Sonó un pitido de claxon con fuerza y entreabrió los ojos.

Diez millones. Eso fue lo que dijo la señorita al teléfono. Diez millones de euros. A Víctor le parecía una cantidad excesivamente grande. Señorita, esta cantidad solo aparece en los periódicos, le contestó. ¡Diez millones!  No alcanzaba a saber qué se podría hacer con diez millones y desde que habló con ella, no paraba de darle vueltas. Trataba de imaginar cómo gastar tanto dinero. Se imaginaba a sí mismo vestido de frac ajustándose la pajarita, tumbado sobre la misma cama en la que había estado el último año. Y se miraba los brazos que estaban sin las vías conectadas, y se incorporaba y se bajaba de la cama. Se encaminaba a la puerta que daba acceso al pasillo y la abría mirando hacía los dos lados y salía intentando no hacer ruido. Tras andar así varios metros él sentía frío en la espalda y doblaba el brazo para llegar atrás y tocarla. Notaba el frac abierto, sentía su piel desnuda. Seguía palpando, encontrando más trozos del traje sin final y más piel al aire. La sorpresa mutaba en vergüenza al descubrir que tampoco estaban los faldones propios del frac y que sus nalgas quedaban abiertas y expuestas. Colacaba una mano en cada una de ellas y volvía encogido a su habitación.

Debió ser más o menos en ese momento cuando la vigilia se hizo presente. Sería por el ruido de ese claxon o por el sol de mediodía. Todos los viernes se formaba el mismo atasco y los coches no paraban de pitar. Víctor se acomodó sobre la cama, aunque ya no había postura en la que se encontrara cómodo. Las vías conectadas a los brazos impedían a su cuerpo buscar la postura en la que había dormido toda la vida. Toda la vida menos el último año, claro. Diez millones. Ahora la memoria y no el sueño era quien traía el recuerdo a su cabeza. Diez millones le dijo la señorita que le correspondían de la herencia de su tía Felisa. Su tía. A la que solo recordaba de pequeño, sentada a la entrada de su camping, cuando iban a visitarla en Benicarló. Siempre le regalaba helados después de comer.

Otro claxon volvió a sonar, confirmándole que ya estaba despierto, que era viernes y que esa misma tarde firmaría, por segunda vez, con el notario desde su cama. El dinero que había recibido sería repartido.

Recordaba lo que le dijo aquella señorita y pensó que era una broma y bromeó con ella. Le pareció una ironía, una mofa, una chanza, que le correspondieran diez millones justo ahora, que estaba anclado a esa cama y con tan poco tiempo de vida. Por eso pronto llegó a la conclusión de repartir la herencia que iba a recibir, aunque esta decisión fuera controvertida, que lo fue.

Víctor recordaba que tardó unos días en aceptar la realidad: era heredero de diez millones de euros. Al principio no sabía cómo decírselo a su hijo. Tuvo tiempo para pensárselo, porque su hijo, su único hijo, venía a verle de cuando en cuando. Recordaba que fue un lunes, porque apareció con prisas, recién salido del trabajo. Antes de que Victor se lo pudiera decir, su hijo le espetó que tenía poco tiempo, pero igualmente Victor tuvo paciencia y se lo comentó: que era heredero de diez millones de euros de la tía Felisa.

En aquellos momentos Víctor no sabía del poder del dinero, ni tenía por qué saberlo, ya que nunca había tenido demasiado. Antes que a su hijo, le contó lo de los diez millones a Cora, la enfermera que le había atendido todo este último año. Recordaba la carcajada de ella, como si hubiera escuchado la ocurrencia de un viejo, o el sueño de un senil. Pero también recordaba cómo enrojeció sus pómulos y se llevó la mano a la boca, cuando la señorita, la misma del teléfono, explicaba a Víctor con detalle los pormenores de la herencia. Cora estaba más emocionada que él.

Y, sin embargo, tanto Cora como Víctor siempre supieron que el dinero ya no podría curarle.  Fantasearon juntos que podrían ponerle dosel a la cama, cambiar el botón por un tirador lleno de bordados dorados, engalanar la habitación con un tapiz y vestir a Víctor con frac, pero eso sí, uno que le permitiera seguir usando la cuña. Desde que hablaron aquellas fantasías, aquel sueño se le repetía a Víctor con frecuencia. Se le mezclaba con la realidad, como todos los sueños, como también se le mezclaba la imagen de su hijo hablándole, mientras su nuera, a sus espaldas, colocaba y manipulaba los goteros.

