El tiempo es como el viento: pasa. En ocasiones pasa como una brisa, despacio, nos acaricia, nos lleva, nos susurra. Otras, se desata con fuerza, nos embiste con brío, abate, empuja y en ocasiones destruye. El viento es como el tiempo: avanza.

Pietro miraba los barcos salir del puerto, el virazón hacía bailar los rizos de su pelo ondulado sobre la frente. Él, con un gesto, se los quitaba de encima de los ojos. Podía pasar horas enteras mirando los barcos entrar y salir del puerto, descargar su mercancía, prepararse para cada nueva travesía.

No era más que un adolescente cuando pudo enrolarse en la primera nave como grumete. Aún recordaba cuando llegó con su hatillo al pie de la pasarela de estribor, aparentemente vacío pero repleto de ilusión y esperanza. Pietro adoraba el mar y adoraba el viento y no había otra cosa que deseara más que zarpar.

La cubierta del Libero era como un mercadillo ambulante. En ocasiones podía llenarse de bullicio, ajetreo, personas de un lado al otro, prisas, atropellos e incluso discusiones. En otras se adivinaba como un silencioso templo de reposo, de paz, de recogimiento. Solo el viento silbaba en esos momentos. El viento que pasaba y empujaba, recordando su presencia, recordando que no estaban solos.

Pietro miraba al horizonte, donde los azules del mar y del cielo competían. Aquella mañana era el tramontana quien revolvía en su pelo. Quedaban pocas jornadas y ya habría completado el primer viaje de otros muchos.

La vida de Pietro era el mar. En pocos años ya era contramaestre con muchas atribuciones de sobrecargo. Cotizaba al alza. Antes de volver a puerto, ya contaban con él para las siguientes salidas. Su presencia era garantía de una buena travesía. Gozaba de un prestigio granjeado con su propio esfuerzo. Le conocían como el domador de los vientos y su rostro maduro ya mostraba el paso del tiempo.

Pietro se enamoró de Rosmery cuando aquella ventolina le acercó su olor y él volteó la cabeza para encontrarse con esos ojos azules, azul intenso, más intenso que el azul del mar, más intenso que el azul del cielo. Cuando los párpados de ella lentamente bajaron ya no había poro de Pietro que no estuviera inundado por ese azul.

Se quisieron, se casaron, se amaron y aquel amor trajo consigo a Diego. Y Diego fue un motivo más importante para vivir que el viento. A Pietro le costaba cada vez más despedirse en el puerto. Quería estar junto a su hijo, quería estar junto a Rosmery, quería estar con ellos, quería seguirles viendo.

Estaba sobre el puente de mando. El gregal le obligaba a navegar de ceñida para seguir la derrota. Soplaba con fuerza, veinte nudos con ráfagas de treinta. El trinquete tenía plegada la vela sobre la verga. El pelo de Pietro empujado hacia atrás, sus ojos entrecerrados, el olor a sal en sus labios y en su recuerdo permanentemente la imagen de Diego.

Conocía todos los detalles, conocía los riesgos. No le costó encontrar a tres socios que se unieran a él y montar su propia empresa marítima, fletar sus propios barcos. Pietro fue un gran capitán, mejor que marinero, y aún fue mejor hombre de negocios. Empezó a vestir bien, se compró un sombrero de fieltro. Cada vez navegaba menos, cada vez más pendiente de Diego, cada vez más preocupado por el dinero.

Prosperó. Como prospera el talento, como prospera el esfuerzo. Su hijo Diego vivía feliz, crecía contento. Sobre la cabeza del joven se veía el mismo pelo que en Pietro. Las mismas ondas, el mismo rizo en la frente, meneado por el viento. Eran dos gotas de agua de mar enfrentadas por un espejo e impresas sobre un mismo lienzo. Si podía encontrarse alguna diferencia, ésta era la edad, el inevitable paso del tiempo.

Diego creció. Se hizo mozo, se hizo joven y como su padre siguió hechizado por el puerto, por la magia del viento. Convenció a su madre y pronto se enroló en un carguero de la empresa de Pietro. Un marinero más sobre la cubierta del viejo Libero, un sueño realizado, un destino hecho cierto.

Pietro ya no sentía la brisa sobre su rostro terso. Hacía vida en la oficina. Envuelto en papeles, contratos y créditos. Ayudó a su hijo a comprar a sus socios un tercio. Le dejaría el negocio como legado, le entregaría su vida a Diego. Le ganaría la batalla al tiempo, sobreviviría en el cuerpo de su vástago, sangre de su sangre, alma indomable, marineros eternos.

Diego estaba bajo la jarcia aproando su cara al viento. El maestro entraba de noroeste y soplaba con fuerza, mucho más virulento. Alcanzaba los setenta nudos, los ochenta y quizá hasta ciento. Por la amura de babor se levantaba el oleaje que competía con el cielo ennegrecido por inundar el Libero.

Si hubieran apocado las velas, si aquella tormenta hubiera remitido, si ese cabo hubiera aguantado, si la mesana no se hubiera partido y si aquel mástil no hubiera ido a caer sobre el tirabuzón de la frente de Diego, el destino habría sido burlado.

