Recuerdo Katmandú, sus calles atestadas de gente, atronadas por continuos pitidos de claxon y bocinas de vehículos con y sin motor, y aquel molesto humo de los escapes que lo invadía todo, que te hacía arrugar la nariz y te dejaba carraspera en la garganta.

Queríamos ver naturaleza y la forma de vida de Nepal así que acordamos con un guía llamado Moti hacer un trekking visitando pueblos de media montaña, poco frecuentados por turistas.

La mañana siguiente nos reunimos en un solar abarrotado de gente y buses en completo desorden y tomamos la furgoneta que nos acercaría al comienzo de nuestro recorrido. Ya en la ruta por la carretera había cosas que sorprendían. Algunos paisanos ponían fajos de espigas en el suelo para que las ruedas de los vehículos, a modo de trillo, separaran el grano de la mies. En las bacas de los vehículos era habitual llevar cabras atadas por una pata. Los buses, que más bien eran camiones, recorrían las pistas de tierra con grandes barrancos a los lados, y la gente que iba subida en la baca, algunas veces debía tumbarse en el techo para no ser arrollados por algún cable de un tendido eléctrico. Y si eso no era suficiente para asustarse, pudimos ver al conductor, ataviado con sus gafas Rayban, tomando licor de arroz en las paradas que hacíamos para descansar, así que no es de sorprender la cantidad de vehículos que acababan despeñados en los barrancos.

Una vez comenzamos las caminatas una de las máximas preocupaciones era llegar a algún sitio donde refrescarse, caminábamos a las horas de más calor y justo después de comer, cosa que no parecía importar a Moti y su primo, que llevaban gran parte de nuestro equipaje además del suyo. Cuando en los puestos ya no vendían agua fresca embotellada hubo que recurrir al Montain Dew, del que guardo un refrescante y dulzón recuerdo. Las grandes y célebres moles montañosas de Nepal se veían lejanas pero a cambio nos estábamos infiltrando entre la gente corriente, comimos su escasa y poco variada comida y dormimos en sus austeras casas. Algunas veces en alguna parada para comer, un lugareño nos enseñaba una gallina, temblorosa entre sus manos, que poco rato después nos servían en el plato, acompañada con noodles o arroz y algo de verduras fritas. En cierta ocasión nos ofrecieron un pepino tan gordo y amarillo que parecía una fruta madura.

Pero también hubo tiempo de celebraciones. Cierto día, Moti nos propuso asistir a la boda de un amigo suyo, ya que nos caía de camino. Participamos de los bailes populares de la fiesta hasta que, casi anocheciendo, llegaron los recién casados a los que entregaron como regalo de bodas un buey. El menú de boda no nos sorprendió demasiado, pues nos agasajaron con arroz y cabra. Lo que si me causó más sorpresa fue que medio en broma medio en serio me ofrecieron en matrimonio una niña que apenas contaría con once años.

Al día siguiente, como otros días, volvimos a bajar al valle, subimos la montaña, bajamos a otro valle y volvimos a subir otra montaña hasta llegar al lugar donde vivía Moti con sus padres sus tíos, su mujer y su hijo. Por todo el recorrido bordeábamos bancales verdes en las laderas de las montañas domesticadas por hombres y mujeres, estos campos de arroz transmitían paz, en contraste con la salvaje dureza de los pedregosos ríos.

Justo antes de anunciar su llegada en casa compró en la aldea vecina media gallina recién sacrificada para que su madre nos la cocinara. La cena de bienvenida fue un plato de trozos de ave picante que comimos solo los hombres, sentados en circulo en el suelo terroso de la placeta frente a su casa. Mientras su mujer, enfundada en su sari, delgada, silenciosa, casi invisible se movía sigilosa y elegante por los alrededores, cuidando del niño y haciendo sus labores. Terminada la gallina, al no tener pan quedo la salsa, así que uno de los primos sacó una col, la troceo sobre la salsa, le dio vueltas con sus manos no muy limpias y nos invitó a comerla.

