Fijé mi mirada en el río, intentando distinguir lo que se escondía más abajo del agua. Morlocks… ¿dónde estáis cuando se os necesita?

Tras unos minutos en silencio observando el agua, escuchando cómo todos cantaban de fondo, vi dos peces nadando uno detrás del otro. Suspiré. En ese momento quise ser uno de ellos y zambullirme río abajo hasta el mar, hasta Barcelona, con mi gente.

Si la raza humana hubiera estado dividida en dos, como en la película, estaba claro que yo no era uno de ellos. Su forma de vestir, su manera despreocupada de ver la vida y su frivolidad me ponían nervioso. Me hacían sentir distinto. Seguro que ellos tenían todo lo material, no parecía que les hubiera faltado nada en la vida. Yo, en cambio, sabía lo que era luchar por tener un trabajo, pagar un piso y hacerme cargo de las facturas, alejarme de mi casa para tener un futuro. Seguro que a ellos les pagaban todo. Me estaba enfadando cada vez más.

Miré la hora, las 18:26h. Estaba harto. Se me debía notar en la cara porque Ruth se me acercó:

¿Estás bien?

Me siento Morlock en un mundo de Elois…

¿Cómo?

Nada, que tengo ganas de volver a casa.

¿Estás incómodo? No parece que te estés divirtiendo mucho.

Pues la verdad es que no estoy a gusto.

Vaya, ¿por algo en concreto?

No tengo mucho que ver con estas personas.

¿Y qué les pasa? Nos estamos divirtiendo.

Ya, pero yo, no.

Entonces Rober se nos acercó.

Ruth, me tengo que ir. He quedado a las siete en el bar.

Genial, ¿puede volver mi amigo contigo?

Por supuesto.

No pude reaccionar. Por un lado, no me apetecía montarme en un coche con ese chico. Pero, por el otro, quería volver a casa cuanto antes. Así que no puse pegas. Rober dejó su guitarra en el maletero y nos montamos en su coche. La verdad es que era un utilitario de lo más común. Me senté un poco tenso, agarrando mis rodillas con las manos y mirando la carretera fijamente.

¿Eres de por aquí? —me preguntó pocos segundos después de arrancar el coche.

No, sólo trabajo aquí.

¿Desde hace mucho?

Unos meses.

Pareces un poco desubicado…

—Eh… bueno, puede ser —dije titubeando. Me sorprendió que se hubiera fijado en mí y no supe disimular.

Es difícil volver a empezar, ¿verdad?

Un poco.

Yo tampoco soy de aquí. Dejé los estudios hace poco por la música. Mis padres no lo aceptan pero es lo que me llena, aunque es un mundo difícil.

Me relajé un poco, me crucé de brazos y le miré de reojo por un momento. Tenía el pelo rubio y la piel sonrosada. Pensé que cumplía con el perfil “Eloi” totalmente.

¿Cómo conociste a Ruth? —dije, para que no se notara que le estaba mirando más de la cuenta.

Una noche estaba en el bar en el que toco y se acercó a hablar conmigo después de un concierto. Es maja.

Sí.

Me ha animado a pasarme hoy por el río. A veces no sé qué hacer con mi tiempo durante el día.

A mí también me lo ha propuesto.

Será que le damos pena —Rober me miró y me guiñó el ojo.

Los dos miramos a la carretera sin decir nada, como reflexionando sobre nuestra evidente soledad. Yo me acordé de mis amigos y tuve más ganas que nunca de estar con ellos en Barcelona, de hablar de nuestras cosas mientras nos tomábamos unas cervezas y arreglábamos el mundo.

Creía que conocías a los demás —le dije, por fin, cuando estábamos llegando.

¡Qué va! Aquí, en confianza, me han parecido un tanto pretenciosos. Me he mantenido callado escuchándoles hablar hasta que ya no he podido más y me he puesto a cantar. En realidad, no he quedado con nadie a las siete… —me dijo, mordiéndose el labio—. Me lo he inventado para poder irme. No se lo digas a Ruth.

No, tranquilo. —Rober me dejó en la puerta de mi casa y nos despedimos. Sentí un gran descanso.