Pero quiso el viento sesgar la vida a Diego, como tiempo antes se la había dado a Pietro. Quiso el cielo que el dinero juntado por cientos, no valiera ni un diezmo. La noticia dejó a Pietro quieto, vacío. Le dejó hueco. Viendo en su retina la imagen constante de Diego. Deseó dejar de verle, deseó quedarse ciego. Dejó de sentirse mayor para empezar a sentirse viejo, acusando el paso del tiempo, odiando la fuerza el viento.

Tan cierto como el tiempo a Pietro, el cielo a Diego, y el viento, el viento quieto.

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  • Jose dice:

    Hola, Jorge.
    ¡qué prosa más elegante! Me ha parecido todo muy bello incluso el destino del vástago. Me ha gustado mucho el manejo del vocabulario de la mar, no solo la presentación de palabros específicos sino su utilización en las acciones que transcurren a lo largo del relato. Te has manejado con mucha soltura. Ha transmitido a la perfección la vida del protagonista, tejida con hilo sabor salitre.

    Lo he disfrutado mucho. Me da la sensación que lo has dejado muy hilvanado para desarrollarlo como novela. Da mucho juego.

    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Gracias Jose por comentar.
      Todo empezó con la relación entre tiempo y viento. Quizá podría ser mas largo, aunque no me lo he planteado. Pero parece que ha salido bonito.
      Mil gracias.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me ha encantado. Ha sido como leer un relato de un libro de relatos de un autor que lleva tiempo publicando. Muy profesional.
    La lectura se hace muy fluida, aunque una no entienda de barcos.
    Me gusta el trasfondo de tu historia. Pietro amaba el mar, el viento y los barcos. Los disfrutó y fue libre. Luego conoció a la madre de su hijo y fue padre. El sentimiento hacia los hijos es muy fuerte y Pietro quiere estar con Diego. Así que monta una empresa y vive para él, para que sea su legado y continuación. Pero la vida le da una lección, tú no puedes evitar el paso del tiempo ni vivir en el cuerpo de tu hijo. El tiempo es implacable. Y el dinero se queda en un cajón.
    Un texto muy trabajado y pulido. Felicidades.
    Nos leemos 😉

  • Alberto dice:

    Has escrito un bonito cuento, Jorge. Y muy bella la comparación entre el tiempo y el viento, que funciona también fonéticamente. He rescatado un par de frases que me parecen perlas, de las que al leerlas dices: “¡bien! Qué acertado ha estado el escritor”. Una tan sencilla como ‘Pietro adoraba el mar y adoraba el viento y no había otra cosa que deseara más que zarpar’. Otra más poética, ‘Eran dos gotas de agua de mar enfrentadas por un espejo e impresas sobre un mismo lienzo’. La frase de cierre la veo inmersa del todo en la sensibilidad de un poeta: ‘Tan cierto como el tiempo a Pietro, el cielo a Diego, y el viento, el viento quieto.’. Poco más puedo decirte, me ha parecido un buen relato. Bien documentados algunos términos técnicos marineros (o si no lo están, me has engañado, pues no tengo ningún conocimiento en ese campo). “Quería seguirles viendo” me suena raro, yo escribiría “quería seguir viéndoles”, pero no sé si las dos son correctas. Por último, no he podido evitar acordarme de Perales cuando Rosmery entra en escena: …unos ojos, azules como el mar. Nos leemos.

    • Jorge dice:

      Gracias Alberto.
      Todo empezó con la relación entre tiempo y viento, que como bien dices funcionan fonéticamente. Me gustó, y decidí plagar el relato con palabras con las “tres vocales del tiempo”: i, e, o. Viento, Lienzo, Ciento, Pietro, Diego, Diezmo, Cielo, Cierto, Quieto, Fieltro, etc.
      En ese estado de chaladura me sonaba mejor Viendo que Viéndoles… y ya no tengo mas argumentos que esgrimir.
      Muchas gracias por comentar.

  • Diana dice:

    Hola Jorge.
    Un relato muy bonito y muy triste. Me ha gustado mucho como juegas con el viento durante todo el texto, el párrafo primero me ha encantado, es en verdad precioso, esas comparaciones del viento y el tiempo son bellísimas.
    Una tontería, que no tiene tanto que ver con el texto si no con como escribes. A lo mejor es cosa mía, pero me estás acostumbrando que al final de tus textos siempre pase algo impactante, el giro que descoloca, y aunque me mola mogollón como sorprendes, me he dado cuenta de que ya lo espero, y eso le quita parte de la sorpresa al giro.
    Por lo demás, precioso (he aprendido mucho de vientos leyéndolo XD )
    Un abrazo muy fuerte.
    Nos leemos.

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,
    te has atrevido con un entorno de vocabulario muy particular, por un momento he pensado que te estabas sacando el carnet de capitán de barco, 🙂
    Te has dejado llevar, por el viento y el tiempo. Me estaba pareciendo muy lineal y llegando al final ya se intuía ese giro repentino que le da fuerza al relato, en este caso con un final triste.

    Enhorabuena

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