Era un lugar bonito, Cardona. Viejas piedras, gente agradable y los pirineos al fondo. No me importaba vivir allí de lunes a viernes. Sin embargo, tenía veintisiete años, la jornada laboral era demasiado larga, y algunas tardes el cuerpo me pedía algo de acción. El contraste con los intensos fines de semana que disfrutaba en Barcelona era demasiado extremo.

Cabía la posibilidad de salir con mis compañeras de piso: Ruth, de Manresa, y Claudia, una italiana que realizaba las prácticas de Medio ambiente en una empresa del pueblo. Eran muy simpáticas, pero no encontraba en ellas la chispa a la que mis amistades de aquella época me tenían acostumbrado. El caso es que una tarde estaba tan aburrido que me animé a acompañarlas para darnos un baño en el río, donde nos esperaban varios amigos suyos.

Yo conduje. En quince minutos llegamos a un aparcamiento en un bosque, bajamos caminando por un sendero entre pinos y nos encontramos con una bonita poza salpicada de grandes piedras lisas adornadas con toallas. Nadie se estaba bañando. Todos tenían un cuerpo de gimnasio, y el pelo rubio o castaño. Reían y charlaban en armonía junto a las aguas del río en reposo. Al toparme con la escena recordé a los eloi, de la película La máquina del tiempo, la antigua, la de Rod Taylor. El protagonista viaja al año ochocientos mil y algo, y encuentra a la raza humana dividida en dos: por un lado los eloi, habitantes de la superficie, clones rubios, atractivos, pacíficos y pasivos; y por otro los morlocks, violentos monstruos subterráneos que no soportaban la luz del día.

Me quité la camiseta y las zapatillas y me dí un chapuzón. Luego me senté en la toalla, encendí un cigarro, y dejé que el sol secara poco a poco las gotas de mi piel. A mi lado, Marc, recostado sobre la roca y comiendo uvas como un romano en el triclinio, nos contaba que en los States —los United, imaginé— había sido invitado a una fiesta en la mansión del cantante de los Red Hot Chili Peppers. Por lo visto, varios tiburones nadaban en la piscina. Con la cabeza apoyada en el muslo de Marc, Ana estaba tumbada mirando al cielo. Tenía unas gafas de sol con montura roja en forma de corazón y se llevaba el cigarrillo a los labios con frecuencia para dar breves caladas. Nos dijo que la primera vez que montó en una limusina fue también en los States, en New Jersey. Empresas importantes de todo el mundo requerían la presencia de su padre a menudo, y a veces ella le acompañaba en sus viajes. Fue precisamente en New Jersey donde se hizo el tatuaje de la sirena que aleteaba en su tobillo.

Miré el reloj. Eran las 18:00.

Claudia aportó un toque popular y campechano: invitó a todos a un taller de pasta en nuestra casa, en el cual, partiendo de harina, sal, huevos y agua, confeccionaríamos unos exquisitos espaguetis artesanos. El grupo acogió la propuesta aplaudiendo con pasión y emitiendo chillidos de victoria. Llevada por la ola de entusiasmo, Ruth se puso de pie y sugirió aprovechar la reunión para, una vez finalizado el taller, jugar un parchís en un tablero que tenía más de un siglo de vida. Su abuela, de origen húngaro, lo había traído a Manresa cuando emigró de Budapest, sesenta años atrás. Nos aseguró que era un tablero especial: con él las partidas podían prolongarse durante toda la noche sin que uno se diera cuenta. Ana nos animó a batir el récord Guinness de la partida de parchís más larga, y todos volvieron a aplaudir con fervor. Miré el reloj de nuevo con disimulo. Las 18:12.

Marc nos informó de que el parchís era un juego de procedencia india que databa del siglo dieciséis. Aprovechó la ocasión para comentar que su padre era muy aficionado a las antigüedades. Sin ir más lejos, ese mismo fin de semana había comprado en Londres una daga de la guerra de los cien años. Mientras Marc movía los labios, recordé que los morlocks trabajaban para los eloi moviendo pesados mecanismos industriales bajo la corteza terrestre. No obstante, por las noches salían a la superficie y si encontraban algún eloi despistado se lo comían.

Un rasgueo de guitarra me sacó de mi abstracción. Rober, que hasta entonces había permanecido en silencio, tocaba Blowin’ in the wind. Llevaba las rastas recogidas en una gran coleta a sus espaldas. Cantaba dirigiendo a las aguas una mirada profunda. Tumbado junto a él, Paul seguía inmovil, fumando porros. Marc y Ana unieron sus voces a la de Rober. Sentí como mi cuerpo se agarrotaba por momentos. Claudia y Ruth no parecían conocer la letra, pero empezaron a tararear la melodía con los ojos semicerrados, balanceándose. Yo seguía sentado con los brazos rodeando mis piernas flexionadas, el rostro petrificado dirigido hacia el bosque. Giré el reloj hacía mí: las 18:21. Hice un cálculo rápido; éramos siete, no podía volver yo solo en el coche. Al igual que Rober, fijé mi mirada en el río, intentando distinguir lo que se escondía más abajo del agua. Morlocks… ¿donde estáis cuando se os necesita?