Aquella señorita del teléfono ayudó a Víctor a gestionar la herencia desde aquella cama. Trajo al notario, firmaron, aceptó la herencia, pagó los impuestos. No daba crédito a todo lo que se podía hacer tumbado en un hospital. Pero es que Víctor desconocía el poder del dinero. Sin tener que levantarse ni salir de la habitación, se convirtió en el heredero de diez millones de euros. Un heredero efímero, porque la enfermedad no daba tregua.

Las visitas de su hijo fueron más frecuentes. Empezó a venir con él la nuera. Le visitaban hasta dos veces al día. Hablaban con él, y le preguntaban por sus recuerdos de la tía Felisa. Víctor tenía grabado el rostro de su hijo cuando le confesó que quería donar la mitad del dinero a Cora y la clínica. Su hijo le soltó las manos y le apartó la mirada. También recordaba el semblante de su nuera, sosteniendo la mirada. Aquella tarde se fueron pronto. Esa situación contrastaba con la cara de sorpresa de Cora cuando recibió el anuncio. Se volvió a reír, pensando que era otra chaladura.

Los pitidos del atasco ya empezaban a sonar menos. Quedaban pocas horas para la firma. Víctor se apoyaba en sus brazos para cambiar otra vez la postura. No se encontraba cómodo de ninguna manera esa mañana. Temprano le habían despertado su hijo y su mujer. Venían para hablar, otra vez, y preguntarle por qué quería ceder la mitad del dinero y aunque él explicaba sus razones, su hijo no las entendía. Mientras hablaban, su nuera manipulaba los botes de medicina. A Víctor le extrañó a porque esos goteros solo los cambiaba Cora, pero no dijo nada por no interrumpir la conversación, deseaba que su hijo comprendiera su decisión y le pedía también, que estuviera junto a él esa misma tarde mientras firmaba. Sentado a los pies de la cama veía a su vástago llevarse las manos a la cara, estaba llorando y cabeceaba negando. Luego se fue junto a su mujer.

Se sobresaltó al escuchar más pitidos, Víctor no estaba seguro si todo eso había pasado esa mañana o lo había soñado, porque él mismo había recreado esa conversación con su hijo varias veces en su cabeza, y no siempre tenía el mismo final.

Víctor estaba determinado a firmar la donación. Sabía que el notario iría esa tarde hasta los pies de su cama y sabía que podría firmar. Desde por la mañana Víctor se sentía realmente mal, estaba más incómodo que otros días y pensó que serían los nervios por la situación. La habitación, poco a poco, se fue convirtiendo en un despacho. Vino el notario, vino Cora y vino hasta la directora de la clínica, pero Víctor quería que también viniera su hijo y cada vez se sentía peor y cada vez quedaba menos tiempo.

Cora adivinaba sus sentimientos. Le veía mirar a la puerta de la habitación cada vez que se abría. Se acercó a él y le susurró al oído:

—No tienes por qué hacerlo. Tu hijo es tu hijo. La clínica y yo ya cobramos por el trabajo que hacemos.

Pero Víctor estaba decidido.

Lo que no sabía Víctor en aquellos momentos es sobre el poder del dinero y sobre el poder que no tiene. No sabía que su hijo estaba caminando por algún pasillo del hospital, y que caminaba con prisa, como si huyera de algo, como si huyera de sí mismo.

Víctor no supo nada de su hijo hasta que la puerta de la habitación se abrió y volvió a mirar, como todas las veces anteriores y le vio aparecer y vio como avanzaba esquivando cachivaches y llegó hasta el borde de la cama y le cogió de la mano. Su hijo le dijo que estaba de acuerdo con él, que donara lo que quisiera, la mitad o todo. Le dijo que nunca había contado con ese dinero y que no lo necesitaba y que, en realidad, pagaría todo lo que tenía para que él viviera algo más. Le dijo también que le perdonara si no le había comprendido lo suficiente. Y después de decir eso o mientras lo decía, su hijo lloró y apretó la mano de Víctor.

Y Víctor sonrió.

 

Join the discussion 8 Comentarios

  • Jose dice:

    Hola, Jorge
    tengo que confesar que no he descubierto qué es el elemento del claxón y ando muy frustrado por ello. Voy contándote cosas. En el primer párrafo he visto que te has pasado del preterito imperfecto al perfecto. En algún Vcaso me ha parecido justificado pero en otros no sé por qué no has mantenido el imperfecto.
    Has decidido no intercalar diálogo directo sino de forma indirecta, supongo que buscando dinamismo. El mismo dinamismo que se obtiene dejando sólo dos personajes con nombre propio, Cora y Víctor, y nombrándose el resto por su posición (su hijo, la nuera, la señorita del teléfono). A veces veo que hay una insistente repetición de algunos de ellos quedando alguna frase con una redacción mejorable: “su hijo se llevaba las manos a la cara, llorando, y vio cómo su hijo cabeceaba negando…”.
    Me da la sensación que no te ha dado tiempo a revisar por frases como “Víctor no estaba seguro si todo eso había lo había recordado o lo había soñado”.
    Volviendo al uso de las formas verbales, hay alguna que encuentro rara como “Su hijo le preguntaba por qué quería ceder la mitad de la herencia y Víctor le explicaba sus razones”.

