Teba se encontraba hecha un ovillo en un rincón de un sótano. Contenía la respiración mientras escuchaba los bombardeos varios pisos por encima de su cabeza. A cada nueva explosión el subterráneo temblaba y cataratas de polvo y casquetes caían sobre ella.

No recordaba cómo había encontrado aquel lugar. Lo último claro era una explosión fuerte que la lanzó varios metros hacia delante, seguido de un pitido desagradable en los oídos que acalló el resto del mundo. Después de eso, solo confusión. Se veía a sí misma arrastrándose entre las ruinas sin rumbo, sola. Del resto de su destacamento no había ni rastro, quiso pensar que la detonación les había separado, y andaban como ella perdidos y desorientados; era mejor agarrarse a esa idea, la alternativa era demasiado dolorosa.

¿Cuánto tiempo estuvo dando tumbos? Era incapaz de calcularlo, podían haber pasado horas o tal vez días; el humo y las cenizas habían cubierto el cielo, creando una noche angustiosa, fría, en la que el aire se había vuelto espeso, casi irrespirable. Y, entonces, llegó a aquel lugar, un refugio precario que no aguantaría mucho, pues de un momento a otro se vendría abajo, quedando atrapada entre los escombros; puede que con un poco de suerte muriese en el acto, eso le evitaría un fin lento y agónico bajo ocho plantas de ladrillo y hierro.

En algún instante, marcado por los desplomes, comenzó a llorar. Era un llanto silencioso, apagado por las explosiones, por el sonido de los edificios desmoronándose, por su miedo. Un miedo que la tenía desde hace horas, apuntando con su bláster a la nada, hacia la oscuridad que amenazaba con devorarla. Agarraba el arma con tanta fuerza que la mano se le había vuelto blanquecina y los dedos de un color violáceo, mientras que un hormigueo desagradable le recorría toda la extremidad.

Temblaba.

No quería seguir; no podía luchar contra las sombras, los cascotes y las explosiones, luchar contra sí misma, agarrándose a la esperanza de mantener la cordura un instante más. Estaba tan cansada que todo su cuerpo y su mente anhelaban un final. Pero, a su vez, este pensamiento la llenaba de vergüenza y la hacia arañar segundo tras segundo una vida que sabía llegaba a su término.

Una oleada de nauseas le inundó la boca de un gusto agrio, a bilis. En otras circunstancias el desagradable sabor le habría hecho vomitar, pero su estómago estaba demasiado vacío, y todo quedó en unas arcadas dolorosas y ardientes.

Respiró hondo, intentando que la bocanada de aire polvoriento le diese un poco de calma y claridad. No podía pasar sus últimos minutos de esa forma, necesitaba encontrar algo de paz que le ayudase a afrontar su destino con un mínimo de dignidad. Dejó su arma a un lado, y rebuscó en los bolsillos interiores de su parka. No tardó mucho en encontrar el pequeño disco. Solo sentir su superficie, hizo que una sensación cálida inundara su pecho. Allí, en ese platillo de bronce, estaban sus recuerdos más preciados, aquellos que la recordaban por qué luchaba. Extendió la mano con la palma hacia arriba, tocó la superficie del artilugio, y un segundo después las imágenes holográficas comenzaron a representarse ante ella.

La figura medio translúcida de su madre iluminó parte del sótano. Teba se quedó perdida en esos ojos que tanto echaba de menos, en la sonrisa calmada, en el gracioso gesto que hacía cuando le picaba la nariz. Dejó de llorar. La imagen de su madre movía los labios, explicándole algo, pero el audio se había dañado y la voz se había perdido para siempre. Sí, no volvería a escucharla.

Hacia algo más de medio ciclo que había fallecido. Tal vez, si aquella guerra sin sentido no hubiese estallado aún estaría viva. Eso se había repetido cientos de veces, miles, en un intento inútil de encontrar un culpable. La contienda había imposibilitado que accediera a su tratamiento y, sin él, había poco que hacer. Dejó que el odio la consumiera, y antes de darse cuenta, ella misma empuñaba un arma en una causa que ni siquiera entendía.

Cerró los ojos con fuerza, dejando el holograma a un lado, para tirar de su propia memoria. Recordaba como admiraba su fuerza, como era capaz de superar cualquier cosa que se interpusiera en su camino, como luchaba por lo que creía justo. Nunca se rendía. Era compasiva, dulce, cariñosa, siempre encontraba una palabra amable, un gesto de consuelo. De alguna manera conseguía creer en la gente y sacar su lado bueno, les impulsaba a ser mejores, a creer en ellos. Nunca había conocido a nadie como ella. Incluso cuando la enfermedad era visible, y su cuerpo comenzaba a fallar, estaba ahí para ayudar a todos, para alentarles.