Join the discussion 7 Comentarios

  • Carlos dice:

    Hola Alberto,
    me ha gustado tu historia.
    Combinas perfectamente le buen rollito de ellos, conversaciones interesantes quizás un poco snob con tu incomodidad por no encajar en ese ambiente. Lo manifiestas perfectamente con las repetidas miradas para ver la hora.
    Sugieres la película La máquina del tiempo para expresar como te sentías, me picas la curiosidad para verla.
    Me queda la duda sobre tu papel en la trama entre elois y morlocks y cómo acaba la historia.
    Enhorabuena.

  • Natalia dice:

    Hola, Alberto
    Me ha gustado tu texto, siempre bien escrito. Se va captando hacia el final esa incomodidad, ese sentirse fuera de lugar o no tan a gusto como con los amigos de verdad. Y esas ganas de no haber cogido el coche ese día, jeje
    Desde “Miré el reloj. Eran las 18:00” quizás me ha faltado un pelín más de sensaciones del protagonista para ir percibiendo que estaba incómodo. Ahí no me has dado más pistas, a parte de la acción de mirar el reloj (o yo no he sabido verlas). Quizás lo has hecho a propósito, jeje
    Me ha gustado cómo has ido describiendo a los demás, en su desenfado y su charla distendida.
    Sí que vemos la incomodidad hacia el final, cuando nos lo describes con los brazos rodeando las piernas, mirando el bosque petrificado.
    Me sonaba la película de la que hablas, me has hecho buscarla, pero creo que no la he visto o hace montones de años que la vi y no la recuerdo. Todo puede ser.

    En lo formal, “Los Pirineos” se escribe en mayúsculas. Y también, los Eloi y los Morlocks.
    https://es.wikipedia.org/wiki/La_m%C3%A1quina_del_tiempo#Los_Eloi
    https://es.wikipedia.org/wiki/La_m%C3%A1quina_del_tiempo#Los_Morlocks

    “La máquina del tiempo” se escribe en cursiva, al ser el título de una película.
    https://www.fundeu.es/recomendacion/titulos-escritura-correcta/

    Enhorabuena por tu trabajo.
    Nos leemos.

  • Jose dice:

    Hola, Alberto
    no sé si es autobiográfica o no, pero siempre consigues darle una veracidad que hace a uno que se enganche con su lectura.
    Me gusta que hayas utilizado el recurso de los eloi para meterlo en el pensamiento del protagonista, que como suele ser habitual en ti, lo utilizas de narrador.
    La información que va dando el personaje acerca de la hora que es, más algún otro detalle, ayudan a vivir la incomodidad del protagonista en esa situación.
    Además el personaje utiliza este momento de su vida para vincularlo a su situación vital, con su contraste entre sus dos mundos, donde tiene que estar entre semana y donde se siente feliz, mundos que jamás se unirán.

    Gracias por tu relato.

    Un abrazo.

  • Jorge dice:

    Hola Alberto.
    Me ha gustado tu relato. Está bien contado, bien descrito y que narices, bien contado. Siempre cuidado.
    Me ha encantado la referencia a la máquina del tiempo. Es un clásico y yo creo que esa película la habrán puesto en la tele tantas veces como “que bello es vivir”. Tengo varias imágenes de esa peli grabadas, aunque a veces puede que se me mezclen con los remake posteriores. Cuando se mueve hacía el futuro, ese escaparate de ropa femenina. Las huellas que deja la máquina arrastrada por los morlocks dentro de la cueva…
    Vamos a que me pierdo. Me gusta las diferentes historias que se van contando en los diálogos (estilo indirecto) en esa poza y me engancho a ellos, pero, siempre hay un pero. Aunque al final entiendo la incomodidad del protagonista-narrador, no me la consigue transmitir. Es que mas allá del detalle de reloj, no encuentro detalles que me hagan pensar que está incómodo allí. Incluso podría cogerse a Ruth y a Claudia y proponerles irse en el coche. Alguna de ellas debería estar con algún tipo como Marc.
    De cualquier manera el relato funciona bien y engancha. Yo esperaba satisfacer la consigna y por eso me ha rascado. Si no hubiera sabido la consigna el relato está muy bien.
    El cierre está muy bien, porque el recurso de los eloi/morlocks funciona de maravilla.
    Enhorabuena.

    • Alberto dice:

      Gracias, Jorge. La verdad es que no sé como Natalia pudo encontrar esa joya de película en una lista de pelis malas jejeje
      El texto entero es el desahogo de un viejo punki respecto a un perfil de personas que le desagradan 😉 Hay algo de rabia de clase, y algo de rechazo a un jipismo pijo que nunca he tolerado bien. Es decir, es un punto de vista muy personal, y eso limita la empatía a unos pocos lectores; es lógico que al resto no le transmita esa incomodidad. Gracias por tu comentario!

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