    Hay dos partes del texto que me hacen repensar el contenido y el cariz de los acontecimientos. Uno es “su nueva estuvo manipulando los botes de medicina mientras él hablaba con su hijo y Víctor lo recordaba porque esos goteros sólo los cambiaba Cora”, y “(su hijo) caminaba con prisa, como si huyera de algo”. Ahí veo mucha miga y si a eso unimos que Víctor parece morir al final del texto, parece encajar.

    En definitiva, has conseguido darle ritmo al relato. Introduciendo diálogos seguramente hubiese quedado de telenovela. Por ese lado, me ha gustado. La contraparte es el uso de los tiempos verbales que no me ha convencido. Espero a ver qué dice el resto porque no sé si soy yo el pejiguero. Porque si es cierto que termina falleciendo, no me queda claro esta frase: “ESA MISMA MAÑANA, RECORDABA, su nuera estuvo manipulando los botes de medicina”.

    Muchas gracias por escribir. Espero ansioso abrir el debate sobre tu texto, creo que tiene mucha miga desde el punto de vista del contenido y de la forma.

    Un abrazo.

    • Jorge dice:

      Hola Jose.
      Gracias por leer. Si algo no entiendes, es porque está mal escrito.
      Lo releeré con calma y buscaré alguna solución. Lo del cambio de los tiempos verbales es un error típico mío, como la coma de los vocativos… verás cuando lo lea Natalia.
      Muchas Gracias.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge.
    Lo primero que quiero decirte es gracias. Por seguir comprometido con este blog y con nosotros, por buscar tiempo entre trabajo y familia para escribir (y encima, en agosto) y por cumplir los plazos que nos marcamos.
    Tu texto no está mal escrito, lo que le falta es la revisión que se hace el día después, cuando se ha dejado reposar, se vuelve a leer despacio y se pule para darle el acabado final. A ti te ha faltado ese tiempo para darle más claridad y quitar repeticiones. No pasa nada, ya lo harás.
    No voy a corregir cada detalle porque los verás tú en cuanto leas con calma.

    La idea del texto me ha gustado. Que jugaras con el momento en que Víctor se entera de que es el heredero de diez millones de euros, está muy bien. Como punto de ironía y como objeto de reflexión vital. Todo ese dinero justo cuando ya no puede disfrutarlo.
    Como Jose, no acabo de identificar ese sonido del claxon. No sé si es un ruido exterior (un coche) o un ruido proveniente de algún aparato médico de su habitación. Creo que la idea era darnos una pista para saber si Víctor está despierto o no, pero hacia el final el claxon no suena y él parece que no está dormido. No sé, ya nos aclararás.

    Parece que la nuera toquetea los goteros mientras Víctor habla con su hijo. Pregunta: si sólo los cambiaba Cora, ¿por qué Víctor no le pregunta por qué los toca?

    Entiendo que la nuera quiere que su suegro muera antes de ceder el dinero al hospital y a Cora. Pero el hijo de Victor se da cuenta de que no quiere eso y corre a hablar con su padre para decirle que haga lo que quiera con su dinero. Dime si es eso lo que querías transmitir.

    En lo formal, solo te comento algunas cosas.
    La parte en la que se imagina a sí mismo vestido de frac está escrita en pretérito imperfecto (se imaginaba, se miraba, se incorporaba…). Pero luego cambias a pretérito perfecto simple y me confundes porque no sé si seguimos en el sueño o algo ha cambiado (Cuando anduvo así varios metros).
    Creo que ese párrafo tenía que seguir con el imperfecto:
    “Luego andaba así varios metros hasta que sentía frío en la espalda y doblaba el brazo para llegar atrás (…)”
    Y aquí ya lo veo bien porque cambias el tiempo al salir de la ensoñación:
    “Debió de ser, más o menos, en ese momento cuando la vigilia se hizo presente.”

    Aquí han faltado las tildes de las interrogativas. En tus textos, algunas veces las pones y, otras veces, se te olvidan. Por eso sí te las remarco hoy.
    “No alcanzaba a saber qué se podría hacer con diez millones.”
    “Pero también recordaba cómo enrojecieron sus pómulos…”

    Y luego unas comas y una tilde:
    “y, desde que habló con ella, no paraba de darle vueltas.”
    “Se imaginaba a sí mismo.”

