A Verónica le quedaba poco tiempo. Los médicos habían sido claros, no estaba respondiendo al tratamiento y la metástasis seguía extendiéndose. Respiró profundamente a la salida del hospital y se ajustó el pañuelo de la cabeza. No el frescor tras la puerta corredera de acceso rozándole las mejillas. Prefería acudir sola a las revisiones, para procesar primero la información antes de hablar con nadie. Llevaba dos años haciendo frente al cáncer que le descubrieron en una revisión ginecológica rutinaria. Desde entonces, había pasado por dos operaciones, tres ciclos de quimioterapia de seis meses cada uno y muchas noches sin dormir entre la incredulidad, el miedo y las ganas de aferrarse a la vida.

Llevaba semanas dándole vueltas a algo. Viendo que el tratamiento no era efectivo, se montó en el coche y condujo hasta la tienda de jardinería que estaba en la primera salida de la autovía. Allí compró un árbol. Echó el asiento del copiloto hacia delante y colocó detrás la maceta, que rozaba el techo del vehículo. Cuando llegó a casa, la dejó en la entrada.

Abrió la puerta y escuchó cómo sus hijos, Marco y Carlos, la llamaban con alegría. Se agachó, les saludó, abrió los brazos y recibió su abrazo fuerte y enérgico.

He comprado algo.

¿El qué, mamá? —dijo Marco, el pequeño.

Un olivo —dijo invitándoles a verlo fuera de la casa—. Es mi árbol favorito. Cuando era pequeña, la abuela siempre me llevaba a pasear a una zona del pueblo con varios olivos y nos hartábamos las dos a comer aceitunas.

Es que a ti te encantan —dijo Carlos.

En ese momento, apareció su marido. Los dos se miraron y ella hizo un leve gesto de negación con la cabeza. Él bajó la mirada y se acercó a abrazarla, compungido.

Papá, ¡mira qué ha traído mamá! ¡Es un olivo!

Anda. ¿Y qué hace aquí?

No lo sabemos.

Verónica les invitó a salir al jardín y se sentaron los cuatro en un banco de madera pintado de blanco, justo en el borde en el que empezaba el césped. Javier, su marido, se sentó en un extremo; los niños, en medio, y ella, en el otro lado.

Mirad. Yo siempre he querido tener un olivo en el jardín pero lo dejaba para más adelante, para cuando dejara de trabajar y me jubilara como los abuelos.

Sí, los abuelos ya no trabajan —dijo Marco.

No. Y yo había pensado dedicarme a cuidar este jardín, cuando fuera ya mayor y tuviera más tiempo. Quería llenarlo de plantas, cuidarlas todos los días y descansar en este banco, al lado de mi olivo.

Cuando terminó de hablar, miró a Javier. Él apretaba los labios y miraba hacia el cielo, haciendo esfuerzos por contener la emoción.

¿Y ya no quieres?

Sí, quiero, Marco. De hecho, he pensado que no quiero esperar más, lo quiero plantar hoy mismo.

¡Qué bien! ¿Te podemos ayudar?

Claro. Pero antes quería hacer otra cosa. Esperadme un momento.

Los niños la miraban expectantes mientras su madre entraba en casa. Al cabo de un minuto, apareció de nuevo con un bloc de folios y una caja de rotuladores.

¿Para qué es eso, mamá?

Plantar un árbol es algo muy importante, hay que hacer una promesa antes.

Verónica escribió con un rotulador azul: “24 de octubre de 2019. Prometemos regar, abonar y cuidar siempre este olivo” y lo leyó en voz alta. Después escribió su nombre y fue pasando el rotulador a su marido y a sus hijos para que lo escribieran también.

Muy bien. Lo voy a plastificar y lo colgaré de las ramas, como un collar. Este árbol va a ser muy especial para nosotros, será el primero que habremos plantado juntos. Siempre nos va a recordar lo mucho que nos queremos y un día ¡dará aceitunas! —dijo mientras aplaudía e invitaba a los demás a hacerlo.

¡Bien! —gritaron los dos niños a la vez.

Javier miraba a su mujer, con los ojos húmedos, sin poder decir una palabra. Se levantó y ella también, animando a sus hijos a ponerse de pie sobre el banco. Y se abrazaron los cuatro.

Os quiero mucho, de aquí a la Luna y volver, ¡millones de veces! —dijo ella, mirando al cielo—. Sabéis que yo estoy haciendo todo lo posible para recuperarme del cáncer pero nadie puede saber qué pasará más adelante. Algunas veces, las personas que tienen esta enfermedad no se pueden curar porque su cuerpo está tan débil que se les para el corazón.

Como a Colorines —dijo Marco.

Sí, igual que a nuestro pez.

Cuando me acuerdo de él, me pongo triste.

Yo también, porque le echamos de menos. Pero ¿sabes qué? Colorines tuvo mucha suerte de conoceros y fue feliz mientras vivió con vosotros.

Verónica cogió a cada uno con un brazo y les bajó del banco.

¡¿Vamos a plantar nuestro olivo?!

¡Sí!

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  • Natalia dice:

    Jose, me ha costado mucho este texto, por todo lo que me ha removido pensarlo y escribirlo. Pero bueno, aquí está.
    Con cariño, para vosotros.

    • Jose dice:

      Muchas gracias. No lo leo hasta que no termine el mío. Es un tema muy emotivo si uno lo quiere enfocar por ese lado. Yo estoy intentando no hacerlo lacrimógeno. Creo que me está saliendo.