Pasados casi dos años, Ruth nos invitó a cenar a Claudia y a mí para celebrar su cumpleaños, en un bar que ella conocía. Ya no vivíamos juntos, yo había vuelto a Barcelona pero Claudia y Ruth trabajaban en Cardona. Así que les hice una visita allí. Cuando habíamos terminado la cena y seguíamos poniéndonos al día sobre nuestras vidas, anunciaron la actuación de un músico. En cuanto apareció en escena, Ruth nos dijo que era su amigo Rober. No le reconocí después de tanto tiempo. Estaba desmejorado, llevaba el pelo corto y tenía un semblante cansado y ojeroso. Había ganado peso y perdido el brillo en la mirada. Mientras le observaba con detenimiento, me pareció que había descendido a los subterráneos de sí mismo y me pregunté, con una medio sonrisa, a cuántos Eloi se habría comido por el camino.

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  • Jorge dice:

    Qué bien Natalia.
    Aparentemente tu relato cuenta una historia anodina, sin importancia. Tu historia tiene, como otras veces, una moraleja, una lección de vida, pero esta vez no es tan evidente como otras, dejas que cada lector la encuentre, y eso me ha gustado. La insinúas con claridad, utilizas la misma metáfora de Elois y Morlocks que ya estaba fabricada, pero la pones claramente a tu servicio (por cierto, ¿has visto la peli?). Conmigo ha funcionado.

    Ese pasar de los años que convierte a esos héroes y princesas en presas de si mismos y que vemos después de un tiempo. Es como las reuniones de antiguos alumnos que organizan en algunas universidades o institutos. ¡Qué forma de cambiar los roles preestablecidos! La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, …

    El último párrafo, creo que debería estar separado del resto por dos espacios, por tratarse de una elipsis.
    En la verosimilitud, no he podido evitar preguntarme a quien le dejaba el coche el protagonista.

    Buen trabajo.
    Nos leemos.

    • Natalia dice:

      Hola, Jorge
      No he visto la película pero he leído un poco sobre ella para entender el argumento y la posición de cada uno. Leí que era una crítica de las clases sociales, de los perfectos y ricos representados por los Eloi, y los pobres trabajadores, proletarios, representados por los Morlock. Tendré que verla algún día, ya por curiosidad.

      Quería reflexionar un poco sobre cómo encasillamos a las personas, a veces por la apariencia y a veces por el lugar que ocupan en sociedad, estableciendo binomios (rico-pobre, guapo-feo, simpático-antipático, de derechas-de izquierdas, nacionalista-no nacionalista, del Barça-del Real Madrid…) en los que catalogarnos. Y eso supone un juicio casi gratuito, porque en realidad no sabemos cómo son las personas hasta que las conocemos en profundidad (y hay pocas oportunidades para ello).

      El personaje que planteaba Alberto, siente antipatía por un patrón que enseguida atribuye a los amigos de sus compañeras de piso. Eso le bloquea y le impide disfrutar de ese momento en el río. Quise que se acercara un poco a uno de ellos, el que más escondido estaba. Para que pudieran charlar de una manera provocada (el viaje en coche) y pudieran conectar en algún punto (sentimientos de soledad, desubicación…)
      Y ya terminar con un giro, quien parecía ser Eloi termina siendo Morlock. Porque nada en la vida es lineal, siempre hay cambios, malas decisiones, giros inesperados, que desvían tu trayectoria previsible y te llevan a lugares que ni te hubieras planteado.

      En cuanto al coche, Alberto decía “yo conduje” pero no explicitaba de quién era el coche 😉

      Gracias por comentar.

      • Carlos dice:

        Cuando vi la película no me pareció que los Eloi fueran los perfectos y ricos representados y los Morlock pobres trabajadores, proletarios, más bien me parecio que los Eloi eran una especie de ganado que no podía salir de su papel por vivir acomodados sin esforzarse ni pensar por nada. Los Morlock eran unos seres menos agraciados que sin embargo los utilizaban.

        Los que la vistéis podéis comentar o esperamos al próximo zoom.

