Amalia se detiene y mira hacia arriba. Lee despacio en voz baja “Librería” y sonríe. Aprieta los labios, coge aire por la nariz y lo expulsa por la boca. Estira el brazo, coge el pomo con sus dedos un poco torcidos, gira y empuja la puerta hacia dentro. Avanza dos pasos y cierra con cuidado. Se queda quieta en el pasillo central, mirando los estantes llenos, de suelo a techo.

Decide moverse hacia el estante más cercano, a la izquierda. No se ha dado cuenta pero el librero la observa detrás del mostrador. Con los dedos juntos, recorre los lomos de algunos ejemplares. Luego hace un pequeño movimiento con la cabeza, elevando la barbilla, y ajusta sus gafas para leer algunos títulos. Se pregunta a qué se referirán.

Coge un ejemplar y se lo acerca a la nariz. Huele con fuerza entre sus páginas.

—Buenas tardes, me llamo Andrés. ¿Puedo ayudarla?

Uy, buenas tardes. Pues no lo sé —dice devolviendo la novela a su sitio.

—¿Qué buscaba?

—Un libro.

—¿Sabe cómo se titula?

—No, es que no busco uno con un título.

—No la comprendo.

Yo quiero comprar un libro.

—Sí.

—Pero no sé cuál.

De acuerdo.

—Va a ser la primera vez que compre uno.

Pues me alegro de que eso vaya a suceder en mi librería. Dígame qué le gusta leer y le recomiendo alguno.

Amalia sonríe con timidez y se acerca al oído del vendedor, que lleva el pelo largo recogido con una coleta.

—Es que nunca he leído un libro.

Andrés dibuja una sonrisa de incredulidad que deja ver un diente incisivo partido pero corrige el gesto enseguida, cuando nota la mirada de Amalia clavada en su boca. Él carraspea.

—¿Se refiere a que nunca ha terminado uno?

—No, a que nunca lo he empezado.

—¿Pero usted qué lee habitualmente?

—Pues es que yo hace muy poco que leo y son todo ejercicios que me da mi maestra.

—¿Va al colegio?

—Sí —el librero levanta las cejas—. También hay para los viejos como yo, que no sabemos. Bueno, yo ya sé, desde hace poco, por eso he venido.

¿No sabía leer?

—Cuántas preguntas me haces, muchacho. No sabia yo que esto sería tan complicado.

—Disculpe. Es que nunca me había encontrado con alguien como usted.

—¿Como yo? ¿De vieja?

—No, mujer. Que no supiera leer siendo adulta —dice rascándose la nuca.

—Porque tú eres muy joven y hoy en día no pasan estas cosas. Pero, Andrés, las mujeres como yo teníamos que aprender a hacer las tareas de la casa, a coser y a hacer remiendos, y a cocinar. Cuando éramos niñas no se nos permitía ir a la escuela, había que ayudar en casa. Luego me casé y me dediqué a mi familia.

—¿Y cuándo decidió apuntarse?

—Cuando se murió mi marido. Él leía un poco pero yo nada.

—¿Le ha costado mucho aprender?

—Bueno, estoy a punto de terminar mi segundo curso. Supongo que los mayores vamos más despacio que los niños.

¿Usted sabe que aquí hay mil aventuras por vivir? —dice Andrés, abriendo los brazos y mirando hacia la parte superior de los estantes.

No sé. Mi maestra me propuso que me acercara a tu librería para comprar mi primer libro pero no me dijo con cuál podía empezar. La verdad es que hay tantos que no sé cuál elegir.

Amalia ha pasado toda la vida pensando que la lectura era algo inalcanzable. Ha visto a gente leyendo en los parques, en la piscina, en el autobús, en la sala de espera del centro médico, y siempre ha sentido que se estaba perdiendo algo importante. Ha sido un anhelo que ha guardado dentro de su corazón, como un secreto, nunca revelado.

Vamos a hacer una cosa. ¿Recuerda usted la primera palabra que leyó?

—Sí, claro. Nunca lo olvidaré. Lápiz.

—Perfecto. Espere un momento.

Se llevó una gran sorpresa en clase cuando por fin unió dos letras y las pronunció, “la”. Y siguió,lá-piz”. Se tapó la boca abierta con una mano y sus compañeros la aplaudieron, fue muy emocionante para ella. Su profesora le pidió que siguiera leyendo. Goma, cera, libreta, bolígrafo, papel. Ese día les había dado una ficha con dibujos de utensilios, con sus nombres escritos debajo.