  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    la historia me ha gustado mucho. Has optado por algo sencillo. En contraste con el mío, me ha complicado demasiado. Esa sencillez cargado de una emotividad tranquila hace del texto algo muy hermoso aunque el trasfondo sea triste. Me gusta en los diálogos que no se diga quien lo dice sino que es la otra persona al responder quien lo deja claro. Eso le da dinamismo al diálogo. Y es lo que has hecho.
    El relato está muy claro, marcándose perfectamente el planteamiento, con un párrafo de separación para delimitar qué es lo que la protagonista ha decidido hacer para que tengan un recuerdo de ella y sea un nexo de unión familiar.

    ¡Nos leemos!

  • Jorge dice:

    Conmovedor Natalia.
    Recuerdo un texto tuyo en el curso, sobre un minuto de tensión y que tu hiciste una llamada de teléfono, para luego comentarnos que el relato estaba basado en hechos reales. Esta historia me ha conectado a aquel relato.
    Me ha gustado, porque es limpio, sincero, emotivo. Es una conversación de unos padres con sus hijos en un momento muy complicado. Lleno de inocencia y ternura porque los que participan son niños y lleno de crudeza por el trasfondo que hay detrás.
    Te voy a confesar que cuando dejo a mis hijas en el cole les digo siempre ¿Cuánto os quiere papá? y ellas contestan “hasta la luna y vuelta”. Cogimos la frase prestada de un cuento que las leía cuando eran mas pequeñas y ha llegado hasta estos días.
    Cosas como lector:
    – Cuando dices “compungido” me ha sobrado, ya tenía la imagen de él con la mirada hacía abajo y abrazándola.
    – Comer aceitunas. Yo siempre recuerdo que las aceitunas directamente del árbol NO están buenas, pero es posible que haya una variedad que sí lo sea. Habría que contrastar.

    Me ha encantado.
    Enhorabuena.

  • Natalia dice:

    Hola, Jorge
    Me alegra que te haya gustado.
    El texto del que hablas tenía que ver con una amiga mía que había pasado por un cáncer de ovario, con 36 años. Por suerte, lleva años recuperada. Y, cosas de la vida, el jueves pasado una compañera de trabajo me llamó para decirme que acababa de ser diagnosticada, del mismo cáncer. Le hablé de mi amiga y espero que lo supere como ella. La noticia me tocó y le añadió dificultad a escribir, me removió. Pero al final salió.
    Tienes toda la razón con lo de las aceitunas. Eso pasa por no contrastar. Gracias.
    https://www.aceitunastorrent.com/es/porque-no-comemos-aceitunas-crudas/
    Así que el párrafo quedaría así: “Cuando era pequeña, la abuela siempre me llevaba a pasear a una zona del pueblo con varios olivos. Recogíamos todas las aceitunas que podíamos, las dejábamos semanas en sal, y luego nos las comíamos de un tirón.”
    Muchas gracias por comentar.
    Un abrazo.

  • Alberto dice:

    Comienzo con una humilde propuesta: haces el esfuerzo de situar al lector en las sensaciones sensoriales de la protagonista a la salida del hospital. ¿Qué te parecería empezar con ellas? “Verónica respiró profundamente a la salida del hospital y se ajustó el pañuelo de la cabeza. Notó el frescor tras la puerta corredera de acceso rozándole las mejillas. Le quedaba poco tiempo. Los médicos habían sido claros, no estaba respondiendo al tratamiento y la metástasis seguía extendiéndose…”. Sin más, cambiando el orden de las frases (primero lo sensorial, la explicación después) se capta al lector de otra manera.
    ¿Las aceitunas pueden comerse crudas? La verdad es que pensaba que no estaban muy ricas…
    Algunas imágenes sobre el marido (compungido, haciendo esfuerzos por contener la emoción) se me han hecho un poco innecesarias. Esas son las pocas cosas que este lector revisaría. Por lo demás, es un texto muy bonito, y sin duda lo que más me gusta es el tono de la madre cuando habla a los hijos, sentados en el banco de madera. Me encanta. Y su mensaje de amor se resume muy bien en la metáfora de Colorines, una filosofía que me parece una gran herramienta para hacer frente a la muerte: “… tuvo mucha suerte de conoceros y fue feliz mientras vivió con vosotros.”
    Eso sí, fíjate que la madre está atando a los hijos a esa propiedad mientras vivan (a no ser que trasplanten el árbol ;-))
    Nos leemos.

    • Natalia dice:

      Hola, Alberto
      Gracias por la sugerencia. Puede que sí gane intensidad ese principio.
      El tema de las aceitunas ya está cambiado, error de principiante. Había que contrastar el dato antes de escribirlo.
      En cuanto al marido, si no hacía alusión a él quedaba casi desaparecido y no se veía su reacción. Quería destacar la fuerza y la serenidad de su mujer.
      La idea es que es la casa familiar y van a vivir muchos años allí. Luego la vida da muchas vueltas pero, en ese momento, ella quiere permanecer en la vida de sus hijos y el árbol es la metáfora de su unión como familia.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

  • Carlos dice:

    Hola Natalia,
    me ha gustado mucho tu texto, genera la inquietud y la tristeza que la situación requiere y al mismo tiempo ese gesto sencillo de plantar un árbol es una imagen muy bonita. También me ha recordado en cierto modo la historia que citaba Jorge.
    Como siempre eres clara y emotiva y el relato no tiene argumento tan complejo como el de Jose y Jorge pero a cambio se lee muy bien.
    Quería comentar también lo de las aceitunas pero veo que todos se han adelantado.
    Buen trabajo.

    • Natalia dice:

      Hola, Carlos
      Me alegra que hayas vuelto y espero que compartas un relato de vampiros dentro de dos semanas 🙂
      Qué bien que te guste el texto. Estoy por buscar un olivo y probar una aceituna, a ver si es tan terrible el sabor 😛
      Muchas gracias por comentar.
      Un abrazo.

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