Aquella noche, la cama de matrimonio de Moti fue literalmente nuestra cama. Él y su mujer durmieron sobre esterilla. Nosotros habíamos pagado el trekking pero yo me sentía confuso entre el agradecimiento y la tristeza ajena por tener que ganarse la vida así.

A la mañana siguiente comprobé como el desayuno de noodles que nosotros no terminábamos se lo terminaba clandestinamente el niño de Moti, todo un terremoto, que trataba de conseguir energía donde fuera.

Después Moti nos llevó ladera abajo hasta el río, y un pescador nos demostró cómo, valiéndose de una pequeña red con lastres y un palo para evitar ser arrastrado por la corriente, se podrían conseguir unos pececillos de tamaño entre sardina y boquerón. En el pueblo, al otro lado del puente colgante, formado por cuatro casuchas nos buscaron un lugar donde nos prepararían el pescado a la brasa. Nos dejaron los mejores peces para nosotros y ellos se comieron el resto mezclado con arroz seco. Por allí apareció su tío, el médico, al que siempre conocimos con algunos tragos encima. Con cuidado, dejamos las raspas a un lado, pero el tío las rescató para él y las mezcló con el arroz diciendo que era lo mejor del pescado, calcio para los huesos. Cuando le preguntamos por el servicio sanitario del país su semblante se tornó entre triste y resignado y dijo que solo tenían medios para dar tratamiento a base de pastillas. Terminamos la tarde bebiendo licor de arroz en la casa al final del poblado y Moti aprovecho para bromear con la chica que atendía el lugar. No había chica en una fuente o atendiéndonos en alguna parada que no se fuera sin los requiebros, halagos y piropos de Moti. Cuando le preguntamos sobre cómo conoció a su mujer, nos contó que su matrimonio lo concertaron sus padres.

Al subir de nuevo a su casa yo temía que su tío se despeñara por la ladera pero sorprendentemente tenía una sobrada estabilidad.

Esa noche me sobrevino una diarrea y casi no pude dormir. A la mañana siguiente Moti le pidió a su tío unas pastillas sueltas pero le dije que prefería llamar al seguro.

Después cuando retomamos la ruta, a los pocos metros un primo de Moti se acercó corriendo, haciéndose cargo de su mochila. Él nos contó entre risas que su mujer se había enterado de que en la pasada boda le había sido infiel y lo espero en la oscuridad con un palo, golpeándolo en un hombro y escapando vivo de milagro. En la casa no escuchamos ni uno solo ruido, ningún escándalo, todo se fraguó en el silencio.

Lo que no pudieron hacer los golpes de su mujer lo hizo mi decisión de llamar al seguro. Eso y el licor de arroz. En la comida, Moti, extrañamente serio y disgustado, rompió a llorar y confesó lo mal que se sentía porque no le habíamos permitido hacerse cargo del tratamiento diarreico. Era su responsabilidad, dijo, y golpeándose el antebrazo donde llevaba tatuado su nombre, añadió que con tal de llevarnos sanos y salvos él nos daría la mitad de su sangre.

Join the discussion 11 Comentarios

  • Natalia dice:

    Hola, Carlos
    Muy entretenido, tu viaje. Mezclas descripciones con las sensaciones que te provoca cada nueva experiencia en Katmandú. Reflexiones sobre una forma distinta de vivir, de comer, de beber… Y el malestar estomacal al final, con lo incómodo que es y, encima, fuera de casa.
    En lo formal, me siguen faltando comas en las frases aclaratorias. Por ejemplo:
    “Al subir de nuevo a su casa, yo temía…”
    Enhorabuena.

    • Carlos dice:

      Gracias Natalia,
      la verdad es que una cultura diferente siempre te crea más sensaciones y creo que en los sitios con menos bienes materiales donde todo está más a la vista estas sensaciones se perciben como más auténticas.

  • Natalia dice:

    Carlos, tenemos sala de chat. Se accede desde la página principal.
    Ahora hay tres categorías: autores, varios y sala de chat. Lo digo porque creo que no te has pasado por ahí.
    Un saludo.

