Mientras conducía el utilitario eléctrico que había tomado a la fuerza rememoraba algunos de los muchos coches que puenteó durante su complicada adolescencia. Tras una década sin agarrar un volante, aquel aparato con ruedas parecía sacado de una película futurista. No llegaba a acostumbrarse a tanto botón. «Mariconadas», murmuraba.

Miró el cuadro de mandos y comprobó que llegaba con cierto retraso tras completar casi los treinta kilómetros de carretera, en una zona boscosa a los pies de la montaña de Fuenteseca. Pensó que eso enojaría a Jacinto del Olmo, el consejero autonómico de urbanismo.«Que se joda», dijo con firmeza. Según lo acordado, aquel día se produciría el último pago. Calculó con la cabeza que llevaba algo más de un año haciendo el trabajo sucio. Lo recordaba porque era el tiempo de abstinencia total de drogas, sobre todo el tabaco y otras cosas de liar. Él, Rafa, se encargaba de mover a varias cuadrillas de okupas de un inmueble a otro, según le conviniera a don Jacinto.

Acudía sabiendo que era la última vez. Se entremezclaba en su cabeza esa decisión con la piel de Carmen, una mujer que le había hecho replantearse la vida. Aún se preguntaba cómo ella, una persona decente, había visto en él algo que nadie fue capaz desde que nació, incluso más de lo que él mismo podía barruntar de su persona. Aquel día, cogería el dinero y se largaría para siempre de ese mundo de fondo putrefacto. Su pareja conocía en qué actividades se metía y los dos habían acordado pasar página; a una sin marcas ni límites, blanca e inocente, una página que se escribiese en otro lugar, bien lejos del país donde nacieron.

El sabía que no estaba bien visto abandonar el barco pirata a no ser que fuera caminando por el tablón, lastrado con un par de piedras pesadas. Por eso tendría que fingir normalidad durante unas horas más.

Antes de bajar del coche, lo maniobró para encararlo hacia la salida. «Es mejor ser precavido», le dijo su maestro de oficio, bastantes años antes.

Dentro del coche esperó unos minutos. La imagen del hombre al que vería en breve provocó que un torrente de bilis ácida quisiera precipitarse al exterior. Reconocía la maldad en los ojos y aquel traje de Gucci andante desplegaba una codicia imparable, como las raíces de un árbol majestuoso que no se detienen ante nada.

Aunque estaba acostumbrado a rodearse de la falsedad, no paraba de verlo hablando en televisión, con su talante campechano, escupiendo una mentira tras otra. Tenía al hombre atragantado como un trozo de jamón mal masticado.

Activó el modo avión del móvil y comprobó el cargador de la glock. Antes de bajarse del coche se la metió entre la espalda y el pantalón. Notar el frío cadavérico de la pistola le obligaba a estar alerta. Aunque no iba a tratar con un narcotraficante colombiano, siempre mantenía las buenas costumbres.

No quería distraerse pero sabía que cuando volviera a subirse al Toyota su vida valdría sesenta mil euros más. Una nueva oportunidad se abría ante sus ojos. Una ocasión tan grande como la doble puerta batiente del departamento de urgencias en un hospital. Era dinero manchado, como todo su capital, pero estaba comprometido a ir limpiándolo con buenas intenciones, dejándose atrapar en la afrutada tela de araña que tejía Carmen, un hilo de bondad envolvente. Esa corriente de agua fresca que fluía del manantial inagotable de su pareja parecía capaz de inundar toda la podredumbre que había en el corazón medio yermo de Rafa.

Sus pasos hacia el punto de encuentro dejaban una cacofonía de piedras pisoteadas, a lo largo de un sendero ascendente flanqueado de maleza y plantas silvestres, bregando por una parcelita de tierra.

Un manto de nubes dominaba el cielo y la humedad suspendida creaba un ambiente espeso, como la vegetación que crecía con anarquía. De tanto en tanto se detenía para escuchar. Su cabeza parecía procesar toda la información del entorno. Un aire de profesionalidad se fruncía en su ceño, con la paciencia de un depredador sigiloso. Retomó la marcha y prestó un segundo de atención a la vaina de cuero que albergaba un machete en su pierna derecha por encima del tobillo. El pantalón ancho y elástico le facilitaría un movimiento ágil y rápido en caso de necesidad.

Activó la grabadora como hacía cada vez que trataba con gente cuya imagen fuera pública. Pronto llegó al claro donde aguardaba de pie el consejero y otra persona de su confianza, una de esas que tienen sueldo a costa del erario público. Su aspecto semejaba al de un matón ajustacuentas. Su cabeza, dos palmos por encima de la de Rafa, se apoyaba sobre un cuello de toro, tan ancho que se hacía imposible encontrar una camisa en todo el mundo cuyo último botón llegase a abrochar.

—Vamos a tener que ajustar tu tarifa —le dijo con tintes de reproche sin ningún saludo protocolario.

—Fue la convenida, don Jacinto —se defendió, remarcando su nombre—. Afortunadamente yo he cumplido mi parte con éxito.

