Para mi sorpresa, el agua de la ducha salía caliente. Disfruté mucho de aquellos minutos: la brisa de la tarde, aún cálida, comenzaba a colarse por la pequeña ventana, y mis músculos se relajaban bajo el agua. Saqué de la mochila la toalla de viaje y la ropa limpia que me ponía todas las tardes después de caminar. Una vez vestido, con el pelo mojado y el cuerpo aún fresco, me pareció que el mundo empezaba de nuevo y que me esperaba para estrenarlo.

Bajé las escaleras y atravesé un patio protegido por paredes de adobe, que poco a poco iban adoptando el color rojo del atardecer. Salí al exterior. Frente a mí, una pista de grava dejaba el hostal a un lado y se dirigía al pueblo, situado medio kilómetro al norte: varias decenas de casas marrones que se amontonaban en desorden junto al riachuelo que surcaba el valle. Contemplando aquella aldea perdida en las montañas de Marruecos me inundó un reconfortante sentimiento de soledad. Llevaba ya varios días sin ver occidentales.

Para llegar allí, había caminado casi cuarenta kilómetros. Una etapa larga y dura, pero muy bella. El paisaje seco de aquellas montañas sorprendía cambiando de color cada pocos kilómetros: rocas negras, ocres, verdes, rojas… Ahora me encontraba en la parada final, y podía tomarme un par de días de descanso. No había nada de lo que preocuparme, nada que visitar, nada que hacer. Solamente dejarme envolver por el silencio, acompañado puntualmente por la risa lejana de algún niño, los balidos de las cabras que buscaban alimento en las laderas que rodeaban el pueblo, el susurro de una leve brisa. En el cielo, el azul intenso cedía terreno a la oscuridad por el este, y a los colores rojizos y anaranjados que asomaban por los perfiles montañosos del oeste.

Encendí un cigarrillo y caminé despacio rodeando el edificio. En la parte trasera se acumulaba algo de suciedad, pero la tranquilidad y la sensación de intimidad eran allí aún mayores, y las vistas sobre el atardecer magníficas. Me senté en el suelo pedregoso, recostándome contra el muro del hostal. Pegaba largas caladas al cigarrillo, y expulsaba el humo con lentitud. El sol descendía, buscando reposo. En mi mente, la actividad y los planes también se fueron apagando poco a poco.

Escuché unos pasos, y a los pocos segundos apareció un niño con una vieja pelota de fútbol. Debía de haberme visto esconderme tras el muro, pues ya sonreía tímido y curioso al doblar la esquina. Vestía zapatillas deportivas, pantalones de pana, camisa amarilla y jersey marrón, todo gastado y sucio, seguramente de segundo o tercer uso. Era alto y muy moreno. Tenía los dientes superiores muy prominentes; yo era consciente de que la gente de aquella zona jamás visitaría un dentista por cuestiones estéticas. Sus ojos brillaban llenos de energía y su rostro irradiaba una alegría especial, que yo no estaba acostumbrado a encontrar en los chavales de su edad. Le devolví la sonrisa, me incorporé y empezamos a pasarnos la pelota. Tardó poco en coger confianza: me chocaba la mano, me daba palmadas en la espalda y me dirigía frases que no comprendía, haciendo gestos con los brazos en actitud de comediante. El sol ya había desaparecido por detrás de las montañas, pero no sentíamos frío: el juego nos proporcionaba calor y alegría.

Me acordé de los bolígrafos que tenía en la mochila. En aquellos años era costumbre, al viajar por regiones pobres, llevar material escolar de algún tipo. Le hice un gesto al niño para que me esperara, subí a la habitación, cogí los bolígrafos y regresé junto al crío. Sus ojos alegres no se inmutaron cuando vieron el manojo encerrado en mi puño. Parecían reírse de mi inocencia. Introdujo los bolígrafos en el bolsillo del jersey, me cogió por el brazo y palmeó mi espalda de nuevo. Nos presentamos: «Alberto», «Yussef». Poco después, el cielo se oscureció del todo; el niño regresó al pueblo, y yo me dirigí al comedor del hostal.

Pasé por una acogedora sala de estar, decorada con alfombras de variadas formas y colores, e iluminada por unas cuantas velas dispuestas aquí y allá. Allí estaba Jamil, mi guía, fumando. Le había conocido el día anterior; tenía por delante la etapa más difícil, y me planteaba la necesidad de un guía: me preocupaba acabar perdido en un laberinto de valles desérticos. De ese modo me presentaron a Jamil. Había resultado ser un buen guía y compañero de ruta, un personaje taciturno, atípico, que se definía a sí mismo como un anarquista bereber. Al pasar junto a él, le dije que me dirigía al comedor, pero me replicó con un gesto que se quedaría en el salón. Comprendí que no quería gastar los pocos dirham que tenía en algo tan frívolo como cenar fuera de casa, así que me vi en la obligación de invitarle. Habíamos caminado más de diez horas, sin apenas descanso, por lo que apenas tardamos diez minutos en engullir una copiosa cazuela de tajine de cordero y un par naranjas. Jamil debía regresar a su casa al día siguiente de madrugada, así que se despidió para ir a dormir.