    Enhorabuena por tu trabajo y gracias de nuevo por estar con nosotros 🙂
    Nos leemos.

    • Jorge dice:

      Gracias Natalia.
      He cambiado el texto, arreglando cosas y a ver si consigo que se entienda lo del claxón. Creo que aún le queda otro repaso y te confirmo que lo que has captado es lo que quería transmitir.
      Mañana comento el tuyo que ya es muy tarde.
      Gracias

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Ya lo he leído revisado. Tengo dificultades para entender el paso del tiempo en tu relato. Parece que va de viernes en viernes, por lo del atasco, pero no sé cuánto tiempo pasa entre que sabe lo de la herencia y el final, cuando Víctor le sonríe a su hijo.
    Sigo viendo repeticiones con el uso de “Víctor” y “su hijo”.

    Entiendo que el claxon es de un coche pero no entiendo porque tiene que ser “el” claxon, como si fuera un claxon específico que él reconoce por algo. Si hay atasco, tendrían que sonar muchos pitidos, no solo uno. Hacia el final sí pones “los pitidos de los viernes”.

    “Las vías conectadas a los brazos le impedían a su cuerpo buscar la postura”:
    La construcción de esta frase no es correcta. Sería o “le impedían buscar la postura” o “impedían a su cuerpo buscar la postura”.

    “El claxon volvió a sonar, confirmándole que es viernes”. Yo hubiera puesto “que era viernes”. Está en pasado.

    Aquí sobra una coma detrás del “que”:
    “Antes que a su hijo, le contó lo de los diez millones a Cora”

    “Se le mezclaba con la realidad, como todos los sueños, como también se le mezclaba la imagen de su hijo hablándole, mientras su nuera, a sus espaldas, colocaba y manipulaba los goteros.”
    Esta frase no me queda clara. Si la nuera manipula a sus espaldas, él no puede verla. Y, si es un sueño, ¿por qué sospecharía de ella como para haber soñado que manipulaba sus medicinas? ¿Se llevaban mal? Me falta información.

    Aquí te falta la “a”:
    “No daba crédito a todo lo que se podía hacer tumbado en un hospital.”

    Hay alguna frase demasiado larga y poco clara, para mi gusto:
    “Durante toda esa mañana, cuando su nuera estuvo manipulando los botes de medicina y él mientras hablaba con su hijo, y lo recordaba Victor porque esos goteros solo los cambiaba Cora, pero no le dijo nada por no interrumpir a su hijo, que le preguntaba por qué quería ceder la mitad del dinero y Víctor le explicaba sus razones aunque su hijo no las entendiera.”

    Creo también que le falta pulir otra vez pero poco a poco va quedando mejor. Espero haberte ayudado un poco 🙂
    Nos leemos.

    • Jorge dice:

      Muchas gracias Natalia por volver a leerlo y comentarlo.
      Si se repiten mucho “Víctor” y “su hijo” es porque hay un problema de foco y tengo que hacer demasiada referencia a ellos. Si el foco se mantuviera bien, eso no tenía porque ocurrir.
      Los apuntes a las frases son correctos.
      He intentado volver a arreglarlo a ver que dicen los que faltan por leer. A veces cuando hay tanto que cambiar, quizá es que hay que intentar reescribir por completo. Escribir es reescribir.
      Eres un solete.
      Muchas gracias

  • Alberto dice:

    Me gusta mucho la idea del primer párrafo, la imagen del brazo con las vías que nos mete en situación, la del frac abierto (o la bata de hospital) y el culo al aire. “Colocaba una mano en cada una de ellas y volvía encogido a su habitación”, buena frase. A partir de ahí el relato se vuelve un poco más oníricio, o al menos yo así lo he percibido desde mi cansancio jejeje. Se repiten situaciones, lo del claxón, las reflexiones de Victor… En un momento dado me ha parecido que la nuera manipulaba las vías para acelerar la muerte de su suegro, con la connivencia del hijo… Tal vez me he excedido. En cualquier caso me han gustado las reacciones de Nora y, finalmente, la del hijo. Esas últimas frases tienen fuerza.
    En fin, disculpadme, no estoy muy inspirado para comentar, como no lo estoy para ponerme a escribir. Vendrán tiempos distintos.
    Nos leemos.

  • Carlos dice:

    Hola Jorge,
    me ha gustado el texto pero creo que te has centrado mucho en las divagaciones de Víctor y me hubiera gustado navegar por los pensamientos del resto de personajes. A mi sus alucinaciones me han convencido pero no he entendido bien que hacía Cora con los goteros, si quería que muriera antes para que su hijo heredara todo. Seguro que esta historia se puede ampliar porque el planteamiento tiene buena pinta.

    Buen trabajo.

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