Era el año 2010. Estábamos juntos y eso, por sí mismo, ya era motivo de celebración. Pero necesitamos ciento dieciséis instantes más, para que la alegría fuera sublime, excelsa. En aquel momento mágico todos juntos tocamos, literalmente, el cielo con las manos. Bien es cierto, que aquel día podíamos habernos abrazado a nuestro peor enemigo. Nuestra dicha no conocía fronteras ni personas. Se apoderó de nuestros cuerpos una alegría colectiva difícil de refrenar que se fue esparciendo por el bar, por la calle, por toda la noche.

Estábamos juntos y hacía mucho que no nos juntábamos todos. No era una cosa fácil. Nos había costado casi diez años. Empezamos en los cuartos de final, pensando que sería una oportunidad única, ya que después de ese partido no solía haber más, pero por suerte, sí que hubo más partidos y por tanto, más veces que nos vimos todos reunidos. Apenas quedábamos en diez años y nos vimos tres veces en dos semanas. Algunos ya tenían sus primeros hijos, las parejas ya funcionaban como unidades de afecto indisolubles que no necesitaban de la fuente colectiva de la amistad. Y no es que no nos viéramos, lo difícil era hacerlo todos a la vez. En pequeños grupos de cuando en cuando nos reuníamos. Quedábamos para cenar dos o tres con nuestros respectivos/as. Sin embargo, todos sentíamos y sentimos, hoy quizá un poco más, unos hilos invisibles que nos conectaban más allá del tiempo y más allá de la distancia. Que nuestras manos podían apretarse las unas a las otras estuvieran donde estuvieran.

El tiempo es como un acordeón. Nos basta una llamada de teléfono de cualquiera de nosotros y unos pocos segundos de conversación, para que nuestra psique enlace exactamente con el último momento en que hablamos. Nos sentimos cerca y sentimos que fue ayer mismo la última vez que lo hicimos. Cada conversación con cada amigo, pase el tiempo que pase, es un fluido constante sin interrupciones, que solo puede ser comprendida desde ese elemento que llamamos amistad. Perdón, quise decir AMISTAD.

Porque la AMISTAD solo puede escribirse en mayúsculas, como mayúscula es la esencia que brota de ella, como mayúscula es el aura que la sostiene, como mayúsculos son todos y cada uno de los que la componen. Es el motor del mundo, con permiso del amor, por supuesto.

Cuando quiero definir a alguien que es ser amigo, suelo decir que “ser amigo es estar”. Pero estar es algo muy difícil, porque primero hay que saber estar. Hay que saber estar los días de juerga, y saber estar el día que se suspende y saber estar el día que le deja la novia y el día que enferma. Pero se sepa o no se sepa, lo más importante es estar, aunque hace años que no te veas, aunque sea sin decir nada. Que él sepa que estás ahí.

Y el destino, o la amistad, vete tú a saber, nos ha unido a todos de nuevo diez años después. Pero no en ese abrazo colectivo eterno que nos regaló Iniesta en el 2010. Ahora nos hemos reunido a través de las tecnologías. Dando sentido a ese grupo de Whatsapp en el que hasta ahora solo aparecían fotos de gatitos, críticas políticas y muchos memes, generalmente malos, pero algunos de mucha genialidad.

Ahora los mensajes son de preocupación. Guillermo está ingresado infectado por Covid. Ha desarrollado una neumonía vírica. Nos intercambiamos mensajes de apoyo, deseamos que se recupere. El confinamiento no nos permite vernos, ni verle. Nos informamos en secreto, en conversaciones dos a dos:

—¿Sabes cómo está hoy?

—Hoy no tiene fiebre, pero satura 88 y con el oxígeno enchufado.

—Joder.

—Lo van a llevar a la UCI.

Guillermo nos contaba historias fabulosas. Se las inventaba sobre la marcha. Todos recordábamos su versión particular de Culograsa llenando de vomito de grosella a todo un pueblo, donde solo crecían, a partir de ese momento arándanos, y se convertía en el mayor productor mundial y no sé qué más. Yo creo que en realidad lo contó tantas veces que debían existir varias versiones. Siempre decía que era su película favorita.

Inquietos mirabamos el teléfono en busca de algún nuevo mensaje. Se nos ocurrió mandarle un mensaje de voz y que su mujer se lo hiciera llegar a través de una enfermera que conocía. “Vamos Guillermo, vamos a ponernos buenos, vamos partido a partido, hasta la final, hasta el último minuto. Aguanta”.

Los católicos rezaban, los ateos renegaban de los políticos, de la suerte, de estar encerrados en casa. El Whatsapp se llenaba de corazones, de “Estamos contigo”. El alma, encogida, se inflamaba de recuerdos que se amontonaban por salir, como una marabunta de hormigas apiladas.