Recuerda que se fue a casa feliz y que ya no pudo parar. Terminaba las tareas que le ponían en clase y pedía otras para seguir practicando en casa. Durante semanas, en el camino de vuelta desde el centro escolar, se paraba a leer el nombre de las calles y de las tiendas, los carteles publicitarios, las matrículas de los coches. Todo lo que tenía letras. A sus ochenta y cuatro años, había conseguido la llave maestra, el código secreto que por fin había podido descifrar.

—Creo que este es perfecto.

El lápiz del carpintero —lee en voz alta y mira a Andrés, le toca el brazo—. Muchas gracias.

—De nada, es mi trabajo y me encanta. ¿Va a volver cuando lo haya leído?

—No sé lo que voy a tardar pero volveré, claro.

Me tiene que contar si le ha gustado.

Amalia asiente con la cabeza. Los dos se dirigen al mostrador, ella paga el importe y Andrés coge un marcapáginas, que coloca entre las hojas. Después envuelve la novela con papel granate.

—No hace falta que lo envuelvas, es para mí.

—Siempre los envuelvo. En realidad, un libro siempre es un regalo, que podemos abrir todas las veces que queramos. ¿No es maravilloso?

Amalia lo guarda en su bolso, sonríe y se despide de su librero. Camina despacio hacia la puerta de salida mirando alrededor. Su corazón late deprisa, no recuerda una emoción parecida.

En cuanto llegue a casa, se sentará en su butaca, al lado de la mesa camilla en la que hay una foto de su marido y, por primera vez en su vida, leerá en voz alta para los dos.

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  • Jose dice:

    Hola, Natalia
    No sé de dónde habrás sacado la idea del relato … 😉
    Empiezas con un análisis pormenorizado de las acciones de la protagonista para prepararnos para el diálogo entre ella y el librero. Veo que tu narrador parecía limitado a una visión muy cercana a la de la protagonista. Quizás por ello, o esa es la sensación que tengo, apenas hay acotaciones que den detalles de lo que le va pasando por la cabeza al librero. De hecho, según voy leyendo, me resulta un personaje algo plano, no sé muy bien cuál es su actitud hacia Amalia, con qué tono le dice las cosas, ni si piensa lo que dice,…
    La historia me parece muy tierna y me gusta la forma de solucionar el “problema” de no saber qué libro recomendarle. Desde luego, es difícil recomendar cuando no se ha leído ningún libro.
    Sobre el final, me temo que te voy a copiar la forma de terminar, con el paso al futuro. Me parece muy acertado. He probado a pasar esa escena a presente y no queda ni la mitad de bien.
    Abrazos.

    • Natalia dice:

      Hola, Jose
      La idea del relato ya sabes tú bien de dónde sale 😛
      La narradora está pegada a Amalia, no es omnisciente pura. Pero puede dar algún detalle de los gestos de Andrés, lo miro.
      El paso a futuro da mucho margen para terminar los relatos.
      Gracias por comentar 🙂
      Un abrazo.

  • Jorge dice:

    ¡Ay, María José!
    Efectivamente no he podido evitar pensar en María José en cuanto he ido descubriendo el personaje de Amalia. De hecho me decía: que educada está siendo hoy, en cuanto pueda le suelta un coño.
    Luego con esta frase lo has rematado ya no he pido sacarme a nuestra compañera: “… cuando nota la mirada de María José clavada en su boca”-
    La historia es bonita, tiene ternura, transita sobre lo literario y cierra bien. Poco más se le puede pedir a un cuento.
    Incluso en el diálogo largo que pensaba que me podría perder, no ocurre, sabes en todo momento quien emite y se lee muy bien (siempre se te han dado bien los diálogos).
    El cierre en futuro es un acierto. El resto de cosas ya te las pasé.
    Ya nos contarás que tal te funciona.
    Abrazote.

    • Natalia dice:

      Hola, Jorge
      ¡Qué gracia! Se me ha colado María José, jajajaja No me había dado cuenta, la tengo tan incrustada en el cerebro… ya lo he corregido.
      Amalia fue una alumna mía de verdad y la primera palabra que leyó en su vida fue “lápiz” y estaba conmigo cuando dijo “la-piz. Coño, ¡lápiz!” 🙂 Es un pequeño homenaje.
      Quizás ese “coño” perpetuo de María José viene de Amalia. Qué cosas 😛
      Gracias por comentar 🙂
      Un abrazo.

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