  • Jose Romero dice:

    Me lo he pasado muy bien acompañando al protagonista en su viaje por Nepal. Si tuviera que definir el sentido sobre el que se centra la historia, sin dudarlo diría que es el gusto, algo obvio, pero quería remarcar que parece el eje vertebrador del viaje.
    Encuentro un texto muy bien cuidado, muy claro sin apenas diálogo, más bien un diálogo indirecto, contado a través del narrador-protagonista.
    Me gusta la observación que hace el protagonista del entorno, cuando habla del transporte y todo lo que está alrededor de este, así como las pinceladas de la vida de Moti y sus valores.
    Enhorabuena.

  • Jorge dice:

    Hola Carlos.
    Que gran relato has escrito. Es cercano y muy humano. Creo que es el relato más sincero que te he leído. Relatas pasajes muy sencillos con detalles que lo ilustran con delicadeza y calidez.
    Al leerlo he tenido una gran envidia del viaje. Me ha apetecido estar ahí y disfrutas de esas vivencias con vosotros. Mas envidia aún he tenido cuando narras que coincidís con una boda (¿no duran varios días?). Las oportunidades de compartir comida, mesa y mismo techo con una familia auténtica, me ha parecido espectacular.
    Describes detalles que transmiten muy buenas sensaciones. Esa espina que vuelve al caldero, esa col revuelta con la salsa porque os faltaba nan. Y luego Moti, ¡cuánta humanidad desprende! Para mí lo has radiografiado con gran autenticidad.
    NI un pero que decirte. Solo te pido que sigas escribiendo así.
    Mi más sincera enhorabuena.
    Nos leemos.

  • Alberto dice:

    Me ha gustado la introducción, buena elección para quitarse el turisteo, y buena descripción del caos en el autobús. Es como entrar en otro planeta. El inicio de ruta es muy sugerente, la sencillez de los menús y de los pueblos, he sentido envidia y nostalgia. Veo que tuvisteis mucha suerte, pudiendo asistir como invitados a una boda local. Seguro que si te esfuerzas en recordar detalles, sólo la boda daría para un relato.
    Nunca había leído la expresión ‘tristeza ajena’. Es cierto que el papel de guiri en estos casos es complejo: ¿hasta dónde llega el interés y las demostraciones de afecto de los locales? Es difícil saberlo cuando la diferencia en poder adquisitivo es tan brutal. Es una sensación confusa, como dices, que también daría para un relato propio.
    Has currado mucho el texto, tirando de memoria y salpicándolo de muchos detalles visuales, como el del médico haciendo eses junto al precipicio 😀
    Coincido con Jorge en que es un texto donde asoma el Carlos más emotivo, como te sucedió en aquella descripción de los espacios de la niñez. Eso esta bien 😉
    El final es un poco abrupto, parece que se corta a falta de continuación. Una pena, porque el personaje de Moti cobra otra dimensión al romper a llorar…
    Nos leemos.

    • Carlos dice:

      Gracias Alberto,
      la verdad es que aún me quedaban cosas por contar pero quería centrarlo en este tipo de anécdotas que muestran las diferencias culturales y económicas.
      Con este ánimo que me dais a ver si consigo sacar más la emotividad. 🙂

  • Yuri dice:

    Hola Carlos,

    ¡Pero que envidia me das! Mi mujer y yo hemos fantaseado muchas veces con hacer ese viaje y cruzar también al Tibet (somos budistas, no sé si lo conté algún día del curso). ¡Mi gran pega es que me he quedado con ganas de más!

    Un abrazo,

  • Carlos dice:

    Gracias Yuri por comentar.
    La verdad que independiente de la zona, cualquier viaje, así en plan austero en lugares pobres sorprende y enriquece.
    Tranquilo, el Tibet va a seguir ahí para cuando quieras ir y si eres budista, lo vas a disfrutar el doble.

    Un abrazo

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