Me puse la chaqueta, saqué un cigarro del paquete y salí a cielo abierto. No había iluminación en el valle, aparte de la tenue luz que salía de las ventanas de las casas. Era una noche sin luna, y me sobrecogió contemplar el manto luminoso de estrellas; pocas veces había visto tantas y tan brillantes. Decidí caminar hacia el pueblo. Apenas podía ver por donde pisaba. Cuando me vi rodeado por las primeras casas de adobe, sentí algo de inseguridad, como si anduviera por algún oscuro, desconocido y solitario barrio urbano. Aunque sabía que allí no corría ningún peligro.

De repente, un grupo de sombras asomó por un callejón y se dirigió a mi encuentro. Eran niños riendo y jugando, empujándose unos a otros. Me rodearon, y Yussef se acerco a mí. Su cara, a pocos centímetros de la mía, iluminada por las estrellas, transmitía la alegría más pura. Me agarró del brazo y lanzó gritos a sus amigos, intercalando solo dos palabras en francés: «Mon ami! Mon ami!». Sentí como el tiempo se detenía para congelar aquella extraña escena. Yussef nos miraba a todos con ojos de fuego, como invitándonos a seguir disfrutando de la vida.

Cuando me despedí de Yussef y de su grupo de amigos y emprendí el camino de regreso, aún estaba embriagado de un sentimiento que, de forma natural, interpreté como felicidad. Esperé a que el silencio se hiciera a mis espaldas y busqué un lugar cómodo donde tumbarme un rato junto a la pista. Contemplé el impresionante tejido de estrellas que giraba lentamente sobre mí: no necesitaba nada más. Nada más en absoluto.

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  • Natalia dice:

    Hola, Alberto
    Qué buena sensación me deja tu viaje… Disfrutas el paisaje, una ruta que parece de tu agrado, una conexión con un habitante del lugar, alegría contagiosa y un lugar en el mundo en el que no necesitas nada más. Qué gran suerte no necesitar más de lo que ya tienes en ese momento. Que suene un clic y ya todo encaje. Conectar con la vida, lejos de todo.
    Me ha gustado mucho. Enhorabuena.

  • Jorge dice:

    Hola Alberto

    Que atmósfera más bonita has creado. Que bien narrado. He tenido que leer tu texto dos veces, pero no porque no me enterara la primera, sino porque quería leerlo sin ninguna distracción, dejándome envolver por el ambiente.
    Me he sentido transportado al Atlas, me he acordado de esas noches en los campamentos de Tinduf y me he acordado de esas sonrisas limpias que nos ofrecen los chavales de allí. Parece que tuvieran un pacto con la verdadera felicidad. Cuantas fotos compartiría contigo. Una filosofía muy budista: cuantas menos cosas tengas, de menos tendrás que preocuparte.

    Esa calma, la descripción del sol de varias maneras diferentes me han recordado otras novelas. Por un lado, he recordado esas novelas de Albert Camus donde describe su Argelia natal y esos sentimientos placenteros encontrados en la pausa, en el no ocurrir nada. Por otro, también me has recordado a varios pasajes de la novela Tuareg de Vázquez-Figueroa.

    Enhorabuena.
    Nos leemos.

  • Carlos dice:

    Hola Alberto,
    en tu relato se percibe silencio, los paisajes desnudos y la sencillez de las cosas que sin quererlo interiorizas. Viniendo del mundo occidental sin duda es un remanso de paz.
    Ese encuentro ocasional con Yussef en el que con unos cuantos gestos y palabras la gente se transmite sensaciones positivas es muy autentico, me pregunto como lo contaría él. Y apetece conocer un poco más del pensamiento de Jamil.
    Enhorabuena.

  • Jose Romero dice:

    Muy elegante la forma de describir las escenas. Siento la quietud del protagonista, que permite estar más presente en todo cuanto acontece. El peso del relato lo tiene, a mi juicio, la trabajada descripción de la situación. Acorde a esa paz con que pasa el tiempo en la historia, las cosas que van pasado son sencillas, mínimas interrelaciones que hacen la vida algo sin pretensiones.

    Me ha gustado mucho leerte. Un abrazo.

  • Yuri dice:

    Bravo, Alberto.

    Lo he leído del tirón, me he sentido transportado y nada me ha rechinado. Tanto el sitio como Yussef son espléndidos. Gracias por compartir este recuerdo.

    Un abrazo,

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