Teba estaba tan sumida en sus recuerdos, en el consuelo que le traían, que no fue consciente del momento en el que pararon las explosiones, y mucho menos del instante en el que estás fueron sustituidas por el sonido de los blásters. Fue el ruido de una docena de pasos, bajando por las escaleras del sótano, el que rompió su burbuja.

Abrió los ojos justo para ver, a través de la figura de su madre, como dos de aquellos seres atravesaban la puerta, clavando sus cientos de ojos negros en ella. Una mezcla de miedo y odio llenó todo su cuerpo. Se tiró a un lado, en busca de cobertura. Los seres avanzaban deprisa,  descargando sus armas sobre ella. Uno de ellos había subido al techo, en busca de un mejor ángulo. Teba levantó la vista y se encontró con la mirada de su madre. Había algo distinto en ella, parecía ser más consistente, más real. Y entonces sus labios se movieron, y una orden surgió de ellos: “vive”.

Teba alzó su arma.

 

 

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  • Jorge dice:

    Hola Diana.
    Me gusta el escenario que nos has descrito. Me gusta que además sea a través de este escenario como la protagonista recuerda a su madre. Me he sentido dentro de la escena y eso es siempre es mérito del escritor(a). Un mundo fantástico para recordar un familiar es una propuesta muy original.
    Me gusta también el balance que hay entre lo que ocurre fuera y lo que le ocurre a ella por entro. Los párrafos se alternan y hacen mas fácil la lectura. Un texto de aparente acción se va deteniendo atrapando al lector en los pensamientos de la protagonista, su pasado, su madre, la guerra. Buenos recursos para dar información a los lectores.
    En el aspecto mas técnico solo he visto una cosa, la pregunta “¿Cuánto tiempo estuvo dando tumbos? ” la hace tu narrador pero en realidad es una pregunta que se hace ella, porque enseguida dice que “era incapaz de calcularlo”. Para mantener al omnisciente o equisciente habría que decir “Se preguntaba cuanto tiempo llevaba dando tumbos.”, o eso creo yo.
    Me gusta mucho que hayas vuelto.
    Gracias y Enhorabuena.

  • Natalia dice:

    Hola, Diana
    Qué bien que hayas vuelto 🙂
    Me ha gustado tu texto. Me gustan los enfoques que das a tus historias, siempre desde una perspectiva particular. Son muy visuales, como las películas.
    Empiezas describiendo la situación, lo que está pasando, para que vayamos haciéndonos una idea del escenario. Luego nos descubres a la madre de Teba, en forma de holograma. Ahí vemos la fascinación de la hija por su madre y el dolor por haberla perdido.
    Teba está luchando en una guerra, se siente sobrepasada, perdida y acorralada. Me gusta que su madre le diga que viva, que no se rinda, pese a todo. El recuerdo de los seres queridos que ya no están nos impulsa a seguir, pese a la añoranza. Nadie puede con la voluntad de uno mismo por seguir adelante.

    Ya sabes que voy a comentar ahora la parte formal.

    Comas:
    “A cada nueva explosión, el subterráneo temblaba”
    “En otras circunstancias, el desagradable sabor le habría hecho vomitar”
    “Tal vez, si aquella guerra sin sentido no hubiese estallado, aún estaría viva.”

    Aquí el pronombre sería “le”:
    “aquellos que le recordaban por qué luchaba.”

    Tildes:
    “Hacía algo más de medio ciclo que había fallecido”
    “Recordaba cómo admiraba su fuerza, cómo era capaz de superar cualquier cosa que se interpusiera en su camino, cómo luchaba por lo que creía justo.”
    “mucho menos del instante en el que estas fueron sustituidas por el sonido de los blásters”
    “a través de la figura de su madre, cómo dos de aquellos seres atravesaban la puerta”

    Aquí hablabas de la madre (“La contienda había imposibilitado que accediera a su tratamiento y, sin él, había poco que hacer”) y luego dices “Dejó que el odio la consumiera”. No cambias el sujeto y no sé si el odio consume a la madre o a Teba. No queda claro. Solo añadiendo “Teba” se resuelve el problema:
    “Teba dejó que el odio la consumiera.”

    Y ya está. Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos 🙂

  • Carlos dice:

    Hola Diana,
    me ha parecido una historia visual en que es fácil ubicarte.
    El uso de varias palabras clave nos traslada a un mundo futurista ya que el resto podría ocurrir en cualquier época.
    Los recuerdos de su madre nos hacen conocer de alguna forma también a la protagonista y aunque al final nos dejas sin saber que pasa es de suponer que al menos lucha por sobrevivir.

    Buen trabajo.

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