        • Natalia dice:

          Hola, Carlos
          Es que yo no la he visto. Sólo te puedo decir que busqué información y encontré cosas como esta:
          “Carlos Mendizábal ha analizado no sólo The Time Machina sino toda la obra de Wells, y se aprovecha de todas las herramientas Wells para desarrollar su trama. H.G. Wells en The Time Machine presenta una distopía con apariencia de utopía hasta que el Viajero a través del Tiempo descubre la apocalíptica realidad de ese mundo, la presentación de los Morlocks y los Eloi, las dos nuevas especies que nacen de la misma raza después de perder sus cualidades humanas. La separación es producto de la evolución de una sociedad materialista y determinista que potencia la división entre ricos y pobres, entre burgueses y proletarios, entre explotadores y explotados. Wells pone en escena el final de la lucha de clases: tras la dominación completa de los más favorecidos sobre los desfavorecidos -sin colectivos intermedios- la decadencia moral e intelectual de los primeros propicia, finalmente, el dominio absoluto de los segundos.”
          http://webs.ucm.es/info/especulo/numero48/elowells.html
          Un saludo.

  • Carlos dice:

    Hola Natalia,
    has escrito el texto con maestría, pero echo en falta que pase algo esencial.
    Lo he pensado también de los otros textos, creo que os he puesto una tarea difícil para esta semana, es más fácil hacer un texto redondo y con argumento cuándo surge de uno mismo. Quizás, en parte por eso, yo me he quedado sin escribirlo.
    Sobre la película, que creo que todos hemos visto, hay que resaltar la imaginación para hacer una película de ficción con tan pocos medios e imagino que el libro debe de ser mucho más complejo.
    En tu historia me ha chocado un poco el final, que Robert sea el Morlock de la historia, no he llegado a entender lo que querías decir.
    Me esperaba un final optimista de los tuyos y mientras leía como se conocían un poco en el coche he recordado una frase que leí ayer de Ramón y Cajal:
    “Nos desdeñamos u odiamos porque no nos comprendemos, y no nos comprendemos porque no nos tomamos el trabajo de estudiarnos.”

    Enhorabuena

    • Natalia dice:

      Hola, Carlos
      Para mí sí ha sido difícil continuar un texto que, se supone, está terminado. O, por lo menos, tiene planteamiento, nudo y desenlace. Creo que es el texto que más me ha costado escribir para la web… Me ha llevado horas sacar alguna idea. También es que llevo unas semanas con más dificultades para concentrarme y escribir. Pero qué le vamos a hacer. Vendrán tiempos mejores.
      Te confieso que la primera idea que tuve para el protagonista era que hablara con alguien, que conectaran de alguna forma inesperada y se dieran una oportunidad de conocerse. Por ejemplo, terminando el día tomando algo después de la charla en el coche, ya que los dos estaban solos… Pero os vi a todos diciéndome que eso era un final feliz “de los míos” (como me dices tú) y quise cerrar por otro lado. No fui fiel a mí misma. No sé si eso es bueno o es malo, la verdad.
      Gracias por el comentario.
      Un abrazo.

      • Carlos dice:

        Gracias por tu esfuerzo y ánimo con la concentración.
        Sabía que continuar una historia de otro sería un reto difícil si se intenta continuar el estilo inicial.
        Yo, al final, elegí tu historia sobre Trump porque era la que más se adaptaba a mis temáticas y la podía desarrolla con otro personaje totalmente independiente. Espero que os guste el Trump del sur.

  • Alberto dice:

