fuimos a la cocina.

Sé que habéis pasado una noche incómoda, pero vais a tener que aceptar a Marcos. No sé lo que va a durar pero estoy a gusto a su lado; me escucha, me trata bien y me hace feliz. Tengo cincuenta y dos años y mucha vida por delante. No pienso quedarme encerrada en casa llorando a vuestro padre. Se ha ido y hay que seguir viviendo.

Mi hermana se echó a llorar en los brazos de mi madre y yo aproveché para abrazarlas a las dos juntas.

¿Y tú por qué no dices nada?—me dijo mi madre.

Ya sabes que yo soy más de observar y escuchar. Pero, ya que preguntas… ¿tiene algún hermano gemelo?

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  • gestion dice:

    Esto es un ejemplo de comentario.

  • Jose Romero García dice:

    Un placer volver a comentar…
    Empiezo. En primer lugar, observo que has utilizado la primera persona para hablar de una historia que se sitúa en el pasado aunque sin apenas darnos cuenta la tras al presente empleando para ello mucho diálogo.
    En este punto me hago consciente de lo poco que he utilizado en mi relato el diálogo, con lo que se prestaba para hacerlo.
    He sentido parte de las sensaciones que podría tener la abuela en la situación, pasando de la alegría a la añoranza.
    El texto me ha gustado por todo ello.
    El final hace entrever que la historia continuará pero con la hija de protagonista, en cuanto el affaire de su madre termine y tome ella el relevo.
    Enhorabuena.

    • Natalia dice:

      Hola, Jose
      No tengo muy claro que la hija le quite el novio a la madre, jejeje
      La abuela es una señora decidida a seguir adelante. Aunque es consciente de que sus decisiones afectan a los que la rodean, no deja de hacer lo que ella quiere hacer con su vida.
      Muchas gracias por comentar 🙂

  • Carlos dice:

    El relato tiene un comienzo que trasmite tristeza por la falta del padre y sigue con un estilo descriptivo y de acciones con lo que me da la impresión que se mantiene esa idea en una escena marcada por el silencio.
    Pero en el momento que suena el timbre la cosa cambia y tratas de acomodar los hechos que son bastante sorprendentes para interpretarlos de una manera bastante realista con un dialogo que desprende bastante tensión.
    Terminas el relato con un final de entendimiento como corresponde a la inspiración navideña.
    Enhorabuena.

  • Jorge dice:

    Que bien leerte de vuelta Natalia.
    Hermoso relato el que nos has escrito. Dedicas la mitad del relato en presentarnos la situación, los comensales, nos dices como se reparten en la mesa, el color de las servilletas, el centro de la mesa… todo con esmero y cuidado. Como quien se dedica a construir una maqueta con palillos.
    Luego entras de lleno en la situación, cada uno en su papel y tu narradora se esconde hasta el final. Final que por cierto, me ha gustado mucho, porque antes no ha dejado de contarnos sobre los ojos verdes, el color del pelo… (si llegas a decir como huele, nos podríamos haber imaginado el final).
    Situación verosímil, personajes tremendamente humanos (con adjetivo antes del nombre).

    Tras leerlo se me han quedado ganas de conocer a Marcos. 😉

    Nos leemos.

    • Natalia dice:

      Hola, Jorge
      Quería contar la historia desde una narradora que observa y escucha, aunque sea parte de lo que sucede. Alguien que capta los detalles, los gestos, que se pone en la piel de las personas que observa…
      Cuando ve al chico, le parece atractivo, pero calla hasta que surge la ocasión.
      Marcos es un Adonis… 😛
      Muchas gracias por tu comentario 🙂

  • Alberto Relloso Pereda dice:

    Hola Natalia,
    El texto narrado en primera persona me ayuda a empatizar con la hija, más aún cuando es una persona “más de observar y escuchar”, algo que se transmite a lo largo del relato. Me gusta haber visto tan bién tanto al guapo Marcos como a la potente abuela. En mis parámetros familiares las abuelas tienen más de ochenta años, por eso me ha sorprendido ver a una abuela tan joven. ¿Por qué no?
    No vamos a abandonar el quisquillosismo de la escuela de escritores, ¿no? Por eso, ahí van dos toques que me han saltado a la vista: el uso de la coma en la frase “… mirando el móvil y mi sobrino…”, y la narradora explicativa en “la puntualidad no es mi fuerte”.
    Es un bonito relato corto, con mometos vivos como el del abrazo de las mujeres y, quizás el que más me ha gustado, el toque humorístico (o no humorístico) de las dos últimas líneas de diálogo. Un acierto.
    Nos leemos.

  • Yuri dice:

    Hola Natalia,

    Muy buen trabajo y la verdad es que la piruleta y el final me han hecho mucha gracia. ¿Porque no jugar más con esa narradora que encuentra atractivo al Adonis? Hubiese quedado más irónico si “la que solo observa” no hubiese podido dejar de mirarle durante la cena, o algo así. Al principio hubiese añadido alguna línea de diálogo más, por ejemplo, alguien se metiese con ella por llegar siempre tarde.

    Me ha gustado mucho!
    Yuri

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