—En caso contrario no estaríamos aquí —aseveró con mirada amenazante.

Se abrió paso un silencio expansivo que para un novato hubiese sido incómodo. A continuación, el bien vestido se giró sobre sí mismo y, contemplando el pequeño valle que lo observaba, empezó un discurso al vacío.

—Estamos ayudando a mucha gente. Apenas hay terreno edificable en la ciudad y no siempre se puede conseguir espacio para que nuevas familias tengan un hogar. Con la ley en la mano poco se puede hacer. Las normas tienen una forma extraña de entender al humano. Van contra natura y gracias a que hay gente como yo, con coraje, podemos ajustarlas a las necesidades reales de la sociedad.

Mientras seguía hablando, a Rafa le pareció aquello una sarta de justificaciones. Pensó que pasaba por alto las comisiones que el promotor urbanista de turno le entregaba cada vez que conseguía vaciar un edificio; también obviaba incluir dentro de la sociedad a los ancianos  que se quedaban en la calle con sus maniobras viles; por no hablar de la pandilla de hombretones, tamaño armario ropero, que utilizaba la fuerza para desalojar a esos okupas, grupo que también comisionaba al consejero. «¿Pero quién eres tú para juzgarlo?», le decía una vocecita dentro de su cabeza. Aun así sentía arcadas con ese tipo de discurso. No veía el momento de irse.

Unos minutos después, cuando el monólogo había terminado, lo vio girarse sobre sí mismo y hacer un gesto al acompañante quien se metió la mano en la gabardina para sacar algo. Aquel movimiento le alertó y se llevó la diestra a la espalda, para dejarla ahí, notando el frío metálico, tratando de mostrar naturalidad.

El brazo voluminoso salió del pecho con un sobre que le lanzó a los pies con una sonrisa maliciosa. Era el botín que jamás pasaría por las manos del consejero, evitando así plasmar su huella en el delito. Sin dejar de mirarlo, se agachó, lo abrió y empezó a contar billetes de doscientos, siempre de doscientos. Esperaba llegar a trescientos billetes pero se detuvo en doscientos; aquel fajo no tenía más. Miró al consejero, que mostraba una mueca de satisfacción delineada por sus labios.

—Yo me sacrifico poniendo en riesgo mi carrera política y tú vas a renunciar a una parte para sufragar la siguiente operación. Es justo que todos contribuyamos.

Rafa entendió que aquel envite de cinismo iba a terminar inesperadamente mal para alguien. Dudó si hablar y enzarzarse en una discusión tan inútil como el maquillaje en un día de sol y playa.

—Muchas gracias. Un saludo —se limitó a decir lacónicamente. Tras ello, dio media vuelta y se marchó.

Aparentó indiferencia mientras la voz del político agonizaba a sus espaldas. Cuando descendía por el sendero escribió a Carmen un mensaje. «Cambio de planes. Saca los billetes para esta noche, el vuelo que haya. Yo acudiré al aeropuerto. Solo un par de maletas de mano». Agradeció que no escuchara su voz alterada.

Una vez abajo, localizó el otro vehículo y esperó agazapado. Se aseguró que desde allí no se llegara a ver el coche con que había venido así que quizás pensasen que ya se había marchado, concluyó.

Cuando los vio aproximarse, el guardaespaldas iba detrás y don Jacinto mantenía una conversación telefónica en lo que parecía ser una entrevista para la radio. Esa circunstancia dejó intranquilo a Rafa. Sin embargo, siguió enroscando el silenciador a la glock y aprovechó que los tenía a la espalda para actuar. Apuntó a la nuca de Cuello de toro y cuando estuvo seguro apretó el gatillo desde una distancia de quince metros. El tiro apagado y desbravado no fue advertido por el consejero, cuya voz elevada ensombrecía el resto de ruidos. El acompañante cayó al suelo causando un gran estruendo pero Rafa no dejó de buscar el siguiente objetivo, dando pasos rápidos y largos, silencioso como un puma. El otro se giró y cuando iba a entrar en pánico, otro disparo dibujó un punto negro en el lienzo de su frente arrugada, desplomándose fulminado, con el entrevistador en espera de retomar la batería de preguntas al otro lado del móvil.

El ritmo del pulso del ahora asesino contrastaba con el de aquellos dos cuerpos vencidos. Rafa se acercó sin tiempo para lamentaciones. Con las manos enguantadas empezó a registrar sus ropas y después el vehículo. Tenía prisa por salir de allí pero estaba convencido que habría más dinero por alguna parte, la cantidad que le faltaba.  «Solo cinco minutos»,  se repetía para no despistarse y poner en riesgo su huida. Pensó que un guarda forestal o un senderista despistado podrían aparecer en cualquier momento y no quería matar a personas inocentes.

Entre lo que llevaba el político y lo que sacó del coche recuperó diez mil euros y, tras recoger los casquillos, huyó con celeridad del lugar.