El domingo a las quince horas se murió nuestro amigo Guillermo. Los recuerdos amontonados se desparramaron dejándonos sabor a sal. Queríamos darle el último adiós y no podíamos. Seguíamos encerrados. Sabíamos que él sabía que estábamos junto a él, y todos a la vez, empezamos a tirar de nuestros hilos invisibles, a juntar de nuevo nuestras manos, unas encimas de otras, apretando fuerte, reunidos otra vez. Y al sentirnos cerca, como solo la amistad puede acercar, pudimos tocar el cielo de nuevo. “Guillermo, sabes que estés donde estés, puedes contar conmigo. Te quiero amigo”.

Join the discussion 5 Comentarios

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Un relato muy emotivo… con triste final. Lo siento mucho. La verdad es que no sé muy bien qué decir.
    El tema propuesto da para desnudar el alma y tú lo has hecho. Escribir ayuda a procesar, a crear el mapa de la situación, a sacar fuera lo que quiere quedarse dentro, a filtrar sensaciones y emociones que, como tú dices, se agolpan como “una marabunta de hormigas apiladas”.
    Un abrazo gigante.

    • Jose dice:

      Hola, Jorge
      Me ha parecido muy real. Si es así, lo siento mucho. Estoy seguro que algo catártico puede haber resultado la escritura.
      Te comento alguna cosa:
      Vuelves a hacer una referencia futbolística como la de la final del Zaragoza ahora que las únicas pelotas en juego son las de los sanitarios y sanitarias.

      En la frase “tocamos, literalmente, el cielo con las manos” el uso de literalmente está equivocado. Entiendo que te has dejado llevar por la emoción y no te has dado cuenta.

      Me gusta la expresión “unidades de afecto indisolubles”

      La frase “lo difícil era juntarnos a todos” creo que yo la hubiera expresado así: “lo difícil era juntar a todos”.
      El uso repetido de “mayúsculas” le da fuerza a ese párrafo. No se me ha hecho pesado.

      El uso del tiempo verbal cuando empiezas a hablar de Guillermo creo que no está bien empleado. Primero con un presente (“está ingresado”) y además dices “ahora”. En cambio después hablas de pasado: “el domingo se murió”. Quizás invirtiendo los tiempos hubiese sido más coherente.

      He sentido la frustración del último párrafo y también la esperanza que recibió Guillermo a través de los hilos invisibles.

      Siento las anotaciones que te he hecho. Un abrazo.

      • Jorge dice:

        Gracias Jose por tus comentarios. Ayudan mucho.
        Has resaltado muchas cosas y se agradece el esfuerzo.

        Yo soy un amante de las repeticiones (y eso que dicen que no hay que hacerlas), me alegra que te haya gustado esta… Verás cuando la descubra Natalia….

        He hecho algo con el tiempo verbal que no sé si se puede hacer. Empiezo el texto en pasado, pero en la frase “sentíamos y sentimos, hoy quizá un poco más”, me cambio al presente e intento mantenerlo hasta el final (igual no lo consigo). El asunto es que no sé como se muere uno en presente, porque si decimos “él se muere” es que esta todavía vivo… Bueno, aquí dejo abierto el debate.
        Gracias
        Abrazo

  • Alberto dice:

    Jorge, entiendo que esto no es autoficción, así que te acompaño en el sentimiento. Qué duro.
    Agradezco que compartas tus reflexiones sobre el amor y la amistad, y solo te comentaré que me han gustado algunos párrafos que han quedado muy tuyos, como el de culograsa, y el que empieza con ‘Los católicos rezan,…’. Espero que la terapia de la escritura te haya ayudado.
    Gracias de nuevo por compartir. Nos leemos.

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,
    en primer lugar lo siento por la perdida de tu amigo.
    Al comienzo del relato hablas de ese tiempo en que se sintió una unión extraña entre todos, esa especie de orgullo en nosotros mismos, incluso entre los que no les gusta el fútbol, era una sensación que nos elevaba, que nos hacía mejores.
    Ya antes de que citaras la analogía con el momento presente, se me había venido a la cabeza, volvemos a sentirnos una sociedad unida, en la dificultad, sensación que se manifiesta cuando cada día a las ocho salimos a aplaudir a las ventanas.
    Al final llevas el relato al terreno más personal, de la amistad de un grupo, en los lazos que se activan, en la dificultad por la que está pasando Guillermo y al final su pérdida. Pérdida sentida y compartida en situación extraña, en la distancia.
    Las palabras escritas son una buena forma de recuerdo.
    Un abrazo.

Dejar un comentario