    Lo dicho, que ilusión ver crecer un relato mío en las manos de una persona distinta, con otra voz, con otro enfoque. Gracias.
    Es bonita la metáfora de los peces viajando a Barcelona para encontrar a mis amigos. Pillaste bien ese vacío. También reflejas de manera explícita la diferencia de clase. Me ha sorprendido la honestidad brutal con que ‘le digo’ (ya que este texto es ‘parcialmente autobiográfico’… por cierto, que sensación verme a mí mismo como personaje en manos de otro escritor, entiendo que te haya costado!) a Ruth que no tengo nada en común con sus amigos. Tal vez yo no tenga mucha mano izquierda, pero eso es sacar la derecha con todas las de la ley ;-). Es cierto que el viaje fue en mi coche, pero no está especificado. En algunos momentos puede que los pensamientos y fragmentos de conversación sean demasiado explicativos, pero las primeras frases de la conversación con Rober me han resultado tiernas y creíbles, un giro inesperado e ilusionante. Luego hay una elipsis, y creas un reencuentro que jamás existió (insisto, mola mucho que otros ficcionen tu vida). Y ahí es dónde, en mi opinión, te sales: en esas tres o cuatro últimas frases con la imagen de ese Rober venido a menos y ese ‘descenso a los subterráneos de sí mismo’, retorciendo la metáfora de Morlocks y Elois, y sugiriendo el triste devenir de Rober de un modo muy efectivo sin ser explícita en absoluto.
    Me gusta lo que le comentas a Jorge: “El personaje que planteaba Alberto, siente antipatía por un patrón que enseguida atribuye a los amigos de sus compañeras de piso. Eso le bloquea y le impide disfrutar de ese momento en el río.” Es un hecho que me ha sucedido muy a menudo en la vida, lo has resumido bien. Una de esas críticas que uno se hace a sí mismo con frecuencia, una de esas cosas de mi forma de ser que me atraen y me disgustan a la vez.
    Por último, si el cuerpo te pide un final feliz, ¡no te cortes! Parece un tópico, pero creo que es importante ser fiel a uno mismo. Ya se encargará el público de subrayar ese final si no le gusta, y luego todos tan amigos 😉
    Gracias de nuevo. Nos leemos.

  • Natalia dice:

    Hola, Alberto
    De nada. Qué bien que te haya hecho ilusión 🙂
    Yo creo que empatizo con casi todo lo que te pasa en tu relato. He sentido con fuerza querer estar en otra parte muchas veces, así que yo también quisiera ser pez en ocasiones.
    Vengo de familia humilde, trabajadora y mis padres han sido, en algún momento de su vida, representantes sindicales en sus empresas. Mis acosadores en el colegio pertenecían a una clase social más elevada así que entiendo a tu personaje (o a ti).
    Pensé que a Ruth sí le podías decir lo que te pasaba porque te conocía y podía ser la única con la que ser sincero en ese contexto. Ella nota tu incomodidad. ¿Y lo a gusto que te quedas siendo sincero? Eso también hay que tenerlo en cuenta 😉
    En cuanto a los bloqueos ante la gente, ay. Pues yo es que me siento fuera de lugar bastantes veces entre personas que no considero amigas y a veces no disfruto momentos y me cuesta dejarme ir a nivel social. Yo lo atribuyo al acoso que sufrí aunque también es cierto que soy introvertida si no hay confianza. También decir que suelo ir a mi aire y me gusta no seguir la línea marcada. Soy incluso un poco rebelde para modas y estilo de vida rebaño. En reuniones con gente con quien coincido pero no son amigos, opto por escuchar y callar. Incluso, apartarme físicamente.
    Los finales felices me salen porque creo que hay que ser positivo, para poder seguir adelante. Pero voy viendo que, en literatura, enganchan más las vueltas de tuerca, los giros del argumento. Voy buscando el equilibrio.
    Un abrazo.

  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    ¡Alberto se ha llevado la palma de textos continuados! Algo tendrán sus textos…
    En tu relato veo que empiezas a demostrar un sentimiento más marcado hacia la situación que él, que reflejaba con la acción continua de mirar el reloj. En el texto, dejas menos sutil su emoción de hartazgo. Después metes mucho más diálogo, en el que esa misma emoción se remarca. Y con el diálogo con Rober das un viraje a la historia. Lo que parecía una cosa era otra. Ese momento de apertura es lo que más me ha gustado del texto.
    He visto un relato muy limpio, como es habitual en ti, claro y conciso.

    Nos leemos.

    • Natalia dice:

      Hola, Jose
      Algo tienen los textos de Alberto, sí. Son fruto de un gran mundo interior y de su capacidad para expresarse con las palabras.
      En su texto me quedé con ganas de ver la incomodidad del personaje más claramente y me lo llevé al otro extremo, le enfadé para que saliera, por fin, esa emoción y fuera capaz de expresar lo incómodo que estaba, jeje
      Me alegra que te haya gustado.
      Un abrazo.

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