Cuando subió al coche, golpeó el volante varias veces maldiciendo su vida. Ahora sí debía empezar de nuevo, aunque creyó que Carmen no se merecía una persona como él. La sociedad ganaba sin un tipo como aquel miserable corrupto, argumentó, pero pronto se dio cuenta que se estaba justificando al igual que el otro estuviere haciendo minutos antes.

De camino al aeropuerto tuvo que parar una vez y vomitar. Eran sus primeras muertes y ahora sabía lo que se sentía. Su cuerpo temblaba; había mucho miedo por su futuro. «¿Por qué lo he complicado así?». No sabía qué hacer, ¿se lo diría a Carmen? Ella no podría sobrellevar algo así, concluyó. Pero era imposible ocultarlo. Se golpeaba la frente con la mano abierta por la estupidez. Cada centímetro de su cabeza estaba en tensión con los centímetros circundantes. Todos contra todos. Era incapaz de pensar con claridad. Quizás por ello, no vio la señal de Stop, demasiado pequeña para su gran preocupación. Ni tampoco vio al camión que circulaba hacia su coche a una velocidad excesiva por un adelantamiento indebido, tras un pique de camioneros. El camión embistió sin contemplaciones, como él con la glock, y puso el punto final a un dilema irresoluble.

Join the discussion 5 Comentarios

  • Natalia dice:

    Hola, Jose
    Me ha gustado tu texto. Desde luego que son “tratos sucios”.
    Por tu trabajo y por el lugar en el que lo desarrollas, seguro que tienes una fuente inagotable de historias, a cada cual más compleja o rocambolesca. Algunas las imagino merecedoras del “la realidad supera la ficción”.
    Tu texto se lee fluido, está bien escrito, sabes mantener la tensión mientras intercalas informaciones sobre el pasado del protagonista, el futuro con su pareja, sus razones para hacer lo que va a hacer y sus previsiones de una vida nueva. Pero había un camión, que iba a pasar justo por delante de él.
    En lo formal no he visto grandes cosas,
    “Aunque estaba acostumbrado a rodearse de la falsedad”, yo quitaría el “la”. Rodearse de falsedad.
    Y aquí añadiría las comas:
    “No quería distraerse pero sabía que, cuando volviera a subirse al Toyota, su vida…”
    Enhorabuena por el trabajo 🙂
    Un abrazo.

  • Jorge dice:

    Hola Jose.
    La historia esta bien. Me ha gustado como vas introduciendo a Rafa y su entorno (mujer) antes de la reunión central del relato. Es fundamental ir preparando al lector y conectarle con el prota. La parte del desenlace y el cierre la he visto un poco más atropellada. Quizá habría que ir preparando algunos detalles de ese final para que impacte mas en el lector. No sé, que vaya hablando con Carmen y parezca que todo va a terminar bien. Relaja con narrativa al lector y pegale el palo al final, marca el ritmo de la lectura, tu mandas.
    Todo el rato yo he pensado que él era un asesino hasta que ha dicho que eran sus primeras muertes. No me queda claro a que se dedicaba aunque esta claro que eran cosas turbias.
    Siento el retraso,
    Nos seguimos leyendo.
    Jorge

    • Jose dice:

      Hola, Jorge
      gracias por comentar. Miraré cómo hacerlo menos atropellado aunque quería precisamente que fuera rápido. Seguramente entre mi intención y lo que se ha plasmado hay un mundo 😉

      Seguimos.

  • Carlos dice:

    Hola Jose,
    aquí hay un buen argumento para unir con otros relatos y hacer novela. El tema de la mafia dedicada a gestionar okupas comandado por el consejero de urbanismo suena apetitoso.
    Te comento algunas cosas que he percibido por si te resultan útiles.
    No se si Rafa había estado en la cárcel diez años, si no es así no se porque había dejado de conducir, creo que si nos centras esa idea nos la deberías explicar más.
    Desconozco si los que están metidos en este tipo de asuntos son como los de la droga, donde es tan probable acabar muerto por un ajuste de cuentas y esto le hace planear una huida. Aún así una mujer es buena razón para cambiar de vida aunque me gustaría saber cómo la ha conocido y cómo ha influido en su vida.
    Yo la bilis lo asocio a amargo más que a ácido.

    Cuando encuentra a don Jacinto me parece muy forzado que de primeras le diga lo de vamos a tener que ajustar tu tarifa, creo que se crearía mas tensión cuando viera que en el sobre no había lo estipulado.
    En cuanto a la opinión preconcebida sobre cuello de toro “otra persona de su confianza, una de esas que tienen sueldo a costa del erario público”, no me encaja.
    Si comienzan hablando de buen rollo, después se crea tensión y luego se crea en la cabeza de Rafa la duda de que hacer hasta el punto de que resuelve matarlo,
    por ejemplo por dar al traste con los planes hechos con Carmen me parece más creíble, aunque 20.000 euros no me parece suficiente para que tome esa decisión.

    El desenlace final es justicia divina, me suena de algún otro relato tuyo.

    Buen trabajo en los bajos fondos.

Dejar un comentario